NEOLIBERALISMO Y
DEMOCRACIA
Por Alexander Delgado C.
08 de Julio de 2015
Francamente, no entiendo a los que propugnan para
Latinoamérica un sistema basado en la economía de libre mercado que, a la vez, se
desarrolle en un marco político democrático.
No es el caso aquí entrar en una disertación acerca de las virtudes o vicios, tanto del neoliberalismo como de la democracia. El meollo es que en los países de la región, un sistema de libre mercado, sea bueno o malo, es muy difícil de implementar exitosamente bajo un contexto democrático. En las sociedades latinoamericanas (tanto por nuestra herencia ibérica, como por la de la mayoría de nuestros pueblos aborígenes o los de procedencia afra) carecemos de una tradición o un hábito social y económico favorable a una dinámica liberal; el hábito de depender de papá estado está fuertemente arraigado y en algunos países (caso de Venezuela) casi pareciera que fosilizado. Por estas mismas razones (se justifique o no), en la opinión pública de nuestros países está muy enraizado un fuerte prejuicio anti-neoliberal que sirve de base a toda una retórica política proteccionista y populista, sobre la cual se ha anquilosado, no solo una dirigencia política (sobre todo de izquierda y centro izquierda, pero también en ciertos sectores conservadores), sino también una claque sobreprotegida, tanto intelectual, como empresarial, sindical y de liderazgos comunitarios.
En consecuencia, en elecciones libres, en las que, necesariamente, se tiene que respetar a la voluntad mayoritaria, cualquier demagogo populista, anti-neoliberal o simplemente inescrupuloso, casi siempre va a tener mayores posibilidades de arrasar en las urnas. Más aún cuando, frecuentemente, los candidatos pro libre-mercado suelen ser (o asumir posturas) de yuppies, con un discurso y una sintaxis basados en tecnicismos economicistas que, si bien a ellos y al núcleo duro de sus minoritarias adhesiones, les brinda un referente de identidad sintáctica (o simplemente les suena interesante), para las mayorías, sin embargo, resulta incomprensible y hasta pretencioso.
Y la idea de llegar al poder con un discurso populista únicamente electorero tampoco funciona, rápidamente las masas populares les pasan factura por su engaño. Cuando el candidato es inicialmente electo con un discurso sinceramente populista y luego, generalmente a la mitad de su periodo, rectifica y opta por una vía neoliberal, ya no le queda mucho tiempo y, en lo que le resta de periodo, lo poco que logra avanzar en esa vía, queda en nada cuando, en las siguientes elecciones, el candidato de oposición gana con el mismo discurso populista a que apeló en primer lugar el que ahora intenta gobernar neoliberalmente.
En ese cuento nunca se llega a concretar nada.
Fue lo que pasó en Venezuela desde 1988 hasta 1998. Carlos Andrés Pérez, después de haber gobernado en la segunda mitad de los 70, con el típico estilo populista-estatista (aunque no comparable con la oclocracia tiránica y resentida del chavismo), aprovechó su popularidad para ser reelecto ventajosamente en 1988 y aplicar (por necesidad o por convicción, no importa) un esquema económico inspirado en los llamados Chicago Boys, y que en su momento se denominó el Gran Viraje. Como es bien sabido, cuándo intentó aplicar las recetas fondomonetaristas, fracasó... o lo fracasaron, como se quiera ver. A comienzos de 1993, C.A.P salió del gobierno con un alto índice de impopularidad.
En las elecciones de ese mismo año 93, el también ex presidente Rafael Caldera fue reelecto apelando al clásico discurso populista y anti neoliberal. Después de dos años de un gobierno basado en controles, crisis bancaria, pánico financiero y suspensiones de garantías, en 1996 la segunda administración de Caldera también intentó virar en sentido neoliberalista; esta vez con la llamada Agenda Venezuela. Fuera buena o fuera mala dicha agenda, no es el caso discutirlo; lo cierto es que ya era tarde para ese nuevo viraje. Apenas dos años después; nuevas elecciones presidenciales; un bajón circunstancial de los precios del petróleo y la intención de voto a favor de Hugo Chávez Frías se dispara.
El resto es historia harto conocida.
Insisto, si el libre mercado (absoluto, sin ningún tipo de trabas estatales) es bueno o es malo en líneas generales, es otra hondura que no viene a cuento en este escrito; pero en cuanto a su viabilidad, la lógica me dice que, en las circunstancias que vivimos, en Iberoamérica no es precisamente por la vía democrática como se podrían llevar a la práctica dichas medidas, hasta dar los resultados que, se supone, se buscan. Por lo demás el país de la región donde, hasta ahora, parece haber rendido sus mejores resultados ese sistema es Chile; pero, y dejando aparte la diferencia idiosincrática, más organizada, también más jerarquizada, que ha tenido la sociedad chilena con respecto a la de muchos de nuestros países, especialmente los de talante caribeño, como Venezuela; también es cierto que mucha de esa neo liberalización de la economía chilena, se debe a la dictadura del General Augusto Pinochet, por lo menos se echaron las bases durante dicho régimen.
Es algo que, raras veces he visto que otros tomen en consideración ¿seré yo el que está viendo mal las cosas o está dejando de ver algo?
Si es así, digo como uno de los personajes protagónicos de la película Philadelphia de Jonathan Demme (1993), el abogado Joseph Miller (interpretado por Denzel Washington):
“¿Alguien puede
explicármelo como a un niño de cinco años?”.
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