REGISTRO
HISTÓRICO-GRÁFICO EN VENEZUELA
Por Alexander Delgado
C.
(Escrito Originalmente
el 23 de Febrero de 2014)
Hay
carencia en Venezuela de una línea, tradición o escuela artística
(especialmente en la pintura) que se ocupe de temas históricos. Nos hemos
conformado con la obra de los grandes maestros del siglo XIX y principios del
XX como; Juan Lovera, Arturo Michelena, Martín Tovar y Tovar, alguna que otra
de Cristóbal Rojas (caso de La Muerte de Girardot en Bárbula), Antonio Herrera
Toro, Tito Salas y Pedro Centeno Vallenilla.
Pero en realidad no
toda la obra de estos grandes de la pintura nacional era (ni tenía por qué ser)
de temática histórico-nacional y, por ende, no se puede enmarcar, en sentido
estricto, en una corriente o escuela pictórica de temática histórica. Su
abordaje de la historia obedeció más bien, por un lado, a las tendencias
artísticas del momento, concretamente a la influencia que, en los artistas
venezolanos de entonces, ejercía el romanticismo, como movimiento artístico-literario.
Se debió también, muy importante, a una coyuntura sociopolítica, especialmente
desde la llegada al poder del general Antonio Guzmán Blanco (1870), en la que,
en medio de la anarquía caudillesca, el caos y la anomia que siguió a Guerra
Federal, se buscaba, no solo restablecer un orden sociopolítico, sino también,
recrear la idea de un Estado Nacional, no solo en lo jurídico y en lo físico,
sino también en el aspecto simbólico. Crear una narrativa de nación y generar
valores patrios.
Aquella coyuntura
coincidió también con el hecho de que muchas efemérides históricas (todas o
casi todas asociadas con el período independentista) arribaban a su centenario
o cincuentenario. Un período que, grosso modo, se puede comprender entre el
primer centenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar en 1883 y el
primer centenario de la Declaración de Independencia en 1911. Esto adicionaba
un elemento motivacional que favoreció la proliferación de obras de carácter
histórico, como las muy célebres Miranda
en La Carraca o Vuelvan Caras, de
Arturo Michelena, o las grandilocuentes representaciones de las principales
batallas independentistas con que Martín Tovar y Tovar engalanó el recién
inaugurado Capitolio Nacional y, por supuesto, hay que mencionar el trabajo
artístico de Tito Salas, aunque centrado casi exclusivamente en la vida del
general Bolívar, con un carácter marcadamente estereotipado y alegórico y
(consecuente con ese alegorismo) revestido de un cierto anacronismo en los
rasgos visuales de hechos y personajes representados. De manera más tardía, y
ya en pleno siglo XX, también podemos mencionar la obra, abiertamente
alegorista, de Pedro Centeno Vallenilla.
Pero, entrado el siglo
XX, y bajo la influencia de las tendencias artísticas internacionales post
romancistas (impresionismo, fauvismo, cubismo, cinetismo, etc.), la pintura en
Venezuela tomó derroteros diferentes sin que se desarrollara, por sí misma, y
de forma paralela a las diversas tendencias del momento, una vertiente
artística dirigida a la ilustración de hechos históricos, salvo quizá algunos
de los llamados “pintores ingenuos”. No hemos tenido una línea pictórica
orientada a la representación del pasado nacional (no solo el político), lo
suficientemente sólida como para generar entre nosotros, artistas especializados
en estas temáticas como ha sido el caso, en España, de un Dionisio Álvarez
Cueto o un Augusto Ferrer Dalmau.
También ha sido muy
escasa la incorporación en dicha temática de las diversas tendencias artísticas
desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI, desde las
Artes Gráficas, el desarrollo de la Ilustración y hasta del Comic, incluso sin
cerrarse del todo a corrientes artísticas que en principio parecerían poco
idóneas para estos temas (cubismo, dadaísmo, surrealismo, etc.).
Por otra parte, la
escasez de obras artístico-históricas y el hecho de que la generación de
finales del siglo XIX se centró casi exclusivamente en temas independentistas,
ha generado un lamentable vacío en cuanto a una aproximación del imaginario
popular hacia épocas anteriores y posteriores a la independencia (lo que, en
realidad, refleja en lo gráfico las falencias y vicios de la enseñanza de la
historia).
Esta omisión en
principio es irónica, tratándose de una nación cuyo relato patriotista ha pretendido
siempre alimentarse de la apelación a lo histórico, relato en el que siempre se
han pretendido justificar o reafirmar los distintos grupos de poder que se han
sucedido en Venezuela desde 1830.
Pero, mirando más
detenidamente, esta ironía resulta muy diciente de un país al que le gusta
presumir de lo que carece o más bien, proyectar lo que quisiera ser, cree ser,
pero en el fondo, no se atreve a ser.
En realidad se trata de
una nación que le teme a su propia historia y prefiere mantener un simulacro de
relato oficial, como “deber ser” pero sin ahondar demasiado en él y la escasez
de una corriente plástica orientada hacia los temas históricos en los últimos
cien años, paradójicamente, ilustra ese complejo. Esto ha redundado en la
carencia de un apoyo gráfico a una mirada revisionista o al menos de
desmontaje, atenuación o sano cuestionamiento, de clichés, simplismos,
estereotipos y lugares comunes.
Esta indiferencia hacia nuestro pasado, cuasi-desdeñosa pero evasiva tras bastidores, ha contribuido a que la pretensión del actual régimen de manipular nuestro enfoque histórico a la medida de sus intereses “ideológicos”, haya caído en terreno fértil. En contrapartida a la falencia anterior a 1999, el chavismo ha ido generando toda una representación visual amañada de la historia, exacerbando, aún más, la visión deformada que ya traíamos.
Si bien en el pasado
anterior a 1999, no faltaron trabajos de ilustración por encargo de entes
gubernamentales, estos nunca llegaron a tener publicidad y difusión masiva.
Carecieron de una labor promocional y de auspicio por parte de entes públicos o
privados, que incluyera concursos o incluso incentivos; por ejemplo, promover
concursos entre jóvenes estudiantes de dibujo y pintura en los que presentaran una
o dos obras de carácter histórico y premiar los primeros lugares con becas para
perfeccionar estudios, dentro o fuera del país, orientar dichos trabajos a
temáticas de historia poco representadas o conocidas y, finalmente, seleccionar
y difundir mediáticamente estos trabajos en exposiciones, incorporándolos como
apoyo gráfico en medios de comunicación impresos (periódicos y revistas), en
programas audiovisuales (TV y Cine), y en los textos oficiales (impresos o digitales) de enseñanza
escolar.
La necesidad de una
mayor representación visual de nuestra historia sigue estando vigente en
nuestros días, de la mano de la necesidad de una visión sanamente revisionista.
Aunque en estos momentos los entes gubernamentales venezolanos están cooptados
por el régimen chavista y, por otra parte, no parece haber entes privados
dispuestos a impulsar este tipo de iniciativas, estas pueden surgir de manera
individual, desde la oposición al status quo político que hoy impera en
Venezuela, posiblemente desde las sombras, e irse articulando sobre la marcha.
El desarrollo actual de
la ilustración computarizada (incluido el uso de medios 3D), así como de los
recursos multimedia, no solamente proporciona herramientas mucho más eficaces (y
más asequibles hoy que hace varios años), sino que nos otorgan una mirada de
esta temática desde una perspectiva diferente, contribuyendo a un mejor
replanteamiento de nuestra mirada histórico-nacional.
Algunos de los parámetros que, a mi modo de ver, se deberían tener en cuenta son; desarrollar pautas
menos alegóricas, líricas o simbolistas y más objetivas, en la representación de
nuestra historia; buscar orientarse hacia la representación de etapas, hechos y
personajes de nuestra historia, importantes, pero poco tenidos en cuenta,
especialmente durante las etapas anterior y posterior al período independentista; o bien, escenas
que recreen la vida cotidiana de aquellos días; o incluso, del mismo período
independentista, hechos o situaciones poco explorados, teniendo el cuidado de
mostrar personajes con los rasgos físicos correspondientes al momento plasmado.
También se puede renovar la iconografía retratista de los principales
prohombres de nuestra historia (sin desechar la tradicional) según las pautas
anteriormente señaladas. Ir de la mano con una visión, no renegacionista, pero
sí revisionista.
Necesitamos hoy, más
que ayer, un refrescamiento en la representación gráfica de nuestra historia
que nos permita arrojar mayor luz sobre una caverna lírica plagada de clichés y
estereotipos oligofrénicos, hipertrofiados, distorsionados por leyendas negras o doradas; desfigurados y exacerbados bajo el régimen
chavista y ante una indiferencia indolente por parte de las fuerzas vivas que, se supone, adversan al chavismo. Necesitamos un refrescamiento que, sin exaltaciones
ingenuas o noveleras, nos permita comprendernos y auto valorarnos mejor como
realidad histórica. Hoy, más que ayer lo necesítanos, y hoy más que ayer
tenemos los recursos y posibilidades.
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ILUSTRACIÓN;
Venezuela Recibiendo los Emblemas del Escudo Nacional. Por Pedro Centeno
Vallenilla (1952-1954). Mural al Óleo. Palacio Federal Legislativo

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