MÁS ALLÁ DE INJERENCIAS Y NOMENCLATURAS HUECAS
(Reflexiones a Partir
de las Declaraciones de Evan Ellis II)
Por
Alexander Delgado C.
08 de Junio de
2017
Para quien se atreva a ver más allá de la cómoda alfombra de los lugares
comunes, más allá de las gríngolas del fetichismo institucionalista; de lo
expresado por el analista Evan Ellis en su entrevista a la DW del pasado 5 de
Mayo, se debe inferir que asumir la crisis venezolana, en su dimensión real,
sin formulismos, a su vez implica cuestionar conceptos y valores que,
en los últimos 200 años, han sido poco menos que sagrados e
incuestionables; al menos para la cultura occidental, de la que nosotros,
a pesar de todo, no dejamos de formar parte. Entre estos valores están los de;
Democracia, Soberanía Popular, Soberanía Nacional (con la consecuente doctrina
de la no injerencia) y acaso, hasta la misma supremacía política de los Estados Nacionales.
Por lo menos tendríamos que poner en entredicho la infalibilidad
de esos y otros valores, independientemente de cuanto nos
apeguemos a ellos, bien sea por necesidad pragmática, por rutina,
por sifrinismo, porque “es lo que hay”, o por no quedar
en una suerte de vacío referencial.
Debemos insistir en lo vacuos e inoperantes en que, por anquilosados, estos preceptos se han vuelto, al menos por lo que toca a la situación venezolana.
Un ejemplo de esto
es la concepción de Democracia y Soberanía Popular; en
Venezuela el chavismo accedió al gobierno y se legitimó, una y otra vez, a
través de la vía institucionalmente democrática por antonomasia, la vía del
voto; no olvidemos que, desde 1998, todos los diversos resultados electorales favorables
al chavismo han sido categóricamente aceptados por sus principales contendores.
Por su parte en varias circunstancias, como el referéndum del 2007 y las
elecciones parlamentarias de 2015, el régimen aceptó, oficialmente, resultados
adversos… oficialmente, insisto. Sabemos cuánto ha
habido por parte del régimen, en los hechos reales, de fraude, de
avasallamiento, de torcedura de pescuezo a lo institucional-democrático, y de
pateo al tablero institucionalista; pero lo
oficial es lo oficial y eso es lo
que cuenta para los burócratas formulistas internacionales de la OEA o la ONU.
El rígido criterio
“opositor” de apegarse, como talismanes políticos, a institucionalismos
vaciados o prostituidos, es lo que los lleva a seguir aferrados al fetiche
electoral, aún después de que el régimen les devolvió perversamente la bola
electorera con su inconstitucional propuesta constituyente. Criterio,
políticamente correcto pero reñido con la realidad, que no solo es pautado por
las dirigencias supuestamente opositoras, sino también avalado por un sector
nada despreciable de la población, especialmente de la clase media, que se muestra
reacio a apartarse de ese fetiche institucionalero.
El otro esquema de valores que la angustiante situación venezolana debería llevar al banquillo de los acusados, se refiere a la concepción, no solo de Soberanía Nacional, sino la propia idea de Estado Nación y esta a su vez centrada en sus gobiernos legítimos, como expresión de los pueblos ante el concierto internacional. Ojo, no me refiero a cuestionar la vigencia del Estado Nación, pero sí su exclusividad e infalibilidad a la hora de calibrar al enemigo (o enemigos) que tenemos enfrente.
Instancias internacionales como la ONU, OTAN, OEA, etc., constituidas oficialmente, no lo olvidemos, como ligas de Estados Nacionales, obviamente están preparadas para actuar y tienen una visión clara cuando la soberanía de una nación es vulnerada o pisoteada militarmente, de manera categórica y a bandera desplegada, por otro Estado Nacional constituido. Un ejemplo típico sería la invasión por parte de Iraq a Kuwait el 2 de agosto de 1990 y la permanencia de tropas iraquíes en territorio kuwaití en lo que lo que restó del año 90 y primeros meses del 91. Ahí estaríamos en presencia de una ocupación, en realidad más militar que política, abierta, inequívoca, estridente y con una fecha clara de inicio. El diagnóstico del problema y su consecuente respuesta fueron, digamos, relativamente fáciles.
Pero, como podemos
apreciar a partir de las palabras de Evan Ellis, la psico-rígida miopía
formulista de los organismos internacionales los lleva a un desconcierto paralizante
ante situaciones, no tan explicitas, como
la innegable presencia en Venezuela, subyugante y
depredadora, del castro-comunismo, operado desde La Habana, articulado en
el Foro de Sao Paulo y apoyado por mercenarios y esbirros, entre
los que se cuentan muchos que no solo no son venezolanos, sino incluso, no
latinoamericanos.
No importa
cuántos indicios claros y reveladores existan, cada vez menos disimulados,
de la sumisión del régimen venezolano al régimen Castro-Comunista y sus adláteres.
No pesa para las burocracias internacionales que en los últimos días se haya
descubierto portando uniformes de la GNB y la PNB, a infiltrados de origen
extranjero (incluidos documentos de identidad de sus países de origen), ni que
existan testimonios, por parte de detenidos en las recientes protestas, de
haber sido torturados por supuestos policías o guardias que ni siquiera
hablaban español.
Al formulismo de la
OEA, ONU, UNASUR, ETC., esta realidad no les resulta tan clara cuando la penetración
foro-paulista en Venezuela no tiene fecha precisa de inicio, cuando no
está signada por un hecho de fuerza concreto
e inequívoco y cuando esta se ha dado desde adentro, de
forma más o menos encubierta, dosificadamente y, lo que es más importante, de la
mano de un gobierno nacional que, oficialmente, a los ojos del mundo,
fue electo y reelecto con el respaldo mayoritario de la población… oficialmente, insisto, y ese es el
referente para esas instancias, lo oficial, lo categórico.
Por otra parte, una mirada a fondo nos obligaría a constatar que la actual tragedia venezolana pone en entredicho el tema de la política internacional expresada en nomenclatura de Naciones Estado, al plantearnos un hecho que muchos no suelen calibrar en su justa medida. Comúnmente hablamos desde el lado antichavista de “independizarnos de Cuba” ¿Pero hasta qué punto es la nación cubana y su pueblo, quienes tienen ocupada a Venezuela? Hablando fuera de las gríngolas del Estado Nación, Cuba también incluiría a la numerosísima comunidad cubana en el exilio, repartida por todo el mundo (aunque su asiento más emblemático esté en Florida), y por otra parte, entre los mercenarios extranjeros y personajes depredadores que participan del saqueo y opresión a Venezuela, se puede apreciar que también los hay de nacionalidades distintas a la cubana.
Más exacto sería decir que Venezuela ha sido ocupada desde adentro y padece la opresión y el saqueo por parte de una suerte de transnacional política de “Izquierdas”, expresada en el Foro de Sao Paulo, en complicidad con el Narcotráfico, en alianza con movimientos fundamentalistas islámicos y con el aval de una Gouche Divine Internacional (Dixit Ignacio Ramonet, Oliver Stone, el fallecido José Saramago, etc.). Más apropiado sería señalar que Venezuela, su territorio y su población están siendo depredadas por una cofradía internacional, renegada y antioccidental, cuyos principales operadores políticos, efectivamente, están asentados en La Habana. Pero no es menos cierto que en este entramado depredador, la nación cubana (que no es lo mismo que el Estado castro comunista) y su esclavizado pueblo, no son más que una suerte de instrumento (como también lo es el propio pueblo venezolano).
Hablando en metáfora médica, Cuba y ahora también Venezuela, son los principales huéspedes o portadores de un virus llamado Foro de Sao Paulo, Izquierda, Progresía, Socialismo; pero no son el virus en sí mismo.
Estoy claro en que lo anterior puede constituir un verdadero escollo de comprensión para muchos de nosotros. En nuestra ignorancia exquisita, bombardeados por los mass media, educados en la cultura política de los últimos dos siglos, y quizá espoleados por la narrativa de nuestra propia historia; nos es más fácil decir “somos colonia cubana” que decir “somos presa del Foro de Sao Paulo”. Esto, insisto, se debe a nuestros criterios contemporáneos de comprensión política, basados en la Nación-Estado como expresión, casi que unidad de medida, de lo político-internacional. Por eso los opositores al castro-chavismo en Venezuela quemamos banderas cubanas, mientras que en Bolivia los opositores a Evo Morales llegaron a quemar banderas venezolanas; lo correcto era que los anticastristas, lo mismo en Bolivia que en Venezuela (y si fuera el caso, en la misma Cuba) quemáramos la bandera del Foro de Sao Paulo o del 26 de Julio o tan siquiera una efigie de Fidel Castro o el Che Guevara. Peor aún, lo más probable es que, al momento de escribir estas líneas, la mayoría de los iberoamericanos que padecen al foropaulismo no sepan identificar la bandera del Foro de Sao Paulo.
Por eso también es que, cuando, finalmente, constatamos que, en los hechos, el Estado Venezolano fue secuestrado, se pervirtió, se convirtió en un enemigo o simplemente, dejó de ser un Estado Venezolano, nuestra esperanza, quizá placeba, es que venga en nuestro socorro otro Estado que percibimos como “amigo” o como enemigo de nuestro enemigo. En nuestro caso, obviamente ese añorado “estado salvador” no sería otro que los EE.UU.
En el fondo siempre las mismas inoperantes nomenclaturas de la institucionalidad preestablecida.
Olvidamos que los Estados, como estructuras jurídicas de una determinada comunidad, son una emanación de esos conglomerados humanos, los cuales tienen el poder inmanente, más allá de constituciones o leyes existentes, de deslegitimar a un Estado que se volvió espurio y, si fuera el caso, generar un nuevo Estado.
Y ese quizá sea el paso que debemos atrevernos a dar; tener la visión para prefigurar un nuevo Estado Venezolano y unas nuevas instituciones (incluida una nueva FF.AA) y luego la audacia para constituirlos. Un Estado inicialmente en insurgencia regeneradora contra el orden forajido que desde hace dieciocho años sustituyó al otrora Estado Venezolano.
Así mismo, tanto o más que esperar el apoyo por parte de otro Estado o un conjunto de Estados foráneos (incluida la posible intervención militar de los mismos), acaso debemos, simultáneamente, plantearnos hasta qué punto podríamos y deberíamos procurar la comprensión, apoyo y solidaridad de, al menos un sector de la población de esos países, un apoyo expresado a través de canales no institucionales que, en casos extremos, pueda traducirse en la posible presencia, como voluntarios, de ex-militares de esos países, reencauchados mercenariamente en un, no menos hipotético, ejército insurgente; asumiendo, obviamente, los riesgos que implica tener condotieros. En otras palabras, hacer lo que se hizo durante la Guerra de Independencia, hace 200 años, en la que los emergentes ejércitos independentistas criollos se vieron reforzados con miles de veteranos de guerra europeos pero que no habían sido enviados por sus gobiernos, sino que (habiendo pasado a retiro en sus países) fueron reenganchados voluntariamente por los agentes independentistas destacados en el Viejo Continente.
Estamos en el legítimo derecho de procurarnos alianzas internacionales a todo nivel si lo que estamos enfrentando es un enorme eje de poder internacional, pero quizá sea algo iluso esperar una intervención salvadora por parte de Gobiernos extranjeros y aún más bobo, esperar que esta alianza sea desinteresada, por simple humanidad. Ni siquiera de los apoyos particulares debemos esperar un desinterés absoluto. De la OEA o la ONU (así como de los gobiernos “amigos”) no deberíamos esperar nada concreto, por más solidarios de palabra que se muestren sus principales voceros. No deberíamos esperarlo, aunque luego se materialice, si esto último sucediera “¡que agradable sorpresa! ¡felices de habernos equivocado!”.
En suma, no se
pretende que vamos a desconocer al estado espurio asentado en Miraflores
para quedar en una especie de nada o limbo mundialista. A eso es, precisamente,
a lo que nos están llevando los renegados sociales del Foro de Sao
Paulo; a un limbo trasnacional, antioccidental, de anomia, caos, antivalores
y destrucción de nuestros esquemas referenciales como sociedad
venezolana. Lo que se propone en
estas líneas es un desconocimiento (desde nuestra convicción intima) que,
a su vez, implique una especie de auto-reseteo en
cuanto a nación, y a partir de esta convicción, una rebelión (no
necesariamente abierta al principio) para poder generar un Nuevo Estado,
revitalizado; eso sí, con una sintaxis política, social y cultural más
flexible, más de cara al, todavía en pañales, siglo XXI.
Es pensar en términos
de un coyuntural Estado Insurgente, que sea el eje de una
reconstitución nacional. Pensar en términos de “se jodió lo que había y hay
que re-empezar de cero, con nuevas ideas”.
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Declaraciones de Evan
Ellis:
http://www.dw.com/es/evan-ellis-venezuela-es-pasar-hambre-o-luchar/a-38722778







