jueves, 20 de octubre de 2022

“¡Que Crezca El Pilón!”

“¡QUE CREZCA EL PILÓN!”

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Como el niño de antes que se divertía con aquel viejo juego de El Avioncito o La Semana, a lo largo de estos casi 24, años el pensamiento de la Venezuela antichavista parece haber ido a brincos en torno a toda una gama de consignas, letanías, mantras, etc., diseñados para cuadricular las expectativas, anhelos, filias y fobias de quienes deseamos salir de la plaga roja.

Eslogans chéveres que parecen segmentar la psique antichavista, como el; “¡Ni un paso atrás!” en 2002-2004, el “¡Atrévete!” en 2006, el “¡Hay un Camino!” “¡Algo bueno está pasando!” en 2012 y 2013; o los más recientes; el “¡Vamos Bien!” “¡Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres!”, con las que miles de venezolanos se plegaron, de buena fe, a la estafa del interinato.

Y entre cantaletas y cantaletas, se nos han ido casi 24 años y con ellos se han llevado buena parte de lo que llamamos (y aprendimos a querer como) Venezuela.

Pero la retórica de la oposición prestablecida también ha estado signada por otros clichés, menos de ocasión, más reiterados, aparentemente más espontáneos y repetidos constantemente por sus adherentes del común, sea de viva voz o a nivel de redes sociales. Una de esas muletillas es el oligofrénico “¿y tú qué propones?”, con el que siempre “replican” cualquier cuestionamiento a las vías ilusamente institucionalistas y electoreras, como forma de salir de la narco-tiranía. Otro estribillo es el neurótico y paranoide “¡UNIDAD!”, proferido a voz de cuello, cual admonición bíblica, brotadas las venas. 

El otro mantra, que es el que me lleva al meollo de este escrito, es el cataléptico y ya bien trillado “SUMA Y NO RESTES”.

Esta es quizá una de las frases más icónicas que, aún a estas alturas, siguen repitiendo los palangristas de la oposición nice; esa que solo atiende a voces mediáticamente consagradas, generalmente empeñada en una mística buenista y en discursos de reminiscencia puntofijista. Esa que se encuadra en partidos políticos añejos o añejados; y muy especialmente, esa que se apega a rutas electoreras, probadamente ineficaces y que solo sirven para (con o sin intención) hacerles el juego a la tiranía castro-chavista. 

Cuando escucho el “Hay que sumar y no restar” no puedo evitar recordar aquel otro juego de mis días escolares; cuando nos amontonábamos en cambote sobre alguno, caído en el suelo, al grito de:

         “¡QUE CREZCA EL PILÓOON!”

Porque es lo que, a grosso modo, quiere decir el “Suma y no restes”. Ante el monstruo chavista, solo parece inspirar una seguridad placeba la idea de que crezca el pilón, no importa que ese pilón, en permanente crecimiento, no haya servido para un carrizo. Admito que es comprensible esta postura desde la desesperanza y el desespero. Se comprende igualmente esta visión pilonesca de una presunta cohesión opositora, teniendo en cuenta nuestra tradición socio-política entre 1958 y 1999.

Aunque muchos de los que se hacen eco de esta consigna son ciertamente profesionales o tan siquiera bachilleres, a veces parece que no hubieran pasado de sexto grado de primaria, o que su mente hubiera borrado las matemáticas del bachillerato. De lo contrario recordarían que también existen los números negativos, por debajo de cero, y que SIGNOS DIFERENTES NO SUMAN, RESTAN.

Esta no es una simple y banal metáfora matemática. El chavismo (y en general el foro-paulismo) parece tener muy clara esta metáfora. Los chavistas siempre han partido de la premisa de “nos fortalecemos depurándonos” y, desgraciadamente para Venezuela, les ha dado resultados óptimos. Numéricamente hablando; en términos de simpatizantes, devotos y militantes de base (por convicción, no obligados); por lo menos desde el 2001, ha sido mucho más lo que el chavismo rojo ha perdido en Venezuela que lo que ha ganado, y sin embargo parece estar cada vez más firme y fortalecido. Los rojos solo se juntan y se retroalimentan con los de su misma calaña, con los que, de una u otra forma, les aportan en el sentido roñoso, destructivo o degenerativo que les es innato. Ellos juntan negativo con negativo, suman en negativo.

Pero del lado opuesto al chavismo; desde la “dirigencia” o vocería, pasando por los generadores de matrices de opinión, hasta la propia ciudadanía de a pie; se insiste en la cantaleta de la “unidad” “hay que sumar y no restar”. En nombre de esta “premisa”, se ha pretendido amalgamar todo aquello que haga bulto contra la plaga castro chavista; se ha acogido indiscriminadamente a cuanto elemento chavista “abandone” el barco rojo, no importa si representa lo peor del régimen; no importa si, a la manera de Francisco Arias Cárdenas, David De Lima o William Ojeda, están de prestado, haciéndose pasar por opositores, para luego volver a su redil original. En nombre de sumar y no restar se le han hecho carantoñas a los llamados chavistas originarios, descontentos de la actual dirigencia roja, quienes, sin abjurar de su antigua devoción por Hugo Chávez, solo pretenderían reproducir en el espectro anti-chavista la actitud país, en sus fuentes primigenias, que nos trajo a este cuasi apocalipsis.

Buscando que crezca el pilón, se recibieron con los brazos abiertos a un Henry Falcón, a un Eduardo Semtei, a un Miguel Rodríguez Torres o a una Luisa Ortega Díaz… y a la postre ¿Qué han aportado? Se llegó hasta el extremo, ciertamente no confirmado pero sí muy diciente, de “negociar” un apoyo de Vladimir Padrino y Maikel Moreno de cara a aquel patético 30 de Abril de 2019, para luego resultar con los crespos hechos.

Pero, lamentablemente, para la lógica del antichavista cool no importa que las pilonescas mayorías numéricas no hayan servido de nada, ni a nivel de urnas electorales ni a nivel de calle, ni siquiera, de cara a una opinión pública internacional; la cual, por cierto, en el fondo está casi tan drogada de unicornios como los chéveres que, en Venezuela, siguen a la dirigencia “opositora”.

La verdad es que la oposición más ilusa se aferra a la Tesis del Pilón porque retrata uno de los mitos, pecados o debilidades, más pertinaces de nuestra psique. Los venezolanos, lamentablemente, tenemos una mentalidad muy arraigada de hombre-masa; esta encubre un individualismo insociable y cimarrón, asentado en nuestra conciencia y escudado en la impersonalidad de una colectividad amorfamente uniforme. Deliramos por una diversidad malentendida, multitudinaria, más revuelta que junta; un amontonamiento con cierta estética, bajo el discurso bien-pensante proferido por unos “voceros” altoparlantes desde una tarima. Elementos dispares juntados que, en el fondo, se mastican pero no se tragan, o en el mejor de los casos, se son mutuamente indiferentes. Pero eso no importa, hay que sumar, nos apilonamos para la foto (o el selfi) en medio de la algarabía callejera, con nuestra mejor sonrisa Pepsodent.

Nuestro individualismo cerril tiene como condición sine qua non, que nuestra singularidad nunca destaque, que sea unidad confundida entre la multitud; más o menos como el que solo se siente cómodo en las grandes urbes, en las que, como partícula perdida, si acaso se conoce con el vecino del apartamento de al lado. Tenemos una devoción, casi que fetichista, por la cantidad, muy por encima de la calidad. Hay que sumar, porque solo vale lo cuantitativo, lo estadístico, el cuatro que resulta de juntar dos con dos; no importa que estemos “sumando” manzanas buenas con manzanas podridas; mejor dicho, no importa que estemos arrejuntando manzanas con manteca de cochino y zapatos; lo que cuenta es la cantidad de unidades que amontonemos para que crezca el pilón; “¡Unidad!” “¡No dividas!”, al contrario, “¡hay que multiplicarnos!”, aunque al multiplicar positivos con negativos, el resultado sea negativo (de nuevo las fastidiosas matemáticas del liceo).

A lo cualitativo en el fondo le tememos; pero, en realidad, no tanto porque “dividimos y ellos reinan”, esa es nuestra coartada; más bien lo que nos atemoriza es que esa división nos muestra la verdad de nuestra debilidad orgánica tras la falsa fortaleza del número… Y también porque la calidad nos representa diferencias, nos recuerda el registro social y esto, nos demos cuenta o no, nos reviven ecos de la Venezuela de los años 1814 y 1859. No importa que esos ecos se hayan institucionalizado desde 1999. Nuestro negacionismo da para todo.

De ahí que muchos venezolanos, de todos los niveles socio-económicos y educativos, pero especialmente en el campo antichavista y en las urbanizaciones de la, otrora y post-hippie, clase media, deliren orgásmicamente ante una concentración masiva y multicolor, pacífica, festiva, “fraternal”, chévere, como tantas que han tenido lugar entre 2002 y 2019, en forma de marchas de protesta, mítines electorales o auto juramentaciones; sean protestas cívicas, sean disturbios o, en el caso chavista, sean turbas y hordas.

Nuestra devoción por las pilonescas multitudes, encubre el temor evasivo a nuestro yo interior colectivo. Por eso también, cuando nos la damos de extremistas cuatriboleados, optamos por la letanía de “¡Todos a la calle!” “¡Calle sin retorno!”… Porque la calle acalla. El retumbar de gritos vacuos, pitos, bocinas, consignas y comparsas sobre el asfalto, encubre los inquietantes ecos internos de nuestros complejos y traumas como sociedad, como familia, como grupo, como miembros de una colectividad llamada Venezuela.

La ilusión del pilón creciendo hoy representa ese buscar en el anochecer, bajo la luz de un poste de alumbrado público, aquello que, en el fondo, sabemos que solo puede estar en la oscuridad del matorral próximo. El problema es que el bombillo del poste hoy apenas destella parpadeos. Como ágora, la verdadera calle, sea pacífica o violenta, de momento parece haberse agotado para la Venezuela antichavista, al menos como ciudadanía civil; y como posible ciudadanía armada tendría que pasar por un período de organización y entrenamiento tras trincheras si queremos que sea efectiva. Las calles venezolanas, hoy en día, están tomadas por bandas armadas y violentas, mercenarias o aliadas de la narco-tiranía, a quienes no les importa que el pilón no le crezca siempre y cuando su poder de fuego sea incontestable. Unas montoneras de siglo XXI que no se andan con comparsas ni sonrisas Pepsodent, ansiosas, por lo demás, de invadirnos y aniquilarnos en nuestros espacios internos.

Precisamente solo nos quedan esos espacios internos; el hogar, el cónclave familiar, vecinal, organizacional, acaso profesional, incluso de amigos o feligreses religiosos… y por supuesto de copartidarios. Solo nos quedan nuestros patios interiores o, si se quiere, nuestras catacumbas, reales o simbólicas, para enfrentar nuestros monstruos de closet, para superar miedos, tabúes atávicos, traumas y ecos decimonónicos; para asumir, sin tapujos, nuestras singularidades, individuales y grupales, darles el brillo que merecen y ubicarlas donde puedan dar lo mejor de sí; asumir constructivamente nuestras diferencias, lejos de pseudo diversidades bullangueras; cohesionarnos de verdad, desde las bases, lejos de falsas unidades en calles postizas.

Nos quedan nuestros baluartes, para organizarnos, definirnos, fortificarnos y resistir los embates del castro-chavismo y sus aliados; para redefinirnos, reestructurarnos y luego, ahí sí, plantearnos la retoma de las calles y la toma del poder. Espacios regenerativos que nos permitan crecer, primero en calidad y luego en cantidad, sumar de verdad, sumar positivos con positivos y ofrecer cimientos sólidos a una verdadera nación y no a un pilón. Una nueva Venezuela, no solo mil veces mejor que la ignominia que tenemos casi 24 años padeciendo, sino también una Venezuela mejor, más digna y sólida que la que tuvimos ayer, anteayer y trasanteayer.

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Imagen al comienzo tomada de Wikipedia, la Enciclopedia Libre:

https://es.wikipedia.org/wiki/Oposici%C3%B3n_al_chavismo#/media/Archivo:We_Are_Millions_march_Venezuela.jpg

viernes, 14 de octubre de 2022

Lo Hispano Y Lo Supranacional

LO HISPANO Y LO SUPRANACIONAL

Por Alexander Delgado C.

14 de Octubre de 2022

 

Nos ha hecho falta una cosmovisión hispana. Como tal entiendo a una suerte de visión supranacional (no necesariamente política) en el universo hispano que, lejos imponer la visión concreta de la península ibérica o de un determinado país hispanoamericano, se base en una síntesis o factor común que aglutine los diversos orgullos identitarios de habla hispana, a ambos lados del Atlántico. Una cosmovisión, no necesariamente al margen de Occidente, de hecho integrada en lo occidental, pero reclamando su espacio y características propias. Que se ubique más allá del ámbito político (o que no se ancle a este), que sea plenamente consciente de que su esencia se define por un espíritu colectivo común, expresado fundamentalmente en el universo cultural e idiosincrático que nos caracteriza, con todo lo positivo y negativo que este tiene. Y, muy importante que, respetando su historia, sin embargo no dependa ,para autodefinirse, de simbolismos rancios del pasado, sino que sepa reconocerse en la contemporaneidad.

Una Cosmovisión Hispana Truncada

A mi modo de ver, se estuvo cerca de, tan siquiera, proyectar una visión semejante desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Por un lado se podía inferir este esbozo en connotados pensadores españoles como el padre del Pan-hispanismo, don Miguel de Unamuno y, con sus bemoles, en otros pensadores peninsulares como Marcelino Menéndez y Pelayo, José Ortega y Gasset o Ernesto Giménez Caballero. En un aspecto más político, desde el arco del nacionalismo español a inicios del siglo XX (especialmente en el falangismo), también se alzaron discursos que buscaron tender puentes de unidad hacia las repúblicas hispanoamericanas (más allá de sus circunstancias y motivaciones de fondo); no solamente respetando las tradiciones históricas de nuestros países, sino, de hecho, integrándolas en un todo hispánico.

En la América Hispana también muchos hombres de pensamiento, en mayor o menor grado, apuntaban en esa misma dirección; como el argentino José Enrique Rodó o el mexicano José “Pepe” Vasconcelos. En la Venezuela de la primera mitad del siglo XX, bien pudo hablarse de una verdadera escuela, con prohombres de la venezolanidad que, no solo reivindicaban al pasado colonialal elemento identitario hispano como columna vertebral, sino que, a diferencia de pseudo-hispanismo on line de hoy, no renegaban de nuestra historia republicana ni de nuestros prohombres independentistas; antes bien, los asumían como la genuina expresión, en lo bueno y en lo malo, del ser y no ser hispano. Toda una pléyade de hombres de visión elevada; académicos, literatos o historiadores de alto calibre como; Rufino Blanco Fombona, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, Mario Briceño Iragorri, Carlos Felice Cardot, Caracciolo Parra Pérez, Caracciolo Parra León y Arturo Uslar Pietri. Incluso, de varios pensadores de influencia positivista, de los últimos años 1800 y primeras décadas del siglo XX, se hubiera podido extraer lecciones fructíferas, independientemente de si en ellos había o no, la intención de aproximarse a cualquier pretensión pro-hispanidad.

Cada uno a su manera, con todas sus diferencias de orientación ideológica, poniendo el acento más en uno u otro aspecto, crearon una coyuntura sinérgica idónea que debió ser aprovechada y plasmada en una tradición de pensamiento hispanoamericano; tradición que, partiendo de asumir como columna vertebral el elemento hispano (o, si se quiere, hispano-mestizo), pudiese proyectar una cosmovisión hispanoparlante que, a su vez, reforzara y sirviera de marco y referente de apoyo al sentido identitario y de dignidad de nuestras naciones. Iniciativas como esta hubieran podido generar, a ambos lados del Atlántico, espacios de intercambio cultural y de disertaciones y discusiones intelectuales y académicas de altura que enriquecieran la cosmovisión de la que hablo, a partir de una afirmación de nuestros aciertos y de una sana autocrítica en relación a nuestros errores. Una proyección que, en relación con nuestros orígenes y devenir histórico, supiera hacerle frente a desadaptadas, atorrantes, acomplejadas y resentidas leyendas negras y, al mismo tiempo, apartarse de ingenuas y frívolas leyendas doradas que muy poco aportan y, por el contrario, desvirtúan.

En síntesis, una cosmovisión capaz de salirle al paso a lo que, lamentablemente, está sucediendo hoy, en la enrevesada posverdad idiocrática de las redes sociales y a nivel de panfletos resentidos, de parte de politicastros buscando impacto mediático y de mercenarios académicos de esa politiquería; sea desde posturas pseudo-indigenistas como pseudo-hispanistas.

Una Hispanidad Envenenada

Lamentablemente esto no sucedió; desde el poder político, a lo largo del siglo XX, las narrativas nacionales hispanohablantes (sobre todo en América), no supieron captar y plasmar esa visión en su debida magnitud, así como las ventajas socio-políticas, socioculturales y referenciales que de ella se podían derivar, especialmente de cara al momento que vivimos. No hubo en nuestros países liderazgos que supieran (o quisieran) recoger el legado de los ya mencionados y otros grandes pensadores, en sintonía con un espíritu hispano integral y cristalizarlo en discursos de identidad nacional más sólidos y honestos; una semblanza bien entendida que, sin patrioterismos fundamentalistas y ramplones, replanteara y tonificara el orgullo identitario de las naciones hispanohablantes, desanclándolo de iconos arcaicos y ubicándolo en la contemporaneidad, como un todo que integrara nuestros gentilicios nacionales; en su aspecto histórico pero, y sobre todo, en el presente y de cara al futuro.

Por el contrario, en los países hispanoamericanos, y en la misma España, se entronizaron los más torvos lamentos pobrecitistas y acomplejados, los más rastreros resentimientos y los mitos más desubicados (pretendida identidad etno-indigenista, por encima del mestizaje y sobreestimación del legado afro); todos estos delirios, plasmados en obras como Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, se condensaron en una visión izquierdosa que, teniendo como catalizador al castrismo y luego al Foro de Sao Paulo, poco a poco se fue apoderando, en nuestros países, del sentido de orgullo nacional, dotándolo de (o más bien reforzando) una proyección que, bajo el pseudónimo de “antiimperialista”, en realidad es acomplejada, plañidera, fatalista, de perdedores. 

Esta deformación, explotando la ignorancia desatendida de las masas populares, así como una predisposición aprendida al victimismo, dio estructura a fenómenos socio-políticos como el castro-chavismo, aupando su ascenso al poder desde 1998. Un ascenso facilitado por ecosistemas sociopolíticos corruptos y desgastados, con socialdemocracias celestinas o centro-derechas de señoritos, petulantes y mayameros; con clases medias cada vez más desapegadas del resto de sus sociedades, con liderazgos políticos, aparte de corrompidos, anquilosados y lo más lamentable, con dirigencias “intelectuales” o académicas, cada vez menos comprometidas con ser faros en sus naciones; auto-complacidas en sus tristes tribunas de opinión. Entornos patéticos, regodeados en las burbujas de ficción primermundista de sus confortables urbanizaciones o, parafraseando a Idolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez“viendo un olimpo en su ghetto”.

Luego de asentarse en el territorio venezolano, y con el chavismo como ariete, el foropaulismo ha repotenciado a lo largo del subcontinente esa visión deformada (y, hasta entonces, politicamente marginal), proyectando una versión viciada del viejo ideal integracionista hispanoamericano bajo el sobrenombre de “La Patria Grande”. Una “unidad” en el pobrismo, en el victimismo, paradójicamente, en la negación del elemento hispánico, no obstante ser nuestro aglutinante cultural. 

A su vez, y como reacción a este discurso de venas abiertas, se desarrolla, sobre todo a nivel de redes sociales un arrastrado, oligrfrénico, conspiranoico, discurso neo-hispanista (en realidad españolista o nordicista) renegatorio de la historia republicana de los países hispanoamericanos, especialmente de sus procesos independentistas; hispaNECIOS espurios y, en el fondo, igualmente acomplejados; muy distantes de la visión del maestro Unamuno; un pseudo hispanismo que, en el fondo, es triste coartada pro-nórdica y arielista.

Así llegamos a este momento en que; a la debacle económica, al caos social, al derrumbe moral y ético, a la pérdida de brújula en lo político; tenemos a una Hispanoamérica perdida, en una acefalía referencial, incapaz de reconciliarse consigo misma; contaminada por multilantes y renegadas leyendas negras contra sí misma; así como por nacionalismos caníbales, los cuales, mal influenciados por ideologías chovinistas o fascistoides, incompatibles con nuestra cultura, fomentan discursos xenofóbicos contra naciones vecinas, paradójicamente con quienes más se comparten cultura e historia.

Debacle agravada al estar en medio de un contexto global de anarquía y post verdad, en el que el desarrollo y protagonismo, cada vez mayor, de las Redes Sociales ha tendido a poner en plano de “igualdad” a una persona (con o sin títulos) que, probadamente ha estudiado determinado tema, con un simple y egocéntrico “opinador” o influencer, pasionario e impertinente que solo se expresa desde sus complejos, a partir de textos o frases descontextualizados y amañados o, peor aún, un mercader de la miseria humana, en busca de likes monetizantes.

¿Qué Le Queda A Las Naciones Hispanas, Especialmente En América?

De cara al momento presente, de anarquización, encono y post verdad, cada nación hispanoamericana, sin negar su esencia cultural, debe volcarse hacia sí misma, enfocarse en rehabilitarse por sus propios medios, apostando a un reencuentro posterior con el resto de la hispanósfera. Apelar románticamente a discursos hermanistas por encima de enconos internos, no pasa de ser un, bienintencionado pero triste o caricaturesco, saludo a la bandera; es pretender apoyarse en una razón desbordada por el caos pasional simplista y vulgarezco. La unidad e integralidad empieza desde las moléculas. Así, antes de hablar de unidad hispana debe hablarse de integralidad a lo interno de nuestras naciones. Cada nación hispanohablante, especialmente en nuestro continente, debe buscar una reconciliación consigo misma, con su historia (en su totalidad), con su identidad y las particularidades de esta (dentro del todo hispano); debe asumir su realidad geográfica, económica y poblacional, debe entender que estos son factores que han incidido en su desenvolvimiento histórico, pero que no tienen por qué ser predestinantes.

Así mismo, en cada nación hispanoamericana, y a partir de un sentido de orden y respeto, deben buscarse, formal o informalmente, acuerdos de coexistencia con aquellas identidades aborígenes a lo interno del territorio patrio, y a en lo que toca a la propia sociedad hispano-mestiza, también procurarse (en la medida de lo posible) un entendimiento con sectores usualmente postergados; sin evadir confrontaciones, pero también sin permitir que estas escalen a situaciones anarquizantes; acaso sea necesario, hasta cierto punto, un proceso a lo interno de depuración de elementos incordios.

Se debe comprender que, más allá de nuestras singularidades nacionales y regionales (que, insisto, se deben asumir), nuestra condición hispana, aparte de ser columna vertebral identitaria de nuestros países, es nuestro elemento de integración a posteriori, no solo con el resto de las naciones hispanas sino también, respecto al concierto global en sí mismo.

Pero, como ya he señalado, este es un trabajo que cada nación hispanoamericana debería realizar a lo interno. Hay que dejar de lado, al menos de momento, mitos patria-grandistas, especialmente aquellos anclados en discursos politiquero-ideológicos o contaminados de victimismos, pobrecitismos resentidos, galeanismos, negro-legendarismos (contra quien sea), etno-centrismos, euro-centrismos y pseudo- hispanismos

Debemos esforzarnos por superar mitos globalizantes, según los cuales, para estar integrados debemos estar bajo un mismo gobierno; da lo mismo que hablemos de añoranzas patéticas por el imperio español o la pretendida y desvirtuada integración bolivariana. El espejismo mental de que una cosmovisión hispana debe estar condicionada por una vasta unidad geopolítica común o partir de esta, tiene una clara impronta estatólatra; esta una de las principales taras que debemos superar

La base de la unidad hispana es, ante todo un orbe cultural, que durante 500 años, se ha mantenido incólume, de hecho se ha enriquecido en cada época, por encima de cambios políticos, sociales y tecnológicos, adaptándose a los nuevos tiempos. Encontrar ese espíritu en la contemporaneidad, supone respetar lo que de histórico tiene pero en su debida contextualización, deslastrándose de filias y fobias del pasado. Implica entender lo hispano como una esencia lo suficientemente fuerte en sus bases como para que su vivir no dependa de añoranzas o ilusiones rancias ni de odios anacrónicos rastreros .

Enfocándose de este modo, los nuevos discursos nacionales deben ser capaces de generar una nueva narrativa política y articular en ella a los medios de comunicación, a nuevas estructuras educacional y renovados ámbitos académicos, en un esfuerzo reorientador de nuestras sociedades. 

La unión hace la fuerza, solo cuando se unen fuerzas, no cuando, como en nuestro caso, se unen debilidades, primero debemos fortalecer e integrar nuestras identidades nacionales, paso previo a un sentido de unidad y cosmovisión hispana mucho más sólido y seguro de sí mismo, con una sana y verdadera autoestima de cara a la realidad que nos rodea, así como un nuevo sentido de identidad nacional en nuestros países. 

Una renovada cosmovisión hispana, reestructurada DESDE LAS BASES y no desde el techo, como la hemos concebido hasta ahora.

martes, 13 de septiembre de 2022

Lo Cortés No Quita Lo Radical

LO CORTÉS NO QUITA LO RADICAL

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Cuando buscamos en el diccionario de la Real Academia Española, la expresión Radical, los tres primeros significados que se nos presentan (¿los más cardinales?) son los siguientes:

1. adj. Perteneciente o relativo a la raíz.

2. adj. Fundamental o esencial.

3. adj. Total o completo. Cambio radical.

Es decir, se atienen a un sentido estrictamente etimológico del término, a partir de esta consideración, afrontar radicalmente una situación implica atacar, o al menos revisar, dicha situación en sus raíces.

Pero comúnmente la expresión radical, no suele ser asociada con estas primeras definiciones, sino con otras, también contempladas por la R.A.E, pero sin una verdadera relación etimológica, más bien con una relación semántica indirecta, derivada fácticamente de las primeras tres definiciones, a saber:

4. adj. Partidario de reformas extremas.

5. adj. Extremoso, tajante, intransigente.

En efecto, con mucha frecuencia, las personas y actitudes radicales suelen ser percibidas, y lo que es peor, suelen auto-percibirse, como portadoras de una actitud extremista, vehemente y vesánica.

Cuando hablamos de cambios radicales deberíamos sobreentenderlos como cambios en la raíz y no como un irnos de un extremo al otro. Esto último suele ser solo un cambio superficial; en el fondo, solo reproduce, en negativo, la misma fotografía de aquello que, se supone, se deseaba cambiar radicalmente. A la larga termina resultando el mismo musiú con cachimbo contrario

Del mismo modo es común que la idea de radicalismo remita equivocadamente a una pose de busca pleito de botiquín, con las venas de la frente brotadas y convulsiones cual Mal De San Vito. Al contrario, un verdadero radicalismo, desde un modo sereno y ponderado aunque firme y decidido, no solo es técnicamente posible sino que es aconsejable para confrontar determinada situación desde aquello que la nutre en sus raíces. Si de verdad se quiere diagnosticar tal o cual problema, procurando remediarlo en su esencia, se debe tener un mínimo de frialdad y serenidad, así sea en el proceso mental, para poder realizar una mirada panorámica y, si se quiere, una abstracción del cuadro. En estos casos un ánimo exaltado suele ser lo menos aconsejable.

En donde un verdadero radicalismo si afecta y exige al carácter es en el momento de pasar del análisis a la decisión y la acción. Se exige DESICIÓN, FIRMEZA y, si se quiere, audacia; pero incluso estas cualidades podrían verse torpedeadas en su ejecución por una actitud de fosforito.

A nivel de redes sociales, especialmente a la hora de abordar temas políticos y sociológicos, muchos malentienden ser radical con una perenne actitud textual de tirapiedras o de troll; así mismo, se asocia el supuesto radicalismo con una idea estereotipada relativa a hablar mal por hablar mal, a un permanente tono de carrito chocón, a la polémica por la polémica.

Igualmente muchos desubicados que se creen radicales piensan que deben asumir una postura agria, adusta, petulante, revestidos de una capa de inflexibilidad y un permanente sarcasmo de “superioridad” respecto al resto de los mortales.

Aunque no siempre se trata de defensores de ideas izquierdistas, de hecho no pocas veces se defienden de esta forma las ideas contrarias, a estos come-candela y naricita alzada de teclado, a propósito de su adustez, les aplica las siguientes palabras del Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, escritas a propósito de los extremistas de izquierda:

… El revolucionario (o su compañero de ruta) se toman en serio a sí mismos y se niegan el más leve gesto de humor (o de plasticidad o flexibilidad), como si ello fuera un gesto de debilidad que el enemigo aprovecharía para derrotarlos.” 

(Manual Del Perfecto Idiota Latinoamericano. Capítulo Crear Dos Tres… Cien Vietnam)

Haciendo una extrapolación, tanto con la anterior cita del Manual, como con el famoso dicho “lo cortés no quita lo valiente” se puede decir que estos supuestos radicales se muestran descorteses queriendo verse valientes, cuando en realidad presumen de lo que carecen.

Más que un pretendido radicalismo, estas actitudes exaltadas; con blindaje en la pose, revestidas de una presunta “rebeldía” por la rebeldía misma; lo que reflejan es inmadurez y malacrianza, escudadas en la “defensa” de una determinada causa, loable o no. Solo son una parodia wannabe de lo que creen ser.

Llevadas estas consideraciones al tema de la crisis cuasi-apocalíptica que se vive en Venezuela y a los dimes y diretes en que deriva la consideración de dicha crisis (sobre todo a nivel de Redes sociales); entre las muchas razones por las cuales se mantiene invicto el statu quo castro-chavista y foro paulista (incluidos colaboracionistas pseudo-opositores), se encuentra, en parte, el infantilismo arisco de muchos activistas, supuestamente radicales, tanto de teclado como de la vida real.

Por supuesto que hay excepciones honrosas; personalidades disidentes que sí asumen un verdadero radicalismo con una proyección responsable y visionaria. Pero, lamentablemente, sobre todo en las RR.SS, son mucho más comunes los que, a partir de un supuesto radicalismo solo saben exhibir actitudes vocingleras, tóxicas, incendiarias, hirientes y (en el fondo) desmoralizantes; siendo incapaces de pasar de un triste tirapiedrismo impotente, a un estadio, sino de acción, al menos de carácter propositivo, generador de ideas, de soluciones audaces pero racionales y de verdaderas matrices de opinión.

Otro hándicap que se observa a lo interno del universo disidente es la dificultad de atenuar, matizar, y armonizar, a lo interno, diferentes tópicos de opinión que, a partir de una debida jerarquización, deberían considerarse secundarios dentro de lo general que define una misma tendencia. Y, por supuesto, el otro factor, derivado de esa misma inmadurez, lo constituyen los egos individualistas, petulantes e intratables, muchas veces exponentes del Efecto Dunning-Kruger, los cuales, atrincherados en las tristes atalayas de sus mojones mentales, hacen cuesta arriba cualquier consenso o entendimiento. Es decir; el mismo ímpetu de carácter que determina y se ve justificado en estos supuestos radicalismos, se traduce en actitudes cimarronas a lo interno, chocando contra cualquier intento racional de cohesión. Ímpetus cerriles que devienen en verdaderos canibalismos.

A su vez, este mosaico de egos y atrincheramientos yoístas, se ve amparado en un pretendido y risible “ejercicio de mi libertad de expresión” (un mal chiste dentro del contexto castro-chavista); libertad muy mal entendida, en la medida en que se suele ser interpretada como “digo y hago lo que me da la gana”. Al mismo tiempo, esta falsa libertad, factor de caos y dispersión, pretende justificarse en un discurso vulgata, de carácter político-ideológico, desde una equivocada oposición al colectivismo socialista de la izquierda.

En la actual coyuntura, tanto a nivel nacional como mundial, ciertamente necesitamos cambios radicales, pero bien entendidos, cambios en la raíz. Esto implica la necesidad de personas que de verdad piensen, aunque, ciertamente, también los necesitamos con decisión (de nada sirve que se pierdan en divagaciones y elucubraciones). Hacen falta personas con la suficiente lucidez serenidad y cortesía, pero también con discernimiento para saber, detectar cuando se está frente a divergencias internas respetables, y flexibilidad para escuchar y saber confrontar constructivamente estas variables de opinión dentro del común general; paseándose por la posibilidad de que en determinado aspecto puedan ser acertados los reparos que se presentan. Verdaderos radicales, con la suficiente grandeza de ánimo para dejar egos de lado o, al menos, saber colgarlos en un perchero imaginario; y, así mismo, con la suficiente capacidad analítica y entereza pragmática para comprender que muchas veces no se trata de lo que le guste al uno o al otro sino de lo que convenga a todos.

En los actuales momentos se requiere de hombres y mujeres de pensamiento, en acuerdo con otros tantos de acción, que analicen las problemáticas desde su raíz y, a partir de estos análisis, lleven a cabo su discusión, confrontación y una síntesis de ideas en esferas alejadas de las pasiones de las masas; ámbitos desde donde se puedan llegar a diagnósticos, genuinamente radicales, con la frialdad pragmática necesaria para llegar a una conclusión desapasionada que luego se irá a defender y a luchar por ellas, ahí sí, con vehemencia, con decisión irreductible. 

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Ilustración tomada de la Página Web Las Ventajas Del Extremismo

(https://navegapolis.com/website/las-ventajas-del-extremismo

lunes, 22 de agosto de 2022

“La Cuarta” o “La Quinta”... ¡Discurso Chavista!

LA CUARTA” O “LA QUINTA”…

¡DISCURSO CHAVISTA!

Por Alexander Delgado C.

22/08/2022

A fines de los años 90, el frente político agrupado en torno al, hoy fallecido, Hugo Chávez Frías, alcanzó electoralmente el poder, anunciando el advenimiento de una presunta Quinta República; tanto así que su principal partido político de entonces, hoy fundido en el PSUV, se llamaba Movimiento Quinta República (MVR, la “V” indicando al 5 en números romanos). Hasta ese momento, para los venezolanos más entendidos en temas histórico-sociales, apenas existía una vaga noción de estar bajo una, bien imprecisa, Tercera República; para el venezolano más coloquial solo era la República de Venezuela o simplemente Venezuela.

Pero, por obra y gracia del verbo chavista, en 1998 nos encontramos con que desde 1830 habíamos vivido, sin saberlo ni importarnos, bajo una supuesta Cuarta República y que Chávez, que en diciembre de ese año sería electo presidente, buscaba instaurar en Venezuela la, no menos supuesta, Quinta República.

El 2 de febrero de 1999, en Venezuela se oficializó el brinco que, verborrea chavista mediante, dimos desde una indeterminada Tercera República hasta una aparecida Quinta República, proyectando holográficamente durante ese brinco, una Cuarta República que ni sabíamos que existía.  

Pero como 168 años (1830-1998) de un orden nacional republicano, convulso pero ininterrumpido, era demasiado stock para la mente del chavista de base, y como para entonces la principal culebra del chavismo era con los gobiernos adeco-copeyanos, poco a poco, a partir de los discursos incendiarios desde Miraflores, el chavista de a pie se fue acostumbrando a asociar la idea de una Cuarta República únicamente con la etapa 1958-1998. En la psique del Juan Bimba Rojo, desde 1999 estamos en La Quinta, los gobiernos de AD y COPEI eran La Cuarta y antes de eso… no importa.

Sin embargo, lo verdaderamente lamentable, es que ese verbo prefabricado por el chavismo no solo envolvió a sus partidarios, sino que también esos términos de La Cuarta La Quinta, casi inmediatamente pasaron a formar parte del discurso y el habla cotidiana de los sectores antichavistas, incluidos los de las urbanizaciones de clase media. Hasta el sol de hoy, en los que de buena fe creen que son insospechablemente opositores al castro-chavismo, siguen siendo común (y asumiéndose como normales) frases como;

“..Gracias a que yo estudié y me gradué en La Cuarta

¡Este desastre nunca se vio en La Cuarta!

O los más autocríticos:

Todo esto que estamos viviendo en la Quinta tiene sus raíces en La Cuarta

No se trata de que lo que lo que afirman estas frases y otras por el estilo no sea cierto (lo es y mucho). El quid del asunto es el uso, sobre todo entre los opositores, de los términos Cuarta y Quinta; aquí la forma constituye un problema aunque le restemos importancia. Es un problema porque las palabras, sobre todo cuando se refieren a ámbitos colectivos, tienen el poder de proyectar o recrear “realidades”, incluso si estas no tienen un asidero objetivo. Y también es un problema porque muchas veces tanto lo que decimos, como el modo de expresarnos, reflejan lo que subyace a lo interno de nosotros. 

Invito a cualquier venezolano de más de 40 años, especialmente antichavista, a que recuerde anécdotas o momentos, muy concretos, anteriores a 1998, en que haya identificado al momento histórico que se vivía como La Cuarta República; es decir, con ese nombre; sea de pensamiento o de palabra. Antes de 1998 esa noción de cuartas terceras repúblicas, no existía en el imaginario de la casi totalidad de los venezolanos, ni siquiera en los de tendencia izquierdista, o incluso en los simpatizantes del ex-golpista sobreseído. Si nos tomáramos el trabajo de mirar publicaciones anteriores a 1998; sean libros, revistas, prensa o, mejor aún, un texto escolar de historia patria, (suponiendo que conserváramos alguno), no encontraríamos alusiones a ninguna Cuarta República para denominar el período histórico vigente en la Venezuela de entonces. Antes del 98, el término Cuarta o Quinta república, cuando mucho, existiría en el grupito que, junto a Chávez, en los años 1996-97, estaba prefigurando su movimiento político.

Una vez más, se ponen de manifiesto; la desmemoria del venezolano, su inmediatismo veleta y moldeable, así como su desdén, desenrollado, anti-parabólico y, sobre todo... muy chévere, por comprender su historia.

Los que dicen estar contra el chavismo, pero se refieren al período anterior inmediato al 99 con la definición chavista de “La Cuarta República” o simplemente La Cuartatienen la psiquis más colonizada por el chavismo de lo que están dispuestos a aceptar. Y en este caso no podemos hablar de una colonización impuesta a punta de pistola; ha sido consentida por parte de los “opositores”; ha sido un dominio voluntario. Acaso suene extremista pero, en cierto modo, y obviamente sin pretenderlo ni saberlo, son parte del problema.

Aunque parezca nimiedad, quizá una de las razones de fondo por la que no hemos podido derrocar al chavismo tenga que ver con que desde 1998 los opositores, mayoritariamente; hemos mantenido, respecto al accionar, el discurso y la simbología chavista; una dependencia emocional y referencial, a partir de la aversión; hemos sido chavistas al revés. Muchas veces lo vemos como normal” o lo que es peor, lo vemos como el deber ser, como parte de nuestra identidad “antichavista”. Nos negamos a darnos cuenta de que, creyendo ser radicales, en realidad estamos siendo una reproducción en negativo de la fotografía chavista.

De hecho nunca hemos tenido una sintaxis política propia, “nuestro” discurso siempre se ha definido, así sea por oposición, a partir de la figura del difunto Hugo Chávez, de lo que decía o hacía; así como, desde 2013, de lo que el chavismo sin Chávez (especialmente Nicolás Maduro) ha dicho o hecho desde las esferas del poder.

Esta chavismo-dependencia la expresamos, en forma de pretendidas opiniones, desahogos, sarcasmos, chistes baratos, consignas, etc. Es una de tantas incongruencias asumidas alegre e inocentemente, con la “frescura” que, para bien y para mal caracteriza al venezolano.

No contentos con adoptar las formas discursivas propias del chavismo, también adoptamos sus propias contradicciones e incoherencias. En el caso que nos ocupa, el decir chavista asume también en los “opositores” la ya mencionada tergiversación sobre las repúblicas numeradas, tergiversación no solo a partir de la cometida respecto a la verdadera evolución republicana venezolana sino también, a partir la de la alteración que los rojos de base perpetran al propio discurso forjado en los laboratorios castro-chavistas.


Las Repúblicas Según El Discurso Chavista Vs. el Relato Histórico

Para aclarar mejor este asunto de las repúblicas históricas, hagamos una semblanza comparativa de la visión impuesta por el chavismo (con el consentimiento desenrollado de sus opositores) respecto a la forma en que nos lo enseñaron, mejor dicho, como lo veíamos, hasta 1998.

Según el discurso de Hugo Chávez y sus acólitos, en aquel 1998, la historia republicana de Venezuela se dividía de esta forma:

Primera República; tal y como lo enseñaban en los libros de historia, desde la Declaración de  Independencia, el 5 de Julio de 1811, hasta la Capitulación del general Francisco de Miranda ante el comandante realista Domingo de Monteverde, el 25 de julio de 1812. Durante este período rigió la Constitución de 1811, la primera del mundo hispano.

Segunda República; de nuevo, tal como lo enseñaban en los libros de historia, su fecha oficial de inicio se ubicaba el 6 de agosto de 1813, con la entrada triunfal del general Simón Bolívar en Caracas, luego de la Campaña Admirable. Su culminación oficial era situada, unas veces, el 6 de julio de 1814, cuando los independentistas abandonan Caracas, luego de su derrota ante el jefe realista José Tomás Boves en la Segunda Batalla de La Puerta. Otras veces (con mucha mayor lógica) su final se ubicaba en diciembre de ese 1814, con la ocupación de Maturín por parte de los realistas, tras su triunfo en la Batalla de Urica.

La Segunda República no estuvo regida por un orden constitucional, fue dictatorial, con un poder militar, ejercido de hecho por el general Bolívar y sus tropas en el Occidente y Centro del territorio venezolano y por el general Santiago Mariño en el Oriente del mismo.

Hasta aquí el discurso chavista de 1998 se mantenía cónsono con lo que, bien o mal, nos habían enseñado en escuelas y liceos, y transmitido a través de los medios de comunicación. La distorsión chavista se inicia a continuación:

Tercera República; Para el discurso chavista fue la entonces República de Colombia, integrada por Venezuela y la entonces Nueva Granada (hoy Colombia) y que históricamente ha sido conocida como La Gran Colombia. Constituida oficialmente el 17 de diciembre de 1819 y de la que Venezuela se separó en enero de 1830.

Cuarta República; Para el discurso chavista corresponde al larguísimo período iniciado con la separación de Venezuela de la llamada Gran Colombia (1830) y culminado con el arribo del chavismo al poder en febrero de 1999. Es decir, la supuesta Cuarta República, según el discurso chavista original, no abarcaba únicamente los 40 años de gobiernos adeco-copeyanos.

Y por supuesto, la Quinta República corresponde al período chavista.

La anterior semblanza es según la mirada chavista.

Ahora veámoslo sin distorsiones rojas rojitas:

Como ya comenté, en líneas generales, la Primera y Segunda Repúblicas son descritas por el chavismo, tal como nos lo habían enseñado.

El problema es de la tercera en adelante.

Nunca hubo un acuerdo categórico acerca de cuándo se inició la Tercera República, yo mismo recuerdo haberme tropezado con varias versiones. Según la opinión de algunos se inició en 1816 con la Asamblea de Bolívar y otros líderes independentistas exiliados en Los Cayos de San Luis, en Haití; junta que daría paso a la expedición homónima. Según otras versiones, La Tercera se inició con la reunión del Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819. 

Otras versiones, las más lógicas, ubicaban el inicio de La Tercera en 1830, con la salida de Venezuela de la Unión Colombiana.

La llamada Gran Colombia, a pesar de haber estado regida por un sistema republicano, para muchos no solía contarse entre las repúblicas numeradas venezolanas por no estar ceñida al territorio de Venezuela, aunque este formara parte de aquella; de esta forma se nos enseñaba usualmente en escuelas y liceos antes de 1999.

En cuanto a la pretendida Cuarta República”, no solo no hubo acuerdo sobre su inicio, ni siquiera hubo acuerdo sobre su existencia.

En 1998 muchos historiadores e intelectuales, entre los que recuerdo a Manuel Caballero y Diego Bautista Urbaneja, afirmaban que aún estábamos en la Tercera República y que los chavistas estaban contando mal o, peor aún, que nos querían pasar de un salto de la Tercera a una presunta Quinta República.

En 1998 yo tenía 27 años y, aunque no simpatizaba con el chavismo, al que ya veía como una amenaza, traté de seguir los debates que se dieron al respecto (sobre todo los que se daban en los predios de la UCV), quizá buscando entender objetivamente donde estábamos parados, a que debíamos atenernos. Recuerdo que, incluso, para complicar más el tema, había, en aquellos días, quienes afirmaban que se había cambiado de República con el triunfo de la Federación (1863), otra república con la Revolución de Octubre (1945) y una más con la caída de Marcos Pérez Jiménez (1958).

Aquí considero pertinente volver sobre un aspecto tratado al comienzo de este escrito. En Venezuela comúnmente, tanto chavistas de base como antichavistas, suelen referirse únicamente como “Cuarta República” a los 40 años de AD y COPEI. Por ejemplo, es común comparar al gobierno de Marcos Pérez Jiménez con los “gobiernos de la cuarta” cuando en realidad, según el discurso chavista originario, Pérez Jiménez tendría que ser considerado parte de esa “Cuarta República”, por haber sido posterior a 1830.

Como otro dato curioso, recuerdo que a raíz de los sucesos de Abril de 2002, se hablaba del llamado Carmonazo como de un amago de Sexta República. Incluso tengo el recuerdo vago de que, por esos días, hasta se sacó un sainete sobre el Carmonazollamado precisamente La Sexta República, cuya presentación fue saboteada por los chavistas.

Conclusión

Lo cierto es que antes del advenimiento del chavismo al poder, nosotros, no pensábamos, ni nos importaba pensar, en terceras, cuartas, ni menos aún en quintas repúblicas. La Primera y Segunda Repúblicas, de hecho y comúnmente, las entendíamos como etapas de la guerra independentista. Sin embargo, del lado opositor al castro-chavismo, no solo le compramos a Chávez ese jabón discursivo piche sino que nos bañamos y restregamos alegremente con él. Un simple reflejo del secuestro a nuestra memoria y a nuestra psique, efectuado por el chavismo; secuestro sin ninguna resistencia por parte nuestra, todo lo contrario. Un dominio discursivo consumado por los chavistas, sin disparar un tiro, gracias a nuestra impulsividad sensiblera, a nuestro criterio político de plastilina y a nuestro paterrolismo, muchas veces arisco, ante cualquier corrección desde la lógica y la razón.

¿Y así queremos elegir “democráticamente” gobernantes?

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