Tenemos veinticinco años, no quince, resistiéndonos al cambio. Aún el
discurso de líderes de la oposición como Henrique Capriles, Antonio Ledezma o
Henry Ramos Allup se mantiene apegado a las mismas concepciones del Estado, el
pueblo, el valor o el petróleo, que tiene el chavismo. Estamos ante una
mentalidad colectiva, no individual, negada al cambio. El sistema contra el
cual Chávez irrumpió había hecho un esfuerzo sin precedentes de modernización.
La reforma política de los años ochenta llevó a la primera elección directa de
gobernadores y alcaldes, a la regulación de los partidos políticos, a la
restitución de las libertades económicas y al fortalecimiento de la sociedad
civil con la aparición de un robusto movimiento vecinal. Era el germen, el
nacimiento, de nuevas formas de relación entre la sociedad y el Estado. Pero
fue demasiado. Las élites de Acción Democrática y otros partidos políticos
anquilosados, los grupos empresariales protegidos y el pueblo acostumbrado al
populismo clientelar no soportaron los cambios y procuraron el surgimiento de
un movimiento político que acentuaría aún más los vicios del pasado. Visto
en la debida perspectiva del tiempo, el chavismo fue un mecanismo de defensa,
la resistencia de la población a los nuevos modos de adaptación exigidos por los
tiempos. El adequismo se hizo más virulento y se convirtió en chavismo. Sucede
con frecuencia en momentos de transformación y crisis. Las personas tienden
regresivamente a volver, con más intensidad, a formas previas de
comportamiento.
El cambio produce miedo pero cuando todo deja de ser lo que era no queda más opción que crear y construir con nuevas ideas. Hoy, todas las democracias occidentales, y aun los poderes emergentes, buscan renovadas fórmulas para sostener el Estado de bienestar en un mundo donde ha variado el concepto de la información y el conocimiento, el valor y el dinero, la noción de fronteras e identidad, la privacidad y la individualidad. Ese nuevo mundo no es posible abordarlo con los dimes y diretes de la política venezolana. La falta de inspiración es la fuente del desánimo, desesperanza y apatía de 82% de la población que quiere un cambio. No es de extrañar, entonces, que en numerosos focus groups para estudios de opinión recientes aparezca reiteradamente la idea de que solo alguien externo al orden establecido, invisible en el panorama político actual, podrá hacer algo para sacarnos del estado de estancamiento en que hemos caído. ¿Quién romperá el miedo?
@axelcapriles

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