ACERCA DE LA JERARQUÍA
Por: Mario Briceño
Iragorry
(De: El Caballo De Ledesma. 1944)
Mi distinguida y buena amiga: Buena que la hizo nuestro amigo al tomar el atajo de la demagogia para mal interpretar mis palabras. Acórreme el señor de que llegue yo a pensar según las ideas de que se me hace partícipe; en cambio, por nada temo que tan ligero juicio pueda perjudicarme cerca de quienes saben leer y escribir.
Y lo peor es que el ignora las veces que he tajado mi modesta pluma en defensa de la jerarquía. Y la defiendo desde mi claro y preciso punto de demócrata de la nación, no de oportunidad y conveniencia. Sin que esto aluda a que el pueda pertenecer a ese inmenso grupo de políticos que gastan ideas de lujo para el consumo público, pero que, a la hora de la verdad y de la acción, recurren a los principios que celosamente guardan como más avenidos con el rumbo de sus intereses personales.
Nuestro amigo no ha advertido que por jerarquía yo entiendo orden actual en la lógica selección social. Orden de ahora. No orden que venga de atrás. El imagina que, por no ser yo un descamisado, proclamo y defiendo como jerarquía la permanencia de los valores sociales abultados en los cuadros del tiempo. Los árboles genealógicos y la herencia de capital en función de contorno de los hombres en la cinemática social.
Son conceptos diametralmente opuestos. El uno representa lo viejo, lo caduco de la historia. El otro es lo ágil, el ascenso, la vida de la historia. La pura lógica del proceso selectivo que crea la sociedad. Nuestro amigo está acostumbrado a la jerga de nuestros viejos métodos de distinguir a los hombres. Para nuestro amigo existen las buenas familias y no las buenas personas. Existe el hijo de Don Pánfilo como una continuación paterna y no como un nuevo valor social que precisa sopesar individualmente. No niego yo que haya familias donde cultiven las virtudes con más ahínco y fruto que en algunas otras. Hay familias de hombres piadosos, como las hay de asesinos y contrabandistas. Desde este punto de vista hay familias mejores y peores. Pero nuestro viejo concepto de buena familia no mira regularmente el contenido educativo de la tradición familiar, sino el prestigio aparente de un apellido. La tradición familiar ha de existir, es la propia historia de los pueblos y bien deberían pensar todos los hombres en mejorarla y superarla. Ir a mas de lo que fue el padre, es esfuerzo que en pequeño deberíamos hacer todos. Es la particularización del propósito general que debe animar a los pueblos por mejorar. Es la propia marcha de la cultura.
En cambio, el concepto que aflora menudamente es el contrario. Se procede con la conciencia firme de que por nosotros ya capitalizaron los mayores. Y de ahí el fantasma de las buenas familias, cuyos miembros actuales no necesitan hacer nada porque ya poseen un apellido. Y este camina solo. Es el fantasma de los ociosos y degenerados herederos de los ricos de ayer que, sin aportar ningún esfuerzo para su personal pulimento, pretenden ser punteros en el movimiento social. Esto no es jerarquía, y de serlo sería una jerarquía antidemocrática. Una jerarquía de la mentira permanente.
Nuestra jerarquía es otra. Donde hay un orden, este debe exhibirse por medio de la más lógica de las fórmulas. Imagine el galimatías que se formaría en la mente de un niño a quien el maestro empezara a enseñar la numeración según el siguiente proceso: 17, 2, 24, 73, 9. El niño que tropiece de buenas a primeras con semejante serie de valores, posiblemente aprenda a pescar gordas truchas pero no llegara a saber que sea aritmética. Ahí le ha faltado la jerarquía de los números y del concepto del valor. Esta es la jerarquía que debe transportarse a nuestro orden social. Esta jerarquía debe establecerse en la seriación de los hombres. Es la propia progresión de los méritos, la estimativa del esfuerzo y de la capacidad personal.
Nuestra jerarquía, fundamento del orden democrático, mira la hora presente. Mira el valor redituante del sujeto social. La democracia no es el asalto. La democracia no es lo que hasta ahora entendieron muchos capataces políticos: la posibilidad abierta para “el vivo”. Nuestro orden social fue en mucho mirado como carrera de hombres audaces y afortunados. No se vio el significado de las categorías formadas por el natural proceso de la cultura. Se buscó al hombre en función orgánica. En función de guapo, de simpático o de rico. No en función de lo que pudiera servir a la propia sociedad. En nuestra selección política se invirtió la sistemática de valorar a las bestias. Estas tienen tanto más valor cuanto menores sean sus mañas. Los políticos se han apreciado en función contraria. Y no es mero juego de palabras. No ha dado muchas vueltas la tierra desde que lo oí decir para explicar la posición elevada de un político: “Tiene muchas mañas”. Váyase al diablo la capacidad, ríase usted de las condiciones que ameritan a un individuo. Eso no pesa en el orden de la selección. Pesa la maña, la audacia, la simpatía, el golpe de suerte.
Contra esa falsa técnica de selección, va la jerarquía de los individuos en cuanto valen por sí mismos, cosa que empieza a hacerse sentir en nuestro país. ¿Considera usted la tragedia que implica un desacomodo en que un inferior jerárquico se ríe de la incapacidad de un dirigente? Y no es pedir leche a las cabrillas intentar que ese orden lógico, que esa jerarquía vertebral se establezca en todo el ancho campo de las actividades sociales. Mire usted como en Venezuela solo han existidos tres fuerzas de peso. El Ejército, La Iglesia y El Capital. El Ejército, en que todo expresa jerarquía. La Iglesia, cuya constitución y disciplina interna son el mayor testimonio de lo que vale la organización. El Capital que, por gravedad y cohesión representa el más compacto frente de valores. Fuera de eso, en Venezuela no hay jerarquía ni cohesión de masas. El Individualismo disolvente ha corroído toda fuerza de superación y de defensa. Todo está a la buena de Dios. Todo se rige por la ley del asalto y del postizo mérito. Para general no sirve un teniente. El soldado ha llegado a serlo, pero ha tenido que subir peldaño a peldaño. Sus hombros han saludado todas las estrellas hasta llegar al codiciado sol. Se dolía en época de ascensos un mi amigo militar de que a él, sobrado de años en su grado, no se le hubiera ascendido a la par de otros compañeros. Y yo, para consolarle, no tuve mejor frase que esta: “Pero en cambio no has sufrido la derrota moral de ver que un teniente haya sido ascendido de golpe a coronel”. En el orden diario de la estimativa civil nos tropezamos, en cambio, con esos tenientitos improvisados de comandantes. Y vemos de diario doctores bien graduados que reciben normas de conducta de bachilleres aplazados.
Esto parece que lo olvidara nuestro amigo cuando la dio por censurar mi insistencia acerca de la necesidad de que vayamos a la creación de una conciencia de jerarquía como prenda de estímulo en la vida democrática. Jerarquía que encauce la fuerza multitudinaria y valle las explosiones que ocasiona la injusticia. Jerarquía que exhiba el valor de los hombres en sus justas proporciones y promueva, en consecuencia, mayor fe y más ancha confianza en el trabajo social.
La juventud hecha a oír dentro de los muros universitarios prédicas en que se le prometen realizaciones fundamentales en el esfuerzo y la cultura y que, vueltos los ojos al campo de la vida práctica, encuentra un orden en que existe una escala de valores que quebranta el mérito del esfuerzo personal, tiene, por fuerza, que sufrir un trauma en la conciencia. La alegría se le trueca en desconfianza y disimulo. La honradez se le vuelve mala fe. Y conforme a una técnica natural de vida, se va a la línea del menor esfuerzo. Pasa a la categoría de los irresponsables.
Y si usted quisiera ejemplos con que convencer a nuestro amigo, yo le sugiero el de Páez lavando los pies a Manuelote. Manuelote no ha muerto. Manuelote, en nuestro desacomodo venezolano, sigue humillando a quienes guardan el propio poder de mejorar el orden social. A quienes, como Páez, pueden hacer repúblicas. Manuelote es la vulgaridad, confundida con lo democrático, que se ha creído capaz de dirigir a la sociedad. Manuelote, aun vestido a la moderna, es la cabal expresión de la carencia de la jerarquía. En un orden más lógico, él debiera lavar los pies a Páez, mientras llega la hora en que cada quien lave los suyos propios. Pero así y todo, mi querida amiga, habrá uno a quien toque el pasajero privilegio de hacerlo primero. La jerarquía es para fijar, por medio de una disciplina de valores, quien es el primero en usar el lavatorio.
Para lo que sí está dado y permitido romper la mecánica del orden, es para ir de puntero al sacrificio por la sociedad. Lo heroico en este caso es la excepción. Y que lo diga nuestro viejo Ledesma, cuando animado del deseo de dar ejemplo permanente, salió sobre el sarmentoso caballo de las victorias definitivas, con la risa en la “cara angulosa y cetrina”, jugando como “un rayo de sol en una ruina”, según lo canta el inolvidable Enrique Soublette.
Y muy de desearse seria que usted
cumpliera la promesa de regresar en breve a la capital, donde yo, como siempre,
espero la oportunidad de servirla y admirarla.

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