PARA VOLVER A 1821 HAY QUE SUPERAR A
1814 Y 1815
Por Alexander Delgado C.
24 de Junio de 2018
A ciento noventa y siete años de la Batalla de Carabobo, muchos quisiéramos que volvieran, si no aquellas glorias, al menos otras equivalentes. No es nada rara la letanía añorante “¡volvamos a Carabobo!”.
¿Son esplendores pasados que más nunca volverán? No seamos fatalistas. Así como no tenemos bola de cristal para avizorar la gloria, tampoco la tenemos para auto sentenciarnos a la oscurana perpetua.
¿Tiempos pasados? Quién sabe. La Historia puede ser cíclica.
En todo caso, los referentes inspiracionales, especialmente en tiempos tan aciagos como los que estamos viviendo, son humanamente necesarios, y es válido buscar ese referente inspiracional en hechos históricos; sean procedentes de los, muy romantizados, días de la independencia o sean procedentes de las, más ignoradas (y a veces satanizadas, más allá de lo justo), etapas anteriores o posteriores al proceso independentista.
Pero se me hace necesario cortar el vuelo de evocaciones patrióticas hacia glorias del ayer, con una nota pragmática.
Quienes conocen la historia patria, especialmente la del periodo independentista, saben que, antes del triunfal 1821, Venezuela pasó por un apocalíptico 1814. El año de la arremetida bovecista, social y racialmente resentida, barbáricamente sangrienta, oclocrática. La acción de Boves en 1814 representó el clímax de un proceso de caos y violencia, consecuencia de los odios sociales soterrados a lo largo de la Colonia.
Un proceso de anarquía política, social y moral, en espiral ascendiente desde 1811, signado por el más devastador terremoto que hasta hoy ha padecido Venezuela, por las atrocidades de Monteverde y sus tenientes, las cuales sentaron las bases de la Guerra a Muerte que luego proclamaría Bolívar, y que, a su vez, tendió la cama a la oleada de sangre desatada por Boves y sus lanceros en 1814, al grito de “Viva el Rey, Mueran los Blancos”, con la consecuente reacción de igual tono por parte de los republicanos (Ej. Matanzas de La Guaira en Febrero de 1814).
Al destructivo 1814 siguió un desolado y (para los republicanos) desesperanzado
1815, con la llamada Expedición Pacificadora del General Pablo Morillo,
tratando de restablecer el, ya imposible, orden anterior a 1810, sobre
escombros ensangrentados y una sociedad dislocada. El año 1815 ha sido
considerado el más duro para la causa republicana. A la derrota y dispersión de
los independentistas en Venezuela y en la vecina Nueva Granada, se sumó su
aislamiento diplomático, en un contexto internacional post-napoleónico, absolutamente reaccionario, plasmado en el Congreso de Viena, ese mismo año 15, francamente hostil a las ideas liberales que encarnaban los movimientos independentistas hispanoamericanos.
Un entorno internacional con curiosas semejanzas a la complicidad o tibieza que la actual Comunidad Internacional ha tenido para con la devastación que sufre Venezuela bajo el régimen castro-chavista.
En aquel 1815 un sector significativo de la sociedad venezolana de entonces se encontraba en situación de supervivencia, muchos dispersos por el interior del país y otros tantos, entre ellos muchos de ellos de clase acomodada, vagando fuera de Venezuela (sobre todo en las islas del Caribe), dedicándose, para poder sobrevivir, a oficio humildes, a la mendicidad y las mujeres, en no pocos casos, a la prostitución.
Pero, quizá por la visión epopéyica y triunfalista que se nos ha transmitido en relación con la Guerra de Independencia, no solemos reparar en la cara cruel y trágica de aquel conflicto y esto, paradójicamente, no nos permite apreciar lo bien que riman aquellos años de 1812 a 1815 con nuestra realidad actual.
Más allá de si se intenta “volver a Carabobo” o nos quedamos simplemente esperando otra “expedición pacificadora”, lo que sí tengo claro es que, si pretendemos inspirarnos en el glorioso 1821, antes de cegarnos panfletariamente por el resplandor del triunfo final, debemos hacer una lectura correcta de la historia. Para volver a 1821, primero debemos organizarnos para sentar las bases que se sentaron en los años 1817-1819; Conquista de Guayana, Congreso de Angostura, un mayor posicionamiento internacional de la naciente república de Venezuela, (que luego se fundiría en la, hoy denominada, Gran Colombia) y en general de la causa independentista.
Pero para llegar a 1818 y luego a Carabobo, debemos empezar por mirarnos en el espejo de 1814 y 1815, y pensar en cómo superar estos desesperanzadores y (comprensiblemente) descreídos momentos. Quizá haya lecciones de aquellos días de las que podamos sacar provecho, quizá una pista la podemos encontrar en las palabras del propio Bolívar en el propio año 1815, cuando amenazaba diciendo “la desesperación no escoge los caminos que la sacan del apuro”.
Ya el Boves del siglo XXI murió, esta vez el lanzazo se disfrazó de cáncer, pero nos quedan estas malas imitaciones de Morales y Rosete que son Maduro y Cabello. Debemos arreglárnosla, muy probablemente de manera muy distinta a hace 200 años, para esta vez ser a un mismo tiempo; pacificadores, libertadores, regeneradores y reconstructores.
Pero
todavía hay muchos peligros de 1814 y mucha desesperanza de 1815 que superar.








