MUCHO PORQUE REGOCIJARSE...
PERO NADA QUE CELEBRAR
Por Alexander Delgado C.
18 de Diciembre de 2025
En el hipotético caso de una intervención militar estadounidense que
extraiga al régimen de Miraflores ¿Habría algo qué celebrar? ¿Habría algo
por qué alegrarse?
Uno de los
cantos de sirena con el que el liderazgo “opositor” más engolosina al
venezolano, en su desesperación por librarse del narco-régimen, es precisamente
el del pretendido “día en que se vaya Maduro”, día que, no faltaba más, dibujan
como otro 23 de enero de 1958. En un post en X (antiguo Twitter) del pasado 14
de junio, el activista argentino Agustín Antonetti deleitaba a sus seguidores
prefigurando “masivas celebraciones en las calles de todos los países”. Por su
parte, la líder opositora y Premio Nobel, María Corina Machado, en un video, a
comienzos de este mes, hablaba de “una fiesta global”. En la imaginería
popular, alimentada por muchos vende humo, nos enteramos en la madrugada de
que “se fue el tirano”, nos echamos a las calles en una apoteósica
celebración, de más de tres días, abrazándonos todos, llorando de alegría,
emborrachándonos de júbilo…
Todo un
Woodstock político.
Por supuesto, no seré yo quien, ante una factible intervención externa, se rasgue las vestiduras en nombre de una soberanía que hace mucho tiempo nos ha sido usurpada en favor de intereses, mucho más ruines, abyectos y bastardos de lo que pueden llegar a ser las ambiciones hegemónicas estadounidenses. Tampoco seré yo quien niegue el hecho de que no hay manera de librarnos de este régimen hamponil por nuestros propios medios. En ese sentido, cualquier manifestación de regocijo y aprobación de parte de muchos venezolanos (dentro y fuera de Venezuela) ante una incursión armada externa (presumiblemente gringa) contra las escorias rojas que nos pisotean desde Miraflores, no solo es comprensible, de hecho está más que justificada.
Pero una cosa es aceptar, aprobar o alegrarse ante esa, aún muy incierta, posibilidad de intervención y otra muy distinta es celebrar.
¿CELEBRAR QUÉ?
¿Celebrar que, muy probablemente sea una potencia extranjera (fueren cuales fueren sus verdaderos motivos) la que haya tenido que accionar para “liberar” a Venezuela de una plaga que los propios venezolanos contribuimos, directa o indirectamente, a llevar al poder en 1999 y luego a legitimar, una y otra vez, en farsas electoreras, ungiendo reiteradamente a una “oposición” cómplice?
¿Celebrar que haya tenido que ser una fuerza militar foránea quien llevare a cabo una labor que, se supone, correspondía, al menos parcialmente, a una fuerza militar propia?
¿Somos los venezolanos conscientes de lo que esto implicaría (para bien y para mal, siendo honestos) de cara a nuestro, ya bien endeble y vapuleado, sentido de autoestima nacional; para nuestra autovaloración, en momentos en que nuestro gentilicio y nuestra historia están siendo objeto de un revisionismo que, si bien en sí acaso sea necesario; en muchísimos casos se ha revestido de una carga insana de difamación, descalificación, odio renegacionista y auto-denigratorio?
¿Tenemos una élite política, comunicacional, intelectual y religiosa, con suficiente sensatez, ética, coherencia y autoritas en lo moral para capear ese golpe anímico-actitudinal con un mínimo de éxito?
NO. Todo lo contrario.
¿Celebrar ante el hecho de que la inviabilidad de una acción político-militar venezolana es la consecuencia, no solo del vil accionar del régimen chavista, sino también de la torpeza, mediocridad y corrupción, cuando no franco colaboracionismo y traición de una dirigencia politiquera opoficticia, de una claque comunicacional, mercachifle del desespero y de una élite “intelectual” espuria?
¿Celebrar que esas élites malsanas han estado en la cúspide, en gran medida, gracias al infantilismo peter-pánico, de la sociedad venezolana en el ámbito político; a su permanente proceder desde lo emotivo por encima de la razón, cosa de la que, por cierto, se envanece el venezolano promedio?
¿Celebrar, luego de casi 27 años, no solo de opresión sino también de entrega de nuestro territorio y nuestros principales recursos (legitimada voto mediante) a potencias, mafias o intereses anti venezolanos?
¿Celebrar ante el saqueo de nuestras riquezas, la destrucción del Arco Minero y la masacre de sus pobladores aborígenes?
¿Celebrar sobre la
dislocación del tejido social, la degradación moral de nuestra población y su
sometimiento a un estado de anomia delincuencial?
¿Celebrar mientras que, por las razones arriba señaladas, arrastramos la cadena espectral de un tercio de nuestra población protagonizando uno de los mayores éxodos de la historia?
¿Celebrar sobre el enlodamiento internacional de nuestro gentilicio, sobre la asociación de este a los peores vicios, sobre la venefobia arraigada en muchas naciones del vecindario?
¿Celebrar sobre la deformación y emputecimiento de nuestros principales símbolos y referentes identitarios, culturales e históricos?
¿Celebrar cuando la Zona en Reclamación del Esequibo está más cerca que nunca de perderse en su totalidad, incluida nuestra fachada atlántica?
¿Celebrar sobre una “libertad” endeble, sobre una bomba de tiempo sociopolítica, con los colectivos y pranes, seguramente atrincherados en selvas y serranías, en los extrarradios de nuestras principales ciudades, con cárceles “comunes” convertidas en verdaderos centros de operaciones criminales (incluidos bunkers y túneles); con un enorme poder de fuego e inmensos recursos (saqueados) para generar ingobernabilidad e incluso imponer su ley?
¿Celebrar mientras porciones enteras del territorio nacional, incluidos sus pobladores, estarán en manos de la narco-guerrilla colombiana disidente, de los carteles criollos y de elementos terroristas islámicos?
¡Ahh claro! Supongo que estos son los “focos aislados” a los que se refiere la lideresa en el mencionado video.
¿Celebrar mientras en El Helicoide, La Tumba y otros centros de reclusión para presos políticos, miles de venezolanos inocentes se pudren en vida? ¿Celebrar en momentos en que la integridad física de estos cautivos, acaso estará más en peligro que nunca?
¿Celebrar, en suma, sobre una ruina de nación?
En su biografía de Winston Churchill, en la etapa correspondiente a la II Guerra Mundial, el escritor e historiador alemán Sebastian Hafner, prefigurando la idea que el célebre bulldog británico tenía de cómo debían conducirse las hostilidades, atribuía a Churchill la idea de que, al final de la contienda, Francia resurgiría “intacta y sin mácula, liberada y un poquito avergonzada”...
La Venezuela que se levantaría tras una hipotética intervención armada foránea ¿lo haría “intacta y sin mácula”? ¿Qué tan libre e intacta cuando, muy probablemente, una parte de su territorio estará controlada por las fuerzas estadounidenses y la otra parte, de hecho, en manos de castro-cubanos, rusos, chinos, mafias y elementos terroristas adláteres del narco régimen?
¿Qué tan soberana volverá a ser la nación venezolana en un futuro cuando su liberación del narco-régimen foro paulista se la deberá a una potencia extranjera que es, objetiva e incuestionablemente, hegemónica (favor, no confundir con retórica ñángara)?
Y, lo más importante, ¿la Venezuela post chavista se levantaría, solo “un poquito avergonzada” o más bien con la cara en el subsuelo de la vergüenza (si es que tenemos sentido de esta)?
Al menos la Francia de 1940-1944 estuvo dignamente representada, desde el exilio, por el gobierno dirigido por el General Charles De Gaulle (Francia Libre), una división de combatientes franceses encuadrada en las tropas aliadas y el concurso de oficiales como el General Philippe Leclerc; y, a lo interno del territorio galo, las acciones de la Resistencia Francesa dieron la cara por el buen nombre de esa nación.
Por contraste, la Venezuela frente el chavismo ¿Qué ha ofrecido desde el 2013 (para no hablar de los años anteriores)? La vergüenza de Capriles; el melodrama deliafiallezco de Leopoldo López y su esposita, la defensora del legado de Chávez; el infame y bochornoso espectáculo del interinato de Guaidó; el patetismo espagueti frío de Edmundo González, el showcerismo mama-gansiano de María Corina Machado; un trasfondo de marchas “cívicas y pacíficas”, plantones tira físico, bailo terapias y las eternas fanfarrias electoreras. Todo esto sobre una población, aferrada, en su desespero, a cualquier cosa que se presente como “opositora”; una “ciudadanía” atrapada en su sempiterna disonancia cognitiva; trepada en una, repetitiva y bipolar, montaña rusa anímica de entusiasmo vano y decepciones anunciadas.
Los intentos honestos de resistencia, manifestados en las acciones contra el régimen en 2014, 2017, 2019 y 2024, muchas veces mal enfocados, resultaron acallados o desestimados por la dirigencia opoficticia y su guacamayérico coro de doñitas del Cafetal; abandonados a su suerte para, finalmente, acabar derrotados, desterrados, masacrados por el régimen (dixit Oscar Pérez), molidos en las cámaras de tortura o sepultados en los calabozos (valga el eufemismo) de El Helicoide, La Tumba o la sedes del SEBIN y el DGCIM.
Se supone que se celebran logros que coronan esfuerzos propios. Pero en un supuesto, y aún bien incierto, derrocamiento de la tiranía foro paulista por obra de una presunta intervención gringa, estaríamos, en el mejor de los casos, como cuando le festejábamos a Brasil sus triunfos en los mundiales de fútbol, con el agravante de que, en este caso, además de un triunfo ajeno arrastramos, desde nuestros partidos fallidos, muchos autogoles y tarjetas rojas.
¡NO! No habría nada que celebrar, pero aunque hubiera, tampoco habría espacio para celebraciones, en medio del caos, del peligro de las motorizadas hordas neo-bovescianas, defensoras del régimen, en medio de la incertidumbre.
¿Motivos de regocijo? ¡SÍ! Por supuesto. Incluso para reconocerles a quienes intervinieran contra la plaga roja (aún en medio de la vergüenza y al margen de sus intereses reales). Obviamente ese regocijo es conveniente exhibirlo con cautela por parte de los venezolanos que permanecen en el país, frente a un chavismo que, aunque se bata en retirada, aún tendrá poder suficiente para hacer daño en represalia.
Pero, tomadas todas las precauciones del caso, SÍ, mostremos al mundo, en lo posible, ese apoyo o aceptación voluntaria, aunque sea para callarle la boca y propinarles una bofetada sonora, a los pseudo intelectuales izquierdosos, a los ñangarosos académicos de quincalla que, desde el púlpito de su aula universitaria, de su activismo de cafetín, de su casa de partido o de su sindicalerismo de burdel, seguramente se rasgarán cínicamente las vestiduras, a ritmo de Silvio Rodríguez, en nombre del supuesto “pueblo venezolano”, de su codiciado petróleo y de su cínicamente pretendida soberanía.
Claro está que, más que celebrar o llorar, en un hipotético escenario libre de la plaga castro chavista, nuestro deber sería colaborar con nuestra conducta y cautela en el restablecimiento, seguramente lento y penoso, de un orden mínimamente coherente; lo que principalmente nos toca es reflexionar, concientizar, asumir una postura sanamente autocrítica y un trabajo de auto-reconstrucción en todos los sentidos… y también de auto redención.
No obstante, de momento y, ante un panorama tan vago, solo queda respirar y, si
novedad no ocurriere, esperar el 2026.
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