martes, 30 de abril de 2019

La Proscripción del Chavismo

LA PROSCRIPCIÓN DEL CHAVISMO 

Por Alexander Delgado C.

30 de Abril de 2019



Las ideas expresadas en escrito ya habían sido plasmadas en un Hilo de Twitter, hace dos días, las publico hoy en momentos en que las calles de Caracas son escenarios de un nuevo esfuerzo por liberar a nuestra patria de esta atroz tiranía que nos pisotea desde 1999

 

Últimamente ha habido en las redes sociales, especialmente en Twitter, una polémica, a partir de algunas declaraciones malhadadas que aspiran a una cohabitación con el chavismo sobreviviente, en un anhelado pero todavía muy incierto escenario en el que el chavismo sea definitivamente expulsado del poder. Algunos, como el ensayista e historiador Rafael Arráiz Lucca, han llegado al punto de pretender, con una clara connotación chantajista, que lo contrario, la proscripción del chavismo, sería antidemocrático. 

Por supuesto que es indigno, por decir lo menos, plantearse una cohabitación con quienes han causado la mayor devastación económica, social, moral y cultural de que se tenga conocimiento en Venezuela; con quienes han destruido a la República, con quienes han provocado la muerte de tantos venezolanos, por hambre, enfermedades, asesinados a manos del hampa y por supuesto, víctimas de la represión del narco-régimen; con quienes han provocado una de las mayores diásporas (si no la mayor) que en los últimos 100 años han tenido lugar en el continente americano; en fin, con quienes han destruido, hasta el ecosistema del territorio nacional. 

A los que chantajean con el argumento de que no es democrático habría que replicarle que en este caso aplicaría una variante de la Paradoja de la Tolerancia de Carl Pooper; así como la tolerancia, responsablemente ejercida implica, irónicamente, no tolerar a los intolerantes, del mismo modo, la dignidad, el sentido del decoro y de una sana autoestima nacional (necesaria de cara a un proceso reconstructivo), incluso la prudencia, hacen inicua y abominable toda idea de coexistencia con una narco-tiranía que, además de criminal y hamponil, tiene una innegable impronta anómica y sociópata.  

Tienen toda la razón quienes afirman que el chavismo, tanto o más que un grupo de opinión, corriente, o ideología política, es una organización criminal de expansión más allá de las fronteras venezolanas, con fuertes lazos con el terrorismo internacional; tal como lo expone en Twitter, este post de la cuenta @VenezuelaAnons: 

Posiblemente las reservas que algunos puedan tener radican en la creencia, desacertada, de que ilegalizar al PSUV y otros partidos u organizaciones de raigambre chavista significa la persecución a todo militante de base de esas organizaciones, aunque no haya formado parte de los llamados colectivos ni esté incurso en algún otro tipo de delitos, al amparo del régimen; de todo aquel cuyo única falta haya sido haber creído (equivocadamente) en Hugo Chávez, haber sido fiel a su figura y, en aras de esta malhadada fidelidad, haber mantenido, desde 2013, su apoyo al narco-régimen con Nicolás Maduro a la cabeza. 

Obviamente no considero que este sea (o deba ser) el caso. Sería absurdo plantearse semejante represalia.

Nunca he sido amigo de comparar al chavismo con el nazismo, porque considero que sería mucho más acertado comparar al régimen de Miraflores con regímenes comunistas, sobre todo de contextos tropicales, o con barbaries como la que representó Atila o, entre nosotros, José Tomás Boves. Pero en este caso se le puede dar gusto a los que les encanta comparar al Narco Régimen con el Tercer Reich alemán (1933-1945), pero no en el sentido plañidero-victimista en el que usualmente se hace esta comparación, más bien ubicándola en el contexto inmediato posterior a la caida del reich de Hitler. A este efecto vendría como anillo al dedo recordar como en la Alemania de la post-guerra se llavó a cabo un proceso de desnazificación en cada una de las zonas alemanas de ocupación que, con el inicio de la Guerra Fría, darían paso, a la República Federal Alemana (Alemania Occidental, en la órbita capitalista) y en la República Democrática Alemana (o Alemania Oriental, dentro de la esfera soviética).

Obviamente la mencionada desnazificación se llevó a cabo de manera distinta y a ritmo diferente en cada una de las Alemanias bajo control aliado.

Ciertamente este proceso de desnazificación tuvo que implicar una revisión y, en la medida de lo pertinente, una reorientación y/o corrección de pensamiento, paradigmas, visión de patria, etc. No viene al caso dilucidar hasta qué punto se dio entre la población teutona un restablecimiento de modos vivenciales o aspiracionales anteriores al régimen nazi o el planteamiento de nuevos prototipos del ser alemán a partir de la realidad de la postguerra.

En la Alemania Oriental, lamentablemente, solo se cambió un totalitarismo por otro que, aunque también tenía raíces socialistas, era de diferente signo ideológico.

Pero esta desnazificación no implicó perseguir al grueso de la población germana que, por circunstancias y contexto, estuvo mayoritariamente encuadrada en el NSDAP (*), los alemanes, en su mayoría, pudieron rehacer su vida después de 1945; en la Alemania Occidental, de manera liberal-democrática, en la Alemania Oriental, lamentablemente, bajo el yugo soviético.

De hecho, 20 años después del fin de la guerra, Alemania Occidental, firme aliada de EE.UU y Gran Bretaña e integrada en la OTAN desde 1955, experimentaba un resurgimiento o milagro económico que daba de que hablar elogiosamente.

Algo similar es lo que habría que hacer en una Venezuela posterior a la salida del chavismo, con la población que, de manera honesta (dentro de lo que cabe), militó en el PSUV u otros partidos de índole chavista, idolatró a Hugo Chávez, y se vistió de rojo rojito. Es necesario un proceso de seguimiento, reorientación, quizá reeducación (o educación, simplemente, sin el re).

Al igual que en las Alemanias de la postguerra, una reorientación sana de valores, y paradigmas, en su manera de entender al país, a la sociedad y su papel en ella.

Es cierto que en este proceso debe haber persecuciones, enarbolando la bandera de la justicia, el orden y la dignidad. Pero estas acciones se dirigirían contra la cúpula criminal de la Narco-Tiranía, contra la cúpula militar imbricada con el narcotráfico, culpable de atrocidades, y demás delitos y depravaciones. Implica también ajustarles cuentas a los oficiales de menor rango que hubiesen formado parte de estas actividades y especialmente a quienes, fungiendo como cuerpos policiales, se convirtieron en brazo ejecutor de atrocidades contra muchos venezolanos dignos que se rebelaron frente a la tiranía.

Implica también investigar a oficiales de rango medio, indiciados en delitos de menor gravedad y determinar la severidad de las penas o sanciones según el caso, con la posibilidad, nada santa (asumámoslo), de que, en aras de un presunto pragmatismo, algunos de estos quedaren exonerados o con penas leves, pudiendo luego reinsertarse en la sociedad, bajo nuevos valores.

Y también, por supuesto, investigar la actuación y posibles corruptelas y, sobre todo, complicidades con el régimen, por parte de elementos y cúpulas de partidos que, se suponía, debían oponerse a la tiranía roja.

Finalmente, el accionar ideal de un nuevo régimen supone ir sin contemplaciones, en guerra frontal, contra los colectivos y los pranes, los cuales deben ser sacados de circulación, si fuera el caso, abatidos y los que sobrevivieren, encarcelados, juzgados y obligados a pagar ejemplarmente su deuda con la sociedad.

Nada de esto implica, per se, ir contra personas inocentes, por el simple hecho de sus equivocados apoyos anteriores.

En el peor de los casos se trataría de ir contra aquellos militantes de base del chavismo (incluidos enchufados en ministerios, alcaldías, líderes vecinales, etc.) incursos en delitos de corrupción, robo, homicidios, narcotráfico, secuestro, extorsión, trata de blancas, pedofilia, rituales pseudo-religiosos repulsivos, u otros crímenes repudiables; o bien, que tomaran parte o, de alguna manera, fueran cómplices, en encarcelamientos, asesinatos, desapariciones y torturas contra quienes se rebelaron contra el narco-régimen.

Obviamente este proceso implicaría la necesidad de disolver y proscribir, como partidos, al PSUV, y a otros partidos del narco-régimen como el PCV, la UPV, las UBCh y demás organizaciones chavistas, que en realidad son asientos de organismos criminales; así como suprimir, o al menos diluir, los modos, iconografías y arquetipos estructurados en torno al cognomento chavista, empezando por el propio culto a la figura del fallecido Hugo Chávez. Un proceso de disolución que, en mi opinión, tendría que llevarse a cabo con mucho cuidado. No una satanización estridente (que acabaría siendo endiosamiento al revés), tampoco un olvido de las atrocidades cometidas, pero sí una suerte de superación que desvanezca la adoración a este personaje, por parte de quienes le habían sido adictos, acaso ofrecerles nuevos iconos.

Lo anterior no es diferente al modo en que se procedió en las Alemanias de la post-guerra. Allá se proscribió, tanto al NSDAP como a la ideología nazi en sí misma (cosa que, tristemente, no se hizo con el comunismo, luego de la reunificación de 1990); es bueno recordar que en la Alemania de hoy, incluso efectuar el emblemático saludo romano (brazo en alto), se considera un delito. Que en la nación teutona (así como en otros países europeos) se mantuvieran, de manera marginal, algunas organizaciones, abierta o encubiertamente, neonazis o grupos skin head es otro tema.

Incluso podría hasta pensarse que para no pocos, inscritos en partidos chavistas, sea por necesidad de un empleo, bono, etc., o si se prefiere, por ignorancia, por deformación socio cultural de parte de la propaganda chavista; bien podría pensarse, repito, que para muchos de estos, hasta el momento, chavistas de base, la disolución y proscripción de estas estructuras partidistas pudiera significar a corto o mediano plazo, ser también liberados de una coraza y un yugo, si no de dominación mecánica, al menos sí de una dominación psicosocial, emocional, etc. Acaso se les estaría dando a muchos la oportunidad de mirar sin la venda chavista.

A muchos de estos chavistas de base quizá también los estaríamos liberando de la opresión foropaulista. 

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 (*) NSDAP; Siglas en alemán del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, comúnmente conocido como NAZI


La cuenta de Twitter donde se publicó el mencionado Hilo fue suspendida a fines de 2019.

Este era link del hilo original

https://twitter.com/Metromeza/status/1122665998660833281?s=03 

Nota del 23-02-2020

lunes, 31 de diciembre de 2018

Un Corazón Todo Venezolano. Por: Augusto Mijares

UN CORAZÓN TODO VENEZOLANO

Por: Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963) 


FUE EN 1865, AÑO de la muerte de Fermín Toro, cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”. Apenas 29 años antes, en ocasión igualmente solemne y luctuosa, se había dicho algo análogo, pero con ánimo totalmente diferente. Me refiero al título que el Congreso de Venezuela encontró como máximo elogio para Vargas, en el momento de aceptar su renuncia a la Presidencia de la República: un corazón todo venezolano, lo llamó la representación nacional. 

También ese día pudo parecer de muerte, y que muchos ideales de paz entre hermanos, de civismo y desinterés, se iban como en un ataúd; pero la conmovedora expresión con que el congreso despide a Vargas no es de llanto ni de vergüenza: tiende por el contrario a proclamar que aquellos propósitos (el patriotismo, la laboriosidad y el valor moral de Vargas) debían quedar como símbolo de “lo venezolano”. Casi es una deliberada negación de que aquella despedida fuera definitiva. Gracias a ella (querían pensar) Vargas permanecerá en Venezuela: en presencia efectiva, realizando una nueva labor al frente de la educación nacional y, sobre todo, como presencia espiritual de aquellas virtudes que de Venezuela le venían y eran las que habían formado el corazón. 

No eran propensos entonces los venezolanos al lamento y a la claudicación. El capitán ingles Beaver, que en 1808 estuvo en Venezuela como Comandante del buque de guerra “Acasta”, para observar los sucesos políticos, transmitió a su gobierno un juicio sobre el carácter nacional que merece confrontarse con el que habitualmente los venezolanos se han inventado: “Creo poder aventurarme a decir que son leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la Casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos… Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que conocimos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se ha considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Que un europeo considerara entonces a los nativos de otro continente con el vigor intelectual y la energía de carácter que solo ellos mismos se atribuían, debe considerarse un elogio excepcional. 

Y, sin embargo, es el que se repite con relativa frecuencia por los viajeros que estuvieron en Venezuela. 

Ya Humboldt había escrito: “Las comunicaciones múltiples con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas provincias de Venezuela. En ninguna otra parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea… A pesar del aumento de la población negra, uno se cree, en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en ninguna otra parte del Nuevo Mundo”. 

El francés Depons avanza más aún: aunque no deja de anotar muchas deficiencias y defectos, observa que los criollos lejos de intimidarse ante el europeo lo vigilan con altivez. Llega hasta escribir: “Si la competencia se mantuviera en el terreno de los conocimientos adquiridos, indudablemente los criollos llevarían la ventaja, pues, en general, los venidos de España encuentran en el país gente que los supera en cultura”. 

Me interesa advertir esto: un desgraciado rastacuerismo de fin de siglo ocurrió muchas veces a la comparación de estas ciudades americanas con las europeas, y les parecía a nuestros snobs el colmo de la felicidad afirmar que Caracas, por ejemplo era “otro Paris”. 

Lo que vengo diciendo tiene un sentido absolutamente opuesto: porque la comparación material de estas ciudades con las europeas hubiera sido absurda, es por eso que resulta sorprendente que, salvando esas barreras, de la realidad tangible, los europeos les encontraron una fisonomía, un carácter que aquí no era inferior al de allá. 

Así debe apreciarse también esa imagen que el Conde de Segur se llevó de nuestra capital: “La ciudad de Caracas se ofreció a nuestros ojos con bastante majestad… nos pareció grande, limpia, elegante y bien construida”. 

No; si el Conde de Segur se hubiera limitado a recordar lo que tuvo ante sus ojos, hubiera dicho solamente que Caracas era apenas una aldea tropical que no alcanzaba a los 40.000 habitantes, y de las más pobres del continente. Lo que para él transformó aquella realidad inmediata fue la sociedad que encontró, europea por el vigor intelectual y la firmeza de carácter, según diría el inglés. 

¡Cuántas meditaciones pueden sugerir estos datos que apunto sobre el carácter venezolano! ¿No romperán la rutina con que nos atribuimos, como si derivaran de taras irremediables, cuantos infortunios y contratiempos nos salen al paso? 

Porque lo curioso es que aquella interpretación deprimente del espíritu nacional se extiende a los más fútiles pormenores de la vida cotidiana: si un coche que pasa en días de lluvia nos salpica, o si alguien que va de prisa nos tropieza, o si un vecino nos da un pisotón, todos los venezolanos tienen la culpa y “este es un país donde no se puede vivir”. 

Creo muy saludable perseguir hasta esos extremos grotescos aquella manía de auto-acusación. Y denunciar también las exageraciones contradictorias que en nuestro egoísmo engendra: porque si debemos esperar durante mucho tiempo un autobús proclamamos que “eso no sucede sino en Venezuela”, pero si el autobús para hacer puntualmente su recorrido no nos espera cuando llegamos con retardo, también nos enfurecemos y afirmamos que el carácter nacional no tiene remedio. 

Y siempre en Venezuela “el último venezolano” es… uno que acaba de morir. Aunque a diario sigamos viendo a tantos venezolanos, médicos, escritores, filántropos funcionarios, profesores, que por su abnegación o su honradez, por su laboriosidad o su patriotismo, podrían merecer (aunque no fuera en la máxima categoría que Vargas) el espléndido elogio tan reconfortante: “un corazón todo venezolano”.

http://www.twitlonger.com/show/n_1sqousf?new_post=true

jueves, 18 de octubre de 2018

El Mito Heroico y los Ecos de la Revolución de Octubre

EL MITO HEROICO Y LOS ECOS DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

 Por Alexander Delgado C. 

18 de Octubre de 2018



Tal día como hoy hace setenta y tres años, con el derrocamiento del presidente Isaías Medina Angarita, se dio inicio a un nuevo tiempo histórico en Venezuela. Con mayor o menor acierto, podríamos definir este nuevo tiempo como Era Democrática, entendida esta bajo las premisas propias de la modernidad industrial, encumbrada por entonces en los países más desarrollados y a la que Venezuela aspiraba a llegar. Es decir; una actividad política de masas, estructurada en torno al Sufragio Universal, motorizada por partidos políticos organizados y en medio de una dinámica, pretendidamente pluralista y políticamente liberal, impulsada por los nacientes mass media. Irónicamente, el derrocado presidente Medina Angarita, comprometido con un proceso de democratización, fue quizá el gobernante más liberal y, dentro de su contexto, uno de los más progresistas que hemos tenido (en el buen sentido de la palabra). 

El tiempo histórico que llegó a su fin con el arribo de Hugo Chávez a la presidencia no se inició el 23 de enero de 1958; se inició el 18 de octubre de 1945. Incluso, es muy discutible si el régimen militar de los años cincuenta fue un paréntesis en esa Era Democrática o si más bien fue parte de esa Era; a saber, la faceta militarista, autoritaria, nacionalista de derecha y tecnocrática del orden instaurado en 1945.

También, hace setenta y tres años, se consagró el populismo moderno en nuestro país. De nuevo, no fue el 23 de enero del 58, fue el 18 de octubre del 45.

1958 fue el consolidose del empezose de 1945.

Aunque esta fecha haya sido interesadamente soslayada por todos los discursos políticos de los últimos setenta y tres años, la relevancia histórica del 18 de octubre de 1945, no solo supera, como ya se señaló, la del 23 de Enero de 1958, sino que está a la par de hechos como la salida de Venezuela de la Gran Colombia (1830), el triunfo de la Federación (1863), el inicio de la llamada Hegemonía Andina (1899) y, por supuesto, el ascenso del chavismo al poder (1999). 

Para bien Y para mal, la Revolución de Octubre partió en dos la historia venezolana del siglo XX. Junto a la consagración de la democracia partidista por vías institucionales, hay que destacar las medidas de los gobiernos derivados del octubrismo en materia de legislación social y en el campo infraestructural. Negar estas políticas sería mezquino. 

Pero tampoco podemos negar que, como contra-cara negativa, tras el golpe de octubre, con el llamado trienio adeco (1945-1948)regresa la intolerancia, la violencia política y, sobre todo, el discurso populista y vesánico, especialmente desde las esferas gubernamentales, males que parecían haberse superado, sino desde 1908, por lo menos, desde 1936. 

Sin embargo, un aspecto del octubrismo del que comúnmente no nos percatamos, es el psicosocial y el simbólico, el relacionado con la mitología criolla. Con el golpe de octubre se revigoriza el mito del venezolano alzao, del venezolano de complejo heroico, del venezolano comecandela que confía más en los cambios impuestos a lo machorevolucionariamente, antes que en los cambios surgidos del esfuerzo colectivo y cotidiano, es decir, más acompasados, más a plazos, pero de base más sólida y estable, por ende con mayores posibilidades de ser duraderos. El 18 de octubre de 1945, no regresa la Venezuela barbárica de Boves, Zamora, El Agachao o Funes, pero sí esa Venezuela rebelde, cimarrona, demagógica y pico de oro, que no acepta nada ni a nadie por encima de ella, Es decir, la Venezuela en la que Hugo Chávez, no solo nacería físicamente, sino también se incubaría como fenómeno político.

Desde la Guerra de Independencia, los venezolanos arrastramos una visión nacional basada en un mito heroico, a partir de un arquetipo vernáculo y de una mística epopéyica, que ha pretendido hallar su reflejo, de manera más solemne, en la primera frase del Himno Nacional “Gloria al Bravo Pueblo”. De manera más coloquial (y más contemporánea) este mito podría definirse en la expresión salsera pa’ bravo yo

Esa Venezuela del caudillo, del cuatriboleado, fue la que prevaleció durante todo el siglo XIX, dando al traste con los pocos intentos serios de reconstrucción republicana (aún en medio del caudillaje) como el llevado a cabo entre 1830 y 1847. Fue ese espíritu, barbárico y aventurero a la vez, el que se impuso a sangre y fuego ante el congreso el 24 de Enero de 1848, el que lanzó al país a la Guerra Federal, el que condenó a los venezolanos durante el decurso del siglo XIX y la primera década del siglo XX a la violencia y al atraso, entre arengas incendiarias, epopeyas de caricatura y grandilocuencias vacías.

Esta escalada, cuatriboleadamente caudillesca, solo pudo ser contenida y superada bajo la dictadura del general Juan Vicente Gómez. El precio a pagar, bien conocido, fue padecer el régimen más absolutista y suspicaz que Venezuela hubiese conocido hasta ese momento. Paradójicamente, fue bajo esa autocracia que se pudo recrear un Estado Venezolano moderno, cohesionado, con unas Fuerzas Armadas profesionales, eliminándose el caudillismo y superándose los regionalismos neo-feudales; reorganizándose definitivamente la Hacienda Pública, aún en medio de la corrupción, hasta lograr la total cancelación de las deudas nacionales. 

Al mismo tiempo la autocracia gomecista, se convertiría en vitalicia, consolidándose imbatible durante casi tres décadas, imponiéndose, a sangre y fuego, a todos los, ya decadentes, caudillos o aspirantes a tal, que intentaron tomar el poder por las armas (Maisanta, Arévalo Cedeño, Juan Pablo Peñaloza, Rafael Simón Urbina, Román Delgado Chalbaud, entre otros). 

La Venezuela alzadacomecandela y vernácula, tuvo que aceptar ver morir a Gómez con el poder en la mano, sin lo lograsen mover tan siquiera un milímetro. Y no solo la Venezuela “aventurera y heroica”, también la genuinamente liberal y la honradamente ilustrada que aspiraba legítimamente a horizontes mucho más amplios, tuvo que resignarse a esperar un cambio, a partir de la muerte del llamado Benemérito.

A su vez, tras la muerte del general Gómez, en diciembre de 1935, los gobiernos constitucionales de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita (herederos de la hegemonía política andinista impuesta desde 1899) llevaron a cabo un período transicional en el que se buscaba echar las bases de una futura democracia sólida, a partir de una apertura política a plazos (más aceleradamente bajo Medina Angarita) y de un proceso, acompasado pero firme, de modernización en materia institucional, educativa, económica, de asistencia social. Este proceso se desarrolló en medio de una revitalización de la dinámica nacional, en todos los aspectos, impulsada, en gran medida, por esa Venezuela ilustrada, libertaria y con ideas de progreso, a la espera desde los últimos años del gomecismo.

Este contexto, aún con todas las limitaciones, taras y rémoras que arrastraba, era propicio para un trabajo de reconstrucción y fortalecimiento de la República en sus cimientos, en la que pudiera anclar esa democracia firme, a partir de la solvencia económica, estabilidad y cohesión logradas bajo el gomecismo. Una tarea de reconstrucción basada en el trabajo del día a día, en la carpintería nacional necesaria, sobre la base de la confianza y la esperanza en el futuro. Este proceso de consolidación sistemática, estaba sintetizado en los lemas de gobierno de López Contreras y de Medina Angarita; respectivamente: “Calma y cordura”, “Sin prisa pero sin pausa”.

Lo más importante, el país se enrumbaba al margen del complejo heroico, con el mito cuatriboleado en derrota, con la perspectiva de cimentar una república institucional y cívica; cívica no solo por la posibilidad, a corto o mediano plazo, de que el poder militar llegase a estar subordinado al poder civil y de que los mandatarios no proviniesen del mundo castrense activo, sino también por un espíritu de república, más constructor que fundador, que enalteciera en el presente y de cara a la posteridad, más las actividades de la paz, del día a día, que el heroísmo epopéyico y mítico.

Esta oportunidad se vio truncada con la Revolución de Octubre. Junto al regreso de la violencia política y la intolerancia, se pone nuevamente en escena el arquetipo heroico-político, esta vez con el estandarte de la democracia, revitalizado tras la toma violenta del poder, luego de derrocar al “heredero” del gomecismo. Aunque sé que la Revolución de Octubre fue mucho más que esto, y aunque no pierdo de vista, ni los logros positivos verificados a partir del 18 de octubre del 45, ni las falencias y anquilosamientos del orden político lópez-medinista; me da la impresión, sin embargo, de que el 18 de Octubre de 1945, el espíritu heroicista, el mito del sietemachos, se sacó la espinita de no haber podido derrocar a Gómez. Por supuesto, esto último no pasaría de ser una elucubración personal.

Tras el paréntesis dictatorial (de casi una década) de la cara militar del octubrismo; el 23 de Enero de 1958 resurge, más vigoroso que nunca, el mito del comecandela, el del héroe popular, la fábula del bravo pueblo, el complejo del paladín contra la opresión; enarbolando, una vez más, el estandarte democrático. Y cuando este estandarte se destiñe y se rasga, el espíritu cuatriboleado levanta la cabeza una vez más, el 4 de Febrero de 1992 (con su corolario del 27 de Noviembre), en el mito del militar bolivariano, del héroe vengador de los oprimidos por la oligarquía. Aunque fracasado en tomar el poder por las armas, este mito, llevando a cabo para sus aviesos fines, precisamente un trabajo de día a día, se abriría paso a través de la raída y confiada institucionalidad adeco-copeyana, consagrándose electoralmente el 6 de diciembre de 1998.

Casi veinte años después de aquel 6 de diciembre, veintiséis años después de aquel 4 de Febrero, sesenta años después de aquel 23 de Enero y sobre todo, setenta y tres años después de aquel 18 de Octubre, tan lejano y a la vez tan encima de nuestra conciencia; nos encontramos con la sangrienta aniquilación en las calles venezolanas de buena parte de nuestra juventud, en su heroísmo, inocente y honesto, también en sus esperanzas de un mejor país. Nos encontramos con una Venezuela cada vez más corrompida en todos los aspectos; diezmada, esquilmada por una Narco-Tiranía; traicionada por un falso liderazgo opositor y una intelectualidad mediocre. Una Venezuela desmoralizada, prostituida, obligada a huir en estampida. 

Setenta y tres años después, seguimos aferrándonos al ya caricaturesco, patético y frustrado mito del Bravo Pueblo, del héroe, del cuatriboleado; un mito, hoy cooptado por una cofradía de delincuentes y resentidos en el poder; una fábula agotada que poco o nada tiene que decirnos. Nos aferramos en una invocación estéril o canalizamos nuestro despecho denigrando contra nosotros mismos. Lo lamentable es que seguimos ignorando el trabajo cotidiano, colectivo y constructor, con calma y cordurasin prisa pero sin pausa que nunca atendimos. Un trabajo, aclaro, no para lavarle la cara al régimen ni pretender una ilusa salida constitucional-electoral a este hamponato, pero sí para hacer sustentable una lucha que no será corta ni se acabará con la salida de Miraflores del tirano.

Un esfuerzo de carpintería, incluso en resistencia y rebelión, necesario para defendernos, sobrevivir y sobreponernos a la devastación chavista. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nos Falta Cultura De Despotismo

NOS FALTA CULTURA DE DESPOTISMO

Por Alexander Delgado C.

 10 de Octubre de 2018



El vil asesinato del concejal Fernando Albán, militante de Primero Justicia, está siendo utilizado en forma, más que patética, abyecta, por los politiqueros de la llamada oposición oficialista y sus influencers. Más que patético, francamente ruin, el estadístico Félix Seijas, palangrista de las líneas muderas y electoreras, publicó el pasado 08 de octubre, en su cuenta en Twitter (identificada como @felixseijasr), un post a propósito del asesinato de Albán en el que dice:

Al analista Seijas perfectamente se le podría responder con sus propios argumentos. Las brutales torturas y subsiguiente muerte a que el hamponato rojo sometió a un dirigente político vinculado a la línea de la MUD (sin desmedro de su valía), dejan más que en evidencia que bajo la Narco-Tiranía castro-chavista, las vías democráticas, institucionales, convencionales, abiertas, no permiten otra oposición que no sea de saludo a la bandera y, ni aún este tipo de oposición sería seguro, a la luz del crimen contra el concejal Albán.

El asesinato de Albán, la prisión del diputado Juan Requesens (también de Primero Justicia), y de tantos otros que han tratado de hacer oposición a este régimen, cual si se tratara de un mal gobierno demócrata-liberal o de una dictablanda; refuerza la idea de que bajo una tiranía, o incluso bajo una dictadura (como, equivocadamente, muchos catalogan al régimen de Miraflores) la forma lógica de enfrentarse es desde una actividad de resistencia, organizada y clandestina.

En un artículo del 25/05/2015, el Dr. Jesús Petit Da Costa lo explica de manera inequívoca, tomo algunos fragmentos de este artículo (*):


¿Por qué no hemos logrado llevar a cabo este tipo de política de forma efectiva? ¿Porque los pocos intentos que se han hecho no han llegado a nada o han terminado trágica y dolorosamente como el del Comisario Oscar Pérez a comienzos de este año?

¡Porque nos ha faltado Cultura de Despotismo!

¿Qué debemos entender por Cultura de Despotismo? Obviamente no se trata de convertirnos en déspotas, ni en cómplices del despotismo castro-chavista; es, ante todo, concientizar e internalizar la opresión que se vive, asumir la necesidad de enfrentarla y, a partir de esta consideración, aprender a organizarnos y movernos, generalmente a bajo perfil e incluso en secreto; a saber cómo prevalecer frente al despotismo chavista (no necesariamente a corto plazo) y poder derrotarlo al final.

Al margen de los juicios de valor que nos hagamos en relación a los sucesos que condujeron al derrocamiento del General Marcos Pérez Jiménez, a comienzos de 1958; e independientemente de la postura política que asumamos en torno a este tema; podemos hacer, sin embargo, una comparación con aquellos años en un sentido estrictamente pragmático.

En la década de los 50 había cultura de despotismo (o cultura de dictadura como también se le conoce), el venezolano de la época había vivido la mayor parte de su historia bajo sistemas políticos represivos o, en el mejor de los casos, con importantes restricciones políticas, y a veces socio-culturales. Por ende, a la hora de hacer frente al gobierno de turno, el venezolano que asumía la política militante, estaba familiarizado con conceptos como; organización, cohesión, clandestinidad; incluso echarse al monte, estructurarse en el exilio y hasta llevar a cabo incursiones armadas desde tierras extranjeras, formar una “revolución” como, rimbombantemente, llamaban a las revueltas armadas que eventualmente lograban tomar el poder. Quizá los métodos de enfrentamiento variaron desde los días del régimen del General Gómez, enfocándose más en las acciones urbanas, pero se mantuvo la cultura de despotismo, ese saber actuar políticamente bajo represión, con cautela o a ocultas, con exactitud, con exigencia.   

Con la consolidación, a partir de 1958, de la democracia de partidos, ya se podía hacer política militante de oposición de manera legal, con instituciones que, aún con todas sus falencias, en muchos casos resolvían o sacaban del paso al ciudadano de a pie. Obviamente el venezolano fue perdiendo la cultura de despotismo y se fue acostumbrando a que, dentro de todo, podía protestar y acogerse a esas vías institucionales, por cojitrancas que fueran. Las siguientes generaciones crecimos en un clima sociopolítico que hacía innecesaria esa cultura, un clima relajado en el que nos formamos bonachones y bonchones, cada vez más desconectados de nuestra historia, soportados en la renta petrolera y en la ilusión de que todos cabíamos porque estábamos en democracia y éramos chéveres.

Y hemos sido los de estas generaciones, crecidos en el confort institucionalero, los que nos topamos de frente con el chavismo, con una realidad sociopolítica para la que no estábamos preparados.

En retrospectiva, se podría entender que estos hábitos políticos fraguados en despotismo permanecieran en el desuso y el olvido para 1998, o en los siguientes tres años, cuando el accionar del chavismo desde el poder aún no había cobrado la primera muerte. Pero, tras los sucesos de abril de 2002, hemos debido empezar a concientizar la calaña del régimen. Lamentablemente esto no ocurrió a pesar de que, a partir de 2002, la escalada de muertes, prisiones arbitrarias, torturas y exilios forzosamente voluntarios iba, cada vez más, en un espiral ascendiente. Los venezolanos no supimos, no pudimos, o muy probablemente, en el fondo no quisimos, recuperar esa cultura de despotismo.

Así, siempre nos llenábamos la boca tildando al régimen, erróneamente, de dictadura o, más acertadamente, de tiranía, pero nunca actuamos como se supone se debería actuar bajo un régimen opresivo. Como si en el fondo no nos lo creyéramos. Nunca internalizamos conceptos propios de quien se enfrenta a un despotismo como; clandestinidad, células, conchas, estafetas, lenguaje en clave, etc. A nadie en los 50 se le hubiera ocurrido promover una acción de desobediencia civil al entonces gobierno, en debates públicos, como se ha pretendido hacer, bajo la Venezuela chavista, desde las redes sociales.

Tildamos públicamente de dictador, antes a Chávez y ahora a Maduro, llamamos asesino y narco a Diosdado, terrorista a El Aissami; los insultamos (con toda la razón); llamamos a la rebelión, a acogernos al Artículo 350 y hasta ha habido quienes han planteado el absurdo de una consulta popular sobre esa hipotética rebelión. Y todo esto, en la mayoría de los casos, lo hacemos desde nuestras cuentas de Facebook, Twitter, Instagram, etc., con nuestros nombres de pila, fotos de nuestras caras y hasta fotos de nuestros seres queridos. El que se hubiera expuesto así antes de 1958 habría sido visto como un loco, un imprudente o, en todo caso, no habría sido tomado en serio. Y eso nos pasa hoy. Quizá por eso nunca hemos inspirado la seriedad que amerita el tamaño de la tragedia que estamos viviendo.

Y así hemos llegado a este Estado Fallido, tirano y delincuencial; sin asimilar, más allá de los dicterios, el carácter opresor o, peor aún, gangsteril y anómico, del régimen. Todavía es posible ver como muchos de los llamados guerreros de teclado son criticados y tildados de cobardes, por usar seudónimos, como si para eso no hubiese razones más que obvias. Del mismo modo son comunes las críticas a los dirigentes en el exilio, por parte de los que permanecen en Venezuela, usando como descalificativo, precisamente, el estar fuera del país. Habría sido de ver la cara de un dirigente político anterior a 1958 ante semejante diatriba. Frente a quienes hablan de organizarse o hacer algo desde afuera, todavía son comunes las voces (o teclados) furibundas de quienes gritan “la lucha es aquí” ¿De verdad? 

La Pregunta de Las Mil Lochas. ¿Por qué nunca llegamos a internalizar esa cultura de despotismo, ni aún después de casi veinte años de narco tiranía castro-chavista, con todo lo que ha pasado, especialmente desde 2014? 

Esta pregunta me parece mucho más clave que los lugares comunes de “¿Por qué seguimos tan pasivos?” o “¿Qué más tiene que pasar?”. Es clave porque habla de nuestra falta de seriedad en asumir el problema que tenemos (valga el eufemismo problema).

Creo que la respuesta a la interrogante anteriormente planteada está, en parte, en que la tiranía chavista, dura, cruda y sin tapujos, ha tardado en materializarse. Se ha ido configurando en su cara más brutal, a plazos. Durante mucho tiempo ha habido una máscara democrática (más bien democratero-oclocrática). 

Siempre hemos tenido espacios para expresarnos en contra, sin que, en la mayoría de los casos, haya consecuencias graves para el que se expresa. Por ejemplo; si estamos en Venezuela y desde nuestra cuenta de Facebook o Twitter, mostrando nuestra verdadera identidad, denigramos del régimen y no nos pasa nada, ni a nosotros ni a los nuestros; simplemente nos confiamos y, en la práctica, más allá de los epítetos, tendemos a olvidar la verdadera naturaleza del régimen.

Nos hemos confiado de nuestra “suerte”.

Y por supuesto, no podía faltar el ritual votocrático. De hecho, este se ha fortalecido bajo el chavismo hasta el límite del absurdo o de lo grotesco. Como dato diciente, constatemos que entre 2004 y 2013, en Venezuela solo hubo un año, el 2011, en que no se celebraron elecciones o consultas refrendarias de algún tipo; en los demás años siempre hubo ocasión de votar (aunque en realidad no se llegara a elegir), sean referendos, elecciones presidenciales, parlamentarias o regionales.

Y nos aferramos a la ilusión de que, si no estamos en democracia, al menos podríamos aspirar a recuperarla pronto y por vías institucionales... porque somos chéveres.

La dirigencia pseudo-opositora, obviamente, le siguió el juego al régimen. Después de promover, de manera improvisada e incoherente, la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, al año siguiente volvieron asustadizos a refugiarse en la comodidad de lo conocido para ellos; la acción electoral con toda su parafernalia; afiches, mítines, marchas, bailantas, actos con artistas a lo Sábado Sensacional; toda una fanfarria en torno al candidato chévere del momento; Francisco Arias Cárdenas en el 2000, Manuel Rosales en el 2006, Henrique Capriles en el 2012 y el 2013, etc. 

El chavismo y sus cohabitantes “opositores” supieron aprovechar esa falta de cultura de despotismo, ese amodorramiento en el confort institucionalero y votocrático en el que nos arrulló el puntofijismo; ese aferrarnos a la ilusión democratero-electorero-parrandera, ese mojón mental de somos chéveressomos todo paz y amor. Obviamente el régimen y su oposición hicieron lo posible para mantenernos en esa ilusión, para que no nos tomáramos en serio el despotismo, cada vez más violento, que vivíamos.

Ahora bien, parafraseando la pregunta cliché ¿Qué más tiene que pasar?

Simple; que maduremos de una buena vez. Que salgamos de nuestra Peter-Pánica adolescencia, que tengamos la valentía de espíritu para asumir nuestra realidad (igual o peor que la del siglo XIX); que nos conectemos de verdad con nuestra historia para entender de dónde venimos y como llegamos hasta aquí. 

Que nos sacudamos de esa ilusión democratera y siglo-veintera, de esa obsesión buenista y de ese afán cuasi-enfermizo por lo políticamente correcto. Que entendamos que no somos chéveres, sino que estamos jodidos por IRRESPONSABLES. Que no somos chéveres, pero que tampoco somos lo peor que parió la humanidad. Que estamos jodidos pero que podemos, si queremos, salir de esta locura, asumiendo la solución que sea pertinente y no la que más nos guste, pagando el precio que haya que pagar y durando lo que tenga que durar.

Que asumamos de una vez por todas que no hay Estado ni instituciones a que acogerse que estén verdaderamente al servicio de Venezuela y de su gente. Que no hay, ni puede haber, dentro del país, liderazgos genuinamente opositores a la tiranía que, a cara descubierta, actúen con efectividad en las calles. 

Que dejemos de lado ese otro mojón mental, el complejo heroico, que entendamos que encarar nuestra situación no es simplemente un tema de ser cuatriboleados ni de gritos histéricos de “a la calle”, sino también, y sobre todo, de organización, disciplina y de ser más estratégicos.

Que entendamos QUE SE ACABÓ EL RELAJO Y ES HORA DE LA SERIEDAD.

Que terminemos de asumir la cultura de despotismoY que, adicionalmente, también desarrollemos un poco de lógica prepper, una mayor actitud de supervivencia y prevalencia. 



El citado artículo del Dr. Jesús Petit Da Costa se puede leer en el siguiente enlace:

http://jesuspetitdacosta.blogspot.com/2015/05/actuar-combinando-todas-las-formas-de.html

lunes, 17 de septiembre de 2018

Liberalismo Vs Individualismo

LIBERALISMO Vs.  INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

17 de Septiembre de 2018


¿Porque la democracia liberal es poco menos que una quimera en Venezuela? 

Por ese típico venezolano individualista, retrechero, jaquetón, cimarrón; ese que entiende la libertad en términos de “Yo Digo lo que me da la Gana, hago lo que me da la gana, y al que no le guste que se joda”; por ese tipo de venezolano que considera que no tiene deberes, solo derechos, que está convencido de que todo lo malo que pasa en el país es culpa de alguien más, nunca de él, ni por acción ni por omisión. Es por ese tipo de venezolano que en nuestro país es bien difícil que, por generación espontánea del pueblo, prospere el liberalismo político y social, la llamada democracia liberal, al menos en el corto y mediano plazo. La misma aplicación de esquemas liberales en el ámbito económico requiere, para su consolidación exitosa, de una estabilidad y continuidad que en la actual Venezuela solo puede obtenerse bajo un orden autoritario. 

Lo que, lamentablemente, en estas tierras más favorece al socialismo (y por extensión, al comunismo), paradójicamente, no es el impulso colectivo o comunitario que, en el fondo, suele ser errático en la población. Es más bien lo contrario; un tipo de impulso individualista, incoheso, rayano en lo egoísta, propio de los pueblos hispanohablantes; aunque, a simple vista, parezca contradictorio es esto lo que abona el terreno en nuestras naciones para la implantación del socialismo en todas sus vertientes. 

La libertad implica responsabilidad; cuando no se trata solo de  como persona en mi esfera privada, sino también, de  como parte de una sociedad, mejor dicho, de una ciudadanía; el bienestar general y la propia libertad derivan de pensar más allá de lo que nos gusta o nos molesta en lo singular, teniendo en cuenta también lo que nos conviene como pluralidad, ya que esto repercute de regreso en el desempeño de nuestra vida personal. Se trata de entender que lo que hacemos o decimos en público incide, en mayor o menor grado, en la ciudadanía, sobre todo en momentos delicados, de perturbación o de algún modo, cruciales (como los que, trágicamente vivimos en Venezuela). Es decir, de puertas afuera, el bienestar general debería ser tenido en cuenta como basamento del bienestar individual y a ese bienestar o deterioro público contribuímos desde nuestra esfera individual en mayor o menor grado, a través de nuestras acciones u omisiones. Más que una imposición de la individualidad sobre lo colectivo, se trata de una retroalimentación de lo individual y lo colectivo, en un sentido constructivo para ambas instancias. La verdadera libertad en el seno de una comunidad no es decir o hacer jaquetona e irreflexivamente “lo que nos sale del forro”, también supone pensar un poco en el nosotros como colectividad (barrio, ciudad, región, nación, o incluso ente o corporación). 

Es aquí donde se cimienta el verdadero espíritu ciudadano. Es a partir de esta convicción donde se estructura una sociedad sanamente libre, en la que, en líneas generales, el poder coercitivo de la fuerza pública se hace menos implacable porque no es tan necesario; ni siquiera se puede hablar de una auto-represión por parte del ciudadano, o por lo menos no en un sentido autoritario. Más bien, hablaríamos de una auto-regulación desde el propio sentido común, desde la conciencia de ser parte de un conglomerado, en el que la perturbación del bienestar general, tarde o temprano redunda en el propio perjuicio individual. Es este tipo de ciudadano el que, al ser mayoría, da base a una sociedad fuerte y estable en sí misma, capaz de auto reglamentarse en libertad.

Este ha sido el caso de muchos de los países del llamado Primer Mundo; de manera especial, haría hincapié en que este fue el caso, en los siglos XVII y XVIII de las trece colonias británicas de América del Norte que luego sentarían las bases de los actuales Estados Unidos. 

Lamentablemente, en los países hispanoamericanos en general, este elemento comunitario-ciudadano, ha tendido a fallar o a ser muy mal enfocado. Pero sobre todo tiene como contra-cara, en un denso sector de la población, un espíritu, rebeldemente individualista, arisco, cuya “filosofía” tiende a ser el “primero yo, segundo yo, tercero yo”; la máxima del pa’ bravo yo, como reza la conocida canción salsera. 

En Venezuela, este cazurrismo anarquizante no solo es poco menos que idiosincrático sino que a esta libertad a lo macho se agrega otro elemento adverso; el instinto igualitarista de aquel que no acepta nada ni a nadie por encima de él

Es importante volver sobre esta paradoja; el liberalismo y, sobre todo, el capitalismo, comúnmente son vistos como fenómenos individualistas por naturaleza, pero para su consolidación estable, requieren de una sociedad cohesionada, con un espíritu comunitario, auténtico y espontaneo, donde el aporte individual de cada uno, más allá de sus motivaciones y bbeneficios personales, es valorado y bien aprovechado en beneficio de la colectividad. Ha sido en sociedades de este tipo donde el capitalismo, el liberalismo y la misma democracia, han dado sus mejores frutos. 

Por el contrario, los órdenes basados en el centralismo y, especialmente, las ideas basadas en el colectivismo, como el comunismo, el nazi-fascismo, o, en generalo, el socialismo (incluida su variante más light, la socialdemocracia), generalmente preponderan en aquellas culturas que tienden a un individualismo feroz y disgregante, especialmente donde (como en el caso de Venezuela) este particularismo se escuda y mimetiza en el hecho colectivo; o sea, que el individuo, sin pretender renunciar a su yo, lo solapa, sin embargo, como uno más del montón, valiéndose de ese hecho colectivo, para evadir o atenuar su cuota de responsabilidad para con la sociedad . 

Estas son las sociedades que, antes que constituirse en comunidades con latir propio, se convierten en rebaños, cuando no en rochelas de ganado salvaje.


Cuando en este tipo de sociedades, por inspirarse en los pueblos más avanzados, se aplican formas democráticas, con todos sus rituales, especialmente el del voto, pero sin un criterio realista acerca de su viabilidad; estas democracias formales tienden a convertirse, en oclocracias, en partidocracias, o en autoritarismos con fachada democráticadonde las iniciativas o pautas a seguir, siempre parten desde arriba, no solo por imposición de cúpulas o de un caudillo, sino por la comodidad de las masas individualistas que delegan todo en estos liderazgos (es decir, pasamos del pa’ bravo yo al pa’ vago yo).

Más que democráticas, sus prácticas políticas merecen el remoquete de votocráticas o caudillocráticas, según sea el caso.

En los extremos, cuando además predomina el igualitaraje parejero, apareado con una fuerte cultura del resentimiento y la envidia, es cuando tenemos el perfecto caldo de cultivo para prédicas y acciones demagógicas, populistas, socialistas, de impronta marxista-leninista, de estirpe nazi-fascista, barbáricas y finalmente totalitarias. O al otro extremo, y como detente o remedio a la implantación de estas formas tiránicas, el caos y la descomposición, suelen imponerse, muchas veces como mal necesario, autoritarismos de signo ideológico derechista.

Los dos párrafos anteriores describen cabalmente la realidad de Venezuela en los últimos 60 años, poniendo en relieve la dificultad, no solo de salir del régimen chavista por vías democráticas, sino también de poder recuperarnos de esta catástrofe aplicando medidas de corte liberal, fuera del aspecto económico. 

Y, por cierto, como se señaló al comienzo, incluso en el campo de la economía lo más probable es que, para que se pueda aplicar exitosamente un esquema liberal, haga falta,como complemento realista, que en los otros aspectos, especialmente el político, el social y el ético, se lleve a cabo una acción, nada liberal y nada democrática, por parte de algún tipo de sector organizado (que en la actual sociedad venezolana no se vislumbra), sea a través de organismos públicos o incluso articulándose con entes privados; sea a partir de alguna, muy hipotética (casi quimérica), vía de consenso... aunque lo más  más probable, es que solo pueda lograrse a partir de la imposición por la fuerza de una dictadura, unipersonal o ejercida por un pequeño grupo.

Incluso, el tan cacareado e-du-carr que tanto predican los sofistas ingenuos de la democracia liberal, solo puede ser posible bajo una acción draconiana, llevada a cabo por parte de un sector de la sociedad o desde un poder absoluto; ya que, hablando de educación, tanto o más que un tema de instrucción formal, también se trata de un reacondicionamiento de nuestra psique colectiva, para remover clichés, relatos, complejos, mitos y taras, aprendidos pablovianamente y arraigados de modo tan profundo que casi podrían metaforizarse en un sedimento prehistórico en el subsuelo de nuestra conciencia. 

¿Balaguerazo Contra Chamorrazo?

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