¿IMPORTA SU MUERTE O SU VIDA?(*)
Por
Alexander Delgado C.
16
de Marzo de 2023
Cuando un personaje público con una trayectoria brillante y altamente meritoria (sea política, artística, científica, deportiva, etc.), muere de forma prematura y trágica, su deceso arroja una aureola sobre el personaje en cuestión; dejando la percepción, acertada o no, de una obra inconclusa, así como la consecuente incertidumbre acerca de lo que hubiera sido de su vida o trayectoria de no haber fallecido, y de cómo esto hubiese incidido en su entorno, local, nacional o incluso global; se nos prefigura una suerte de enigma que el malogrado prohombre se lleva a la tumba. Entonces, el foco de atención sobre su muerte pasa a ocupar un lugar destacado en torno a esta personalidad, igualando, y en algunos casos superando, al de su obra en vida.
Pero si esto sucede cuando la muerte es por causas naturales o por un incuestionado accidente, el impacto se hace aún mayor cuando se trata, abiértamente, de un asesinato o, en
menor grado, de un suicidio. En este caso, al impacto provocado por su muerte
se añaden las dudas acerca de los motivos, en caso de suicidio; y en el caso de
un homicidio no satisfactoriamente esclarecido, cobran peso las conjeturas
acerca de los posibles móviles y autores del crimen, especialmente en lo
tocante a autores intelectuales. Inevitablemente, el halo trágico aumenta; la
conmoción y la incertidumbre, muchas veces razonables, dan pie a conjeturas extraoficiales
que, en muchos casos, rayan en teorías conspirativas.
De manera lamentable
pero comprensible, la muerte de esta figura pública pasa a ser el centro de
atención por encima de su propia vida, independientemente de lo ejemplar e
inspiradora que esta última haya sido.
Sin embargo, y a partir
de las dos situaciones arriba señaladas, hay una tercera circunstancia posible, más
inquietante aún, que potencia el nimbo
que rodea la inesperada muerte de una celebridad. Es cuando, oficialmente, se trata de un fallecimiento por causas naturales, por suicidio o por un
infortunado accidente; pero, más allá de versiones oficiales, hay fuertes indicios
o sospechas de tratarse de un asesinato disfrazado. De este caso hay, al menos,
dos ejemplos relevantes en la historia venezolana de la segunda mitad del siglo
XX; uno es el presunto suicidio del
dirigente político Alirio Ugarte Pelayo en 1967; el otro caso, quizá el ejemplo
por antonomasia, es el, muy cuestionado, accidente aéreo que segó la vida
del presentador de medios, político y pre-candidato presidencial Reinaldo José
“Renny” Ottolina Pinto; hecho trágico
del que hoy se cumplen 45 años.
Junto al Dr. Luis Alberto Machado y el periodista y académico Carlos Rangel, Renny Ottolina fue uno de los últimos prohombres brillantes que ha dado nuestro país, precedido por otros grandes venezolanos, entre ellos; Mario Briceño Iragorri, Augusto Mijares, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Alberto Adriani o el ya mencionado Alirio Ugarte Pelayo. Hombres de pensamiento elevado e incuestionables virtudes cívicas (al margen de sus errores) a quienes, en lo personal, yo denomino Próceres de la Venezolanidad; exponentes de aquella noción de excelencia que en la antigua Grecia se conocía como Areté (de donde derivó el, hoy desvirtuado y venido a menos, concepto de aristocracia).
Consecuentes con esta valía, siempre pusieron sus dotes al servicio de su
patria, proyectando una Venezuela
posible; mil veces más digna y noble que la mediocre e inmediatista visión
de país que primó entre 1945 y 1998; y por supuesto, a años luz de la Sodoma y
Gomorra a la que ha sido reducida nuestra nación bajo la tiranía Castro-Chavista. Al
igual que los Próceres de la
Venezolanidad que le antecedieron, Renny destacó por su sólido sentido de
la ética pública; su más que probado amor por Venezuela y, al final de su vida,
ya de lleno en la actividad política militante, su deseo de hacer por nuestro
país, mucho más de lo que ya había hecho desde su condición de hombre de
medios.
La grandeza histórica
de Renny Ottolina está, o tendría que estar, fuera de toda discusión para quien
tenga un mínimo de sentido de patriotismo, ciudadanía, vocación de servicio,
ética y profesionalismo. Su ejemplo de vida y su visión de país, mal que bien, han quedado plasmados en una gran
cantidad de videos, cortos institucionales, programas televisivos, registros
históricos, entrevistas, manifiestos y numerosos testimonios de quienes lo
conocieron. Gran parte de su legado, como el de otros grandes de nuestro
país, permanece para quien lo quiera conocer, interpretar y tomar como
referente inspiracional o de ideas; algo que bastante falta hace en nuestros
días, frente a tanta abyección instituida.
Pero lamentablemente, como ya se señaló, en el ánimo colectivo del común de los venezolanos, más que la vida de Renny, su ejemplo y lo que alcanzó a proyectar y plantear, que no es poco; ha terminado pesando en mucho mayor grado su muerte; concretamente la, nada descartable, posibilidad (certeza para muchos) de que el siniestro que le costó la vida hubiera sido planificado. Más patético aún, nos engolosinamos con lo que hubiera sido de no haber muerto, proyectando mentalmente, una realidad paralela que, ahí sí, normalmente peca de demasiado rosa (nada es tan brillante), para luego regresar a la realidad con un suspiro de desaliento y un lamento ante la esperanza asesinada de un mejor país.
Es decir; al parecer, los venezolanos solo somos capaces de proyectarnos, como una mejor sociedad, en mundos
paralelos, en utopías ucrónicas, en el ¿qué hubiera pasado si?; triste manifestación de un eterno auto-reniegue, en el que
arrastramos indignamente la memoria de grandes hombres como Renny Ottolina,
usándolos como coartada de auto-condenación y como refuerzo de nuestro
pesimismo.
Vidas ejemplares como
la de Ottolina, antes que inspirarnos a miras más elevadas, nos mueven, en el
mejor de los casos, a un rictus fatalista ante lo que se asume como “demasiado bueno para nosotros”.
Y aquí es precisamente
donde, acaso sin darnos cuenta, la muy posible pero nunca demostrada hipótesis de
un asesinato de Renny cumple a cabalidad su papel desalentador y
fatalista, al servir de pretexto al sino
victimista que nos caracteriza; a nuestra malsana propensión al pobrecitismo
y, no menos perniciosa, fascinación auto-flagelante hacia la figura del mártir;
actitud, sin duda alguna, condicionada por la impronta cristiana de nuestra
cultura. Esta es, quizá, una de las
razones por la que, per se, y más
allá de lo que de certero puedan tener; no soy amigo de teorías
conspirativas; por la forma en que riman negativamente con el dogma de la predestinación o, peor, con la idea supersticiosa y
mediocrizante de una sentencia condenatoria o una maldición que pesa sobre nosotros
y de la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos.
En vez de un ejemplo de
vida a tratar de emular (dentro de nuestras posibilidades), nos regodeamos, de
manera morbosa y amarillista, en un hipotético atentado como referente auto-disuasorio o de desconsuelo;
o sea “no trates de tener aspiraciones
elevadas y menos aún intentes luchar por ellas o acabaras estrellándote en una
avioneta o en lo que sea que abordes”. En vez del gran hombre cuyos ideales deberían espolearnos a ser mejores, preferimos a una víctima en la que inspirarnos para retozar, como cerdos, en el pantano de nuestra auto-compasión.
Llegado a este punto,
probablemente muchos hipotéticos lectores me replicarán justificándose en la
actual realidad, tanto venezolana, como global; pero algo de lo que
muchos no se han dado cuenta, es que, precisamente, este tipo de actitudes fatalistas son las que llevan agua al molino del resentimiento,
contribuyendo enormemente a fenómenos nefastos, socio-políticos o
socio-culturales, como el castro-chavismo, la ideología de género o los
movimientos wokeistas; o al otro extremo, dándole argumentos a
movimientos de impronta xenofóbica, neonazi o supremacista racial.
¡NO! ¡No somos así por cómo estamos. Estamos así por cómo somos!
Al usar indebidamente la memoria de grandes hombres como El Número 1, proyectamos nuestro fatalismo y frustraciones, los cuales, más allá de posibles razones objetivas, generalmente se fundamentan en nuestra baja autoestima, escasa autoconfianza; o si se quiere, son una proyección de lo que pedestre y roñoso hay en nuestro espíritu colectivo.
Y es a través de ese turbio cristal que acabamos valorando ejemplos de vida y obra como los de Renny Ottolina. En vez de buscar, tanto incentivos de lucha como ideas concretas, por el contrario, solo acabamos hallando argumentos de auto parálisis.
Uno de tantos casos,
típicos de la psique nacional, en el que la luz que debía iluminar la caverna termina siendo opacada
y hasta oscurecida por la propia caverna.
Creamos una perniciosa mitificación en torno a determinado personaje ilustre, mitificación que, a la larga, termina volviéndose contra el propio personaje endiosado.
Haciendo un breve paréntesis en relación con Renny, el mejor ejemplo de lo que acabo de afirmar es lo que ha ocurrido
con la figura del Libertador; cuya mezcla de romantización ingenua y malsana idolatría
tóxica, que ya era un problema antes de 1999; ha dado pie, bajo el chavismo, a una
deformación hipertrofiada, asociándose el nombre de Simón Bolívar a despropósitos
aberrantes, incluidos burdos remedos de teorías conspirativistas en torno a su
muerte, como la expresada en el libro La Carta
del finado Jorge Mier Hoffman. Este manoseo ha terminado enlodando su recuerdo en discursos
de odio y en vulgares y grotescas manipulaciones como el espectáculo
necrofílico de 2010. Esta abyecta manipulación ha contribuido a hacer odiosa o
deprimente la figura del General Bolívar, de cara a un público que, en temas
histórico-políticos, ha sido sempiternamente condicionado a interpretaciones delia-fiallezcas, panfletarias, vacías,
resentidas y pobrecitistas. Como reacción newtoniana, tenemos una, no menos barata,
malsana e injusta, furia anti-bolivariana que en los últimos años se ha puesto
de manifiesto, sobre todo, en las redes sociales; muy dicientes son los casos
de Patricio Lons, Pablo Victoria o el ex chavista, escritor de Aporrea y apóstata scheleriano, Xavier
Padilla.
Al final, el problema no es lo buenas o malas que hayan sido determinadas figuras históricas; al final el problema somos nosotros como sociedad, la manera en que revestimos de nuestros complejos a estas grandes figuras (que ciertamente tenían defectos y cometieron errores como humanos que eran). La relación de apología tóxica y consecuente diatriba, en torno a Bolívar también se ve, a escala más atenuada, en otros personajes como el Dr. Arturo Uslar Pietri, al que también se ha tratado de descalificar y denigrar por las redes sociales. En todos estos casos, siempre se han escudado en una pretensión, mal entendida e infantil, de desmitificar a la figura en cuestión. En el caso de Renny Ottolina, también se empieza a ver esta tendencia descalificatoria, no solo a nivel de las RR.SS, sino incluso en algunos intelectuales de inclinación política hacia la izquierda.
Con el trasfondo de la malsana apología victimista y conspirativista
en relación a la muerte de Renny, por sobre el ejemplo de su vida; ¿Cuánto
tiempo podría pasar antes de que surja en torno a la figura del Número 1, un deformante
Jorge Mier Hoffman? Y peor aún ¿Cuánto
tiempo más para que, como reacción al manoseo abusivo, a Renny le salgan sus
Pablo Victoria y sus Xavier Padilla?
En conclusión, podemos y debemos inspirarnos en la vida y ejemplo de un Renny Ottolina, en sus ideas; incluso podemos pensar (¿Cómo no?) que lo que pudo ser y no fue a fines de los 70 o inicios de los 80, bien podría ser, quizá de otra forma en un mañana no lejano (libres de la plaga chavista). Se puede enaltecer y admirar (o tan siquiera respetar) a un Renny Ottolina, a un Arturo Uslar Pietri, a un Francisco de Miranda o a un Simón Bolívar. Podemos inspirarnos en lo elevado de su visión y en sus proyectos. Pero para esto no son necesarios altares idolátricos, ni toxicidades o auto-flagelaciones a partir de mártires.
Mientras sigamos
inspirándonos en la muerte de los grandes hombres, en su agonía, su ostracismo o su frustración ante la incomprensión; eso será lo
que proyectaremos sobre Venezuela; frustración, desencuentro, resentimiento, desaliento,
victimismo, estupidez. Seguiremos contribuyendo a que el país continúe sumido en la
ciénaga purulenta en la que se encuentra y continuaremos haciéndole el peor homenaje posible a
la memoria de sus prohombres, Renny Ottolina incluido.
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(*) El Título de este artículo fue inspirado
en el Podcast de YouTube # 17, del 28 de diciembre de 2020, en el Canal de La Palabra Compartida, concretamente a
partir de lo afirmado en el Segmento 1:16:48)





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