jueves, 1 de septiembre de 2011

La Democracia En América Latina Un Análisis Prospectivo. Por Luis Costa Bonino

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA UN ANÁLISIS PROSPECTIVO

Dr. Luis Costa Bonino (2001)


Nada sabemos del futuro –decía Jorge Luis Borges- salvo que diferirá del presente”. Es claro que no podemos imaginarnos los tiempos que vienen como una simple traslación de los datos que nos parecen relevantes a nosotros hoy. El futuro, sin embargo, se organiza en torno al cambio de valores y registros de una cantidad de variables que, ellas sí, se presentan como un conjunto mucho más estable y permanente, y en cierta medida, previsible. 

La suerte de la democracia como régimen político depende de un número relativamente limitado de variables, aunque las modulaciones y las peculiaridades de cada lugar incorporen variaciones infinitas. Como en la literatura, donde los libros pueden contarse por millones, pero los relatos, en esencia, son poco numerosos; en la vida política de los países la suerte de la democracia se vincula al destino de pocas variables. Este artículo pretende examinar las variables que consideramos centrales para el destino de la democracia en América Latina, su probable evolución, y el efecto de estas posibles variaciones en la resultante final, en el plazo de la próxima década. 

LOS SUJETOS DE LA DEMOCRACIA: INSTITUCIONES E INDIVIDUOS. 

Es habitual en las Ciencias Sociales, cuando se trata de analizar o explicar ciertos fenómenos, optar por algunas variables a las cuales se atribuye un peso explicativo relativo mayor, y dejar de lado otras. Esto es justo, porque la selección sistemática e indiscriminada de posibles causas directas o indirectas de un fenómeno nos llevaría, irremediablemente, a la Historia Universal. En este artículo vamos a seleccionar las variables que nos parecen más relevantes para el destino de la democracia en América Latina. Para eso nos ocuparemos de evaluar las variables seleccionadas por diferentes corrientes de análisis y vamos a postular la importancia de otras que todavía no han sido recogidas en la literatura de la teoría democrática, pero que surgen, cada vez con mayor nitidez, como condicionantes del destino de la democracia en nuestro continente. 

En principio tomaremos en cuenta las variables incorporadas al análisis por los institucionalistas y neo-institucionalistas, que jerarquizan el peso de las instituciones y reglas de juego en la suerte de las democracias. Pero, principalmente, trataremos de desentrañar las lógicas de acción de los individuos, integrantes de las sociedades y de las élites, que consideramos como los sujetos centrales de los regímenes políticos democráticos en América Latina.  

De esta manera construiremos un escenario de observación donde podamos ver el peso de reglas, instituciones y procedimientos de funcionamiento de la democracia y también las necesidades de los individuos, y cómo la democracia, u otros conceptos políticos rivales, pueden ofrecer satisfacción a las necesidades de esos individuos. 

Como tesis de este análisis proponemos que la suerte de la democracia en América Latina depende, primariamente, del grado por el cual este tipo de régimen garantice ciertos derechos elementales de los ciudadanos: trabajo, alimentación, salud, educación, seguridad o integración a la sociedad. De manera secundaria, su consolidación y su eficiencia consideramos que se vincula al buen funcionamiento de sus instituciones políticas y al comportamiento democrático de sus élites. 

Entre las variables del primer tipo seleccionamos, en principio, el grado de exclusión social. Si mantenemos el actual grado de exclusión y marginalidad en las sociedades latinoamericanas, o si ésta aumenta, la democracia se reducirá de manera sensible, dando paso a las múltiples formas de autoritarismos o neo autoritarismos que, ya en el presente, han surgido o comienzan a surgir en el continente. 

Otros dos factores sociales son de primera magnitud explicativa en el destino de la democracia: el desempleo y la seguridad ciudadana. Con muy altos índices de desempleo, marginalidad y ampliación de los niveles de pobreza, especialmente si se producen cambios de registros abruptos y negativos, se abren las puertas a estallidos sociales de resultados lesivos a la estabilidad de las democracias. La ausencia de seguridad, especialmente a través de la violencia anómica u organizada, sea por el hampa, narcotráfico o por organizaciones de guerrilla, legitima las formas violentas de cambio o de control social y las alternativas antidemocráticas de dominación. 

Entre las variables institucionales de la democratización deben figurar, en primer término, las técnicas electorales que aseguren la pureza del sufragio. Mientras existan técnicas que dejen abiertas las puertas al fraude electoral, al engaño y a la estafa de la voluntad de los ciudadanos, la democracia no existirá, o no existirá como régimen consolidado. Es probable que la extraña definición de las últimas elecciones norteamericanas abra un importante espacio de debate para el mejoramiento de estas técnicas. También sería importante, a la luz de esta experiencia, que los países latinoamericanos dejaran por un momento la costumbre de mirar a los Estados Unidos como ejemplo de democracia, y observen las técnicas desarrolladas por otros países latinoamericanos que aseguran una limpieza, pureza y sinceridad prácticamente absoluta del voto. 

Consideraremos también otras variables institucionales. La adecuación entre sistemas de partidos y sistemas de gobierno, señalada por los institucionalistas, tiene un cierto valor predictivo del posible éxito o fracaso de las democracias de nuestro continente. 

Por último retendremos otro conjunto de variables concernientes a los comportamientos de las élites políticas. Ningún diseño institucional funciona bien si las élites políticas no tienen un comportamiento democrático, que circule dentro de ciertos umbrales de aceptabilidad. La estabilidad democrática depende de ciertos comportamientos tales como el consenso en torno a las reglas de juego políticas, tolerancia, negociación, compromiso, pragmatismo. Muchas veces estos comportamientos son aprendidos o reaprendidos a partir de experiencias traumáticas, mediante un proceso que se instala en la memoria de las élites y de las sociedades en los diferentes países.  

LEJOS DE LOS OJOS, LEJOS DEL CORAZÓN. LA DEMOCRACIA A DOMICILIO. 

Longe dos olhos, longe do coraçao, dicen en Brasil. Lo que no se ve, lo que no está presente en la vida cotidiana, no se quiere. Es imposible que la democracia se quiera, se valorice y se defienda si no llega a la casa de las personas mejorando sus condiciones de vida. 

La suerte de la democracia, con su itinerario de éxitos o de fracasos, está directamente vinculada a la capacidad de este régimen político de satisfacer ciertas demandas básicas de los individuos que componen las sociedades. Esta precondición de la vida democrática ha sido, sin duda, percibida por los organismos internacionales orientados al desarrollo como el BID o el PNUD, los cuales promueven políticas sociales tendientes a reducir la pobreza, medida en términos de necesidades básicas insatisfechas. Ciertas limitaciones de estos programas y de las políticas sociales que se implementan localmente, problemas a los que no están ajenos la hegemonía prácticamente excluyente de los economistas y de las metodologías cuantitativas, han determinado una cierta reducción de la pobreza pero, al mismo tiempo, el mantenimiento de altísimos niveles de marginalidad. Precisamente esta marginalidad, en sus diferentes dimensiones, es hoy el principal desafío social a la consolidación y al éxito de las democracias en América Latina. 

La marginalidad tiene diferentes vertientes y dimensiones en América Latina. Muchas veces se presenta como marginalidad urbana, vida en asentamientos irregulares y viviendas de emergencia, con aculturación y pérdida de referentes y valores, propios del emigrado rural que pasa a vivir en los cordones de miseria de las grandes ciudades. Este contexto es fértil para generar vínculos con anti modelos sociales o políticos, con organizaciones del hampa, del narcotráfico o con agrupaciones políticas extremistas y violentas, de variados signos ideológicos y de contenidos invariablemente antidemocráticos. 

En muchos países de América Latina, a estos problemas comunes a todo el continente se suman elementos de alienación social y de contra identidades basadas frecuentemente en una pertenencia étnica común, indígena, con una larga historia de marginación. 

Es frecuente que importantes masas marginalizadas se activen políticamente mediante la incorporación de ideologías, las cuales son portadoras muchas veces de contenidos violentos, debido a que son las que mejor se adaptan a la representación del mundo de los excluidos. Esta “marginalidad ideologizada parece ser, en ciertos casos, una de las amenazas más serias a la estabilidad política de algunas democracias del continente. 

Vinculadas con estas formas de marginalidad social, varios países de América Latina han visto surgir nuevas formas de autoritarismo. Esta suerte de neo-autoritarismo se sustenta en una mezcla muy heterogénea de recursos políticos y comunicacionales; hay espectáculo, medios de difusión, marketing, Internet, plebiscitos, reelecciones inconstitucionales legitimadas por un poder judicial adscripto al poder ejecutivo, ciertos contenidos ideológicos nacionalistas o indigenistas y, sobre todo, un sustento muy fuerte en los sentimientos anti sistema y en las demandas de los excluidos sociales. 

En su dimensión social, las perspectivas para la democracia no son buenas, por lo menos para los próximos cinco años. Los efectos, sin embargo, de la deslegitimación social de la democracia no son en estos años tan desestabilizadores como pudieron haberlo sido en otras épocas, porque otras variables políticas antidemocráticas, nacionales e internacionales, no actúan con la misma intensidad. Es probable que en los próximos cinco años se propaguen, con idas y venidas, flujos y reflujos, algunas formas autoritarias o neo autoritarias, preocupadas sin embargo de mantener la denominación de democracias, y encargadas de satisfacer autoritariamente algunas de las demandas más fuertes generadas por la exclusión social. 

Es probable que la próxima década se complete con datos más favorables para los componentes sociales de la democracia, debido a un recentraje de las políticas sociales llevadas a cabo en el continente, y a una preocupación mayor por la disminución de la marginalidad.  


LOS POSTULADOS INSTITUCIONALISTAS ¿LAS REGLAS HACEN LAS DEMOCRACIAS? 

Es frecuente atribuir a ciertos factores institucionales un peso decisivo en la eficiencia y en la estabilidad de las democracias. Se ha argumentado de manera muy insistente y persuasiva que ciertas combinaciones, comunes en América Latina, como un sistema de gobierno presidencialista en un contexto multipartidista, tienen efectos desestabilizantes para los gobiernos democráticos. 

Se sostiene que el multipartidismo exacerba los problemas del presidencialismo y, al mismo tiempo, que el presidencialismo colma las dificultades creadas por el multipartidismo. Los sistemas presidencialistas no tienen mecanismos que aseguren mayorías legislativas y, para complicar más las cosas, los presidentes son elegidos para un mandato con tiempo fijo, predeterminado. No hay disolución ni otra forma prevista de cambio de gobierno constitucional, con lo cual la única posibilidad de cambiar un gobierno impopular es el golpe de estado (S.Mainwaring, 1995; Juan Linz, 1994; Lijphart, 1994; Sartori, 1983,1976). 

Por estas consideraciones se afirma que el sistema presidencialista junto con el multipartidismo es una combinación problemática para la democracia. Esta interpretación tiene evidentes ventajas intelectuales sobre otras. Es sencilla, explica muchas consecuencias con pocas causas y, sobre todo, permite recetar fáciles terapias institucionales a complejas situaciones políticas y sociales. Los institucionalistas tienen un éxito comparable al de los adelgazantes que se venden por televisión: son una alternativa sencilla y grata a un cambio de comportamiento en las dietas que sería mucho más sacrificado. Cambiando las reglas de juego o las instituciones se evita el proceso mucho más incierto, complejo y dificultoso de cambiar los comportamientos de la élite política y hacerlos más democráticos. 

Si bien los cambios en las reglas de juego constitucionales se han difundido con cierta abundancia a lo largo del continente, los efectos beneficiosos esperados no han aparecido con mucha claridad. En el Uruguay, por ejemplo, se incorporaron cambios en las reglas de juego electorales, se introdujo el ballotage, se “modernizaron” procedimientos tradicionales de competencia y de representación, pero la reciente experiencia muestra que la gobernabilidad del país se aseguraba con mayor eficacia con el viejo sistema que con el nuevo. Esto sucede porque, también en el Río de la Plata, la gobernabilidad parece depender más del comportamiento de los actores que de los condicionamientos de las instituciones políticas. 

Otro elemento “institucional”, esta vez sí más decisivo, es el del sistema de votación o de las técnicas electorales. Ninguna democracia puede sobrevivir en medio del fraude o de diversos tipos de falseamiento de la voluntad de los ciudadanos. La experiencia de las últimas elecciones en los Estados Unidos va a promover, sin lugar a dudas, una revisión de los sistemas de votación. Otras experiencias, como la de la nueva democracia mexicana, que tiene como núcleo fundacional la democratización de los procesos de designación de su élite política y la sinceridad del sufragio, van en el mismo sentido. La superación del proceso autoritario de Fujimori en el Perú, que era un régimen sustentado en procesos de manipulación electoral y fraude, es otro caso que empuja a un cuidadoso replanteo de las técnicas de votación. Por otra parte, en un campo donde las soluciones perfectas normalmente no existen, sí existen modelos o sistemas prácticamente perfectos de técnica electoral que permiten asegurar elecciones totalmente limpias. 

El probable movimiento de las variables institucionales en los próximos años anima a anticipar que no va a mejorar de manera sensible el problema crónico de gobernabilidad y de eficiencia de las democracias en América Latina, aunque es esperable que disminuyan sus problemas de legitimación formal en las instancias electorales. De todas maneras la dimensión probablemente más crítica para la estabilidad democrática es la que hace a los comportamientos de las élites políticas del continente.

 

LOS COMPORTAMIENTOS POLÍTICOS DEMOCRÁTICOS. TRAUMAS HISTÓRICOS Y APRENDIZAJES DE LA ÉLITE. 

El mantenimiento de la vida política democrática necesita de la amplia difusión de ciertos comportamientos políticos dentro de sus élites, tales como la tolerancia, la aceptación de la diversidad, la aceptación de los derechos de los adversarios, menos ideología y más pragmatismo, inclinación a la negociación y al compromiso, no orientarse a fines absolutos, erradicar la violencia, no descalificar a los competidores políticos, respetar las reglas de juego democráticas. Tales comportamientos aparecen y desaparecen en la vida política de los países. Cuando desaparecen generalmente son la manifestación previa a un golpe de estado o a un período autoritario más o menos largo. Después, con los aprendizajes que dejan las experiencias históricas traumáticas, estos comportamientos vuelven a circular en las sociedades y en las élites políticas, asegurando más democracia por más tiempo. 

Las trágicas experiencias de dictaduras militares por las cuales pasaron varios países de América Latina en las décadas del ’70 y del ’80, dejaron, además de profundas heridas en el cuerpo social, un conjunto reconocible de aprendizajes, explícitos o implícitos, en las élites políticas. En su mayoría, los dirigentes políticos de los países han reconocido un hilo conductor entre los comportamientos antidemocráticos, o políticamente poco responsables, circulantes en sus países en los períodos pre-autoritarios y los golpes de estado que siguieron. De la misma manera es reconocible un conjunto de cambios de comportamientos, en estas élites, que se orientan a evitar que las mismas secuencias antidemocráticas se repitan en el futuro. 

Un estudio sistemático de estos aprendizajes se ha hecho para el cono sur de América Latina. Este conjunto de trabajos ha sido recogido en el libro “Political Learning and Redemocratization in Latin America: Do Politicians Learn from Political Crises?” (McCoy, Costa Bonino, Cavarozzi, Garretón. Miami. North-South Center Press.2000). 

Las conclusiones de esta investigación muestran que los grupos políticos aprenden de éxitos y de fracasos, de las experiencias traumáticas o a través de una acumulación gradual de conocimientos adquiridas por ensayo y error. Estos aprendizajes pueden hacerse de manera directa o por intermedio de otros actores. Los fracasos y los traumas históricos hacen estos aprendizajes más evidentes, más visibles, porque son experiencias suficientemente fuertes como para sacudir creencias previas, orientaciones y rutinas. Sin embargo los aprendizajes traumáticos tienen sus propios límites, pues la fuerte fijación en los problemas del pasado hace que muchas veces se resuelvan ciertos problemas a expensas de crear otros problemas con una proyección compleja en el futuro. En Chile, por ejemplo, la obsesión por evitar conflictos y la búsqueda compulsiva de consensos, aprendizaje del período pre-1973, ha llevado a sofocar los necesarios debates sobre los problemas nacionales. En Argentina, la experiencia de la hiperinflación, que golpeó profundamente a la sociedad, llevó a que se resolviera al costo de un importante debilitamiento de sus instituciones representativas. 

En términos generales, las experiencias de ruptura de los regímenes democráticos condujeron posteriormente, en esos países, a una reorientación de metas, objetivos y estrategias por parte de las élites políticas, con una aceptación muy amplia de las reglas de juego democráticas. Los actores políticos se preocuparon por resolver los problemas de gobernabilidad planteados por sistemas que se habían transformado en multipartidistas. Se pudo percibir también un rechazo generalizado por parte de las élites a los comportamientos con contenidos antidemocráticos, provenientes tanto de las filas militares como de grupos políticos radicales. 

Tomando estos últimos ejemplos podría decirse que el futuro de la democracia en América Latina puede verse con ojos optimistas, pero como decía un humorista parodiando la famosa frase de Santayana: “los pueblos que olvidan su pasado están condenados a cometer los mismos errores, y aquellos que no lo olvidan están condenados a cometer errores nuevos”. Es frecuente que los aprendizajes democráticos de las élites políticas eviten los mismos procesos que llevaron antes a golpes de estado, pero estos aprendizajes no incluyen necesariamente buenas estrategias para los nuevos desafíos políticos, económicos o sociales que el presente y el futuro inmediato imponen. 

 

LAS PERSPECTIVAS PARA LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA. 

Existen un conjunto de factores que pueden condicionar positivamente el futuro desarrollo de la democracia en América Latina. La preocupación de los investigadores provenientes de la Ciencia Política por diagnosticar los problemas de gobernabilidad y proponer modelos institucionales adecuados, junto con la sensibilidad y la disposición positiva mostrada por la mayoría de las élites políticas del continente a operar esos cambios, son dos elementos que aseguran un mayor fortalecimiento de las bases institucionales de la democracia. Al mismo tiempo es relevante la preocupación por acceder a sistemas de votación y técnicas electorales cada vez más seguras y confiables en términos de pureza del sufragio, requisito indispensable para obtener democracias legítimas y estables.

Todo esto ocurre en un contexto internacional que, a diferencia de las épocas de guerra fría, ya no produce al interior de los países alineamientos ideológicos que transformen adversarios políticos internos en enemigos externos, con sus consecuencias de enfrentamientos inconciliables y lógicas de guerra. Las percepciones de amenaza y el autodefinido rol salvador de las Fuerzas Armadas ya no funcionan como antes, al cambiar el contexto mundial que los incentivaba. 

Los aprendizajes políticos hicieron su camino. Es evidente en muchos países el esfuerzo de las élites por no volver a transitar los mismos senderos antidemocráticos de triste y trágica memoria. Los discursos, las prácticas y las propuestas de muchos de los partidos que nutren la vida política latinoamericana se han hecho más pragmáticas, se reconoce muchas veces una mayor inclinación a la negociación y al compromiso. La democracia como régimen político se ha revalorizado. 

La contracara, sin embargo, de este panorama optimista, se muestra desde el ángulo social y desde los nuevos nutrientes ideológicos que se desarrollan, o que alcanzan su perfil más alto, en las zonas oscuras de la marginalidad. Los modelos económicos y las políticas sociales implementadas en América Latina han mantenido o generado el incómodo subproducto de la exclusión social. Junto con este proceso, la devaluación o la muerte de ideologías en otro tiempo poderosas, ha inducido la aparición o modificación, en algunos casos la sustitución, de las viejas ideologías por otras con contenidos nacionalistas o indigenistas o con ingredientes de violencia y de revancha social. Los sectores excluidos, activados políticamente por estas ideologías, son el sustento ideal para el surgimiento de líderes autoritarios de una nueva especie, arraigados sin embargo en las tradiciones caudillistas y antidemocráticas del continente. 

Los próximos años probablemente muestren una preocupación importante por parte de las élites políticas latinoamericanas en preservar las formas y los principales contenidos de los regímenes democráticos. La presión social, sin embargo, seguramente inducirá el desarrollo de regímenes híbridos, con formas democráticas y contenidos autoritarios. Es probable que, transcurridos algunos años, las políticas sociales se transformen para disminuir, además de la pobreza, la marginalidad, y que este proceso tienda al desarrollo y a la consolidación de nuevas democracias. En todo caso, no es esperable para la próxima década tener una América Latina homogénea, alineada en la democracia o en el autoritarismo, ni ningún tipo de “efecto dominó”, ni democrático ni antidemocrático, que sacuda políticamente al continente. Habrá, seguramente, un mayor contenido relativo de democracia. Algunas conquistas de las sociedades son difícilmente reversibles. La difusión cada vez mayor de mecanismos eficaces de comunicación como Internet hace que el efecto de demostración de la democracia actúe de una manera muy persistente. Por otro lado el acceso cada vez más irrestricto a la información elimina uno de los sustentos más firmes y tradicionales de las dictaduras: el secreto. 

El destino de la democracia en América Latina, a más largo plazo, estará determinado, sobre todo, por el equilibrio entre sus virtudes políticas y sociales. Es difícil que supere esta situación híbrida y con altibajos mientras que, además de ser una promesa de libertades ciudadanas, no sea una promesa igualmente concreta de mejorar las condiciones de la vida cotidiana de las personas, con datos más favorables de empleo, salud, alimentación, seguridad e integración a los beneficios de la vida en sociedad. La mejor fórmula de estabilidad política seguramente siempre será que los individuos que componen la sociedad puedan ver los resultados concretos y tangibles de la democracia, pues no existe mayor seguridad para la supervivencia de un régimen político que el apoyo convencido de sus ciudadanos. 



COSTA BONINO, Luis. Analista Uruguayo, Doctor en Ciencias Políticas del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Paris. “Sciencs-Po”, participó en la campaña del presidente Francois Mitterrand en 1988. Ha dirigido campañas electorales en Europa y América Latina. Trabajó para el PRI, el PAN y el PRD de México, el APRA del Perú, el PAN de Guatemala, el Partido Nacional de Honduras, el Partido Nacional y Frente Amplio de Uruguay, el PLRA de Paraguay, e PLD de República Dominicana y el PT de Brasil, entre otras fuerzas políticas. Página Web: www.costabonino.com


Civilización, Palabra Frágil. Por Mariano Picón Salas

CIVILIZACIÓN, PALABRA FRÁGIL

Por Mariano Picón Salas


Pocos meses después de concluida la primera gran guerra europea, en los mismos días en que los estadistas del mundo se reunían en Ginebra para fundar una “Sociedad de las Naciones” que asegurase una paz estable, Paúl Valéry escribió un pequeño ensayo que parecía templar la excesiva confianza de los muy optimistas, recordándoles que “todas las civilizaciones son mortales”: que el alegre París, la opulenta Londres, la refinada Florencia podrían ser mañana Susas o Persépolis cubiertas de olvido. Y la tesis de Valéry consistía en que el esfuerzo de Cultura y prudencia para que una civilización no perezca, es casi mayor que el impulso de crearla. La Civilización es como un Jardín que hubiéramos recibido en legado; y de generaciones sumamente laboriosas y siempre despiertas depende de que tan bello rincón de árboles, fuentes y nobles pensamientos no se ahogue en la ruina y la maleza. (Una idea, si se quiere, muy francesa de la “civilización”, ya que fue Francia entre todas las naciones europeas la que primero dio validez y uso universal a tan hermosa palabra.) El ensayo de Valéry, de tan ágil y penetrante levedad, casi coincidió en el tiempo con la monumental obra alemana de Osvald Spengler, “La decadencia de Occidente”, cuyo primer volumen aparecido a fines de 1918 hubo de convertirse en un como breviario mágico de profecía e intuición histórica para las generaciones angustiadas de la primera post-guerra. El interés de estos ensayos no se cifraba, precisamente en que en ellos se hablara de la “fragilidad de las civilizaciones” (ya Gibbon lo había dicho en el siglo XVIII en su clásica obra sobre Roma, y Burchkardt y Gaston Boissier se entretuvieron en estudiar en sus libros sobre el fin del mundo antiguo, aquellas extrañas fuerzas deletéreas que, como termites tropicales en la más fuerte madera, quebrantaron a partir del siglo III de nuestra era un organismo histórico que parecía eterno, inmenso y vigoroso como el Imperio Romano). El ensayo de Valéry y la ingente audacísima obra de Spengler gozaron de enorme audiencia porque el hombre europeo comenzaba a sentir que el conjunto de formas e instrumento que él asociaba a la palabra “civilización” entraba en serio peligro. Podrá discutirse todo lo que se quiera a Spengler; investigadores norteamericanos aplicaron al caudaloso y bello libro el rasero de una crítica positivista, excesivamente pegada a los detalles, pero la terrible pupila del pensador alemán previó con varios años de antelación algunas de las más brutales emergencias de la época; previó el Fascismo y la sombría crisis del estado Liberal; previo las futuras guerras entre Continentes de que ya estamos amenazados. 

Lo más interesante de estos trabajos casi proféticos es que ellos alertaban contra una dulce ilusión que la Humanidad había venido acariciando ininterrumpidamente desde las grandes utopías optimistas del siglo XVIII: la de que el progreso continuaba en línea recta y que por el simple desarrollo de la razón y la humanísima posibilidad de aprovechar y acrecentar las experiencias de los antepasados, todo futuro será mejor que el presente. Cuando los personajes de alguna novela del siglo XIX, se ven lanzados en un conflicto que no pueden resolver confían en que el simple avance de las Ciencias, del espíritu de la tolerancia o la comprensiva fineza que involucra toda Cultura, le dará más ecuánime solución en un tiempo venidero. A ese necesario avance de la Sociedad modificada por la Ciencia parece consagrar todos sus rudos documentos humanos, todas sus denuncias y protestas, un novelista como Zola. Y quien hubiera visto al mundo en aquellos que mediaron entre la exposición universal de Paris de 1889 y julio de 1914, pronosticaría que había derecho al más regocijado optimismo. 

Casi todas las tiranías y regímenes absolutos se habían transformado, por entonces, en la mayor parte de los países del mundo en Estados democráticos que garantizaban los derechos de individuos y comunidades. Una fina cultura de la sensibilidad se expresaba no solo en las obras de Arte, sino en muchas y nuevas instituciones jurídicas y filantrópicas. Parecía estar a punto de abolirse la crueldad hacia los seres humanos y la Sociedad buscaba un derecho más justo en que hasta los conceptos de “culpa”, “pena” y “delitos” se armonizasen con el avance benéfico de las Ciencias. Si aun no se cumplía el ideal de una justicia económica ecuánimemente distribuida, la extensión del sufragio, el auge y nueva legalidad de los partidos obreros, prometía continuas reformas en la condición de las clases más pobres, sin que para ello pareciera necesaria aquella revolución apocalíptica de la violencia propiciada por un George Sorel. 

Treinta años después de aquella Europa que bailó despreocupadamente el “Can-Can”, disfrutó de las más irrestrictas libertades y había garantizado el derecho a oponerse y disentir como una de las mejores conquistas de la Civilización y suavizó (como ninguna otra época de la Historia) las relaciones humanas, casi no quedaban vestigios. O las revoluciones y crisis que afloraron después de la primera post-guerra, revelaron como un fondo plutónico de barbarie y violencia que no se hubiera podido imaginar en 1900. En un país tan venerablemente culto como la Alemania de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel, de tan geniales guías y conductores de la conciencia moderna, se quemaban libros, se perseguían ideas disidentes y se imponían formas de sadismo y crueldad que superaban a las peores que pudo conocer la Historia desde los días de Gengis Kan. Se oficializaba la mentira científica y los hombres, (en un voluntario retorno a la Prehistoria) parecían renunciar a cuanto había permitido el avance del espíritu humano en los últimos siglos: el análisis, el sereno dictamen de la razón, la equidad para comprender los puntos de vista contrarios. Aunque tan infecciosa degradación del espíritu individual y colectivo coincidiera con máquinas y tecnología más poderosa que la de 1900, es claro que semejantes formas no se podían llamar “progreso” comparándolas con las de treinta años antes, no solo no se avanzaba hacia las formas morales y sociales más perfectas, sino que parecía entrarse en un inesperado y trágico “proceso de involución”. Este angustiado problema de advertir que espiritualmente se está retrocediendo cuando todos los supuestos anteriores de la Civilización parecen prometer un avance, es lo que se denuncia en muy significativos libros alemanes de un Thomas Mann, un Hesse, un Feutchvagner. 

Y la moraleja de todo esto es que no podemos quedarnos a la orilla, esperando que nos beneficie espontáneamente el llamado río de la Civilización; de que no todo lo que viene y todo lo que nos inunda es necesariamente bienhechor, sino que hay que preparar los cauces históricos para que la corriente no se trueque en avalancha. La “Civilización” en el humanismo sentido que le dieron los pensadores franceses del siglo XVIII, como la juzgaba Voltaire, como la juzgó todavía Paúl Valéry, no solo se recibe pasivamente, sino más bien se conquista. No consiste tan solo en poseer útiles neveras y automóviles que corran a 200 kilómetros por hora, como en lograr un espíritu ecuánime, una serena disciplina interior, una actitud de benevolencia y justicia ante las obligaciones que nos impone la vida. Ya se ha dicho demasiado que la paradoja de nuestra época es que el avance de las máquinas y el ingente desarrollo de la tecnología no ha coincidido con una paralela evolución espiritual. ¡Con cuantos bárbaros “tecnificados” nos encontramos en las calles! Y la “Civilización” sigue siendo así, una meta y un permanente plan educativo de la especie humana.





PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). Extracto de su obra de 1955 Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Ediciones EDIME. Caracas-Madrid

martes, 26 de julio de 2011

Chávez; No Otro Bolívar, Más Bien El Renacer De Boves

CHÁVEZ; NO OTRO BOLÍVAR, MÁS BIEN EL RENACER DE BOVES

Por Alexander Delgado C.

26 de Julio de 2011

 

¡O se acaba la bovera o se rompe la zaraza!

Palabras pronunciadas por el General Pedro Zaraza (a quien la tradición ha atribuido la muerte de Boves) poco antes de iniciarse la Batalla de Urica, el 07 de diciembre de 1814.


Ya se ha vuelto un lugar común que el régimen use permanentemente para sus fines el nombre y la memoria del general Simón Bolívar, hasta llegar a una abierta y abyecta profanación a sus restos a mediados del año pasado. Lo verdaderamente deplorable es que, en la acera política opuesta al chavismo, en estos últimos doce años, prácticamente no haya habido voces que, de forma tajante, clara y reiterada, le pusieran un detente a este manoseo y que del mismo modo contrarrestaran este usufructo.

Podemos simpatizar o no simpatizar con la figura de Bolívar, ese no es el punto. También es verdad que hace falta una visión más revisionista, menos epopéyica y menos endiosante, tanto de la figura del Libertador como de la etapa independentista. Pero más allá de todas estas consideraciones, reaccionar contra este uso falaz y simplista e interpretación vulgar de lo bolivariano es una cuestión de auto-respeto como país, tratándose de nuestros principales puntos referenciales, tanto culturales, históricos o religiosos, pero sobre todo es una cuestión de respeto a la verdad histórica

Del lado No-Chavista se ha hecho demasiado poco en recuperar y reivindicar nuestra identidad histórica (y menos aún en revisarla sanamente), así sea en un plano discursivo, mediático y gráfico; salvaguardándola, de este modo, de la constante manipulación por parte de Hugo Chávez y sus acólitos. Lamentablemente los principales factores de la oposición", sean de centro-izquierda o de derecha yuppie-mayameraimbuidos en un malentendido pragmatismo, no son capaces de ponderar la pertinencia de nuestra autovaloración histórica, como un factor psicosocial y simbólico de la venezolanidad, ni el poder motivador socio-político que esto tiene.

Dentro de esta falencia opositora, el discurso anti-chavista no ha sabido (o no le ha importado) usar una constatación histórica contra las permanentes manipulaciones de Chávez. Esta es que, en realidad, Hugo Chávez representa más acertadamente el renacer de José Tomás Boves. 

Si algún espíritu histórico-social encarna el chavismo es el de la llamada Rebelión Popular De 1814. 

Ciertamente muchos de los grandes caudillos de la Independencia, empezando por el propio Bolívar (que a fin de cuentas dirigió como dictador la guerra independentista) pueden haber llegado a adoptar discursos y políticas draconianas, demagógicas y proselitistas, pero nunca llegaron a un discurso de odio social y hasta racial, como el que enarboló Boves y como el que, constantemente, hoy se agita desde el Palacio de Miraflores. Es preciso recordar el horror con el que el Libertador consideró lo que después se va a llamar la lucha de clases, que en aquel entonces estaba íntimamente ligada a la confrontación racial o guerra de colores. De hecho fue el temor, nunca comprobado, de que el general Manuel Piar desatara una guerra de colores, lo que determinó que, en 1817, el glorioso vencedor de San Félix terminara en un paredón con la venia de Bolívar. Esto nos puede dar una idea de lo prevenido que estarían el Libertador y otros importantes jefes independentistas ante una confrontación clasial o racial. No era para menos después de la vorágine de sangre que Boves y su guerra de exterminio a los blancos y mantuanos arrojó sobre Venezuela en 1814.

 

LA REBELIÓN POPULAR DE 1814

La figura del caudillo asturiano ha sido, en un sentido literario, magistralmente tratada por Francisco Herrera Luque en su novela Boves El Urogallo (1972). A su vez, el año pasado el director Luis Alberto Lamata, llevó a las salas de cine venezolanas la película Taita Boves. Sin embargo, en el presente ensayo, prefiero tomar en cuenta el libro de Juan Uslar Pietri Historia De La Rebelión Popular De 1814. Este trabajo, publicado en 1951 y centrado, más que en Boves, en la Rebelión de 1814, nos presenta detalladamente este acontecimiento histórico-social, tradicionalmente muy mal ponderado en los textos de enseñanza escolar y en los medios de información. Un acontecimiento histórico que muy probablemente haya dejado en nuestra psique colectiva más huellas de las que estamos dispuestos a admitir.

Boves no era simplemente un jefe realista, en realidad fue el primer gran caudillo de masas, atizó y canalizó el odio y el resentimiento, acumulado a lo largo de tres siglos, de los sectores populares y de los esclavos contra las clases aristocráticas de entonces, conocidas como Los Mantuanos (un odio que el mismo Boves albergaba a su manera); es preciso recordar que, a su vez, los mantuanos dirigían mayoritariamente el movimiento independentista. Aunque nacido en Oviedo (Asturias), en el año 1782, Boves residía en tierras venezolanas, concretamente en Calabozo, por lo menos, desde 1799, connaturalizándose con la vida de los llanos venezolanos. 

Al estallar el movimiento independentista, Boves inicialmente habría intentado tomar partido por la causa independentista en la, entonces, villa de Calabozo; pero, bien sea por recelo o por los prejuicios clasistas de los mantuanos, nunca logró ganarse la confianza de los republicanos. Acusado (tal vez injustamente) de espía de los realistas, fue vejado, torturado y condenado a muerte por los independentistas calaboceños en 1812. La misma mañana en que Boves iba a ser ejecutado, las fuerzas realistas de Eusebio Antoñazas ocuparon Calabozo. Boves, salvado milagrosamente del patíbulo, fue puesto en libertad incorporándose inmediatamente a la causa realista. 

En realidad, la actuación de Boves y sus temibles lanceros, más que a favor del Rey de España, fue en contra de los Mantuanos, bien que “circunstancial y convenientemente camuflajeada” bajo las banderas realistas. De esta manera describe Juan Uslar Pietri el accionar de Boves y sus lanceros:

Boves comenzaba la carrera de caudillo popular, de demócrata en el sentido de voluntad social. Al contrario de los jefes realistas y de los patriotas él tenía de su parte al pueblo. Permitía dentro de sus ejércitos toda clase de libertades; libertades éstas que en un grupo de poca desarrollada cultura significaban indisciplina y anarquía. Los soldados cuando no querían obedecer las órdenes de uno de sus jefes pedían a Boves su destitución. Boves, para complacerlos y sirviendo de expresión a la voluntad de todos, nombraba un nuevo jefe que fuese del agrado de sus terribles lanceros...”.

Boves sabía atizar el odio que los negros y pardos sentían por los blancos. El mismo llegó de tal manera a sugestionarse en su campaña contra la “maldita raza”, que, a pesar de ser blanco, les odió también…  Su odio por esta raza era tan grande, que llegó no solamente a considerar enemigos a los blancos patriotas, sino también a “todos los criollos blancos, y así se hizo el ídolo de la gente de color, a la cual adulaba con la esperanza de ver destruida la casta dominante”.

En relación a la Guerra Social-Racial iniciada por Boves desde 1813 pero que alcanzaría su máximo de ferocidad en 1814, dice Juan Uslar Pietri:

En realidad, esta lucha de razas era una sublimación de la lucha de clases, pues los blancos eran los poseedores de todas las riquezas de Venezuela, y los negros y pardos, los “parias” de esa organización social. Inconscientemente, en su lucha contra los blancos, aquellos hombres no hacían otra cosa que acabar con los propietarios. Lo que sucedió fue que en esa época no había programas políticos sociales que pudieran darle un diferente matiz a aquella rebelión.

Poco tiempo después de la muerte de Boves en la batalla de Urica (el 07/12/1814), su antiguo capellán, el padre Ambrosio Llamozas, fue a España, comisionado por el General Pablo Morillo, a dar cuenta al rey de los sucesos de Venezuela; del memorial que el Padre Llamozas presenta (y que Fernando VII no se quiso dignar a recibir personalmente, a pesar de lo grave del asunto), Uslar Pietri inserta las siguientes líneas:

A los hombres que encontraba que pertenecieran a la raza odiada les asesinaba sin fórmula de juicio y sin ningún pretexto. A las mujeres y a los niños, cuando no corrían la misma suerte, los enviaba a la isla de Arichuna para que se murieran de hambre. En la ciudad de Calabozo mató a ochenta y siete que pudo encontrar, pues el resto había huido, y dejó una lista con otros treinta y dos. En el pueblo de Santa Rosa acabó sistemáticamente con todos los blancos sin exceptuar uno. En la Villa de Aragua, después de saqueada la ciudad, los blancos trataron de refugiarse en la Iglesia. Allí fueron masacradas de cuatrocientas a quinientas personas. En Barcelona perecieron mil. A consecuencia de este sistema han desaparecido los blancos; en Cumaná sólo han quedado cinco u ocho del país”.

Describiendo los estragos que el segundo de Boves, Francisco Tomás Morales, ocasionó en los Valles de Aragua a comienzos de 1814, concretamente en Turmero, leemos en la obra de Juan Uslar Pietri, la siguiente narración de un testigo (se infiere que un funcionario del gobierno de la Segunda República), tomada de la «Gaceta de Caracas», en su Nº.58, del 14 de abril de 1814.

Ellos se llevaban las mujeres, las violaban, y las hacían seguirlos a planazos, nada escapaba a su brutalidad. Un curro desfloró una jovencita de ocho años, que quedó muerta a orillas del camino de Güere, donde se encontró aún con todas las señales de la torpe barbarie con que había sido tratada. Su madre, que lloraba su suerte que no pudo evitar, refería penetrada de amargura, el triste caso de su desgraciada hija a nuestros oficiales cuando pasaban por Valencia. Nada dejaron en las oficinas de mi cargo, las mesas, las sillas, los estantes, todo lo quemaron, y sólo encontré un cadáver colgado de una ventana”.

Obviamente, a los independentistas en aquel entonces no les interesaba mostrar los sucesos de 1814 como la rebelión popular que era; aparte de admitir que se libraba una guerra civil enclavada dentro de la Guerra Independentista, esto implicaba asumir el contrasentido histórico de una rebelión de masas, oclocrática y anómica, amparada en las banderas realistas. En consecuencia, la acción de Boves y sus lanceros siempre fue presentada como una simple reacción realista contra la Segunda República. Lamentablemente esta visión, circunstancialmente comprensible (que no justificable), fue mantenida por los diversos grupos de poder que se sucederían en Venezuela, hasta la presente fecha. Creyendo, equivocadamente, que exponer realidades como esta demeritaba la lucha emancipadora a los ojos de la venezolanidad, siempre procuraron mostrar lo que de epopéyico tuvo aquella lucha y, al mismo tiempo, trataron de soslayar la cara barbárica, trágica y traumática de la heroica pero larga, sangrienta y devastadora guerra de Independencia. Como nos lo cuenta Uslar Pietri en La Rebelión, en el solo año de 1814 se derramó más sangre en Venezuela que en toda la Revolución Francesa.

El fantasma de esta rebelión se reproduciría a lo largo del siglo XIX, especialmente durante la Guerra Federal (1859-1863), generando un ciclo de violencia y guerras caudillistas que solo pudo ser superado, a comienzos del siglo XX, bajo la implacable dictadura del general Juan Vicente Gómez. Pero, muy probablemente, el fantasma de Boves continuara rondando la psique colectiva, influyendo, desde 1958, en la sistemática evasión de conflictos (por pertinentes que fueran) que caracterizó a los cuarenta años de Ilusión de Armonía (1958-1998).

Pero la trágica ironía es que el fantasma que se quiso evadir sistemáticamente desde 1958, ha salido del closet de nuestro, ni tan inconsciente colectivo, en 1998 y, con todo su furor contenido, se ha institucionalizado desde 1999.

 

ENFRENTANDO FANTASMAS, REPLANTEANDO NUESTRA VISIÓN HISTÓRICA

Por supuesto que todo lo anterior puede sonar tendencioso, bilioso y hasta exageradamente alarmista, no es esa la intención; tal vez tengan razón quienes sostienen que “un principio inamovible de los historiadores profesionales es que la historia no se repite… el resentimiento y el deseo de venganza es un elemento que puede estar presente en un hecho histórico con mayor o menor intensidad y amplitud, pero que tales pasiones no son por sí explicaciones de los hechos que se observan.” (Felipe Valdivieso Cox, en una reseña a propósito del estreno de Taita Boves).

También es innegablemente cierto que aún el chavismo no ha desatado una sangría como la de 1814, pero ¿qué dudas puede haber de que la psique chavista apunta hacia allá? Se excitan las más bajas pasiones en las masas, se fomenta el odio al que posee algunos bienes materiales y sobre todo al que detenta dotes intelectuales, talentos superiores y virtudes que el otro no tiene o no ha podido o sabido ejercitar.

De hecho, hoy podemos hablar de un BOVECISMO POLÍTICO.


El tono de resentimiento racial en el discurso de Chávez siempre ha estado mal disimulado, hacia allá apunta el perenne empeño en manipular la historia a favor de sus delirios y frustraciones y, muy especialmente, el negacionismo de la herencia hispánica y la absurda pretensión de que nuestra madre patria sea África.

En cuanto a la violencia en gran escala y una oleada de sangre como la de 1814, bien podemos apreciar que el régimen hace pender sobre los venezolanos, cual espada de Damocles, la permanente amenaza de una guerra civil. La violencia se practica de manera simbólica, aunque con episodios aislados de violencia abierta, que bien pudieran hacernos preguntar, suspicazmente, cuánto habrá de ensayo y error.

Demasiado descriptiva resulta la anécdota según la cual en la tarde de aquel trágico 11 de Abril de 2002, José Vicente Rangel le habría dicho telefónicamente a Freddy Bernal, “que los cerros bajen armados de cuchillos, que eso los cague”. Y dos días después, durante las revueltas que regresaron a Chávez al poder, no menos ilustrativa resulta la lúgubre imagen de las organizadas hordas chavistas, despedazando vivos indefensos cachorros de una tienda de mascotas, escribiendo con la sangre de estos, grafitis en las paredes y luego amenazando a los vecinos de los alrededores con que “Ustedes son los próximos”. 

Si esto no es el despertar del espíritu bovecista ¿de qué otra forma se puede llamar?

Vivimos bajo la permanente acción intimidatoria de las turbas motorizadas del chavismo. Ese mismo malandraje motorizado, arremetiendo contra determinados actos públicos de la oposición, bien podría sugerirnos una nueva versión mecanizada de las sangrientas hordas a caballo de 1814 (o en general del siglo XIX). Antes eran los hombres a caballo de las zonas rurales que amenazaban las ciudades, ahora son los motorizados chavistas de los extrarradios de las ciudades (especialmente Caracas) que amenazan el Casco Urbano y las urbanizaciones de clase media para arriba. 

Finalmente, la espasmódica pero al mismo tiempo reiterada, agresión y ultraje contra templos y símbolos religiosos, especialmente católicos, por parte de colectivos pro-chavistas, no puede menos que remitirnos, a quienes conocemos nuestra historia, a la imagen de los hordas bovescianas de 1814 acuchillando inocentes en los altares de las iglesias, saqueando estos templos y (como también se narra en el citado libro de Uslar Pietri) sustrayendo hasta los corporales y vendiéndolos como pañales para bebés… o rebanando el vientre de una mujer embarazada a la salida de una Iglesia tras la toma de Cumaná.

¿No puede leerse todo lo anteriormente dicho como una forma indirecta, por parte del régimen y sus seguidores más recalcitrantes, de decirnos lo que, en última instancia se consideran capaces de hacer?

Antes que parecer alarmista o sensacionalista, la idea es llamar la atención hacia una mejor comprensión de lo que estamos enfrentando en la Venezuela de comienzos del siglo XXI, y que los voceros bobositores no tienen el conocimiento, o acaso el valor, para colocarlo sobre el tapete. La vocería “opositora”, de manera tendenciosa y sesgada, se empeña en presentarnos en lucha contra, simplemente, una dictadura. Por ejemplo el afán en mostrarnos, interesadamente, cada 23 de Enero, a Chávez como una mala copia de Marcos Pérez Jiménez, pesar de lo forzado de tal paralelismo y de las abismales diferencias entre ambos modelos de gobierno y contextos históricos.

O peor aún; el empeño de los espacios informativos y de opinión de tinte opositor de inculcarnos paralelismos, pedantescos y extranjerizantes, del actual régimen con Hitler o Stalin. Más allá de lo que pueda haber de acertado en estas comparaciones, el discurso oficial de la llamada oposición, en su exquisita ignorancia y superficialidad, no se percata de que, por un lado, el uso de estos referentes foráneos desdibuja cualquier intento de comprensión venezolana de la realidad que estamos padeciendo, y por el otro, de manera abstracta y en valores relativos (el simple número, sea cual sea su signo), la comparación con el dictador de una potencia europea, por maléfico que este haya sido, antes que denigrar, exalta al chavismo.

En la Venezuela de comienzos del siglo XXI estamos enfrentando mucho más que una dictadura con pretensiones totalitarias (que ciertamente mucho tiene de eso), confrontamos el resurgimiento de un proceso de barbarie política, de anarquía moral y social, de anomia del espíritu, un proceso con raíces históricas netamente venezolanas; esa es la realidad que debemos concientizar y asumir en consecuencia. Se trata de afrontar la problemática que vivimos a partir de una visión más a lo interno de nuestro ser y no ser, porque a fin de cuentas, el fantasma de 1814 todavía sobrevive de alguna manera en todos nosotros, no solo en los chavistas aunque estos sean la mejor expresión de este fantasma. 

Sobrevive con su carga de odios, resentimientos y complejos en la acera chavista; y en la acera antichavista, con una innegable carga, más o menos disimulada, de prejuicios clasistas (cuando no francamente racistas) y prepotencias mantuanoides.

En realidad, en la Venezuela de hoy, la confrontación contra el Bovecismo del Siglo XXI es afuera y es adentro de nosotros mismos.

lunes, 11 de julio de 2011

Deuda Con La Historia. Por Oswaldo Sujú Raffo

DEUDA CON LA HISTORIA

Por Oswaldo Sujú Raffo.

24 de Junio de 2011



Hace un siglo y nueve décadas, un día como hoy 24 de Junio, en la inmortal sabana se libró la Batalla de Carabobo. Por segunda vez en ese mismo campo, las armas republicanas vencieron a las tropas del Rey español. 

En esa memorable fecha, en medio de una pertinaz lluvia, antes del mediodía se rompieron los fuegos y dos horas después estaba decidida la victoria a favor de las tropas patriotas. Se cumplió la estrategia de El Libertador Simón Bolívar: las amenazas del Gral. Urdaneta desde occidente; la del Gral. Bermúdez desde el oriente, provocó la distracción de las fuerzas realistas y permitió la concentración de los ejércitos del centro y del llano, con el Gral. Páez y sus lanceros a la cabeza. 

Una batalla gloriosa, en donde nuestros soldados vistieron de gala y con un arrojo indescriptible derrotaron los batallones realistas del Mariscal La Torre y de los Generales Cajigal y Ceballos. Una batalla decisiva para nuestra independencia, en donde Bolívar empleo solo un tercio de sus fuerzas: la I División, al mando del impertérrito Páez y sus centauros llaneros, quienes se cubrie­ron de gloria y humillaron las huestes del León de Castilla. En pocas líneas se podría describir como fue la acción: “Todo el campo de batalla era un nubloso torbellino; el fragor del combate es una sinfonía de muerte, humo, polvo, sangre, gritos y lamentos, toques de cornetas, relinchar de caballos, explosiones y descargas de fusilerías, tronar de cañones, relampagueantes fulgores de miles de bayonetas, sables y lanzas que se confunden con las descargas eléctricas de una lluvia que se apoderó del espacio”. 

Al final de la contienda, en el mismo campo de batalla, El Libertador asciende a GENERAL EN JEFE al glorioso Gral. Páez, quien dos años después (1823) sella nuestra independencia, al tomar en combate nocturno y al arma blanca, el Castillo de Puerto Cabello, último baluarte del Imperio Español en Venezuela. El Libertador cumplió su “Juramento en el Monte Sacro” y no conforme con ello, libertó a otras cuatro naciones y pasó a la Historia como el Libertador de la América Hispana. 

¡Qué deuda tene­mos con nuestros fundadores y libertadores!. Cuando hoy vemos lo que pasa en el país nacional, los problemas sociales agravados, el odio sembrado entre hermanos, la hipoteca de sus recursos, el derroche, la corrupción perversa y sin castigo, la inversión de valores y la violación de nuestra soberanía y leyes de la República, debemos sentir en nuestras conciencias la aguda y fúrica voz de El Libertador que nos reclamar y nos dice: “Sobre los huesos de miles de cadáveres de vuestros ancestros, rompí las cadenas que nos ataban al yugo español…Yo la hice libre y soberana!! ¿Por qué ustedes no la han hecho grande y próspera?, ¿Por qué han dejado que la Patria pierda independencia, soberanía y dignidad? 

¡¿Qué carajo les pasa?!! Que nuestra indiferencia y falta de responsabilidad no impidan la deuda histórica que tenemos con nuestros mártires, civiles y militares, que nos legaron libertad, Patria y gentilicio, para todos los que vivimos en esta Venezuela tuya, mía y nuestra. La Patria es primero. Fuera los invasores comunistas cubiches, los vividores y los magapas. Hasta luego!!



AUTOR: Oswaldo Suju Raffo. 

General De División (Retirado)


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