“¡HAY
QUE…
E-DUU-CAARR!”
Por Alexander Delgado C.
15 de Enero de 2021
A través de los medios de comunicación, de las redes sociales o en simples charlas informales entre amigos o familiares, es usual, abordar la situación, tanto nacional como internacional. Algunas veces, cuando por milagro, se trata de contertulios con un cierto barniz de ilustración, puede suceder que, al compás de estos coloquios, se ponga sobre el tapete la necesidad de cambios a fondo que atañen a nuestra idiosincrasia; también puede ser que algunos inspirados ventilen opiniones con atisbos de ideas o propuestas de país; luminosas, loables pero incompatibles con nuestra realidad y nuestro carácter, poco menos que utópicas en las circunstancias presentes.
Cuando esta clase de hándicaps salen
a relucir, la respuesta suele ser un inefable, enfático, y muchas veces
silabeado, “¡LO QUE HAY ES QUE E-DUU-CARR!”.
En lo personal, esa “admonición” siempre me ha
parecido una especie de invocación,
sacrosanta pero a la vez bolas al hombro,
al altar etéreo de la Ilustración (remanente aspiracional de aquellas viejas
ilusiones del Siglo de Las Luces); un
mantra con el que se pretende zanjar cualquier controversia en la que se ponen
de manifiesto nuestras taras o defectos cívicos y actitudinales, así como su
incidencia adversa en el devenir nacional.
A propósito del tema, uno de nuestros grandes educadores
(además de historiador) don Augusto
Mijares, en su libro de 1963, Lo
Afirmativo Venezolano, incluyó un capítulo titulado Cosas de Maestros, el título de este capítulo se debía a que, en el
mismo, Mijares reprochaba el hecho de que cualquier asunto relacionado con la
educación o formación de los niños o jóvenes, era puesto de lado por parte del venezolano común (con cierto
desdén) como “cosas de maestros”.
Don Augusto apoyaba su reproche, esgrimiendo, con
ejemplos concretos, como por el contrario, ya desde los últimos días de la colonia y en los primeros tiempos de la
República, el tema educacional, especialmente el de la educación popular, acaparó especial atención entre varios de
los prohombres de aquel momento (algunos de ellos, dicho sea de paso, no eran educadores
de oficio) entre ellos, don Simón Rodríguez y el Licenciado Miguel José Sanz, en los últimos años de la colonia y, durante el período independentista y grancolombiano; José Rafael Revenga,
Don Fernando Peñalver y el propio Libertador Simón Bolívar (que subvencionó
personalmente la aplicación en Caracas del, por entonces en boga, método
Lancaster). A estos primeros repúblicos se sumaron, tras la separación de
Venezuela de la Unión Colombiana, hombres de la talla del Doctor José María
Vargas y de don Juan Manuel de Cajigal, quienes dedicaron a la educación
popular, más atención y esfuerzo de
lo que comúnmente se ha creído, no pocas veces con el apoyo de los gobiernos de
entonces o, a título personal, de sus prohombres más destacados (injustamente estigmatizados como oligarcas).
Estos esfuerzos han sido muy poco conocidos o subvalorados por la opinión pública nacional, en parte porque la forma de
transmisión de nuestra historia se ha caracterizado por ser excesivamente politiquera, epopéyica, propagandística y partidista, desdeñosa de los detalles sustanciales y ejemplarizantes del día
a día; un panfleto, siempre en aras de un anecdotismo de entretenimiento o de un
lirismo delia-fiellezco, cuatriboleado, vacuo, fatuo y muchas veces interesado.
Es pertinente recalcar que muchas veces los citados
esfuerzos en pro de la educación popular, tanto los de iniciativa individual
como los que, mal que bien, contaron con apoyo oficial, se vieron muchas veces
limitados, tanto en su desarrollo como en los propios resultados, por la
inestabilidad política y las precarias condiciones económicas y sociales que
caracterizaron a aquel convulso siglo XIX. Pero la consideración de esas mismas
limitaciones y dificultades debería darle retrospectivamente mayor realce a aquellos esfuerzos, aún
en los que quedaron inconclusos.
A los que hoy solo saben lloriquear ante las
barrabasadas del régimen castro-chavista, entre ellas las que se refieren al aspecto
educativo, deberían retumbarles como
un eco, poco menos que admonitorio, tanto los esfuerzos de aquellos primeros
prohombres (para no hablar de los repúblicos de la primera mitad del siglo XX, entre ellos el propio
Mijares) así como la crítica sarcástica a partir de la expresión “cosas de maestros”. Digo que ¡deberían retumbarles! (conjugando el verbo “deber” en post-pretérito) porque es a causa de estos lloricones, así como de gran parte de la opinión pública nacional (incluidos algunos
que aún apoyan de buena fe al castro-chavismo), que la idea de ee-duu-carr, se convirtió en poco menos que un cliché, inadvertidamente trillado, a causa del uso superficial y
formulista que suele dársele.
Y es que, en el fondo, y más allá del tratamiento frívolamente
idealizante de que suele revestírsele, para muchos venezolanos (“prominentes” o
de a pie), lo concerniente a la educación sigue siendo cosas de maestros; o lo que es lo mismo “que eduque otro, yo me limito a mandar a los muchachos a la escuela o
al liceo… para eso a los profesores se les paga un
sueldo con los impuestos que uno paga (o la mensualidad en el caso del colegio privado)”. En realidad, esta
actitud es una evasión de cualquier
cuota de responsabilidad particular que estos bocetos de ciudadanos tienen, o pudieran tener, en contribuir a EDUCAR, de verdad, en su
entorno, empezando por reeducarse a sí mismos.
El “hay que ee-duu-carr”, en los labios de muchos de los que lo profieren, parece ser una
especie de jofaina de agua lustral en la que muchos de ellos, en el mejor
estilo de un Poncio Pilatos, lavan la
irresponsabilidad de no querer salir de su burbuja de teorías y de sus egos
ideológicos, para asumir la realidad que los rodea, confrontando en ella la
viabilidad de las ideas que preconizan.
Expresiones cotidianas como “apostar a la educación” o “la
solución está en educar”, muchas veces relamiéndose en la palabra educación, educar, como si de un chocolate Toronto se tratase; aunque muchas veces son bienintencionadas y
aunque se apoyan en una premisa innegablemente veraz, suelen estar desprovistas de un compromiso sostenible;
fácilmente se podría interpretar como algo para hacerlo “algún día” “poco a poco” y
por supuesto, “que lo haga alguien más”.
Pero cuando el otro que tiene que educar es el Estado, y especialmente en nuestro caso, un pseudo-estado, espurio y delincuente; y cuando ese estado bastardo formula parámetros “educativos”, francamente perniciosos, deformantes, detestablemente adoctrinantes y contrarios a nuestros valores; ahí sí acusamos el golpe, ya no con el otrora épico (y hoy desgastado) lema “¡Con mis Hijos no Te metas”, ahora es un lamento plañidero de artrítico y cuatro sarcasmos victimistas entre birrita y birrita.
Acostumbrados a que la educación de una nación es…“cosas de maestros”; acostumbrados, hasta 1998, a un Papá Estado que, mal que bien, se ocupaba de nuestros problemas como sociedad, al que criticábamos, muchas veces con razón, pero, aún así, siempre le podíamos echar el carro; hoy no terminamos de asumir que aquel Estado Nacional, con sus virtudes y vicios, mejor dicho, aquella sociedad, YA NO EXISTE y que en su lugar hay un status quo gansteril, anómico, resentido, sociópata, que no está ahí sino para satisfacer los apetitos y pasiones (económicos, de poder, pero también ideológicos y mitológicos) de una camarilla a la que no le interesa encarnar a la generalidad del país, ni menos aún le importa la aspiración a una ciudadanía proba.
No afrontamos
que, donde una vez estuvo un Estado; corrupto, mediocre y deficiente, pero
Estado, al fin y al cabo; ahora solo hay una claque malandra y antinacional que se
alimenta de la ignorancia, la estupidez y los antivalores.
Como consecuencia seguimos reaccionando de la única manera que pareciéramos conocer, con los consabidos lamentos y lloriqueos en redes sociales, con desahogos e insultos contra el régimen chavista; dicterios totalmente justificados pero inútiles y de Perogrullo; con actitudes autocompasivas y con auto-descalificaciones por nuestra presunta “apatía”; con invocaciones a preceptos constitucionales que en la práctica solo son agua de borrajas; declamando derechos consagrados en una “constitución” malnacida que muchos rechazamos aquel doloroso 15 de diciembre de 1999. Reaccionamos, en fin, con llamados risibles y no menos inútiles, a protestas, marchas, paros; etc. …; pretendiendo, como idiotas, que el desgobierno rojo sea lo que no es, lo que nunca ha sido ni le interesa ser; lo que no está ahí para ser.
Nos negamos a internalizar que, por ahora (Chávez
non dixit), no tenemos verdadero estado ni verdaderas instituciones; que
tenemos una sociedad deshecha; que debemos reconfigurar (probablemente desde
las sombras) ese sentido de sociedad e incluso prefigurar, así sea un atisbo o
cimiento de ese nuevo Estado, en reemplazo del aquelarre forajido que hoy padecemos;
de un nuevo Estado incluso superior en eficiencia y mucho menos elefantiásico
que el, ya de por sí roñoso, que tuvimos hasta 1998. Esta tarea reconstructiva, desde sus bases, ciertamente incluye al
aspecto educativo-formacional... y también de ese problema debemos ocuparnos
nosotros.
Para esto se requiere algo más que marchas, paros o guarimbas, incluso quizá todas las anteriores, en el
momento actual, sean hasta contraproducentes; y por supuesto, hace falta mucho
más que electorerismos falsos y cómplices de la anomia chavista.
Si tuviéramos un poquito de sentido del deber y de responsabilidad social, no solo asumiríamos directamente la responsabilidad sobre la educación de nuestros hijos… y nuestra propia reeducación, sino que veríamos la oportunidad de reconfigurar (de nuevo, desde las sombras) la renovación del proceso de educación como algo más interactivo, con una visión educacional que ya no se limite a aulas y pénsums. Incluso explorar la posibilidad de aplicar, o al menos proyectar, de modo contingente, la educación desde el propio hogar, bien sea para sustituir de lleno la falente y viciada “educación” que hoy se promueve desde el poder (a través de aulas y medios de comunicación) o bien, para, al menos, corregir y neutralizar sus efectos deformantes.
Ya el tema educativo no se puede seguir abordando
como cosas de maestros.
De hecho, la educación debe concebirse más allá de
la instrucción libresca, abarcando aspectos como la formación del carácter, de la estructura mental, incluso revisando
nuestros propios esquemas cognitivos. Debe enfocarse también en el aprendizaje
de oficios prácticos que ayuden a proveer el sustento o al menos, a hacer más llevadera la cotidianidad. Un proceso
educacional-formacional, que parta de la realidad del día a día, donde los
propios padres y los maestros participen de una dinámica en la que no solo
enseñan sino también aprenden.
Igualmente, en momentos como los actuales, hay que
dejar de lado (al menos temporalmente) premisas de antaño que hoy no son procedentes, como el necio aforismo, heredado de una visión de sociedades normales, según el cual; “el hogar educa y la escuela instruye”.
Esta visión de retículas es inviable en este momento (y sabe
Dios si en lo sucesivo). Deberíamos adoptar una visión más generalista,
asumir que no estamos en los tiempos normales
en los que, mal que bien, nos formamos los que hoy tenemos más de 35 años;
deberíamos partir de que, para nuestros criterios tradicionales, estos son
tiempos bastante atípicos.
En la coyuntura actual, problemáticas como la
educación y la formación se deben entender como concernientes a la sociedad en su conjunto. Se debe asumir como sin
lugar, contraposiciones del tipo el hogar
vs la escuela, las instancias
públicas vs las privadas, o incluso jóvenes
vs adultos. Los hogares que puedan considerarse más sólidamente constituidos
y más óptimos moralmente, deberían hacerse cargo, en la medida de sus
posibilidades, de parte de la carga educacional y formacional que antes se
confiaba, de modo casi exclusivo, a las escuelas; al menos en lo referente a la formación de los miembros
de ese hogar y, hasta donde se pueda, de allegados, parientes, vecinos, etc. Y
no son los únicos, otras instituciones sociales también deben tomar mayor
responsabilidad en ese rol. Instrucción y formación deben verse, al menos en
los actuales momentos como un todo y no
como circunscripciones desfasadas.
Tal vez lo anteriormente expresado nos dé el proceso
educacional necesario para rehacer al país, con una efectividad y proyección
como no la tuvo antes.
Un EDUCAR de verdad, sin letanías trilladas de E-DUU- CARRR.







