lunes, 30 de enero de 2023

Nacionalismo e Individualismo

NACIONALISMO E INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

30 De Enero de 2023


Pues ya ve Vuestra Merced, que nos toca de obligación el defender nuestra patria o seremos esclavos de todos ellos

Nicolás de León (hijo de Juan Francisco de León)

Venezuela. Año 1751

Es muy recurrente apelar a llamados patriotistas, de unidad nacional, frente a prédicas disgregantes a lo interno como la exaltación de la lucha de clases, propia del marxismo o también, frente al individualismo centrífugo, exaltado por el liberalismo extremo. De hecho, ante el dogma marxista de la lucha de clases, muchos de los que se definen como nacionalistas y anticomunistas, suelen propugnar la cooperación entre clases. Sin embargo, más allá de lo loable que pueda ser esta premisa, hay que tener en cuenta la realidad objetiva a la que se trata de aplicar.

Como concepción, el nacionalismo está en estrecha relación con el patriotismo y este, su vez, con el sentido de pertenencia e identidad, el cual es un ejercicio del individuo respecto a su patria (natal o adoptiva). Pero este sentimiento patriótico, no tiene necesariamente que manifestarse de igual forma en cada individuo. Para mejor comprensión, permitámonos una pequeña disertación conceptual sobre patriotismo y nacionalismo.

A grosso modo el patriotismo, como vínculo afectivo al territorio del que se es, implica el cumplimiento de deberes ciudadanos, comportamiento ético, sana convivencia, laboriosidad, solidaridad y colaboración para con sus compatriotas, etc. Así mismo, debe enaltecer, o tan siquiera respetar, los principales símbolos patrios, así como la historia, prohombres y principales rasgos idiosincráticos y culturales que distinguen a la patria en cuestión (música, artes, deportes, gastronomía, etc.). Por su parte el nacionalismo toma como base al patriotismo, llevándolo a un nivel más político; se estructura en un principio, ideología o movimiento, tendiente (según el caso) a defender, preservar, reafirmar o rescatar; ya sea la soberanía, unidad, integridad, identidad, cultura o tan siquiera la dignidad de una nación; en algunos casos esto puede llegar a hacerse por encima de intereses o sentimientos, individuales, grupales o regionales. 

No viene a cuento en este escrito, abordar deformaciones a partir del ideal nacionalista; como chovinismo, xenofobia, racismo, etc.

En la anómica, fracturada y humillada Venezuela de hoy ¿es adecuado o tan siquiera viable un discurso de unidad a partir de formas nacionalistas? Eso depende de cómo enfoquemos ese nacionalismo. De cara a la actual realidad venezolana, considero que un discurso, o accionar, de inspiración nacionalista habría de configurarse con una gran dosis de pragmatismo (bemol en la sinfonía patriótico-nacionalista que, per se, es idealista y romántica).

Hay mucha tela que cortar en relación a este tema, pero el meollo en este escrito es relacionar el planteamiento de un discurso o accionar nacional-patriotista, con la valoración del individuo, en sí mismo y de su entorno inmediato; a su vez, de confrontar esta relación con el individualismo anarquizante, propio de la psique venezolana.

Al tener el nacionalismo como motivador inicial, el sentido de pertenencia o procedencia; si queremos que este sea consistente y sólido, más allá de símbolos nacionales que bien pueden prostituirse o vaciarse de significado ante la población; se debe partir desde las bases, o más claramente, desde lo más inmediato. El sentido de pertenencia aplica de abajo hacia arriba o, si se quiere, de adentro hacia afuera, especie de muñeca matrioshka al revés

Más exactamente, no es muy lógico hablar de un vínculo afectivo con nuestra nación (en este caso Venezuela) si no se empieza por desarrollar este vínculo con aquella región del país a la que estamos ligados, por nacimiento, adopción o algún otro modo de arraigo. A su vez, este vínculo afectivo regional, pasa por un sentido de procedencia hacia nuestra ciudad o población e, incluso, aquel barrio, urbanización o localidad a la que estamos vinculados por nacimiento o crianza. Incluso esta matrioshka al revés puede expandirse externamente más allá de la nación, pudiendo darle consistencia sólida a un hipotético sentido de pertenencia a nivel continental e, incluso, llegar a un universalismo; quizá desde ópticas muy locales, pero mucho más honesto que ciertos pseudo cosmopolitismos proto-hippies.

Igual pasa desde un ámbito socio-cultural; un sentido de identidad, regional o nacional sería más sólido si está complementado a lo interno por un vínculo de pertenencia a aquel grupo; familiar, vivencial, religioso, profesional, académico, corporativo, etc. del que se procede o al que se está ligado por razones idiosincráticas, teologales, de convivencia, de estudios, ejercicio laboral-profesional, etc. Esto, por supuesto, siempre y cuando estas dinámicas sean cónsonas con el sentido de deber patrio, o al menos no lo contradigan en esencia. 

Un verdadero espíritu nacional se define en la medida en que las diversas regiones y sectores de la sociedad, sin anularse, se amalgamen, o más bien se armonicen, siendo capaces de aportar lo mejor de sí en aras del todo nacional (especie de mínimo común denominador).

Pero aquí nos tropezamos con una paradoja; muy pertinente al caso venezolano, teniendo en cuenta nuestra heterogeneidad. Muchas veces, para que se dé una verdadera integración intersectorial en contextos nacionales muy híbridos y llenos de contrasentidos, debe pasarse por un periodo de confrontación en que los sectores dispares a lo interno, se plantan cara a cara en sus diferencias, afrontando las pintas de bichos raros que inicialmente se van a ver los unos respecto a los otros. Es a partir de la asimilación, y luego superación, de esa primera tensión, sin violencia ni odio; que sigue una etapa en que aprenden a tolerarse, a reconocerse sinceramente como “la otra cara del país” (en un sentido netamente socio-cultural), como ese connacional que no se parece a lo que yo soy y sin embargo pertenece a mi misma nación. Este reconocimiento mutuo da base a un proceso de ósmosis en el que, poco a poco, elementos culturales e idiosincráticos de cada sector van permeando en el otro, sin que por esto desaparezcan las diferencias internas, solo se atenúan, armonizan y articulan. Aquí estaríamos en presencia de una verdadera alma nacional, además de una sólida cohesión, un carácter y personalidad fuertes, magnéticas, altamente respetables.

Mientras esto no se logre, el sentido de patria o nación solo será un conjunto de símbolos gráficos, iconos musicales, gastronómicos, geográficos o históricos que, en el fondo, no tendrán más conexión de pertenencia que la que nos dice el deber ser de un discurso institucional o el sermón de un manual escolar de Formación Ciudadana y cuyo respeto siempre será circunstancial y endeble, independientemente del tiempo que dure y el relativo fervor ritual de la mayoría.

Valga decir que en Venezuela, desde 1958 el reseñado proceso de confrontación, tensión, aceptación y finalmente integración nacional, se había evadido de manera sistemática y deliberada. Las clases dirigentes de entonces, en un afan de olvidar, que no superar, la violencia sociopolítica que nos había caracterizado, y valiéndose de los, cada vez mayores, ingresos petroleros, promovieron un consenso artificial que evitara, a toda costa, conflictos de gran intensidad por pertinentes que fueran. Esta política, no solo favorecería el acceso del castro-chavismo al poder, sino que determinaría, frente a la plaga roja, a una sociedad venezolana, en el fondo, desencontrada consigo misma y en pugna latente; atenida, en cuanto a sentir patrio, a símbolos e iconos, progresivamente fosilizados en su comprensión y conexión cotidiana con una población que, hasta entonces, solo por mera inercia, los reverenciaba (o peor aún, los idolatraba); símbolos que acabaron siendo cooptados y prostituidos por el régimen chavista, en medio de la negligencia indiferente de la vocería “opositora”; hasta quedar reducidos, de cara a la devastada realidad actual, a un sarcasmo o, peor aún, en gran medida, ser revestidos de una connotación odiosa a los ojos de muchos venezolanos de a pie, quienes en su frívola ignorancia, con o sin razón, los asocian al narco-régimen.

Como consecuencia, somos presas de un accionar deliberadamente disgregante por parte del régimen castro-chavista, pasto de una prédica de odio social y antivalores, promovidos desde el poder que, a su vez (y junto a la crisis económica), han reforzado el individualismo disolvente que de por sí ya caracterizaba al venezolano. Y lo que es peor, han repotenciado, no solo nuestra baja autoestima, sino la actitud auto denigratoria que ya desde los años 30 Augusto Mijares denunciaba, calificándola como de sembradores de cenizas; hasta el punto de llevar a muchos venezolanos (especialmente los más jóvenes) a un nivel de sincero, insensato e irracional odio hacia su patria, incluida su historia y prohombres; una actitud, en el fondo comprensible, aunque no por esto, menos repudiable.

Frente este proceso de desarticulación del país, sí se podría considerar pertinente promover, un discurso y accionar de tipo patriotista o inspirado en un ideal nacionalista. Pero, y con el plomo en el ala de la mencionada siembra chavista de desarraigo y aversión, esta mística patriotista-nacionalista debe estar, reitero, muy honestamente atenida a nuestra realidad, tanto actual como histórica; así mismo, debe evitar calcos de discursos nacionalistas foráneos. Frente a formas usualmente asociadas al nacionalismo, el nuestro tendría que ser muy sui géneris; en muchos aspectos más cercano a un patriotismo simple (sobre todo en cuanto a sus exigencias) pero no por esto menos estructurado y severo, teniendo en cuenta el caos enconado vive Venezuela. Irónicamente considero que; antes de enfilar contra enemigos externos o más bien, internacionales que ciertamente los tenemos; o al menos de manera simultánea; un discurso nacionalista tendría que apuntar a lo interno, en procura de la integridad y solidez del tejido nacional, así como del fortalecimiento y la depuración ética y actitudinal; pasando por la supresión, o al menos neutralización, de elementos delincuenciales y factores de corrosión interna, entre ellos; actitudes resentidas, acomplejadas, derrotistas, auto-denigratorias, y auto-destructivas, escudadas en un supuesto libre disenso. Darle prioridad a estos aspectos respondería al hecho de que no se puede enfrentar un hipotético enemigo externo si la propia casa está plagada de factores debilitantes o postrantes que, con o sin intención, juegan a favor de ese enemigo.

En nuestro caso, debemos añadir que entre nuestros principales enemigos, tanto o más que comunidades nacionales definidas, se encuentran entes trasnacionales y antinacionales (Dixit Foro de Sao Paulo, Progresía Internacional, Narcotráfico), con fuertes adhesiones a lo interno de nuestro gentilicio, lo que les da un carácter dual de interno y externo a la vez; de ahí que, el clásico discurso nosotros vs ellos deba igualmente tener esta dualidad y contemplar nuestras contradictorias circunstancias. De hecho, una de las tentaciones que deben evitarse, es la de xenofobias prefabricadas, así como el recurso, evasivamente chovinista, de buscar confrontaciones con nacionalidades extranjeras en aras de una unidad placeba, especialmente en la medida en que sirven de paraguas a los, ya señalados, elementos de corrosión interna.

El concepto de Patria deberá asociarse rigurosamente al sentido del deber y noción de la obligación, por encima incluso de la noción de derechos o más bien, sirviendo de base a estos; un patriotismo íntimamente asociado al sentido de la Areté, gallardía y honorabilidad para con la nación y para con sus pares, en procura de un bienestar general que, a su vez sirva de basamento a libertades individuales. 

Un patriotismo y nacionalismo muy revisados y replanteados en su narrativa y autocontemplación, presente e histórica. Una sintaxis e iconografía nacional, quizá mucho más estricta, más jerarquizada y, como señalé, depurada de elementos antisociales y antinacionales; pero a la vez, y paradójicamente, más versátil, buscando prohijar, armonizar y, si fuera el caso, conciliar, narrativas más locales y cotidianas, relacionadas a nuestro presente y pasado inmediato (siempre que no perturben la integridad física, moral y espiritual de la nación), por ende más cercanas al venezolano común en cuanto a individuo. Ya no bastan, únicamente, evocaciones heroicistas (desprestigiadas por el uso y abuso del chavismo), es necesaria una mayor contemporaneidad, un mayor enaltecimiento del esfuerzo diario. 

Para esto, considero imperativo aprovechar el poco respeto que aún inspiran nuestros prostituídos símbolos patrios y usarlos como elementos aglutinadores en un discurso que proyecte la necesidad de unidad, autoridad, orden, sentido del deber y restablecimiento moral y luego aprovechar esta tregua para promover y tutelar una confrontación sana y articulatoria de lo que comúnmente se conoce como las fuerzas vivas de la nación; la cual dé pie a una unidad nacional verdaderamente sólida, y un sentido de identidad bien entendido, seguro de sí mismo, sin complejos, que refleje e integre al venezolano de a pie, al venezolano de buena fe y que, a la vez, lo comprometa desde su día a día; acogiendo al individuo pero neutralizando al individualismo disgregante.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Dominación A Través De La Desmoralización

DOMINACIÓN A TRAVÉS DE LA DESMORALIZACIÓN

Por Alexander Delgado C.

23 de Diciembre de 2022

Se ha vuelto insoportablemente habitual la perenne actitud auto acusatoria que arrastra el venezolano. Si bien, es una reacción, desde la frustración; perfectamente lógica en sociedades como la venezolana en estos tiempos, no por eso deja de ser altamente perniciosa. Es, parafraseando al profesor Augusto Mijares, un auto sembrarnos cenizas, siempre desde la más absoluta, atorrante y superficial necedad. 

Leo una reciente publicación en Twitter del escritor Dante Fontana (@DanteFontana3) en la que, por enésima vez, se le restriega por la cara al venezolano su supuesta “pasividad” ante las humillaciones que, a diario, le inflige el régimen. En el tweet en cuestión, dice Fontana:

Mi respuesta sería que lo que hace falta es más gente que entienda y haga entender lo que, al parecer, Fontana y muchos como él se niegan a entender; a saber, que esas humillaciones están hechas, precisamente, para dominar reforzando el elemento de frustración e impotencia.

Así como el hambre no libera sino que esclaviza, del mismo modo, esas afrentas desde el chavismo, y lo que es peor, la respuesta-desahogo de muchos IMBÉCILES, insultando a la población por no “reaccionar”; no solo no espolean esa pretendida reacción, sino que, por el contrario, desmoralizan e inmovilizan aún más. Tanto más si la colectividad humillada se sabe desarmada, desorganizada y sin un liderazgo aglutinador e inspirador.

Eso lo sabe de sobra el régimen; de hecho, lo más probable, es que desde unas, más que probables, salas situacionales ubicadas en la Habana (si no en el propio Miraflores), ya hayan estudiado y previsto de antemano, este tipo de efecto.

Uno de los aspectos más subestimados del accionar (e incluso del ethos) castro chavista, es que su dominio no se basa exclusivamente en la coerción  mecánica. No es solo con armas o instrumentos de tortura que nos dominan. No es solo a través del hambre o con pan y circo. No es solo a partir del miedo. Los rojos también se imponen a partir del desconcierto que generan, de la ira ciega, de la frustración y la impotencia. No solo amedrentan con violencia física y verbal, también desmoralizan desde la violencia simbólica; y las humillaciones a que hace referencia Dante Fontana son su manifestación más visible.

A través de esta estrategia de dominio refuerzan nuestra baja autoestima; una baja autoestima, no lo olvidemos, ya preexistente desde antes de 1999, que no sembrada por el chavismo sino, por el contrario, el chavismo originalmente se nutrió de ella y, por supuesto, ha hecho todo lo posible (y hasta lo imposible), entre arengas patrioteras que solo son antifaces, por alimentarla y acrecentarla aún más. Estamos ante una forma de control social, casi tan efectiva como el hambre. Esta “táctica” apunta a que la motivación y el entusiasmo colectivos, naufraguen en medio de un mar de desesperanza e ira impotente; o bien, que naveguen sin rumbo fijo, como veleta espasmódica, en un mar picado de ansiedad ante rumores (muchos no confirmados), de chismes baratos, de controversias indignantes o de escándalo en escándalo, para, al final, no ocuparnos de nada en específico.

Es una forma de agresión invisible que conlleva a debilitar, aún más, la capacidad de cohesión y resistencia frente al régimen; todo esto mientras se destruye el sentido y propósito de vida como nación o al menos se le distorsiona de un modo favorable a los designios del narco-régimen.

Sobran ejemplos de este accionar chavista en contra de la psique colectiva; prácticamente han sido una constante desde 1999, aunque con énfasis especial desde 2014. Los esporádicos videos de Maduro bailando, especialmente a raíz de alguna situación desgraciada para los venezolanos; o bien, las imágenes de personeros del régimen y de enchufados, disfrutando y exhibiendo obscenamente su vida de lujo y desenfreno, en medio de la miseria y dificultades de la mayoría de los venezolanos (incluidos muchos emigrados), son la muestra más palpable de violencia simbólica, con la que se le restriega al ciudadano su situación humillante, buscando generar desesperanza. Uno de los casos más dicientes fue, hace cuatro años, el nunca olvidado video del propio Maduro y su mujer en un restaurante de Turquía.

Los desahogos en las RRSS, los que como Viejas Histéricas, gritan “¡REACCIONEN!”; o peor aún, los que, desde un supuesto antichavismo”, humillan al venezolano tildándolo de “cobarde”, solo contribuyen a consolidar ese desasosiego inmovilizante. Al final, afrentas, injurias, iniquidades, injusticias, asco, ira, desprecio (tanto el propio como el que nos rodea), terminan sintiéndose como pedradas en carne muerta.

Y eso también, sin duda alguna, lo sabe el régimen que, por supuesto, hace cuanto esté en sus manos por exacerbar ese sentimiento derrotista.

La pasionalidad y ligereza del venezolano promedio, su INFANTILISMO PETER-PÁNICO EN POLÍTICA, han sido, desde 1998, un instrumento funcional al castrismo. Sirvieron de motor para llevar a Chávez al poder, vía votos. Y sirven aún para controlar a partir de la manipulación.

Quienes, desde la “oposición”, así reaccionan, son tontos útiles de Miraflores y La Habana (si es que no son, premeditadamente, cómplices). Lo más tiste es que muchos responden de esta forma, a sabiendas que no lograrán la tan cacareada reacción; solo por un mezquino deseo de desahogarse o, más despreciable aún, de proyectar en el ánimo colectivo su cobardía subyacente.


¿Queremos reaccionar de verdad?

Empecemos por reaccionar contra nosotros mismos, y no precisamente contra nuestra supuesta pasividad, sino contra nuestra vehemencia irreflexiva y verborreica. Aprendamos a revisar y controlar nuestra pasionalidad en temas políticos. Permitámonos enfoques alternativos (antichavistas, se entiende o, en todo caso objetivos) del mismo problema. Seamos más disciplinados con nuestra actitud. No nos perdamos en nuestros desahogos infantiles.

Dejemos el egoísmo en nuestro uso expresivo de las RRSS. No se trata de “yo soy libre de escribir lo que me da la gana”, en lo referente a la situación-país ya es tiempo de pensar en el efecto de nuestras palabras.

Bajémosle dos al mito aspiracional del cuatriboleado. Entendamos que contra el castro-chavismo no es solo ser “comecandelas”, es sobre todo, ser ASTUTOS, aprender a imponernos de cómo piensan ellos e irles veinte pasos adelante. “Gloria al bravo pueblo” es solo una frase de himno, aunque sea el nuestro. Es solo retórica ornamental. No entender esto es propio de malcriados oligofrénicos

No hagamos chistes de nuestra tragedia, ni se los aceptemos a nadie. Para reírse y relajarse de tanta amargura, hay temas de sobra que no involucran nuestra situación política y social.

Dejemos de seguirle el juego a los que nos han controlado, porque conocen de antemano nuestras reacciones y se han adelantado. Son una lepra psicosocial que se alimenta de nuestras miserias, no les demos cuerda.

Sí, tenemos que tener coraje, pero también tenemos que aprender a ser más reflexivos y críticos.

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ILUSTRACIÓN; caricatura de Eduardo “EDU” Sanabria. Maduro bailando sobra la sangre de los venezolanos

martes, 1 de noviembre de 2022

Aquel Viejo Espíritu Humano

AQUEL VIEJO ESPÍRITU HUMANO

Por Alexander Delgado C.

01 de Noviembre de 2022


El espíritu humano debe prevalecer sobre la tecnología

Albert Einstein


Lo malo del desarrollo de la tecnología no es esta en sí misma sino la forma en que nos relacionamos con ella y la incidencia que esto tiene en la psique humana, tanto individual como colectiva.

A pesar de lo demasiado obvio que resultan, tanto la afirmación anterior como la sentencia de Einstein usada como epígrafe, no deja de ser pertinente recordarlo. El desarrollo de la tecnología (especialmente en el terreno de las telecomunicaciones) así como su influencia en la sociedad, ha dependido siempre de la voluntad humana. Se supone que tenemos un libre albedrío, pero en general le damos un uso, en mi opinión, muy incorrecto.

¿La tecnología nos vuelve flojos? ¿La tecnología condiciona la típica actitud de cristal que caracteriza, especialmente a las generaciones actuales? ¿O, más bien, somos nosotros los que, cómodamente, decidimos dejarnos moldear por las bondades del desarrollo tecnológico? Un cuchillo usualmente se representa como un arma mortal, pero también es lo que nos sirve para cortar el filete que nos vamos a comer o para untar la mantequilla. No importa cuánto existan masas aborregadas, la voluntad humana no deja de ser la rectora; fue esta la que, para bien y para mal, se propuso (y en gran medida logró) domeñar la naturaleza.

De hecho; el pensamiento de la modernidad industrial, de nuevo, para bien y para mal, muchas veces nos planteó una perspectiva de enfrentamiento contra la naturaleza, la cual, a ratos, era presentada como un monstruo o enemigo sobre el que había que imponerse; se consideraba que había que hacer retroceder a la naturaleza, so pena de ser envueltos y anulados por esta.

Quizá el pensamiento de la era post-industrial, que muchos también identifican como Era Tecnológica, debería plantearnos, con respecto a la tecnología, una perspectiva similar, y con mucha más razón, a la que la era industrial nos planteaba respecto a la naturaleza. Negar la realidad de la tecnología y su incidencia en la sociedad humana de estos tiempos sería, por decir lo menos, una necedad anacrónica; y no menos idiota sería no asumir y aprovechar sus bondades. Pero también es cierto que, aun ratificándole al desarrollo tecnológico el lugar que ocupa en nuestro tiempo, también podríamos y deberíamos verlo, en mayor grado que antes a la naturaleza, como una realidad a la que hay que mantener bajo nuestro dominio, no solo desde un punto de vista operativo sino también, y sobre todo, desde el ámbito de nuestra voluntad.

De ahí la necesidad de apoyarnos en el espíritu humano, entendiendo lo de espíritu más allá de cualquier connotación teologal o esotérica, de hecho, asumiéndolo en un sentido más terrenal que etéreo. Quizá debamos volver los ojos al pensamiento de la antigüedad clásica y a valores que habíamos dejado en el pasado; por ejemplo, el concepto de la Areté; o al mismo sentido de honorabilidad. Eso sí, dejando bien en claro que no se trata de buscar una absurda y ahistórica vuelta a épocas y modos que deben considerarse superados, pero sí de replantear valores y modos de pensar como los mencionados y otros afines, ante la realidad que afrontamos en siglo XXI. No una vuelta al pasado pero sí una readaptación en el presente, y de cara al futuro, de valores que habíamos dejado… en el pasado.

Estos valores ancestrales, reacondicionados a nuestro tiempo, pueden ser los que proporcionen al espíritu humano, al ánimo colectivo; un arma o más bien una fuente inspiracional para afrontar los efectos adversos del auge de la tecnología en la humanidad, especialmente en nuestra esfera social, cultural, psicológica e incluso ética.

Esto es algo que las últimas generaciones no supimos tener en cuenta; nos dejamos amodorrar por el deslumbramiento que nos produjo la comodidad y facilidad que en el día a día nos ofrecía el desarrollo tecnológico y comunicacional de aquel entonces (incipiente comparado con el de esta época). Nos dejamos encandilar también por la noción, que por entonces desarrollamos, de lo que significaba el progreso y la modernidad, noción derivada de aquellos adelantos y muchas veces mal entendida.

Del mismo modo, nos dejamos llevar por una idea mal enfocada de lo que debíamos entender como libertad, por una concepción frívola, muchas veces irresponsable, a ratos pueril, de lo que significaba estar a tono con los nuevos tiempos, de lo que implicaba ser open mind.

La vida (y especialmente el crecimiento humano dentro de ella, en todos sus aspectos) puede definirse como el avanzar en un río a contracorriente, si nos detenemos la corriente en reversa nos lleva hacia atrás. Esto nunca lo quisimos entender. No somos libres porque podamos hacer lo que nos dé la gana, lo que realmente define la libertad humana es que, a diferencia de los animales, tenemos el suficiente raciocinio para elegir; somos libres a partir de la razón; por eso la verdadera libertad humana siempre va de la mano con el sentido de responsabilidad, más aún si tenemos en cuenta que somos seres sociales. También somos libres porque, a diferencia de la mayoría de los animales, nuestro raciocinio nos permite proyectar nuestras decisiones en el futuro, con mayor o menor posibilidad de acierto.

Libertad implica entender que nuestras elecciones tienen consecuencias, positivas y negativas, que no solo nos afectan directamente en lo individual sino que también inciden en el conglomerado del que formamos parte, lo que, tarde o temprano, repercute de regreso en nosotros como individuos.

No entender esto ha sido el gran error de la llamada “Generación X” (nacidos entre la década de los 60 y los primeros 80), error heredado o aprendido y agravado por las generaciones subsiguientes. Las consecuencias, cuando el siglo XXI está a punto de arribar a su primer cuarto, las estamos viendo de manera cada vez más patética, aberrante… y desesperanzadora.

Desesperanzadora a partir del momento que estamos viviendo pero no irremediable, porque a pesar de todo, nuestro error puede ser subsanado. Lo que no hicimos en aquel entonces, aún podemos hacerlo, o al menos intentarlo. Aún estamos a tiempo, a pesar de todo, de apoyarnos en el sentido común y en valores verdaderamente elevados, basados en sanas tradiciones, principios o corrientes de pensamiento que, antes que verlos como algo desfasado, deberíamos verlos como valores atemporales.

Es aquí donde el desarrollo tecnológico, especialmente el desarrollo de la internet, constituye una magnífica herramienta de ayuda, lamentablemente mal utilizada y subvalorada, en cuanto a la posibilidad de formación que nos brinda, especialmente de aprendizaje mutuo, más allá de estructuras académicas prestablecidas. Eso sí, a partir de un uso concienzudo y racional y de una cierta disciplina del carácter.

Es lo que nos permitiría, no solo convivir con el desarrollo tecnológico manteniendo en alto el espíritu humano, sino también dignificar a la propia tecnología al convertirla en un verdadero instrumento al servicio de un auténtico progreso humano.

jueves, 20 de octubre de 2022

“¡Que Crezca El Pilón!”

“¡QUE CREZCA EL PILÓN!”

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Como el niño de antes que se divertía con aquel viejo juego de El Avioncito o La Semana, a lo largo de estos casi 24, años el pensamiento de la Venezuela antichavista parece haber ido a brincos en torno a toda una gama de consignas, letanías, mantras, etc., diseñados para cuadricular las expectativas, anhelos, filias y fobias de quienes deseamos salir de la plaga roja.

Eslogans chéveres que parecen segmentar la psique antichavista, como el; “¡Ni un paso atrás!” en 2002-2004, el “¡Atrévete!” en 2006, el “¡Hay un Camino!” “¡Algo bueno está pasando!” en 2012 y 2013; o los más recientes; el “¡Vamos Bien!” “¡Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres!”, con las que miles de venezolanos se plegaron, de buena fe, a la estafa del interinato.

Y entre cantaletas y cantaletas, se nos han ido casi 24 años y con ellos se han llevado buena parte de lo que llamamos (y aprendimos a querer como) Venezuela.

Pero la retórica de la oposición prestablecida también ha estado signada por otros clichés, menos de ocasión, más reiterados, aparentemente más espontáneos y repetidos constantemente por sus adherentes del común, sea de viva voz o a nivel de redes sociales. Una de esas muletillas es el oligofrénico “¿y tú qué propones?”, con el que siempre “replican” cualquier cuestionamiento a las vías ilusamente institucionalistas y electoreras, como forma de salir de la narco-tiranía. Otro estribillo es el neurótico y paranoide “¡UNIDAD!”, proferido a voz de cuello, cual admonición bíblica, brotadas las venas. 

El otro mantra, que es el que me lleva al meollo de este escrito, es el cataléptico y ya bien trillado “SUMA Y NO RESTES”.

Esta es quizá una de las frases más icónicas que, aún a estas alturas, siguen repitiendo los palangristas de la oposición nice; esa que solo atiende a voces mediáticamente consagradas, generalmente empeñada en una mística buenista y en discursos de reminiscencia puntofijista. Esa que se encuadra en partidos políticos añejos o añejados; y muy especialmente, esa que se apega a rutas electoreras, probadamente ineficaces y que solo sirven para (con o sin intención) hacerles el juego a la tiranía castro-chavista. 

Cuando escucho el “Hay que sumar y no restar” no puedo evitar recordar aquel otro juego de mis días escolares; cuando nos amontonábamos en cambote sobre alguno, caído en el suelo, al grito de:

         “¡QUE CREZCA EL PILÓOON!”

Porque es lo que, a grosso modo, quiere decir el “Suma y no restes”. Ante el monstruo chavista, solo parece inspirar una seguridad placeba la idea de que crezca el pilón, no importa que ese pilón, en permanente crecimiento, no haya servido para un carrizo. Admito que es comprensible esta postura desde la desesperanza y el desespero. Se comprende igualmente esta visión pilonesca de una presunta cohesión opositora, teniendo en cuenta nuestra tradición socio-política entre 1958 y 1999.

Aunque muchos de los que se hacen eco de esta consigna son ciertamente profesionales o tan siquiera bachilleres, a veces parece que no hubieran pasado de sexto grado de primaria, o que su mente hubiera borrado las matemáticas del bachillerato. De lo contrario recordarían que también existen los números negativos, por debajo de cero, y que SIGNOS DIFERENTES NO SUMAN, RESTAN.

Esta no es una simple y banal metáfora matemática. El chavismo (y en general el foro-paulismo) parece tener muy clara esta metáfora. Los chavistas siempre han partido de la premisa de “nos fortalecemos depurándonos” y, desgraciadamente para Venezuela, les ha dado resultados óptimos. Numéricamente hablando; en términos de simpatizantes, devotos y militantes de base (por convicción, no obligados); por lo menos desde el 2001, ha sido mucho más lo que el chavismo rojo ha perdido en Venezuela que lo que ha ganado, y sin embargo parece estar cada vez más firme y fortalecido. Los rojos solo se juntan y se retroalimentan con los de su misma calaña, con los que, de una u otra forma, les aportan en el sentido roñoso, destructivo o degenerativo que les es innato. Ellos juntan negativo con negativo, suman en negativo.

Pero del lado opuesto al chavismo; desde la “dirigencia” o vocería, pasando por los generadores de matrices de opinión, hasta la propia ciudadanía de a pie; se insiste en la cantaleta de la “unidad” “hay que sumar y no restar”. En nombre de esta “premisa”, se ha pretendido amalgamar todo aquello que haga bulto contra la plaga castro chavista; se ha acogido indiscriminadamente a cuanto elemento chavista “abandone” el barco rojo, no importa si representa lo peor del régimen; no importa si, a la manera de Francisco Arias Cárdenas, David De Lima o William Ojeda, están de prestado, haciéndose pasar por opositores, para luego volver a su redil original. En nombre de sumar y no restar se le han hecho carantoñas a los llamados chavistas originarios, descontentos de la actual dirigencia roja, quienes, sin abjurar de su antigua devoción por Hugo Chávez, solo pretenderían reproducir en el espectro anti-chavista la actitud país, en sus fuentes primigenias, que nos trajo a este cuasi apocalipsis.

Buscando que crezca el pilón, se recibieron con los brazos abiertos a un Henry Falcón, a un Eduardo Semtei, a un Miguel Rodríguez Torres o a una Luisa Ortega Díaz… y a la postre ¿Qué han aportado? Se llegó hasta el extremo, ciertamente no confirmado pero sí muy diciente, de “negociar” un apoyo de Vladimir Padrino y Maikel Moreno de cara a aquel patético 30 de Abril de 2019, para luego resultar con los crespos hechos.

Pero, lamentablemente, para la lógica del antichavista cool no importa que las pilonescas mayorías numéricas no hayan servido de nada, ni a nivel de urnas electorales ni a nivel de calle, ni siquiera, de cara a una opinión pública internacional; la cual, por cierto, en el fondo está casi tan drogada de unicornios como los chéveres que, en Venezuela, siguen a la dirigencia “opositora”.

La verdad es que la oposición más ilusa se aferra a la Tesis del Pilón porque retrata uno de los mitos, pecados o debilidades, más pertinaces de nuestra psique. Los venezolanos, lamentablemente, tenemos una mentalidad muy arraigada de hombre-masa; esta encubre un individualismo insociable y cimarrón, asentado en nuestra conciencia y escudado en la impersonalidad de una colectividad amorfamente uniforme. Deliramos por una diversidad malentendida, multitudinaria, más revuelta que junta; un amontonamiento con cierta estética, bajo el discurso bien-pensante proferido por unos “voceros” altoparlantes desde una tarima. Elementos dispares juntados que, en el fondo, se mastican pero no se tragan, o en el mejor de los casos, se son mutuamente indiferentes. Pero eso no importa, hay que sumar, nos apilonamos para la foto (o el selfi) en medio de la algarabía callejera, con nuestra mejor sonrisa Pepsodent.

Nuestro individualismo cerril tiene como condición sine qua non, que nuestra singularidad nunca destaque, que sea unidad confundida entre la multitud; más o menos como el que solo se siente cómodo en las grandes urbes, en las que, como partícula perdida, si acaso se conoce con el vecino del apartamento de al lado. Tenemos una devoción, casi que fetichista, por la cantidad, muy por encima de la calidad. Hay que sumar, porque solo vale lo cuantitativo, lo estadístico, el cuatro que resulta de juntar dos con dos; no importa que estemos “sumando” manzanas buenas con manzanas podridas; mejor dicho, no importa que estemos arrejuntando manzanas con manteca de cochino y zapatos; lo que cuenta es la cantidad de unidades que amontonemos para que crezca el pilón; “¡Unidad!” “¡No dividas!”, al contrario, “¡hay que multiplicarnos!”, aunque al multiplicar positivos con negativos, el resultado sea negativo (de nuevo las fastidiosas matemáticas del liceo).

A lo cualitativo en el fondo le tememos; pero, en realidad, no tanto porque “dividimos y ellos reinan”, esa es nuestra coartada; más bien lo que nos atemoriza es que esa división nos muestra la verdad de nuestra debilidad orgánica tras la falsa fortaleza del número… Y también porque la calidad nos representa diferencias, nos recuerda el registro social y esto, nos demos cuenta o no, nos reviven ecos de la Venezuela de los años 1814 y 1859. No importa que esos ecos se hayan institucionalizado desde 1999. Nuestro negacionismo da para todo.

De ahí que muchos venezolanos, de todos los niveles socio-económicos y educativos, pero especialmente en el campo antichavista y en las urbanizaciones de la, otrora y post-hippie, clase media, deliren orgásmicamente ante una concentración masiva y multicolor, pacífica, festiva, “fraternal”, chévere, como tantas que han tenido lugar entre 2002 y 2019, en forma de marchas de protesta, mítines electorales o auto juramentaciones; sean protestas cívicas, sean disturbios o, en el caso chavista, sean turbas y hordas.

Nuestra devoción por las pilonescas multitudes, encubre el temor evasivo a nuestro yo interior colectivo. Por eso también, cuando nos la damos de extremistas cuatriboleados, optamos por la letanía de “¡Todos a la calle!” “¡Calle sin retorno!”… Porque la calle acalla. El retumbar de gritos vacuos, pitos, bocinas, consignas y comparsas sobre el asfalto, encubre los inquietantes ecos internos de nuestros complejos y traumas como sociedad, como familia, como grupo, como miembros de una colectividad llamada Venezuela.

La ilusión del pilón creciendo hoy representa ese buscar en el anochecer, bajo la luz de un poste de alumbrado público, aquello que, en el fondo, sabemos que solo puede estar en la oscuridad del matorral próximo. El problema es que el bombillo del poste hoy apenas destella parpadeos. Como ágora, la verdadera calle, sea pacífica o violenta, de momento parece haberse agotado para la Venezuela antichavista, al menos como ciudadanía civil; y como posible ciudadanía armada tendría que pasar por un período de organización y entrenamiento tras trincheras si queremos que sea efectiva. Las calles venezolanas, hoy en día, están tomadas por bandas armadas y violentas, mercenarias o aliadas de la narco-tiranía, a quienes no les importa que el pilón no le crezca siempre y cuando su poder de fuego sea incontestable. Unas montoneras de siglo XXI que no se andan con comparsas ni sonrisas Pepsodent, ansiosas, por lo demás, de invadirnos y aniquilarnos en nuestros espacios internos.

Precisamente solo nos quedan esos espacios internos; el hogar, el cónclave familiar, vecinal, organizacional, acaso profesional, incluso de amigos o feligreses religiosos… y por supuesto de copartidarios. Solo nos quedan nuestros patios interiores o, si se quiere, nuestras catacumbas, reales o simbólicas, para enfrentar nuestros monstruos de closet, para superar miedos, tabúes atávicos, traumas y ecos decimonónicos; para asumir, sin tapujos, nuestras singularidades, individuales y grupales, darles el brillo que merecen y ubicarlas donde puedan dar lo mejor de sí; asumir constructivamente nuestras diferencias, lejos de pseudo diversidades bullangueras; cohesionarnos de verdad, desde las bases, lejos de falsas unidades en calles postizas.

Nos quedan nuestros baluartes, para organizarnos, definirnos, fortificarnos y resistir los embates del castro-chavismo y sus aliados; para redefinirnos, reestructurarnos y luego, ahí sí, plantearnos la retoma de las calles y la toma del poder. Espacios regenerativos que nos permitan crecer, primero en calidad y luego en cantidad, sumar de verdad, sumar positivos con positivos y ofrecer cimientos sólidos a una verdadera nación y no a un pilón. Una nueva Venezuela, no solo mil veces mejor que la ignominia que tenemos casi 24 años padeciendo, sino también una Venezuela mejor, más digna y sólida que la que tuvimos ayer, anteayer y trasanteayer.

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Imagen al comienzo tomada de Wikipedia, la Enciclopedia Libre:

https://es.wikipedia.org/wiki/Oposici%C3%B3n_al_chavismo#/media/Archivo:We_Are_Millions_march_Venezuela.jpg

viernes, 14 de octubre de 2022

Lo Hispano Y Lo Supranacional

LO HISPANO Y LO SUPRANACIONAL

Por Alexander Delgado C.

14 de Octubre de 2022

 

Nos ha hecho falta una cosmovisión hispana. Como tal entiendo a una suerte de visión supranacional (no necesariamente política) en el universo hispano que, lejos imponer la visión concreta de la península ibérica o de un determinado país hispanoamericano, se base en una síntesis o factor común que aglutine los diversos orgullos identitarios de habla hispana, a ambos lados del Atlántico. Una cosmovisión, no necesariamente al margen de Occidente, de hecho integrada en lo occidental, pero reclamando su espacio y características propias. Que se ubique más allá del ámbito político (o que no se ancle a este), que sea plenamente consciente de que su esencia se define por un espíritu colectivo común, expresado fundamentalmente en el universo cultural e idiosincrático que nos caracteriza, con todo lo positivo y negativo que este tiene. Y, muy importante que, respetando su historia, sin embargo no dependa ,para autodefinirse, de simbolismos rancios del pasado, sino que sepa reconocerse en la contemporaneidad.

Una Cosmovisión Hispana Truncada

A mi modo de ver, se estuvo cerca de, tan siquiera, proyectar una visión semejante desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Por un lado se podía inferir este esbozo en connotados pensadores españoles como el padre del Pan-hispanismo, don Miguel de Unamuno y, con sus bemoles, en otros pensadores peninsulares como Marcelino Menéndez y Pelayo, José Ortega y Gasset o Ernesto Giménez Caballero. En un aspecto más político, desde el arco del nacionalismo español a inicios del siglo XX (especialmente en el falangismo), también se alzaron discursos que buscaron tender puentes de unidad hacia las repúblicas hispanoamericanas (más allá de sus circunstancias y motivaciones de fondo); no solamente respetando las tradiciones históricas de nuestros países, sino, de hecho, integrándolas en un todo hispánico.

En la América Hispana también muchos hombres de pensamiento, en mayor o menor grado, apuntaban en esa misma dirección; como el argentino José Enrique Rodó o el mexicano José “Pepe” Vasconcelos. En la Venezuela de la primera mitad del siglo XX, bien pudo hablarse de una verdadera escuela, con prohombres de la venezolanidad que, no solo reivindicaban al pasado colonialal elemento identitario hispano como columna vertebral, sino que, a diferencia de pseudo-hispanismo on line de hoy, no renegaban de nuestra historia republicana ni de nuestros prohombres independentistas; antes bien, los asumían como la genuina expresión, en lo bueno y en lo malo, del ser y no ser hispano. Toda una pléyade de hombres de visión elevada; académicos, literatos o historiadores de alto calibre como; Rufino Blanco Fombona, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, Mario Briceño Iragorri, Carlos Felice Cardot, Caracciolo Parra Pérez, Caracciolo Parra León y Arturo Uslar Pietri. Incluso, de varios pensadores de influencia positivista, de los últimos años 1800 y primeras décadas del siglo XX, se hubiera podido extraer lecciones fructíferas, independientemente de si en ellos había o no, la intención de aproximarse a cualquier pretensión pro-hispanidad.

Cada uno a su manera, con todas sus diferencias de orientación ideológica, poniendo el acento más en uno u otro aspecto, crearon una coyuntura sinérgica idónea que debió ser aprovechada y plasmada en una tradición de pensamiento hispanoamericano; tradición que, partiendo de asumir como columna vertebral el elemento hispano (o, si se quiere, hispano-mestizo), pudiese proyectar una cosmovisión hispanoparlante que, a su vez, reforzara y sirviera de marco y referente de apoyo al sentido identitario y de dignidad de nuestras naciones. Iniciativas como esta hubieran podido generar, a ambos lados del Atlántico, espacios de intercambio cultural y de disertaciones y discusiones intelectuales y académicas de altura que enriquecieran la cosmovisión de la que hablo, a partir de una afirmación de nuestros aciertos y de una sana autocrítica en relación a nuestros errores. Una proyección que, en relación con nuestros orígenes y devenir histórico, supiera hacerle frente a desadaptadas, atorrantes, acomplejadas y resentidas leyendas negras y, al mismo tiempo, apartarse de ingenuas y frívolas leyendas doradas que muy poco aportan y, por el contrario, desvirtúan.

En síntesis, una cosmovisión capaz de salirle al paso a lo que, lamentablemente, está sucediendo hoy, en la enrevesada posverdad idiocrática de las redes sociales y a nivel de panfletos resentidos, de parte de politicastros buscando impacto mediático y de mercenarios académicos de esa politiquería; sea desde posturas pseudo-indigenistas como pseudo-hispanistas.

Una Hispanidad Envenenada

Lamentablemente esto no sucedió; desde el poder político, a lo largo del siglo XX, las narrativas nacionales hispanohablantes (sobre todo en América), no supieron captar y plasmar esa visión en su debida magnitud, así como las ventajas socio-políticas, socioculturales y referenciales que de ella se podían derivar, especialmente de cara al momento que vivimos. No hubo en nuestros países liderazgos que supieran (o quisieran) recoger el legado de los ya mencionados y otros grandes pensadores, en sintonía con un espíritu hispano integral y cristalizarlo en discursos de identidad nacional más sólidos y honestos; una semblanza bien entendida que, sin patrioterismos fundamentalistas y ramplones, replanteara y tonificara el orgullo identitario de las naciones hispanohablantes, desanclándolo de iconos arcaicos y ubicándolo en la contemporaneidad, como un todo que integrara nuestros gentilicios nacionales; en su aspecto histórico pero, y sobre todo, en el presente y de cara al futuro.

Por el contrario, en los países hispanoamericanos, y en la misma España, se entronizaron los más torvos lamentos pobrecitistas y acomplejados, los más rastreros resentimientos y los mitos más desubicados (pretendida identidad etno-indigenista, por encima del mestizaje y sobreestimación del legado afro); todos estos delirios, plasmados en obras como Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, se condensaron en una visión izquierdosa que, teniendo como catalizador al castrismo y luego al Foro de Sao Paulo, poco a poco se fue apoderando, en nuestros países, del sentido de orgullo nacional, dotándolo de (o más bien reforzando) una proyección que, bajo el pseudónimo de “antiimperialista”, en realidad es acomplejada, plañidera, fatalista, de perdedores. 

Esta deformación, explotando la ignorancia desatendida de las masas populares, así como una predisposición aprendida al victimismo, dio estructura a fenómenos socio-políticos como el castro-chavismo, aupando su ascenso al poder desde 1998. Un ascenso facilitado por ecosistemas sociopolíticos corruptos y desgastados, con socialdemocracias celestinas o centro-derechas de señoritos, petulantes y mayameros; con clases medias cada vez más desapegadas del resto de sus sociedades, con liderazgos políticos, aparte de corrompidos, anquilosados y lo más lamentable, con dirigencias “intelectuales” o académicas, cada vez menos comprometidas con ser faros en sus naciones; auto-complacidas en sus tristes tribunas de opinión. Entornos patéticos, regodeados en las burbujas de ficción primermundista de sus confortables urbanizaciones o, parafraseando a Idolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez“viendo un olimpo en su ghetto”.

Luego de asentarse en el territorio venezolano, y con el chavismo como ariete, el foropaulismo ha repotenciado a lo largo del subcontinente esa visión deformada (y, hasta entonces, politicamente marginal), proyectando una versión viciada del viejo ideal integracionista hispanoamericano bajo el sobrenombre de “La Patria Grande”. Una “unidad” en el pobrismo, en el victimismo, paradójicamente, en la negación del elemento hispánico, no obstante ser nuestro aglutinante cultural. 

A su vez, y como reacción a este discurso de venas abiertas, se desarrolla, sobre todo a nivel de redes sociales un arrastrado, oligrfrénico, conspiranoico, discurso neo-hispanista (en realidad españolista o nordicista) renegatorio de la historia republicana de los países hispanoamericanos, especialmente de sus procesos independentistas; hispaNECIOS espurios y, en el fondo, igualmente acomplejados; muy distantes de la visión del maestro Unamuno; un pseudo hispanismo que, en el fondo, es triste coartada pro-nórdica y arielista.

Así llegamos a este momento en que; a la debacle económica, al caos social, al derrumbe moral y ético, a la pérdida de brújula en lo político; tenemos a una Hispanoamérica perdida, en una acefalía referencial, incapaz de reconciliarse consigo misma; contaminada por multilantes y renegadas leyendas negras contra sí misma; así como por nacionalismos caníbales, los cuales, mal influenciados por ideologías chovinistas o fascistoides, incompatibles con nuestra cultura, fomentan discursos xenofóbicos contra naciones vecinas, paradójicamente con quienes más se comparten cultura e historia.

Debacle agravada al estar en medio de un contexto global de anarquía y post verdad, en el que el desarrollo y protagonismo, cada vez mayor, de las Redes Sociales ha tendido a poner en plano de “igualdad” a una persona (con o sin títulos) que, probadamente ha estudiado determinado tema, con un simple y egocéntrico “opinador” o influencer, pasionario e impertinente que solo se expresa desde sus complejos, a partir de textos o frases descontextualizados y amañados o, peor aún, un mercader de la miseria humana, en busca de likes monetizantes.

¿Qué Le Queda A Las Naciones Hispanas, Especialmente En América?

De cara al momento presente, de anarquización, encono y post verdad, cada nación hispanoamericana, sin negar su esencia cultural, debe volcarse hacia sí misma, enfocarse en rehabilitarse por sus propios medios, apostando a un reencuentro posterior con el resto de la hispanósfera. Apelar románticamente a discursos hermanistas por encima de enconos internos, no pasa de ser un, bienintencionado pero triste o caricaturesco, saludo a la bandera; es pretender apoyarse en una razón desbordada por el caos pasional simplista y vulgarezco. La unidad e integralidad empieza desde las moléculas. Así, antes de hablar de unidad hispana debe hablarse de integralidad a lo interno de nuestras naciones. Cada nación hispanohablante, especialmente en nuestro continente, debe buscar una reconciliación consigo misma, con su historia (en su totalidad), con su identidad y las particularidades de esta (dentro del todo hispano); debe asumir su realidad geográfica, económica y poblacional, debe entender que estos son factores que han incidido en su desenvolvimiento histórico, pero que no tienen por qué ser predestinantes.

Así mismo, en cada nación hispanoamericana, y a partir de un sentido de orden y respeto, deben buscarse, formal o informalmente, acuerdos de coexistencia con aquellas identidades aborígenes a lo interno del territorio patrio, y a en lo que toca a la propia sociedad hispano-mestiza, también procurarse (en la medida de lo posible) un entendimiento con sectores usualmente postergados; sin evadir confrontaciones, pero también sin permitir que estas escalen a situaciones anarquizantes; acaso sea necesario, hasta cierto punto, un proceso a lo interno de depuración de elementos incordios.

Se debe comprender que, más allá de nuestras singularidades nacionales y regionales (que, insisto, se deben asumir), nuestra condición hispana, aparte de ser columna vertebral identitaria de nuestros países, es nuestro elemento de integración a posteriori, no solo con el resto de las naciones hispanas sino también, respecto al concierto global en sí mismo.

Pero, como ya he señalado, este es un trabajo que cada nación hispanoamericana debería realizar a lo interno. Hay que dejar de lado, al menos de momento, mitos patria-grandistas, especialmente aquellos anclados en discursos politiquero-ideológicos o contaminados de victimismos, pobrecitismos resentidos, galeanismos, negro-legendarismos (contra quien sea), etno-centrismos, euro-centrismos y pseudo- hispanismos

Debemos esforzarnos por superar mitos globalizantes, según los cuales, para estar integrados debemos estar bajo un mismo gobierno; da lo mismo que hablemos de añoranzas patéticas por el imperio español o la pretendida y desvirtuada integración bolivariana. El espejismo mental de que una cosmovisión hispana debe estar condicionada por una vasta unidad geopolítica común o partir de esta, tiene una clara impronta estatólatra; esta una de las principales taras que debemos superar

La base de la unidad hispana es, ante todo un orbe cultural, que durante 500 años, se ha mantenido incólume, de hecho se ha enriquecido en cada época, por encima de cambios políticos, sociales y tecnológicos, adaptándose a los nuevos tiempos. Encontrar ese espíritu en la contemporaneidad, supone respetar lo que de histórico tiene pero en su debida contextualización, deslastrándose de filias y fobias del pasado. Implica entender lo hispano como una esencia lo suficientemente fuerte en sus bases como para que su vivir no dependa de añoranzas o ilusiones rancias ni de odios anacrónicos rastreros .

Enfocándose de este modo, los nuevos discursos nacionales deben ser capaces de generar una nueva narrativa política y articular en ella a los medios de comunicación, a nuevas estructuras educacional y renovados ámbitos académicos, en un esfuerzo reorientador de nuestras sociedades. 

La unión hace la fuerza, solo cuando se unen fuerzas, no cuando, como en nuestro caso, se unen debilidades, primero debemos fortalecer e integrar nuestras identidades nacionales, paso previo a un sentido de unidad y cosmovisión hispana mucho más sólido y seguro de sí mismo, con una sana y verdadera autoestima de cara a la realidad que nos rodea, así como un nuevo sentido de identidad nacional en nuestros países. 

Una renovada cosmovisión hispana, reestructurada DESDE LAS BASES y no desde el techo, como la hemos concebido hasta ahora.

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