EL MITO HEROICO Y LOS ECOS DE LA
REVOLUCIÓN DE OCTUBRE
Por Alexander Delgado C.
18 de Octubre de 2018
Tal día como hoy hace setenta y tres años, con el derrocamiento del
presidente Isaías Medina Angarita, se dio inicio a un nuevo tiempo histórico en
Venezuela. Con mayor o menor acierto, podríamos definir este nuevo tiempo como Era
Democrática, entendida esta bajo las premisas propias de la modernidad
industrial, encumbrada por entonces en los países más desarrollados y a la que Venezuela aspiraba a llegar. Es decir; una actividad
política de masas, estructurada en torno al Sufragio
Universal, motorizada por partidos políticos organizados y en medio de una
dinámica, pretendidamente pluralista y políticamente liberal, impulsada por los
nacientes mass media. Irónicamente, el derrocado presidente Medina
Angarita, comprometido con un proceso de democratización, fue quizá el gobernante más liberal y, dentro de su contexto, uno de
los más progresistas que hemos tenido (en el buen sentido de la
palabra).
El tiempo histórico que llegó a su fin con el arribo de Hugo Chávez a la presidencia no se inició el 23 de enero de 1958; se inició el 18 de octubre de 1945. Incluso, es muy discutible si el régimen militar de los años cincuenta fue un paréntesis en esa Era Democrática o si más bien fue parte de esa Era; a saber, la faceta militarista, autoritaria, nacionalista de derecha y tecnocrática del orden instaurado en 1945.
También, hace setenta y tres años, se consagró el populismo moderno en nuestro país. De nuevo, no fue el 23 de enero del 58, fue el 18 de octubre del 45.
1958 fue
el consolidose del empezose de 1945.
Aunque esta
fecha haya sido interesadamente soslayada por todos los discursos políticos de
los últimos setenta y tres años, la relevancia histórica del 18 de octubre de
1945, no solo supera, como ya se señaló, la del 23 de
Enero de 1958, sino que está a la par de hechos como la salida de
Venezuela de la Gran Colombia (1830), el triunfo de la Federación (1863),
el inicio de la llamada Hegemonía Andina (1899) y, por
supuesto, el ascenso del chavismo al poder (1999).
Para
bien Y para mal, la Revolución de Octubre partió
en dos la historia venezolana del siglo XX. Junto a la consagración de la
democracia partidista por vías institucionales, hay que destacar las medidas de
los gobiernos derivados del octubrismo en materia de
legislación social y en el campo infraestructural. Negar estas
políticas sería mezquino.
Pero tampoco podemos negar que, como contra-cara negativa, tras el golpe de octubre, con el llamado trienio adeco (1945-1948), regresa la intolerancia, la violencia política y, sobre todo, el discurso populista y vesánico, especialmente desde las esferas gubernamentales, males que parecían haberse superado, sino desde 1908, por lo menos, desde 1936.
Sin embargo,
un aspecto del octubrismo del que comúnmente no nos
percatamos, es el psicosocial y el simbólico, el relacionado con la
mitología criolla. Con el golpe de octubre se revigoriza el mito del
venezolano alzao, del venezolano de complejo heroico, del venezolano comecandela que
confía más en los cambios impuestos a lo macho, revolucionariamente,
antes que en los cambios surgidos del esfuerzo colectivo y cotidiano, es decir,
más acompasados, más a plazos, pero de base más sólida y estable, por ende con
mayores posibilidades de ser duraderos. El 18 de octubre de 1945, no
regresa la Venezuela barbárica de Boves, Zamora, El Agachao o
Funes, pero sí esa Venezuela rebelde, cimarrona, demagógica y pico de
oro, que no acepta nada ni a nadie por encima de ella, Es decir, la
Venezuela en la que Hugo Chávez, no solo nacería físicamente, sino también se
incubaría como fenómeno político.
Desde la
Guerra de Independencia, los venezolanos arrastramos una visión nacional basada
en un mito heroico, a partir de un arquetipo vernáculo y de una mística
epopéyica, que ha pretendido hallar su reflejo, de manera más solemne, en la
primera frase del Himno Nacional “Gloria al Bravo Pueblo”. De manera más
coloquial (y más contemporánea) este mito podría definirse en la expresión
salsera pa’ bravo yo.
Esa
Venezuela del caudillo, del cuatriboleado, fue la que prevaleció
durante todo el siglo XIX, dando al traste con los pocos intentos serios de
reconstrucción republicana (aún en medio del caudillaje) como el llevado a cabo
entre 1830 y 1847. Fue ese espíritu, barbárico y aventurero a la vez, el que se
impuso a sangre y fuego ante el congreso el 24 de Enero de 1848, el que lanzó al
país a la Guerra Federal, el que condenó a los venezolanos durante el decurso
del siglo XIX y la primera década del siglo XX a la violencia y al atraso,
entre arengas incendiarias, epopeyas de caricatura y grandilocuencias vacías.
Esta escalada, cuatriboleadamente caudillesca, solo pudo ser
contenida y superada bajo la dictadura del general Juan Vicente Gómez. El
precio a pagar, bien conocido, fue padecer el régimen más absolutista y suspicaz que
Venezuela hubiese conocido hasta ese momento. Paradójicamente, fue bajo esa
autocracia que se pudo recrear un Estado Venezolano
moderno, cohesionado, con unas Fuerzas Armadas profesionales, eliminándose el
caudillismo y superándose los regionalismos neo-feudales; reorganizándose
definitivamente la Hacienda Pública, aún en medio de la corrupción, hasta lograr la total cancelación de las deudas nacionales.
Al mismo
tiempo la autocracia gomecista, se convertiría en vitalicia, consolidándose
imbatible durante casi tres décadas, imponiéndose, a sangre y fuego, a todos los, ya decadentes, caudillos o aspirantes a tal, que intentaron
tomar el poder por las armas (Maisanta, Arévalo Cedeño, Juan Pablo
Peñaloza, Rafael Simón Urbina, Román Delgado Chalbaud, entre otros).
La
Venezuela alzada, comecandela y vernácula,
tuvo que aceptar ver morir a Gómez con el poder en la mano, sin lo lograsen mover
tan siquiera un milímetro. Y no solo la Venezuela “aventurera y heroica”,
también la genuinamente liberal y la honradamente ilustrada que aspiraba
legítimamente a horizontes mucho más amplios, tuvo que resignarse a esperar un
cambio, a partir de la muerte del llamado Benemérito.
A su vez,
tras la muerte del general Gómez, en diciembre de 1935, los gobiernos
constitucionales de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina
Angarita (herederos de la hegemonía política andinista impuesta
desde 1899) llevaron a cabo un período transicional en el que se buscaba echar
las bases de una futura democracia sólida, a partir de una apertura política a
plazos (más aceleradamente bajo Medina Angarita) y de un proceso, acompasado pero firme, de
modernización en materia institucional, educativa, económica, de
asistencia social. Este proceso se desarrolló en medio de una revitalización de
la dinámica nacional, en todos los aspectos, impulsada, en gran medida, por esa
Venezuela ilustrada, libertaria y con ideas de progreso, a la espera desde los
últimos años del gomecismo.
Este
contexto, aún con todas las limitaciones, taras y rémoras que arrastraba, era
propicio para un trabajo de reconstrucción y fortalecimiento de la República en
sus cimientos, en la que pudiera anclar esa democracia firme, a partir de la solvencia económica, estabilidad y cohesión logradas bajo el gomecismo. Una tarea de reconstrucción
basada en el trabajo del día a día, en la carpintería nacional necesaria, sobre
la base de la confianza y la esperanza en el futuro. Este proceso de consolidación sistemática, estaba sintetizado en los lemas de gobierno de López Contreras y
de Medina Angarita; respectivamente: “Calma y cordura”, “Sin
prisa pero sin pausa”.
Lo más
importante, el país se enrumbaba al margen del complejo heroico, con el
mito cuatriboleado en derrota, con la perspectiva de cimentar
una república institucional y cívica; cívica no solo por la posibilidad, a corto o mediano plazo, de
que el poder militar llegase a estar subordinado al poder civil y de que los
mandatarios no proviniesen del mundo castrense activo, sino también por un espíritu de
república, más constructor que fundador, que enalteciera en
el presente y de cara a la posteridad, más las actividades de la paz, del día a
día, que el heroísmo epopéyico y mítico.
Esta
oportunidad se vio truncada con la Revolución de Octubre. Junto al
regreso de la violencia política y la intolerancia, se pone nuevamente en
escena el arquetipo heroico-político, esta vez con el estandarte de la
democracia, revitalizado tras la toma violenta del poder, luego de derrocar al
“heredero” del gomecismo. Aunque sé que la Revolución de Octubre fue
mucho más que esto, y aunque no pierdo de vista, ni los logros positivos
verificados a partir del 18 de octubre del 45, ni las falencias y
anquilosamientos del orden político lópez-medinista; me da la
impresión, sin embargo, de que el 18 de Octubre de 1945, el espíritu heroicista,
el mito del sietemachos, se sacó la espinita de
no haber podido derrocar a Gómez. Por supuesto, esto último no pasaría de ser
una elucubración personal.
Tras el paréntesis
dictatorial (de casi una década) de la cara militar del
octubrismo; el 23 de Enero de 1958 resurge, más vigoroso que
nunca, el mito del comecandela, el del héroe popular,
la fábula del bravo pueblo, el complejo del paladín contra
la opresión; enarbolando, una vez más, el estandarte democrático. Y cuando
este estandarte se destiñe y se rasga, el espíritu cuatriboleado levanta
la cabeza una vez más, el 4 de Febrero de 1992 (con su corolario del 27 de
Noviembre), en el mito del militar bolivariano, del héroe
vengador de los oprimidos por la oligarquía. Aunque
fracasado en tomar el poder por las armas, este mito, llevando a
cabo para sus aviesos fines, precisamente un trabajo de día a día, se abriría
paso a través de la raída y confiada institucionalidad adeco-copeyana,
consagrándose electoralmente el 6 de diciembre de 1998.
Casi veinte años después de aquel 6 de diciembre, veintiséis años después de aquel 4 de Febrero, sesenta años después de aquel 23 de Enero y sobre todo, setenta y tres años después de aquel 18 de Octubre, tan lejano y a la vez tan encima de nuestra conciencia; nos encontramos con la sangrienta aniquilación en las calles venezolanas de buena parte de nuestra juventud, en su heroísmo, inocente y honesto, también en sus esperanzas de un mejor país. Nos encontramos con una Venezuela cada vez más corrompida en todos los aspectos; diezmada, esquilmada por una Narco-Tiranía; traicionada por un falso liderazgo opositor y una intelectualidad mediocre. Una Venezuela desmoralizada, prostituida, obligada a huir en estampida.
Setenta y tres años después, seguimos aferrándonos al ya caricaturesco, patético y frustrado mito del Bravo Pueblo, del héroe, del cuatriboleado; un mito, hoy cooptado por una cofradía de delincuentes y resentidos en el poder; una fábula agotada que poco o nada tiene que decirnos. Nos aferramos en una invocación estéril o canalizamos nuestro despecho denigrando contra nosotros mismos. Lo lamentable es que seguimos ignorando el trabajo cotidiano, colectivo y constructor, con calma y cordura, sin prisa pero sin pausa que nunca atendimos. Un trabajo, aclaro, no para lavarle la cara al régimen ni pretender una ilusa salida constitucional-electoral a este hamponato, pero sí para hacer sustentable una lucha que no será corta ni se acabará con la salida de Miraflores del tirano.
Un esfuerzo
de carpintería, incluso en resistencia y rebelión, necesario para defendernos, sobrevivir y
sobreponernos a la devastación chavista.









