LA DISCUSIÓN DE LA CONQUISTA
Por Mariano Picón Salas
“Ni los
conquistadores españoles fueron siempre esos posesos de destrucción que pinta
la leyenda negra, ni tampoco los santos o caballeros de una cruzada espiritual
que describe la no menos ingenua leyenda blanca”
Mariano Picón Salas
1.- Las Dos Tesis Históricas
Casi parece ya ocioso, desde el punto de vista histórico (aunque muy fecundo desde el punto de vista ético), renovar aquella polémica que comenzó hace veinte años después de que Colón hubiese puesto su Planta en las Antillas, de si la Conquista era una cruzada Cristiana, o bien, como lo predicó Bartolomé de las Casas, una empresa de robo y violencia. Honra al pensamiento hispano del siglo XVI que hasta contra la “razón de Estado” haya podido plantearse ese debate, y resulta interesante comparar la actitud mental de un Bartolomé de las Casas, espíritu que todavía vive en las fronteras entre la Edad Media y el Renacimiento, como (con) la de un poeta moderno como Kippling, cantor del imperialismo ingles en la India. España ofrecerá, así sus propios argumentos que de esgrimir contra ella, por un motivo, ya más político que religioso, los enemigos de su imperio colonial, quienes, como los británicos en el siglo XVIII, anhelan llevar su comercio y navegación por las últimas rutas ultramarinas sometidas al régimen monopolista de la Corona de Castilla. En la prosa ruda, pero llena de color patético, de Bartolomé de las Casas aparece por primera vez la visión idílica de lo indígena, la pintura de un mundo de inocencia que fue sustituido por un mundo de crueldad, y la requisitoria contra la Conquista que desarrollarán en el pensamiento prerromántico del 1700 un Marmontel o un Abate Raynal.
La disputa (verdadera disputa sin solución, porque para sostener una u otra tesis puede ofrecerse una masa impresionante de datos) ha dividido, preferentemente desde el siglo XIX, las dos corrientes políticas del pensamiento histórico hispanoamericano: una corriente colonialista y tradicionalista que ponía todo su énfasis en el predominio de las formas españolas de nuestra cultura; y otra liberal y revolucionaria, que proclamaba en forma agresiva; su ruptura con España. Ya en el siglo XVI el historiador Gómara, defendiendo la causa de los conquistadores contra la inflamada homilía de Las Casas, buscaba en la conquista algunos valores afirmativos de creación y civilización con que templar el pesimismo del “Apóstol de los indios”: “Dieronles [los españoles a los indios] —decía Gómara— bestias de carga para que no se carguen; y de lana para que se vistan, no por necesidad, sino por honestidad, si quisieren; y de carne para que coman, ca les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil con que mejoran la vida. Hánles dado moneda para que sepan lo que compran y venden lo que deben y tienen. Hánles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron; porque con letras son. Verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechaban mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados, y mejor en ser cristianos.”
La misma tesis de Gómara es resucitada en el siglo pasado por el famoso historiador mexicano don Lucas Alamán, al enumerar con extraordinaria minucia el aporte de España a la vida de América, y al ofrecer contra el paralelo, entonces tan socorrido entre la colonización inglesa en el norte del continente y la española en el sur, el ejemplo del mestizaje y la originalidad de cultura en el experimento hispánico, que a diferencia del inglés quiso incorporarse las formas indígenas. Como el tema del nacionalismo cultural había sido planteado por la época romántica, escribía con cierto candor Alamán: “Los literatos de Estados Unidos tienen que buscar las materias que ocupan sus plumas en los países extranjeros; nosotros tenemos en nuestros acontecimientos domésticos ancho campo para la poesía, la historia y para el estudio de las antigüedades, llevando a ellas la luz de la filosofía y la crítica”. Es decir, mientras que él entiende la colonización norteamericana como un mero desplazamiento europeo hacia nuevas tierras, la cultura hispanoamericana injerta lo español sobre un subsuelo autóctono primario. Que ello sea de este modo, significa para Alamán que las fuerzas de destrucción de la Conquista no fueron tan crueles que agotaran toda expresión original; y que lo que se destruyó encontró su equilibrio en las adquisiciones nuevas.
También pudiera haber insistido Alamán, cuando así rectifica a la propaganda, y la historiografía inglesa del siglo XVIII, en otro mérito de España que resalta, precisamente, cuando se le compara con la acción colonizadora inglesa en las zonas del trópico americano. Si los británicos fueron buenos colonizadores cuando, como en la América del Norte, en el sur de Australia o en Nueva Zelanda, encontraron tierras de clima templado donde parecía fácil trasladar las costumbres y el estilo de vida de la metrópoli, no desplegaron igual esfuerzo cultural en sus colonias del trópico. Nunca fueron equiparables las tradiciones de vida europea, de cultura y refinamiento intelectual con que España marcó su huella en Cuba y Puerto Rico con el inferior estilo de factoría que en las mismas aguas del Caribe mantuvo la británica Jamaica. Documentadamente ha estudiado este problema el escritor cubano Ramiro Guerra en su valioso libro Azúcar Y Población En Las Antillas. Si el español arraigaba en nuestras zonas cálidas y el mestizaje produjo una aproximación de los núcleos pobladores entre los que despuntaría a la larga el espíritu nacional, el inglés prefirió mantenerse al margen de los grupos alógenos, sin otra relación casi con ellos que la de patrón a siervo. Aunque haya pasado de la ocupación española a la ocupación norteamericana, el viajero más desprevenido encuentra en Puerto Rico, por ejemplo un vigoroso espíritu nacional que no es de ningún modo perceptible en Jamaica. Lo criollo, fundamentado en una tradición, una fuerte vida de familia, una historia y una literatura que tiene sus figuras ductoras, sus nombres que identifican el sentimiento y el ideal colectivo, mantiene despierta la conciencia regional. De la Jamaica tórrida, buena productora de ron y de caña de azúcar; no han salido un Hostos o un Rizal que, como en el Puerto Rico o las Filipinas hispánicos, sean los intérpretes de la nacionalidad naciente. Y aun casi resulta imposible que en esas posesiones tropicales británicas como Jamaica o Trinidad, se haga presente una conciencia histórica diferente entre grupos tan extranjeros entre sí, como la masa de africanos, hindúes o coolies asiáticos que trabajan para el capataz blanco.
Las colonias españolas —futuros núcleos de repúblicas— fueron verdaderas
provincias ultramarinas. Domesticar la tierra caliente, llevar una
cultura urbana hasta los climas más desapacibles y duros de la América tropical
—Cartagena de Indias, Panamá. Guayaquil-, -etc. — fue una hazaña española,
lograda con la pobreza de medios técnicos que existieron entre los siglos XVI y
XVII. Todavía el viajero que recorre los Llanos de Venezuela región de
temperatura áspera y de naturaleza peligrosa, que contrasta con la suavidad del
clima en la zona andina y en las sierras y valles litorales, no puede sino
admirar en poblaciones ahora decaídas como Barinas, San Carlos, Ospino,
Guanare, la marca de esa gran empresa urbanizadora. Templos de excelente estilo
barroco o neoclásico del siglo XVIII, casas privadas de pintoresco estilo
andaluz, revelan en esos sitios, cuyos moradores prefirieron buscar después el
abrigo de climas más plácidos, el signo de la fuerte tradición hispánica. Hasta
en los territorios más recluidos y difíciles del Continente, como el Alto
Orinoco y los bosques del norte paraguayo, había penetrado a fines de la
Colonia el impulso cultural. Es
necesario aclarar este tema, no por ese hispanismo académico que han exaltado
las clases conservadoras en Suramérica, ni por espíritu colonialista, sino
porque es a través de formas españolas como nosotros hemos penetrado en la
civilización occidental y aun el justo reclamo de reformas
sociales, de un mejor nivel de vida que surge de las masas mestizas de
Hispanoamérica, tiene que formularse en español para que alcance toda su
validez y eficacia. Por la ruptura de los imperios indígenas y la adquisición
de una nueva lengua común, la América Hispana existe como unidad
histórica y no se fragmentó en porciones recelosas y ferozmente cerradas entre
sí. En nuestro proceso histórico la
lengua española es un admirable símbolo de independencia política: lo que
impidió, por la acción de Bolívar y San Martín, por el fondo de historia
común que se movilizara en las guerras contra Fernando VII, que
fuésemos para los imperialismos del siglo XIX una nueva África por repartirse. Dentro
de la geografía actual del mundo ningún grupo de pueblos (ni el balcánico de
Europa, ni el Commonwealth británico, tan esparcido en diversos continentes)
tiene, entre sí, esa poderosa afinidad familiar. Aunque empleen pabellones
distintos, un chileno está emocionalmente más cerca de un mexicano que un
habitante de Australia de otro del Canadá. Este hondo parentesco es lo que
permite la mutua historia cultural, aunque desde el siglo XIX se haya roto la
anterior cohesión política.

PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). De
la Conquista a la Independencia; Tres Siglos De Historia Cultural
Latinoamericana (1944). Extracto del Capítulo III de Dicha Obra
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