jueves, 16 de marzo de 2023

¿Importa Su Muerte O Su Vida?

¿IMPORTA SU MUERTE O SU VIDA?(*)

Por Alexander Delgado C.

16 de Marzo de 2023

 

Cuando un personaje público con una trayectoria brillante y altamente meritoria (sea política, artística, científica, deportiva, etc.), muere de forma prematura y trágica, su deceso arroja una aureola sobre el personaje en cuestión; dejando la percepción, acertada o no, de una obra inconclusa, así como la consecuente incertidumbre acerca de lo que hubiera sido de su vida o trayectoria de no haber fallecido, y de cómo esto hubiese incidido en su entorno, local, nacional o incluso global; se nos prefigura una suerte de enigma que el malogrado prohombre se lleva a la tumba. Entonces, el foco de atención sobre su muerte pasa a ocupar un lugar destacado en torno a esta personalidad, igualando, y en algunos casos superando, al de su obra en vida. 

Pero si esto sucede cuando la muerte es por causas naturales o por un incuestionado accidente, el impacto se hace aún mayor cuando se trata, abiértamente, de un asesinato o, en menor grado, de un suicidio. En este caso, al impacto provocado por su muerte se añaden las dudas acerca de los motivos, en caso de suicidio; y en el caso de un homicidio no satisfactoriamente esclarecido, cobran peso las conjeturas acerca de los posibles móviles y autores del crimen, especialmente en lo tocante a autores intelectuales. Inevitablemente, el halo trágico aumenta; la conmoción y la incertidumbre, muchas veces razonables, dan pie a conjeturas extraoficiales que, en muchos casos, rayan en teorías conspirativas.

De manera lamentable pero comprensible, la muerte de esta figura pública pasa a ser el centro de atención por encima de su propia vida, independientemente de lo ejemplar e inspiradora que esta última haya sido.

Sin embargo, y a partir de las dos situaciones arriba señaladas, hay una tercera circunstancia posible, más inquietante aún, que potencia el nimbo que rodea la inesperada muerte de una celebridad. Es cuando, oficialmente, se trata de un fallecimiento por causas naturales, por suicidio o por un infortunado accidente; pero, más allá de versiones oficiales, hay fuertes indicios o sospechas de tratarse de un asesinato disfrazado. De este caso hay, al menos, dos ejemplos relevantes en la historia venezolana de la segunda mitad del siglo XX; uno es el presunto suicidio del dirigente político Alirio Ugarte Pelayo en 1967; el otro caso, quizá el ejemplo por antonomasia, es el, muy cuestionado, accidente aéreo que segó la vida del presentador de medios, político y pre-candidato presidencial Reinaldo José “Renny” Ottolina Pinto; hecho trágico del que hoy se cumplen 45 años.

Junto al Dr. Luis Alberto Machado y el periodista y académico Carlos Rangel, Renny Ottolina fue uno de los últimos prohombres brillantes que ha dado nuestro país, precedido por otros grandes venezolanos, entre ellos; Mario Briceño Iragorri, Augusto Mijares, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Alberto Adriani o el ya mencionado Alirio Ugarte Pelayo. Hombres de pensamiento elevado e incuestionables virtudes cívicas (al margen de sus errores) a quienes, en lo personal, yo denomino Próceres de la Venezolanidad; exponentes de aquella noción de excelencia que en la antigua Grecia se conocía como Areté (de donde derivó el, hoy desvirtuado y venido a menos, concepto de aristocracia)

Consecuentes con esta valía, siempre pusieron sus dotes al servicio de su patria, proyectando una Venezuela posible; mil veces más digna y noble que la mediocre e inmediatista visión de país que primó entre 1945 y 1998; y por supuesto, a años luz de la Sodoma y Gomorra a la que ha sido reducida nuestra nación bajo la tiranía Castro-Chavista. Al igual que los Próceres de la Venezolanidad que le antecedieron, Renny destacó por su sólido sentido de la ética pública; su más que probado amor por Venezuela y, al final de su vida, ya de lleno en la actividad política militante, su deseo de hacer por nuestro país, mucho más de lo que ya había hecho desde su condición de hombre de medios.

La grandeza histórica de Renny Ottolina está, o tendría que estar, fuera de toda discusión para quien tenga un mínimo de sentido de patriotismo, ciudadanía, vocación de servicio, ética y profesionalismo. Su ejemplo de vida y su visión de país, mal que bien, han quedado plasmados en una gran cantidad de videos, cortos institucionales, programas televisivos, registros históricos, entrevistas, manifiestos y numerosos testimonios de quienes lo conocieron. Gran parte de su legado, como el de otros grandes de nuestro país, permanece para quien lo quiera conocer, interpretar y tomar como referente inspiracional o de ideas; algo que bastante falta hace en nuestros días, frente a tanta abyección instituida.

Pero lamentablemente, como ya se señaló, en el ánimo colectivo del común de los venezolanos, más que la vida de Renny, su ejemplo y lo que alcanzó a proyectar y plantear, que no es poco; ha terminado pesando en mucho mayor grado su muerte; concretamente la, nada descartable, posibilidad (certeza para muchos) de que el siniestro que le costó la vida hubiera sido planificado. Más patético aún, nos engolosinamos con lo que hubiera sido de no haber muerto, proyectando mentalmente, una realidad paralela que, ahí sí, normalmente peca de demasiado rosa (nada es tan brillante), para luego regresar a la realidad con un suspiro de desaliento y un lamento ante la esperanza asesinada de un mejor país. 

Es decir; al parecer, los venezolanos solo somos capaces de proyectarnos, como una mejor sociedad, en mundos paralelos, en utopías ucrónicas, en el ¿qué hubiera pasado si?; triste manifestación de un eterno auto-reniegue, en el que arrastramos indignamente la memoria de grandes hombres como Renny Ottolina, usándolos como coartada de auto-condenación y como refuerzo de nuestro pesimismo.

Vidas ejemplares como la de Ottolina, antes que inspirarnos a miras más elevadas, nos mueven, en el mejor de los casos, a un rictus fatalista ante lo que se asume como “demasiado bueno para nosotros”.

Y aquí es precisamente donde, acaso sin darnos cuenta, la muy posible pero nunca demostrada hipótesis de un asesinato de Renny cumple a cabalidad su papel desalentador y fatalista, al servir de pretexto al sino victimista que nos caracteriza; a nuestra malsana propensión al pobrecitismo y, no menos perniciosa, fascinación auto-flagelante hacia la figura del mártir; actitud, sin duda alguna, condicionada por la impronta cristiana de nuestra cultura. Esta es, quizá, una de las  razones por la que, per se, y más allá de lo que de certero puedan tener; no soy amigo de teorías conspirativas; por la forma en que riman negativamente con el dogma de la predestinación o, peor, con la idea supersticiosa y mediocrizante de una sentencia condenatoria o una maldición que pesa sobre nosotros y de la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos.

En vez de un ejemplo de vida a tratar de emular (dentro de nuestras posibilidades), nos regodeamos, de manera morbosa y amarillista, en un hipotético atentado como referente auto-disuasorio o de desconsuelo; o sea “no trates de tener aspiraciones elevadas y menos aún intentes luchar por ellas o acabaras estrellándote en una avioneta o en lo que sea que abordes”. En vez del gran hombre cuyos ideales deberían espolearnos a ser mejores, preferimos a una víctima en la que inspirarnos para retozar, como cerdos, en el pantano de nuestra auto-compasión.

Llegado a este punto, probablemente muchos hipotéticos lectores me replicarán justificándose en la actual realidad, tanto venezolana, como global; pero algo de lo que muchos no se han dado cuenta, es que, precisamente, este tipo de actitudes fatalistas son las que llevan agua al molino del resentimiento, contribuyendo enormemente a fenómenos nefastos, socio-políticos o socio-culturales, como el castro-chavismo, la ideología de género o los movimientos wokeistas; o al otro extremo, dándole argumentos a movimientos de impronta xenofóbica, neonazi o supremacista racial.

¡NO! ¡No somos así por cómo estamos. Estamos así por cómo somos!

Al usar indebidamente la memoria de grandes hombres como El Número 1, proyectamos nuestro fatalismo y frustraciones, los cuales, más allá de posibles razones objetivas, generalmente se fundamentan en nuestra baja autoestima, escasa autoconfianza; o si se quiere, son una proyección de lo que pedestre y roñoso hay en nuestro espíritu colectivo. 

Y es a través de ese turbio cristal que acabamos valorando ejemplos de vida y obra como los de Renny Ottolina. En vez de buscar, tanto incentivos de lucha como ideas concretas, por el contrario, solo acabamos hallando argumentos de auto parálisis.

Uno de tantos casos, típicos de la psique nacional, en el que la luz que debía iluminar la caverna termina siendo opacada y hasta oscurecida por la propia caverna.

Creamos una perniciosa mitificación en torno a determinado personaje ilustre, mitificación que, a la larga, termina volviéndose contra el propio personaje endiosado. 

Haciendo un breve paréntesis en relación con Renny, el mejor ejemplo de lo que acabo de afirmar es lo que ha ocurrido con la figura del Libertador; cuya mezcla de romantización ingenua y malsana idolatría tóxica, que ya era un problema antes de 1999; ha dado pie, bajo el chavismo, a una deformación hipertrofiada, asociándose el nombre de Simón Bolívar a despropósitos aberrantes, incluidos burdos remedos de teorías conspirativistas en torno a su muerte, como la expresada en el libro La Carta del finado Jorge Mier Hoffman. Este manoseo ha terminado enlodando su recuerdo en discursos de odio y en vulgares y grotescas manipulaciones como el espectáculo necrofílico de 2010. Esta abyecta manipulación ha contribuido a hacer odiosa o deprimente la figura del General Bolívar, de cara a un público que, en temas histórico-políticos, ha sido sempiternamente condicionado a interpretaciones delia-fiallezcas, panfletarias, vacías, resentidas y pobrecitistas. Como reacción newtoniana, tenemos una, no menos barata, malsana e injusta, furia anti-bolivariana que en los últimos años se ha puesto de manifiesto, sobre todo, en las redes sociales; muy dicientes son los casos de Patricio Lons, Pablo Victoria o el ex chavista, escritor de Aporrea y apóstata scheleriano, Xavier Padilla.

Al final, el problema no es lo buenas o malas que hayan sido determinadas figuras históricas; al final el problema somos nosotros como sociedad, la manera en que revestimos de nuestros complejos a estas grandes figuras (que ciertamente tenían defectos y cometieron errores como humanos que eran). La relación de apología tóxica y consecuente diatriba, en torno a Bolívar también se ve, a escala más atenuada, en otros personajes como el Dr. Arturo Uslar Pietri, al que también se ha tratado de descalificar y denigrar por las redes sociales. En todos estos casos, siempre se han escudado en una pretensión, mal entendida e infantil, de desmitificar a la figura en cuestión. En el caso de Renny Ottolina, también se empieza a ver esta tendencia descalificatoria, no solo a nivel de las RR.SS, sino incluso en algunos intelectuales de inclinación política hacia la izquierda.

Con el trasfondo de la malsana apología victimista y conspirativista en relación a la muerte de Renny, por sobre el ejemplo de su vida; ¿Cuánto tiempo podría pasar antes de que surja en torno a la figura del Número 1, un deformante Jorge Mier Hoffman? Y peor aún ¿Cuánto tiempo más para que, como reacción al manoseo abusivo, a Renny le salgan sus Pablo Victoria y sus Xavier Padilla?

En conclusión, podemos y debemos inspirarnos en la vida y ejemplo de un Renny Ottolina, en sus ideas; incluso podemos pensar (¿Cómo no?) que lo que pudo ser y no fue a fines de los 70 o inicios de los 80, bien podría ser, quizá de otra forma en un mañana no lejano (libres de la plaga chavista). Se puede enaltecer y admirar (o tan siquiera respetar) a un Renny Ottolina, a un Arturo Uslar Pietri, a un Francisco de Miranda o a un Simón Bolívar. Podemos inspirarnos en lo elevado de su visión y en sus proyectos. Pero para esto no son necesarios altares idolátricos, ni toxicidades o auto-flagelaciones a partir de mártires.

Mientras sigamos inspirándonos en la muerte de los grandes hombres, en su agonía, su ostracismo o su frustración ante la incomprensión; eso será lo que proyectaremos sobre Venezuela; frustración, desencuentro, resentimiento, desaliento, victimismo, estupidez. Seguiremos contribuyendo a que el país continúe sumido en la ciénaga purulenta en la que se encuentra y continuaremos haciéndole el peor homenaje posible a la memoria de sus prohombres, Renny Ottolina incluido.

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(*) El Título de este artículo fue inspirado en el Podcast de YouTube # 17, del 28 de diciembre de 2020, en el Canal de La Palabra Compartida, concretamente a partir de lo afirmado en el Segmento 1:16:48)

https://www.youtube.com/watch?v=HqSax9mEUA4

miércoles, 15 de febrero de 2023

Obsesiones Blindadas, Paterrolos Y Resonancias

 OBSESIONES BLINDADAS, PATERROLOS Y RESONANCIAS

Por Alexander Delgado C.

15 de Febrero de 2023


Como muchos, estoy hastiado de esa, ya caricaturesca, retórica de odio resentido, a priori, hacia los EE.UU, obsesiva y anormal, por parte del castro-chavismo (y en general, de la izquierda iberoamericana), así como de esa manía de echarles la culpa a los estadounidenses de todo lo malo que sucede, la tengan o no la tengan. Esta es una de las fobias acomplejadas que dan a la izquierda de nuestros países (y a cierta derecha atávica) una connotación pseudo identitaria de rito idolátrico. Es parte de una liturgia, atenazada en el tiempo, que el militante rojo debe internalizar y cumplir, independientemente de si en su vida cotidiana la contradice.

Pero la señalada manía antinorteamericana es solo una muestra, quizá la más diciente, de cómo parece funcionar la psique de los ultrosos de izquierda. Una fijación delirante y blindada, a prueba de razones y argumentos de peso, inmune hasta al más elemental sentido del ridículo. Una actitud propia de sectas extremistas tipo los WACO o El Templo del Pueblo; postura que, lamentablemente, encuentra terreno muy fértil en estos tiempos de post-verdad. Es cierto que es una manifestación del fenómeno definido como La Estupidez Humana, según la conocida teoría de Carlo Cipolla, pero también hay mucho de insano en esa aparente coraza con la que se blindan cada vez que la realidad les planta cara, y digo que les planta cara y no que les golpea en la cara porque, en su blindaje, no creo que acusen el golpe.

Paradójicamente, esa obsesión blindada que, a simple vista, debería verse como la debilidad, o cobardía del carácter que es, para ellos, y a efectos prácticos, es una fortaleza en lo que tiene de irreductibilidad y de determinación en el logro de sus objetivos. Ciertamente, una fortaleza en medio de lo perverso y de lo irracional, pero fortaleza al fin y al cabo.

La política ultrosa, en sus diversas facetas, siempre ha sido un albergue de psicópatas y sociópatas, enfermos de resentimientos, de nulidades acomplejadas; sectas sociopolíticas y socio-culturales; generalmente articuladas alevosamente entre sí, por seres inescrupulosos y mentes perversas que, en aras de ambiciones personales, aprovechan las miserias de sus seguidores (de las que, muchas veces, también participan más controladamente). En los países del hemisferio occidental (incluidos los de habla hispana) estos aquelarres, a cual más demencial, parecen estar imponiendo su ley al resto de las sociedades de las que forman parte, haciéndolos participar de su juego de manicomio.

Pero, en la mayoría de los casos, la opinión pública que no comulga con estos delirios, no ha sabido dar la debida importancia a este sino demencial que, cada vez más, envuelve a nuestras sociedades. Porque no solo es hastiante la tediosa letanía de los ultrosos (en el caso venezolano, de izquierda); también aburren las reacciones, desenfadadamente tontas, desde la acera de los moderados (y algunos casos, de los extremistas de signo contrario), las cuales terminan cayendo en el juego (psicológico o emocional) de esos ultrosos obsesivos.

En la dinámica politiquera de la Venezuela antichavista esta idiotez se aprecia a todo nivel. Puede verse en declaraciones de “voceros” de opinión ante cualquier absurdo proferido desde la acera castro chavista. Se ve igualmente en la forma en que estos absurdos son viralizados en las Redes Sociales, en la mayoría de los casos por gente que los critica pero igual les da tarima y los convierte en tendencia. También contemplamos estas reacciones bobaliconamente equivocadas por parte de la misma ciudadanía opositora de a pie, bien sea en reuniones de cuerpo presente, entre tragos, o a nivel de grupos particulares en aplicaciones como WhatsApp o Telegram. Aunque se expresan en diversas formas, todas estas reacciones desde el antichavismo coinciden, a partir de una emocionalidad muy conveniente al castro-chavismo, en terminar bailando al son que les toca la psicopatía chavista. También coinciden en el modo, lamentablemente superficial, en que abordan lo enajenado y perverso de la psique ñángara. La retorcida y perversa expresión castro-chavista es tratada por la opinión publica criolla desde su típica negligencia, frívola, materialista, displicente y socarrona; es abordada con la falta de seriedad y de cuidado que en Venezuela conocemos coloquialmente como una actitud de Paterrolo.

Aparte de la ya señalada banalización bolas al hombro; también es común el idiota que intenta refutar los despropósitos ñángaras, a partir de una argumentación lógica, loable en sí misma pero inútil y bien pajuata frente a la irracionalidad blindada del chavismo; en una ridícula pretensión de “debate” o de juego dialéctico cuando lo que se tiene enfrente son locuras. 

También es usual la frivolización de los desvaríos rojos, tomándoselo a chiste, “porque es que no se puede vivir amargado”, negados a entender (menos aún asumir) lo grave de ese trasfondo de anomalía que enfrentamos (insisto, los rojos son inmunes al sentido del ridículo); peor aún, esta caricaturización a veces se extiende contra los pocos que, desde este lado de la acera, intentamos llamar la atención sobre lo grave de eso que quieren trivializar. 

Otra actitud recurrente, esta desde el buenismo, es la que asumen algunos (sobre todo féminas), revestidos de una beatitud, algo cursi y en el fondo hipócrita, afectando, con actitud novelera, una horrorización en la distancia, como quién contempla una especie de criatura extraterrestre nunca antes vista; como si fuera algo totalmente “ajeno” a todos nosotros.

Todas estas reacciones antichavistas contra la obsesión delirante roja son formas evasivas de una, más que peligrosa, problemática de fondo; por ejemplo, en el citado ejemplo de la sempiterna obsesión anti-yankee, casi nadie se plantea lo que tiene de psicópata, ni les importan las motivaciones reales (aparte de los motivos ideológicos; complejos, resentimientos, envidias, mitos mentales), ni el trasfondo de desquiciamiento psico-social, ni mucho menos el simbolismo proto-identitario, de secta, que subyace detrás de esa retórica.  

En la anómica Venezuela de estos últimos 24 años, no hemos tenido dirigencias políticas, intelectuales o comunicacionales, entre las que supuestamente adversan al castro-comunismo, que estén dispuestas; por un lado a hacer un diagnóstico de la problemática país y del adversario a confrontar; diagnóstico que, a su vez, contemple en su justa importancia este elemento desquiciado de la psique castro-chavista; y por otro lado, que estén dispuestas a elaborar un discurso capaz de atacar a la narrativa ñángara por los flancos de su perturbada psique. Menos aún hemos contado con dirigencias o vocerías capaces de proyectar un accionar que tenga en cuenta este elemento demencial como factor clave; accionar (acaso defensivo al principio) que, paradójicamente, quizá implique que también de este lado tengamos (al menos hasta donde se pueda) que blindarnos ante la demencia roja.

Es obvio que es muy duro asumir en serio (más allá de merecidos epítetos infamantes) que, de verdad, estamos en manos de una parranda de enajenados mentales, de psicópatas y sociópatas.

Pero, y de nuevo paradójicamente, esta ligereza paterrolo con la que el sector no chavista se ha tomado la resentida y retorcida psique de los rojos, es una de las debilidades que más ha contribuido a facilitar a los operadores del Foro de Sao Paulo, no solo la labor de permear a la sociedad, hasta hacerse con el poder desde adentro, sino también de mantenerse en dicho poder, sobreponiéndose a todo tipo de adversidades; usando para esto, como ariete, precisamente su demencial determinación.

Desde hace mucho tiempo me he preguntado, hasta qué punto, este paterrolismo de la sociedad venezolana hacia la psico-sociopatía castro-chavista esconde un elemento de ignorancia voluntaria; en el fondo un no querer saber, precisamente en base a lo perturbador que puede resultar asumir que se está bajo una perversa demencia poco menos que institucionalizada. 

También me he llegado a plantear; ¿hasta qué punto esta indiferencia, a ratos cerril, tiene que ver con que, en la mayoría de los casos, en mayor o menor grado, hay entre nosotros, como sociedad, algo o mucho de esos complejos y resentimientos que nutren los delirios izquierdistas?

De hecho, es lógico suponer que, tanto los delirios discursivos, como el accionar del ñangaraje foro-paulista, no son más que un espejo distorsionado de muchos de los mitos, complejos y resentimientos, históricos o actuales (justificados o no), no solo de la sociedad venezolana, sino de todas las sociedades hispanohablantes. En el caso concreto de Venezuela, se trata de una nación con un marcado talante político centro-izquierdista, de tipo social-demócrata; con un bagaje histórico signado por una dinámica política populista y caudillista, por sangrientas rebeliones de masas como las de 1814 y 1859, las cuales se llevaron a cabo agitando, de hecho, discursos de odio social e incluso racial. Con esta carga socio-histórica, la narrativa de los rojos hace fácilmente resonancia en la psique colectiva venezolana; en el caso antichavista, que es el que nos concierne, alborotando el avispero de lo que fuimos alguna vez y no queremos recordar y acaso de lo que, como sociedad, seguimos siendo, aunque de un modo mucho más edulcorado y perfumado.

Estas son verdades íntimas que la Venezuela antichavista se niega a asumir; enfrentar la insanía psico-social zurda como la patología que es, implicaría plantar cara, tanto a graves falencias que tenemos como colectividad, como a demonios internos que no hemos querido afrontar. Nos veríamos obligados a reconocer como endógeno a ese Mr. Hyde instalado en Miraflores, como paso previo para luego recuperar el control sobre él (acaso asumirlo por primera vez). Pero esto, por más odioso que resulte, es necesario si queremos retomar las riendas de la nación (a veces me pregunto si de verdad lo queremos). 

El hecho de que esos demonios se nos hayan salido de control y conquistado el poder en 1999 no parece animar a la Venezuela nice people (es decir, a nuestro Dr. Jekyll) a encararlos; más bien parece que, precisamente, proyectar al chavismo como un demonio externo sirve de excusa a esa sociedad buenista para tratar a los rojos como a algo ajeno, aunque en el fondo, esa sociedad chévere sepa que no es así.

Encarar a ese espejo distorsionante instalado en Miraflores, supone reconciliarnos de verdad con nuestra identidad y nuestra historia (más allá de discursos vacíos; pseudo epopéyicos y patrioteros). Implicaría también hacer las paces con el fracaso de nuestras aspiraciones y quizá cuestionarnos esas mismas aspiraciones en cuanto a su viabilidad; partir de una absoluta honestidad para con nosotros mismos. Significaría, en síntesis, replantear, no solo muchos de nuestros mitos como sociedad, sino de hecho reformular (casi que resetear) nuestra narrativa como nación. Esto, per se, no tiene que significar renegar del todo de nuestra visión anterior, pero sí reajustar paradigmas a dimensiones más adecuadas a nuestra realidad.

Y es precisamente esa redefinición hacia donde debemos apuntar si queremos una verdadera reconstrucción nacional, con un sentido de responsabilidad, de pertenencia y de deber patrio, sólido, sano y bien entendido, blindado a pseudo-sectas delirantes cómo el castro chavismo; donde esta clase de obsesivos carezcan del oxígeno necesario, ya no para dominar, sino para tan siquiera sobrevivir.

lunes, 30 de enero de 2023

Nacionalismo e Individualismo

NACIONALISMO E INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

30 De Enero de 2023


Pues ya ve Vuestra Merced, que nos toca de obligación el defender nuestra patria o seremos esclavos de todos ellos

Nicolás de León (hijo de Juan Francisco de León)

Venezuela. Año 1751

Es muy recurrente apelar a llamados patriotistas, de unidad nacional, frente a prédicas disgregantes a lo interno como la exaltación de la lucha de clases, propia del marxismo o también, frente al individualismo centrífugo, exaltado por el liberalismo extremo. De hecho, ante el dogma marxista de la lucha de clases, muchos de los que se definen como nacionalistas y anticomunistas, suelen propugnar la cooperación entre clases. Sin embargo, más allá de lo loable que pueda ser esta premisa, hay que tener en cuenta la realidad objetiva a la que se trata de aplicar.

Como concepción, el nacionalismo está en estrecha relación con el patriotismo y este, su vez, con el sentido de pertenencia e identidad, el cual es un ejercicio del individuo respecto a su patria (natal o adoptiva). Pero este sentimiento patriótico, no tiene necesariamente que manifestarse de igual forma en cada individuo. Para mejor comprensión, permitámonos una pequeña disertación conceptual sobre patriotismo y nacionalismo.

A grosso modo el patriotismo, como vínculo afectivo al territorio del que se es, implica el cumplimiento de deberes ciudadanos, comportamiento ético, sana convivencia, laboriosidad, solidaridad y colaboración para con sus compatriotas, etc. Así mismo, debe enaltecer, o tan siquiera respetar, los principales símbolos patrios, así como la historia, prohombres y principales rasgos idiosincráticos y culturales que distinguen a la patria en cuestión (música, artes, deportes, gastronomía, etc.). Por su parte el nacionalismo toma como base al patriotismo, llevándolo a un nivel más político; se estructura en un principio, ideología o movimiento, tendiente (según el caso) a defender, preservar, reafirmar o rescatar; ya sea la soberanía, unidad, integridad, identidad, cultura o tan siquiera la dignidad de una nación; en algunos casos esto puede llegar a hacerse por encima de intereses o sentimientos, individuales, grupales o regionales. 

No viene a cuento en este escrito, abordar deformaciones a partir del ideal nacionalista; como chovinismo, xenofobia, racismo, etc.

En la anómica, fracturada y humillada Venezuela de hoy ¿es adecuado o tan siquiera viable un discurso de unidad a partir de formas nacionalistas? Eso depende de cómo enfoquemos ese nacionalismo. De cara a la actual realidad venezolana, considero que un discurso, o accionar, de inspiración nacionalista habría de configurarse con una gran dosis de pragmatismo (bemol en la sinfonía patriótico-nacionalista que, per se, es idealista y romántica).

Hay mucha tela que cortar en relación a este tema, pero el meollo en este escrito es relacionar el planteamiento de un discurso o accionar nacional-patriotista, con la valoración del individuo, en sí mismo y de su entorno inmediato; a su vez, de confrontar esta relación con el individualismo anarquizante, propio de la psique venezolana.

Al tener el nacionalismo como motivador inicial, el sentido de pertenencia o procedencia; si queremos que este sea consistente y sólido, más allá de símbolos nacionales que bien pueden prostituirse o vaciarse de significado ante la población; se debe partir desde las bases, o más claramente, desde lo más inmediato. El sentido de pertenencia aplica de abajo hacia arriba o, si se quiere, de adentro hacia afuera, especie de muñeca matrioshka al revés

Más exactamente, no es muy lógico hablar de un vínculo afectivo con nuestra nación (en este caso Venezuela) si no se empieza por desarrollar este vínculo con aquella región del país a la que estamos ligados, por nacimiento, adopción o algún otro modo de arraigo. A su vez, este vínculo afectivo regional, pasa por un sentido de procedencia hacia nuestra ciudad o población e, incluso, aquel barrio, urbanización o localidad a la que estamos vinculados por nacimiento o crianza. Incluso esta matrioshka al revés puede expandirse externamente más allá de la nación, pudiendo darle consistencia sólida a un hipotético sentido de pertenencia a nivel continental e, incluso, llegar a un universalismo; quizá desde ópticas muy locales, pero mucho más honesto que ciertos pseudo cosmopolitismos proto-hippies.

Igual pasa desde un ámbito socio-cultural; un sentido de identidad, regional o nacional sería más sólido si está complementado a lo interno por un vínculo de pertenencia a aquel grupo; familiar, vivencial, religioso, profesional, académico, corporativo, etc. del que se procede o al que se está ligado por razones idiosincráticas, teologales, de convivencia, de estudios, ejercicio laboral-profesional, etc. Esto, por supuesto, siempre y cuando estas dinámicas sean cónsonas con el sentido de deber patrio, o al menos no lo contradigan en esencia. 

Un verdadero espíritu nacional se define en la medida en que las diversas regiones y sectores de la sociedad, sin anularse, se amalgamen, o más bien se armonicen, siendo capaces de aportar lo mejor de sí en aras del todo nacional (especie de mínimo común denominador).

Pero aquí nos tropezamos con una paradoja; muy pertinente al caso venezolano, teniendo en cuenta nuestra heterogeneidad. Muchas veces, para que se dé una verdadera integración intersectorial en contextos nacionales muy híbridos y llenos de contrasentidos, debe pasarse por un periodo de confrontación en que los sectores dispares a lo interno, se plantan cara a cara en sus diferencias, afrontando las pintas de bichos raros que inicialmente se van a ver los unos respecto a los otros. Es a partir de la asimilación, y luego superación, de esa primera tensión, sin violencia ni odio; que sigue una etapa en que aprenden a tolerarse, a reconocerse sinceramente como “la otra cara del país” (en un sentido netamente socio-cultural), como ese connacional que no se parece a lo que yo soy y sin embargo pertenece a mi misma nación. Este reconocimiento mutuo da base a un proceso de ósmosis en el que, poco a poco, elementos culturales e idiosincráticos de cada sector van permeando en el otro, sin que por esto desaparezcan las diferencias internas, solo se atenúan, armonizan y articulan. Aquí estaríamos en presencia de una verdadera alma nacional, además de una sólida cohesión, un carácter y personalidad fuertes, magnéticas, altamente respetables.

Mientras esto no se logre, el sentido de patria o nación solo será un conjunto de símbolos gráficos, iconos musicales, gastronómicos, geográficos o históricos que, en el fondo, no tendrán más conexión de pertenencia que la que nos dice el deber ser de un discurso institucional o el sermón de un manual escolar de Formación Ciudadana y cuyo respeto siempre será circunstancial y endeble, independientemente del tiempo que dure y el relativo fervor ritual de la mayoría.

Valga decir que en Venezuela, desde 1958 el reseñado proceso de confrontación, tensión, aceptación y finalmente integración nacional, se había evadido de manera sistemática y deliberada. Las clases dirigentes de entonces, en un afan de olvidar, que no superar, la violencia sociopolítica que nos había caracterizado, y valiéndose de los, cada vez mayores, ingresos petroleros, promovieron un consenso artificial que evitara, a toda costa, conflictos de gran intensidad por pertinentes que fueran. Esta política, no solo favorecería el acceso del castro-chavismo al poder, sino que determinaría, frente a la plaga roja, a una sociedad venezolana, en el fondo, desencontrada consigo misma y en pugna latente; atenida, en cuanto a sentir patrio, a símbolos e iconos, progresivamente fosilizados en su comprensión y conexión cotidiana con una población que, hasta entonces, solo por mera inercia, los reverenciaba (o peor aún, los idolatraba); símbolos que acabaron siendo cooptados y prostituidos por el régimen chavista, en medio de la negligencia indiferente de la vocería “opositora”; hasta quedar reducidos, de cara a la devastada realidad actual, a un sarcasmo o, peor aún, en gran medida, ser revestidos de una connotación odiosa a los ojos de muchos venezolanos de a pie, quienes en su frívola ignorancia, con o sin razón, los asocian al narco-régimen.

Como consecuencia, somos presas de un accionar deliberadamente disgregante por parte del régimen castro-chavista, pasto de una prédica de odio social y antivalores, promovidos desde el poder que, a su vez (y junto a la crisis económica), han reforzado el individualismo disolvente que de por sí ya caracterizaba al venezolano. Y lo que es peor, han repotenciado, no solo nuestra baja autoestima, sino la actitud auto denigratoria que ya desde los años 30 Augusto Mijares denunciaba, calificándola como de sembradores de cenizas; hasta el punto de llevar a muchos venezolanos (especialmente los más jóvenes) a un nivel de sincero, insensato e irracional odio hacia su patria, incluida su historia y prohombres; una actitud, en el fondo comprensible, aunque no por esto, menos repudiable.

Frente este proceso de desarticulación del país, sí se podría considerar pertinente promover, un discurso y accionar de tipo patriotista o inspirado en un ideal nacionalista. Pero, y con el plomo en el ala de la mencionada siembra chavista de desarraigo y aversión, esta mística patriotista-nacionalista debe estar, reitero, muy honestamente atenida a nuestra realidad, tanto actual como histórica; así mismo, debe evitar calcos de discursos nacionalistas foráneos. Frente a formas usualmente asociadas al nacionalismo, el nuestro tendría que ser muy sui géneris; en muchos aspectos más cercano a un patriotismo simple (sobre todo en cuanto a sus exigencias) pero no por esto menos estructurado y severo, teniendo en cuenta el caos enconado vive Venezuela. Irónicamente considero que; antes de enfilar contra enemigos externos o más bien, internacionales que ciertamente los tenemos; o al menos de manera simultánea; un discurso nacionalista tendría que apuntar a lo interno, en procura de la integridad y solidez del tejido nacional, así como del fortalecimiento y la depuración ética y actitudinal; pasando por la supresión, o al menos neutralización, de elementos delincuenciales y factores de corrosión interna, entre ellos; actitudes resentidas, acomplejadas, derrotistas, auto-denigratorias, y auto-destructivas, escudadas en un supuesto libre disenso. Darle prioridad a estos aspectos respondería al hecho de que no se puede enfrentar un hipotético enemigo externo si la propia casa está plagada de factores debilitantes o postrantes que, con o sin intención, juegan a favor de ese enemigo.

En nuestro caso, debemos añadir que entre nuestros principales enemigos, tanto o más que comunidades nacionales definidas, se encuentran entes trasnacionales y antinacionales (Dixit Foro de Sao Paulo, Progresía Internacional, Narcotráfico), con fuertes adhesiones a lo interno de nuestro gentilicio, lo que les da un carácter dual de interno y externo a la vez; de ahí que, el clásico discurso nosotros vs ellos deba igualmente tener esta dualidad y contemplar nuestras contradictorias circunstancias. De hecho, una de las tentaciones que deben evitarse, es la de xenofobias prefabricadas, así como el recurso, evasivamente chovinista, de buscar confrontaciones con nacionalidades extranjeras en aras de una unidad placeba, especialmente en la medida en que sirven de paraguas a los, ya señalados, elementos de corrosión interna.

El concepto de Patria deberá asociarse rigurosamente al sentido del deber y noción de la obligación, por encima incluso de la noción de derechos o más bien, sirviendo de base a estos; un patriotismo íntimamente asociado al sentido de la Areté, gallardía y honorabilidad para con la nación y para con sus pares, en procura de un bienestar general que, a su vez sirva de basamento a libertades individuales. 

Un patriotismo y nacionalismo muy revisados y replanteados en su narrativa y autocontemplación, presente e histórica. Una sintaxis e iconografía nacional, quizá mucho más estricta, más jerarquizada y, como señalé, depurada de elementos antisociales y antinacionales; pero a la vez, y paradójicamente, más versátil, buscando prohijar, armonizar y, si fuera el caso, conciliar, narrativas más locales y cotidianas, relacionadas a nuestro presente y pasado inmediato (siempre que no perturben la integridad física, moral y espiritual de la nación), por ende más cercanas al venezolano común en cuanto a individuo. Ya no bastan, únicamente, evocaciones heroicistas (desprestigiadas por el uso y abuso del chavismo), es necesaria una mayor contemporaneidad, un mayor enaltecimiento del esfuerzo diario. 

Para esto, considero imperativo aprovechar el poco respeto que aún inspiran nuestros prostituídos símbolos patrios y usarlos como elementos aglutinadores en un discurso que proyecte la necesidad de unidad, autoridad, orden, sentido del deber y restablecimiento moral y luego aprovechar esta tregua para promover y tutelar una confrontación sana y articulatoria de lo que comúnmente se conoce como las fuerzas vivas de la nación; la cual dé pie a una unidad nacional verdaderamente sólida, y un sentido de identidad bien entendido, seguro de sí mismo, sin complejos, que refleje e integre al venezolano de a pie, al venezolano de buena fe y que, a la vez, lo comprometa desde su día a día; acogiendo al individuo pero neutralizando al individualismo disgregante.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Dominación A Través De La Desmoralización

DOMINACIÓN A TRAVÉS DE LA DESMORALIZACIÓN

Por Alexander Delgado C.

23 de Diciembre de 2022

Se ha vuelto insoportablemente habitual la perenne actitud auto acusatoria que arrastra el venezolano. Si bien, es una reacción, desde la frustración; perfectamente lógica en sociedades como la venezolana en estos tiempos, no por eso deja de ser altamente perniciosa. Es, parafraseando al profesor Augusto Mijares, un auto sembrarnos cenizas, siempre desde la más absoluta, atorrante y superficial necedad. 

Leo una reciente publicación en Twitter del escritor Dante Fontana (@DanteFontana3) en la que, por enésima vez, se le restriega por la cara al venezolano su supuesta “pasividad” ante las humillaciones que, a diario, le inflige el régimen. En el tweet en cuestión, dice Fontana:

Mi respuesta sería que lo que hace falta es más gente que entienda y haga entender lo que, al parecer, Fontana y muchos como él se niegan a entender; a saber, que esas humillaciones están hechas, precisamente, para dominar reforzando el elemento de frustración e impotencia.

Así como el hambre no libera sino que esclaviza, del mismo modo, esas afrentas desde el chavismo, y lo que es peor, la respuesta-desahogo de muchos IMBÉCILES, insultando a la población por no “reaccionar”; no solo no espolean esa pretendida reacción, sino que, por el contrario, desmoralizan e inmovilizan aún más. Tanto más si la colectividad humillada se sabe desarmada, desorganizada y sin un liderazgo aglutinador e inspirador.

Eso lo sabe de sobra el régimen; de hecho, lo más probable, es que desde unas, más que probables, salas situacionales ubicadas en la Habana (si no en el propio Miraflores), ya hayan estudiado y previsto de antemano, este tipo de efecto.

Uno de los aspectos más subestimados del accionar (e incluso del ethos) castro chavista, es que su dominio no se basa exclusivamente en la coerción  mecánica. No es solo con armas o instrumentos de tortura que nos dominan. No es solo a través del hambre o con pan y circo. No es solo a partir del miedo. Los rojos también se imponen a partir del desconcierto que generan, de la ira ciega, de la frustración y la impotencia. No solo amedrentan con violencia física y verbal, también desmoralizan desde la violencia simbólica; y las humillaciones a que hace referencia Dante Fontana son su manifestación más visible.

A través de esta estrategia de dominio refuerzan nuestra baja autoestima; una baja autoestima, no lo olvidemos, ya preexistente desde antes de 1999, que no sembrada por el chavismo sino, por el contrario, el chavismo originalmente se nutrió de ella y, por supuesto, ha hecho todo lo posible (y hasta lo imposible), entre arengas patrioteras que solo son antifaces, por alimentarla y acrecentarla aún más. Estamos ante una forma de control social, casi tan efectiva como el hambre. Esta “táctica” apunta a que la motivación y el entusiasmo colectivos, naufraguen en medio de un mar de desesperanza e ira impotente; o bien, que naveguen sin rumbo fijo, como veleta espasmódica, en un mar picado de ansiedad ante rumores (muchos no confirmados), de chismes baratos, de controversias indignantes o de escándalo en escándalo, para, al final, no ocuparnos de nada en específico.

Es una forma de agresión invisible que conlleva a debilitar, aún más, la capacidad de cohesión y resistencia frente al régimen; todo esto mientras se destruye el sentido y propósito de vida como nación o al menos se le distorsiona de un modo favorable a los designios del narco-régimen.

Sobran ejemplos de este accionar chavista en contra de la psique colectiva; prácticamente han sido una constante desde 1999, aunque con énfasis especial desde 2014. Los esporádicos videos de Maduro bailando, especialmente a raíz de alguna situación desgraciada para los venezolanos; o bien, las imágenes de personeros del régimen y de enchufados, disfrutando y exhibiendo obscenamente su vida de lujo y desenfreno, en medio de la miseria y dificultades de la mayoría de los venezolanos (incluidos muchos emigrados), son la muestra más palpable de violencia simbólica, con la que se le restriega al ciudadano su situación humillante, buscando generar desesperanza. Uno de los casos más dicientes fue, hace cuatro años, el nunca olvidado video del propio Maduro y su mujer en un restaurante de Turquía.

Los desahogos en las RRSS, los que como Viejas Histéricas, gritan “¡REACCIONEN!”; o peor aún, los que, desde un supuesto antichavismo”, humillan al venezolano tildándolo de “cobarde”, solo contribuyen a consolidar ese desasosiego inmovilizante. Al final, afrentas, injurias, iniquidades, injusticias, asco, ira, desprecio (tanto el propio como el que nos rodea), terminan sintiéndose como pedradas en carne muerta.

Y eso también, sin duda alguna, lo sabe el régimen que, por supuesto, hace cuanto esté en sus manos por exacerbar ese sentimiento derrotista.

La pasionalidad y ligereza del venezolano promedio, su INFANTILISMO PETER-PÁNICO EN POLÍTICA, han sido, desde 1998, un instrumento funcional al castrismo. Sirvieron de motor para llevar a Chávez al poder, vía votos. Y sirven aún para controlar a partir de la manipulación.

Quienes, desde la “oposición”, así reaccionan, son tontos útiles de Miraflores y La Habana (si es que no son, premeditadamente, cómplices). Lo más tiste es que muchos responden de esta forma, a sabiendas que no lograrán la tan cacareada reacción; solo por un mezquino deseo de desahogarse o, más despreciable aún, de proyectar en el ánimo colectivo su cobardía subyacente.


¿Queremos reaccionar de verdad?

Empecemos por reaccionar contra nosotros mismos, y no precisamente contra nuestra supuesta pasividad, sino contra nuestra vehemencia irreflexiva y verborreica. Aprendamos a revisar y controlar nuestra pasionalidad en temas políticos. Permitámonos enfoques alternativos (antichavistas, se entiende o, en todo caso objetivos) del mismo problema. Seamos más disciplinados con nuestra actitud. No nos perdamos en nuestros desahogos infantiles.

Dejemos el egoísmo en nuestro uso expresivo de las RRSS. No se trata de “yo soy libre de escribir lo que me da la gana”, en lo referente a la situación-país ya es tiempo de pensar en el efecto de nuestras palabras.

Bajémosle dos al mito aspiracional del cuatriboleado. Entendamos que contra el castro-chavismo no es solo ser “comecandelas”, es sobre todo, ser ASTUTOS, aprender a imponernos de cómo piensan ellos e irles veinte pasos adelante. “Gloria al bravo pueblo” es solo una frase de himno, aunque sea el nuestro. Es solo retórica ornamental. No entender esto es propio de malcriados oligofrénicos

No hagamos chistes de nuestra tragedia, ni se los aceptemos a nadie. Para reírse y relajarse de tanta amargura, hay temas de sobra que no involucran nuestra situación política y social.

Dejemos de seguirle el juego a los que nos han controlado, porque conocen de antemano nuestras reacciones y se han adelantado. Son una lepra psicosocial que se alimenta de nuestras miserias, no les demos cuerda.

Sí, tenemos que tener coraje, pero también tenemos que aprender a ser más reflexivos y críticos.

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ILUSTRACIÓN; caricatura de Eduardo “EDU” Sanabria. Maduro bailando sobra la sangre de los venezolanos

martes, 1 de noviembre de 2022

Aquel Viejo Espíritu Humano

AQUEL VIEJO ESPÍRITU HUMANO

Por Alexander Delgado C.

01 de Noviembre de 2022


El espíritu humano debe prevalecer sobre la tecnología

Albert Einstein


Lo malo del desarrollo de la tecnología no es esta en sí misma sino la forma en que nos relacionamos con ella y la incidencia que esto tiene en la psique humana, tanto individual como colectiva.

A pesar de lo demasiado obvio que resultan, tanto la afirmación anterior como la sentencia de Einstein usada como epígrafe, no deja de ser pertinente recordarlo. El desarrollo de la tecnología (especialmente en el terreno de las telecomunicaciones) así como su influencia en la sociedad, ha dependido siempre de la voluntad humana. Se supone que tenemos un libre albedrío, pero en general le damos un uso, en mi opinión, muy incorrecto.

¿La tecnología nos vuelve flojos? ¿La tecnología condiciona la típica actitud de cristal que caracteriza, especialmente a las generaciones actuales? ¿O, más bien, somos nosotros los que, cómodamente, decidimos dejarnos moldear por las bondades del desarrollo tecnológico? Un cuchillo usualmente se representa como un arma mortal, pero también es lo que nos sirve para cortar el filete que nos vamos a comer o para untar la mantequilla. No importa cuánto existan masas aborregadas, la voluntad humana no deja de ser la rectora; fue esta la que, para bien y para mal, se propuso (y en gran medida logró) domeñar la naturaleza.

De hecho; el pensamiento de la modernidad industrial, de nuevo, para bien y para mal, muchas veces nos planteó una perspectiva de enfrentamiento contra la naturaleza, la cual, a ratos, era presentada como un monstruo o enemigo sobre el que había que imponerse; se consideraba que había que hacer retroceder a la naturaleza, so pena de ser envueltos y anulados por esta.

Quizá el pensamiento de la era post-industrial, que muchos también identifican como Era Tecnológica, debería plantearnos, con respecto a la tecnología, una perspectiva similar, y con mucha más razón, a la que la era industrial nos planteaba respecto a la naturaleza. Negar la realidad de la tecnología y su incidencia en la sociedad humana de estos tiempos sería, por decir lo menos, una necedad anacrónica; y no menos idiota sería no asumir y aprovechar sus bondades. Pero también es cierto que, aun ratificándole al desarrollo tecnológico el lugar que ocupa en nuestro tiempo, también podríamos y deberíamos verlo, en mayor grado que antes a la naturaleza, como una realidad a la que hay que mantener bajo nuestro dominio, no solo desde un punto de vista operativo sino también, y sobre todo, desde el ámbito de nuestra voluntad.

De ahí la necesidad de apoyarnos en el espíritu humano, entendiendo lo de espíritu más allá de cualquier connotación teologal o esotérica, de hecho, asumiéndolo en un sentido más terrenal que etéreo. Quizá debamos volver los ojos al pensamiento de la antigüedad clásica y a valores que habíamos dejado en el pasado; por ejemplo, el concepto de la Areté; o al mismo sentido de honorabilidad. Eso sí, dejando bien en claro que no se trata de buscar una absurda y ahistórica vuelta a épocas y modos que deben considerarse superados, pero sí de replantear valores y modos de pensar como los mencionados y otros afines, ante la realidad que afrontamos en siglo XXI. No una vuelta al pasado pero sí una readaptación en el presente, y de cara al futuro, de valores que habíamos dejado… en el pasado.

Estos valores ancestrales, reacondicionados a nuestro tiempo, pueden ser los que proporcionen al espíritu humano, al ánimo colectivo; un arma o más bien una fuente inspiracional para afrontar los efectos adversos del auge de la tecnología en la humanidad, especialmente en nuestra esfera social, cultural, psicológica e incluso ética.

Esto es algo que las últimas generaciones no supimos tener en cuenta; nos dejamos amodorrar por el deslumbramiento que nos produjo la comodidad y facilidad que en el día a día nos ofrecía el desarrollo tecnológico y comunicacional de aquel entonces (incipiente comparado con el de esta época). Nos dejamos encandilar también por la noción, que por entonces desarrollamos, de lo que significaba el progreso y la modernidad, noción derivada de aquellos adelantos y muchas veces mal entendida.

Del mismo modo, nos dejamos llevar por una idea mal enfocada de lo que debíamos entender como libertad, por una concepción frívola, muchas veces irresponsable, a ratos pueril, de lo que significaba estar a tono con los nuevos tiempos, de lo que implicaba ser open mind.

La vida (y especialmente el crecimiento humano dentro de ella, en todos sus aspectos) puede definirse como el avanzar en un río a contracorriente, si nos detenemos la corriente en reversa nos lleva hacia atrás. Esto nunca lo quisimos entender. No somos libres porque podamos hacer lo que nos dé la gana, lo que realmente define la libertad humana es que, a diferencia de los animales, tenemos el suficiente raciocinio para elegir; somos libres a partir de la razón; por eso la verdadera libertad humana siempre va de la mano con el sentido de responsabilidad, más aún si tenemos en cuenta que somos seres sociales. También somos libres porque, a diferencia de la mayoría de los animales, nuestro raciocinio nos permite proyectar nuestras decisiones en el futuro, con mayor o menor posibilidad de acierto.

Libertad implica entender que nuestras elecciones tienen consecuencias, positivas y negativas, que no solo nos afectan directamente en lo individual sino que también inciden en el conglomerado del que formamos parte, lo que, tarde o temprano, repercute de regreso en nosotros como individuos.

No entender esto ha sido el gran error de la llamada “Generación X” (nacidos entre la década de los 60 y los primeros 80), error heredado o aprendido y agravado por las generaciones subsiguientes. Las consecuencias, cuando el siglo XXI está a punto de arribar a su primer cuarto, las estamos viendo de manera cada vez más patética, aberrante… y desesperanzadora.

Desesperanzadora a partir del momento que estamos viviendo pero no irremediable, porque a pesar de todo, nuestro error puede ser subsanado. Lo que no hicimos en aquel entonces, aún podemos hacerlo, o al menos intentarlo. Aún estamos a tiempo, a pesar de todo, de apoyarnos en el sentido común y en valores verdaderamente elevados, basados en sanas tradiciones, principios o corrientes de pensamiento que, antes que verlos como algo desfasado, deberíamos verlos como valores atemporales.

Es aquí donde el desarrollo tecnológico, especialmente el desarrollo de la internet, constituye una magnífica herramienta de ayuda, lamentablemente mal utilizada y subvalorada, en cuanto a la posibilidad de formación que nos brinda, especialmente de aprendizaje mutuo, más allá de estructuras académicas prestablecidas. Eso sí, a partir de un uso concienzudo y racional y de una cierta disciplina del carácter.

Es lo que nos permitiría, no solo convivir con el desarrollo tecnológico manteniendo en alto el espíritu humano, sino también dignificar a la propia tecnología al convertirla en un verdadero instrumento al servicio de un auténtico progreso humano.

jueves, 20 de octubre de 2022

“¡Que Crezca El Pilón!”

“¡QUE CREZCA EL PILÓN!”

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Como el niño de antes que se divertía con aquel viejo juego de El Avioncito o La Semana, a lo largo de estos casi 24, años el pensamiento de la Venezuela antichavista parece haber ido a brincos en torno a toda una gama de consignas, letanías, mantras, etc., diseñados para cuadricular las expectativas, anhelos, filias y fobias de quienes deseamos salir de la plaga roja.

Eslogans chéveres que parecen segmentar la psique antichavista, como el; “¡Ni un paso atrás!” en 2002-2004, el “¡Atrévete!” en 2006, el “¡Hay un Camino!” “¡Algo bueno está pasando!” en 2012 y 2013; o los más recientes; el “¡Vamos Bien!” “¡Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres!”, con las que miles de venezolanos se plegaron, de buena fe, a la estafa del interinato.

Y entre cantaletas y cantaletas, se nos han ido casi 24 años y con ellos se han llevado buena parte de lo que llamamos (y aprendimos a querer como) Venezuela.

Pero la retórica de la oposición prestablecida también ha estado signada por otros clichés, menos de ocasión, más reiterados, aparentemente más espontáneos y repetidos constantemente por sus adherentes del común, sea de viva voz o a nivel de redes sociales. Una de esas muletillas es el oligofrénico “¿y tú qué propones?”, con el que siempre “replican” cualquier cuestionamiento a las vías ilusamente institucionalistas y electoreras, como forma de salir de la narco-tiranía. Otro estribillo es el neurótico y paranoide “¡UNIDAD!”, proferido a voz de cuello, cual admonición bíblica, brotadas las venas. 

El otro mantra, que es el que me lleva al meollo de este escrito, es el cataléptico y ya bien trillado “SUMA Y NO RESTES”.

Esta es quizá una de las frases más icónicas que, aún a estas alturas, siguen repitiendo los palangristas de la oposición nice; esa que solo atiende a voces mediáticamente consagradas, generalmente empeñada en una mística buenista y en discursos de reminiscencia puntofijista. Esa que se encuadra en partidos políticos añejos o añejados; y muy especialmente, esa que se apega a rutas electoreras, probadamente ineficaces y que solo sirven para (con o sin intención) hacerles el juego a la tiranía castro-chavista. 

Cuando escucho el “Hay que sumar y no restar” no puedo evitar recordar aquel otro juego de mis días escolares; cuando nos amontonábamos en cambote sobre alguno, caído en el suelo, al grito de:

         “¡QUE CREZCA EL PILÓOON!”

Porque es lo que, a grosso modo, quiere decir el “Suma y no restes”. Ante el monstruo chavista, solo parece inspirar una seguridad placeba la idea de que crezca el pilón, no importa que ese pilón, en permanente crecimiento, no haya servido para un carrizo. Admito que es comprensible esta postura desde la desesperanza y el desespero. Se comprende igualmente esta visión pilonesca de una presunta cohesión opositora, teniendo en cuenta nuestra tradición socio-política entre 1958 y 1999.

Aunque muchos de los que se hacen eco de esta consigna son ciertamente profesionales o tan siquiera bachilleres, a veces parece que no hubieran pasado de sexto grado de primaria, o que su mente hubiera borrado las matemáticas del bachillerato. De lo contrario recordarían que también existen los números negativos, por debajo de cero, y que SIGNOS DIFERENTES NO SUMAN, RESTAN.

Esta no es una simple y banal metáfora matemática. El chavismo (y en general el foro-paulismo) parece tener muy clara esta metáfora. Los chavistas siempre han partido de la premisa de “nos fortalecemos depurándonos” y, desgraciadamente para Venezuela, les ha dado resultados óptimos. Numéricamente hablando; en términos de simpatizantes, devotos y militantes de base (por convicción, no obligados); por lo menos desde el 2001, ha sido mucho más lo que el chavismo rojo ha perdido en Venezuela que lo que ha ganado, y sin embargo parece estar cada vez más firme y fortalecido. Los rojos solo se juntan y se retroalimentan con los de su misma calaña, con los que, de una u otra forma, les aportan en el sentido roñoso, destructivo o degenerativo que les es innato. Ellos juntan negativo con negativo, suman en negativo.

Pero del lado opuesto al chavismo; desde la “dirigencia” o vocería, pasando por los generadores de matrices de opinión, hasta la propia ciudadanía de a pie; se insiste en la cantaleta de la “unidad” “hay que sumar y no restar”. En nombre de esta “premisa”, se ha pretendido amalgamar todo aquello que haga bulto contra la plaga castro chavista; se ha acogido indiscriminadamente a cuanto elemento chavista “abandone” el barco rojo, no importa si representa lo peor del régimen; no importa si, a la manera de Francisco Arias Cárdenas, David De Lima o William Ojeda, están de prestado, haciéndose pasar por opositores, para luego volver a su redil original. En nombre de sumar y no restar se le han hecho carantoñas a los llamados chavistas originarios, descontentos de la actual dirigencia roja, quienes, sin abjurar de su antigua devoción por Hugo Chávez, solo pretenderían reproducir en el espectro anti-chavista la actitud país, en sus fuentes primigenias, que nos trajo a este cuasi apocalipsis.

Buscando que crezca el pilón, se recibieron con los brazos abiertos a un Henry Falcón, a un Eduardo Semtei, a un Miguel Rodríguez Torres o a una Luisa Ortega Díaz… y a la postre ¿Qué han aportado? Se llegó hasta el extremo, ciertamente no confirmado pero sí muy diciente, de “negociar” un apoyo de Vladimir Padrino y Maikel Moreno de cara a aquel patético 30 de Abril de 2019, para luego resultar con los crespos hechos.

Pero, lamentablemente, para la lógica del antichavista cool no importa que las pilonescas mayorías numéricas no hayan servido de nada, ni a nivel de urnas electorales ni a nivel de calle, ni siquiera, de cara a una opinión pública internacional; la cual, por cierto, en el fondo está casi tan drogada de unicornios como los chéveres que, en Venezuela, siguen a la dirigencia “opositora”.

La verdad es que la oposición más ilusa se aferra a la Tesis del Pilón porque retrata uno de los mitos, pecados o debilidades, más pertinaces de nuestra psique. Los venezolanos, lamentablemente, tenemos una mentalidad muy arraigada de hombre-masa; esta encubre un individualismo insociable y cimarrón, asentado en nuestra conciencia y escudado en la impersonalidad de una colectividad amorfamente uniforme. Deliramos por una diversidad malentendida, multitudinaria, más revuelta que junta; un amontonamiento con cierta estética, bajo el discurso bien-pensante proferido por unos “voceros” altoparlantes desde una tarima. Elementos dispares juntados que, en el fondo, se mastican pero no se tragan, o en el mejor de los casos, se son mutuamente indiferentes. Pero eso no importa, hay que sumar, nos apilonamos para la foto (o el selfi) en medio de la algarabía callejera, con nuestra mejor sonrisa Pepsodent.

Nuestro individualismo cerril tiene como condición sine qua non, que nuestra singularidad nunca destaque, que sea unidad confundida entre la multitud; más o menos como el que solo se siente cómodo en las grandes urbes, en las que, como partícula perdida, si acaso se conoce con el vecino del apartamento de al lado. Tenemos una devoción, casi que fetichista, por la cantidad, muy por encima de la calidad. Hay que sumar, porque solo vale lo cuantitativo, lo estadístico, el cuatro que resulta de juntar dos con dos; no importa que estemos “sumando” manzanas buenas con manzanas podridas; mejor dicho, no importa que estemos arrejuntando manzanas con manteca de cochino y zapatos; lo que cuenta es la cantidad de unidades que amontonemos para que crezca el pilón; “¡Unidad!” “¡No dividas!”, al contrario, “¡hay que multiplicarnos!”, aunque al multiplicar positivos con negativos, el resultado sea negativo (de nuevo las fastidiosas matemáticas del liceo).

A lo cualitativo en el fondo le tememos; pero, en realidad, no tanto porque “dividimos y ellos reinan”, esa es nuestra coartada; más bien lo que nos atemoriza es que esa división nos muestra la verdad de nuestra debilidad orgánica tras la falsa fortaleza del número… Y también porque la calidad nos representa diferencias, nos recuerda el registro social y esto, nos demos cuenta o no, nos reviven ecos de la Venezuela de los años 1814 y 1859. No importa que esos ecos se hayan institucionalizado desde 1999. Nuestro negacionismo da para todo.

De ahí que muchos venezolanos, de todos los niveles socio-económicos y educativos, pero especialmente en el campo antichavista y en las urbanizaciones de la, otrora y post-hippie, clase media, deliren orgásmicamente ante una concentración masiva y multicolor, pacífica, festiva, “fraternal”, chévere, como tantas que han tenido lugar entre 2002 y 2019, en forma de marchas de protesta, mítines electorales o auto juramentaciones; sean protestas cívicas, sean disturbios o, en el caso chavista, sean turbas y hordas.

Nuestra devoción por las pilonescas multitudes, encubre el temor evasivo a nuestro yo interior colectivo. Por eso también, cuando nos la damos de extremistas cuatriboleados, optamos por la letanía de “¡Todos a la calle!” “¡Calle sin retorno!”… Porque la calle acalla. El retumbar de gritos vacuos, pitos, bocinas, consignas y comparsas sobre el asfalto, encubre los inquietantes ecos internos de nuestros complejos y traumas como sociedad, como familia, como grupo, como miembros de una colectividad llamada Venezuela.

La ilusión del pilón creciendo hoy representa ese buscar en el anochecer, bajo la luz de un poste de alumbrado público, aquello que, en el fondo, sabemos que solo puede estar en la oscuridad del matorral próximo. El problema es que el bombillo del poste hoy apenas destella parpadeos. Como ágora, la verdadera calle, sea pacífica o violenta, de momento parece haberse agotado para la Venezuela antichavista, al menos como ciudadanía civil; y como posible ciudadanía armada tendría que pasar por un período de organización y entrenamiento tras trincheras si queremos que sea efectiva. Las calles venezolanas, hoy en día, están tomadas por bandas armadas y violentas, mercenarias o aliadas de la narco-tiranía, a quienes no les importa que el pilón no le crezca siempre y cuando su poder de fuego sea incontestable. Unas montoneras de siglo XXI que no se andan con comparsas ni sonrisas Pepsodent, ansiosas, por lo demás, de invadirnos y aniquilarnos en nuestros espacios internos.

Precisamente solo nos quedan esos espacios internos; el hogar, el cónclave familiar, vecinal, organizacional, acaso profesional, incluso de amigos o feligreses religiosos… y por supuesto de copartidarios. Solo nos quedan nuestros patios interiores o, si se quiere, nuestras catacumbas, reales o simbólicas, para enfrentar nuestros monstruos de closet, para superar miedos, tabúes atávicos, traumas y ecos decimonónicos; para asumir, sin tapujos, nuestras singularidades, individuales y grupales, darles el brillo que merecen y ubicarlas donde puedan dar lo mejor de sí; asumir constructivamente nuestras diferencias, lejos de pseudo diversidades bullangueras; cohesionarnos de verdad, desde las bases, lejos de falsas unidades en calles postizas.

Nos quedan nuestros baluartes, para organizarnos, definirnos, fortificarnos y resistir los embates del castro-chavismo y sus aliados; para redefinirnos, reestructurarnos y luego, ahí sí, plantearnos la retoma de las calles y la toma del poder. Espacios regenerativos que nos permitan crecer, primero en calidad y luego en cantidad, sumar de verdad, sumar positivos con positivos y ofrecer cimientos sólidos a una verdadera nación y no a un pilón. Una nueva Venezuela, no solo mil veces mejor que la ignominia que tenemos casi 24 años padeciendo, sino también una Venezuela mejor, más digna y sólida que la que tuvimos ayer, anteayer y trasanteayer.

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Imagen al comienzo tomada de Wikipedia, la Enciclopedia Libre:

https://es.wikipedia.org/wiki/Oposici%C3%B3n_al_chavismo#/media/Archivo:We_Are_Millions_march_Venezuela.jpg

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