jueves, 1 de septiembre de 2011

Civilización, Palabra Frágil. Por Mariano Picón Salas

CIVILIZACIÓN, PALABRA FRÁGIL

Por Mariano Picón Salas


Pocos meses después de concluida la primera gran guerra europea, en los mismos días en que los estadistas del mundo se reunían en Ginebra para fundar una “Sociedad de las Naciones” que asegurase una paz estable, Paúl Valéry escribió un pequeño ensayo que parecía templar la excesiva confianza de los muy optimistas, recordándoles que “todas las civilizaciones son mortales”: que el alegre París, la opulenta Londres, la refinada Florencia podrían ser mañana Susas o Persépolis cubiertas de olvido. Y la tesis de Valéry consistía en que el esfuerzo de Cultura y prudencia para que una civilización no perezca, es casi mayor que el impulso de crearla. La Civilización es como un Jardín que hubiéramos recibido en legado; y de generaciones sumamente laboriosas y siempre despiertas depende de que tan bello rincón de árboles, fuentes y nobles pensamientos no se ahogue en la ruina y la maleza. (Una idea, si se quiere, muy francesa de la “civilización”, ya que fue Francia entre todas las naciones europeas la que primero dio validez y uso universal a tan hermosa palabra.) El ensayo de Valéry, de tan ágil y penetrante levedad, casi coincidió en el tiempo con la monumental obra alemana de Osvald Spengler, “La decadencia de Occidente”, cuyo primer volumen aparecido a fines de 1918 hubo de convertirse en un como breviario mágico de profecía e intuición histórica para las generaciones angustiadas de la primera post-guerra. El interés de estos ensayos no se cifraba, precisamente en que en ellos se hablara de la “fragilidad de las civilizaciones” (ya Gibbon lo había dicho en el siglo XVIII en su clásica obra sobre Roma, y Burchkardt y Gaston Boissier se entretuvieron en estudiar en sus libros sobre el fin del mundo antiguo, aquellas extrañas fuerzas deletéreas que, como termites tropicales en la más fuerte madera, quebrantaron a partir del siglo III de nuestra era un organismo histórico que parecía eterno, inmenso y vigoroso como el Imperio Romano). El ensayo de Valéry y la ingente audacísima obra de Spengler gozaron de enorme audiencia porque el hombre europeo comenzaba a sentir que el conjunto de formas e instrumento que él asociaba a la palabra “civilización” entraba en serio peligro. Podrá discutirse todo lo que se quiera a Spengler; investigadores norteamericanos aplicaron al caudaloso y bello libro el rasero de una crítica positivista, excesivamente pegada a los detalles, pero la terrible pupila del pensador alemán previó con varios años de antelación algunas de las más brutales emergencias de la época; previó el Fascismo y la sombría crisis del estado Liberal; previo las futuras guerras entre Continentes de que ya estamos amenazados. 

Lo más interesante de estos trabajos casi proféticos es que ellos alertaban contra una dulce ilusión que la Humanidad había venido acariciando ininterrumpidamente desde las grandes utopías optimistas del siglo XVIII: la de que el progreso continuaba en línea recta y que por el simple desarrollo de la razón y la humanísima posibilidad de aprovechar y acrecentar las experiencias de los antepasados, todo futuro será mejor que el presente. Cuando los personajes de alguna novela del siglo XIX, se ven lanzados en un conflicto que no pueden resolver confían en que el simple avance de las Ciencias, del espíritu de la tolerancia o la comprensiva fineza que involucra toda Cultura, le dará más ecuánime solución en un tiempo venidero. A ese necesario avance de la Sociedad modificada por la Ciencia parece consagrar todos sus rudos documentos humanos, todas sus denuncias y protestas, un novelista como Zola. Y quien hubiera visto al mundo en aquellos que mediaron entre la exposición universal de Paris de 1889 y julio de 1914, pronosticaría que había derecho al más regocijado optimismo. 

Casi todas las tiranías y regímenes absolutos se habían transformado, por entonces, en la mayor parte de los países del mundo en Estados democráticos que garantizaban los derechos de individuos y comunidades. Una fina cultura de la sensibilidad se expresaba no solo en las obras de Arte, sino en muchas y nuevas instituciones jurídicas y filantrópicas. Parecía estar a punto de abolirse la crueldad hacia los seres humanos y la Sociedad buscaba un derecho más justo en que hasta los conceptos de “culpa”, “pena” y “delitos” se armonizasen con el avance benéfico de las Ciencias. Si aun no se cumplía el ideal de una justicia económica ecuánimemente distribuida, la extensión del sufragio, el auge y nueva legalidad de los partidos obreros, prometía continuas reformas en la condición de las clases más pobres, sin que para ello pareciera necesaria aquella revolución apocalíptica de la violencia propiciada por un George Sorel. 

Treinta años después de aquella Europa que bailó despreocupadamente el “Can-Can”, disfrutó de las más irrestrictas libertades y había garantizado el derecho a oponerse y disentir como una de las mejores conquistas de la Civilización y suavizó (como ninguna otra época de la Historia) las relaciones humanas, casi no quedaban vestigios. O las revoluciones y crisis que afloraron después de la primera post-guerra, revelaron como un fondo plutónico de barbarie y violencia que no se hubiera podido imaginar en 1900. En un país tan venerablemente culto como la Alemania de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel, de tan geniales guías y conductores de la conciencia moderna, se quemaban libros, se perseguían ideas disidentes y se imponían formas de sadismo y crueldad que superaban a las peores que pudo conocer la Historia desde los días de Gengis Kan. Se oficializaba la mentira científica y los hombres, (en un voluntario retorno a la Prehistoria) parecían renunciar a cuanto había permitido el avance del espíritu humano en los últimos siglos: el análisis, el sereno dictamen de la razón, la equidad para comprender los puntos de vista contrarios. Aunque tan infecciosa degradación del espíritu individual y colectivo coincidiera con máquinas y tecnología más poderosa que la de 1900, es claro que semejantes formas no se podían llamar “progreso” comparándolas con las de treinta años antes, no solo no se avanzaba hacia las formas morales y sociales más perfectas, sino que parecía entrarse en un inesperado y trágico “proceso de involución”. Este angustiado problema de advertir que espiritualmente se está retrocediendo cuando todos los supuestos anteriores de la Civilización parecen prometer un avance, es lo que se denuncia en muy significativos libros alemanes de un Thomas Mann, un Hesse, un Feutchvagner. 

Y la moraleja de todo esto es que no podemos quedarnos a la orilla, esperando que nos beneficie espontáneamente el llamado río de la Civilización; de que no todo lo que viene y todo lo que nos inunda es necesariamente bienhechor, sino que hay que preparar los cauces históricos para que la corriente no se trueque en avalancha. La “Civilización” en el humanismo sentido que le dieron los pensadores franceses del siglo XVIII, como la juzgaba Voltaire, como la juzgó todavía Paúl Valéry, no solo se recibe pasivamente, sino más bien se conquista. No consiste tan solo en poseer útiles neveras y automóviles que corran a 200 kilómetros por hora, como en lograr un espíritu ecuánime, una serena disciplina interior, una actitud de benevolencia y justicia ante las obligaciones que nos impone la vida. Ya se ha dicho demasiado que la paradoja de nuestra época es que el avance de las máquinas y el ingente desarrollo de la tecnología no ha coincidido con una paralela evolución espiritual. ¡Con cuantos bárbaros “tecnificados” nos encontramos en las calles! Y la “Civilización” sigue siendo así, una meta y un permanente plan educativo de la especie humana.





PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). Extracto de su obra de 1955 Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Ediciones EDIME. Caracas-Madrid

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