COORDENADAS PARA
NUESTRA HISTORIA
Por Augusto Mijares
(Tomado de Lo Afirmativo Venezolano, 1963)
UN TRABAJO QUE podría absorber durante
largo tiempo los esfuerzo; de un equipo de jóvenes historiadores, pero que
permitiría establecer en forma fundamental líneas de interpretación para
nuestra evolución histórica, sería
la de estudiar la emancipación americana como un cuerpo de doctrina que tiene
estas tres características: 1° una larga preparación ideológica,
que es nuestra emancipación de fondo, muy anterior a la separación material de
la metrópoli; 2° una amplia raigambre
colectiva, que es un mentís al
concepto simplista de que la Independencia hispanoamericana fue una
improvisación personalista, una hazaña caudillesca, una mera aventura
afortunada; “que dentro de aquel cuerpo de doctrina existe una estrecha correlación
entre la finalidad que se perseguía (que era la organización de una nueva
sociedad, y no la simple secesión de España) y los medios mediante los cuales
se lograría esa transformación. Este estudio sistemático nos daría el
verdadero sentido de la vida colonial y de la empresa emancipadora; y
si agregáramos, como interpretación de la República, una investigación sincera
sobre lo que sobrevivió de aquellos ideales —en doctrina democrática, en apego
a las formas institucionales, en educación, etc.—, y lo que de ellos se
transformó provechosamente, se desnaturalizó o se perdió, habríamos
dado un paso decisivo para alejar nuestra historia de lo anecdótico y fijar las
coordenadas dentro de las cuales deben valorizarse debidamente sus personajes y
acontecimientos.
Pero para exponer en pocas páginas un tema tan vasto, tendré que
referirme exclusivamente a los elementos con que contamos en Venezuela ira
desarrollarlo, y, aún dentro de esa limitación, mis planteamientos han de ser
tan sucintos que, para comprenderlos debidamente, el lector tendrá que
desmenuzarlos según sus conocimientos, a medida que los señalo, puesto le si yo
mismo quisiera exponerlos debidamente necesitaría los muchos volúmenes que pido
a ese equipo de trabajadores.
Desde mediados del siglo XVIII aparece en Venezuela, claramente
expresado el propósito de la Independencia. Durante la sublevación comienza
en 1749 y que se llamó de Juan Francisco de León o de Panaquire, aunque en
realidad fue de toda la Provincia y con participación de todas las clases
sociales, el hijo de aquel caudillo escribía a uno de sus partidarios: “Pues
ya ve Vuestra Merced que nos toca de obligación el defender nuestra patria,
porque si no la defendemos seremos esclavos de todos ellos”. En sus
declaraciones durante el proceso posterior, uno de los reos descubre “que ni
León ni él tenían la culpa de este levantamiento, que quien era la causa son
las muchas cartas que los más de los días rezebia el dicho León de Caracas, y
que estas selas dava a leer a el paraque las oyeran todos los demás a fin de
enterarlos en el estado que estaba su dependencia”. Y esta misma amplitud
del movimiento la señala uno de los jueces al afirmar que aquellos
acontecimientos habían dejado a toda la Provincia “alborotada y libertosa”, sabrosa frase que dentro de la
sequedad curialesca parece un fragmento de proclama. Por su parte, una de las
más altas autoridades de la Provincia, el Intendente Abalos, informaba sin
ambages a la Metrópoli: “El nombre del Rey, el de sus Ministros y todos los
españoles se oye por estos Patricios con el mayor tedio, aversión y
desafecto... El encono y tono doloroso con que se lamentan se hace mayor cada
día, y si S.M. no les concede o dilata el libre comercio sobre que suspiran no
puede contar con la fidelidad de estos vasallos, pues a cualquiera insinuación
y auxilio que les amaguen los enemigos de la Corona prestarán pronto sus oídos
y corazones y será imposible o muy difícil el remedio... No es este un
vaticinio vano, sino pronóstico de un conocimiento inmediato de la tierra...”.
¿Se necesitan más pruebas para dejar
establecido que aquel movimiento, a mediados del siglo XVIII era ya, en lo
espiritual, el primer episodio de la declaración de independencia que
vendría sesenta años más tarde?
Algunos de nuestros críticos de la historia
han restado importancia política a aquellas manifestaciones de la nacionalidad
ocurridas durante la sublevación de De León, haciendo resaltar el hecho de que
fueron causas económicas las que desataron el descontento de la
Provincia, y hasta han tratado de hacer valer, con cierto menosprecio,
que el apego de los criollos al contrabando movía en gran parte sus ánimos. Esa
concordancia de muchos motivos de diferente índole es inevitable en cualquier
acción humana, y más en las colectivas; pero en el punto concreto de la
emancipación, recuérdese que también entre los severos anglosajones del Norte —que tan a menudo una pseudo-sociología
simplista opone, con sentido pesimista, a lo nuestro— también
entre ellos, digo, se presentaría análoga intervención de las causas
económicas; que Inglaterra había impuesto trabas a su comercio no menos
opresoras que las arbitradas por España para nosotros y que también ellos
ocurrieron al contrabando para superarlas, y consideraron “detestable”
la posibilidad de suprimirlo. “Los coloniales —escribe Maurois (1) — no tenían el menor escrúpulo
en dedicarse al contrabando, pues consideraban las Actas los funcionarios
ingleses encargados del control, o se dejaban sobornar, o permanecían en
Inglaterra, cobrando sus sueldos sin ocupar jamás el cargo”.
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(1) El Profesor Mijares se refiere a
André Maurois (1885-1967), Novelista y Ensayista francés NOTA EXTEMPORÁNEA
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Pero no me privaré tampoco de la satisfacción de comentar todo lo que
tiene de novedoso y limpio la exhortación del hijo de De León, que he
citado: “Pues ya ve Vuestra
Merced que tenemos de obligación el defender nuestra patria. . .”. Sin
exageración podemos decir que, a mediados del siglo XVIII, quizás en ningún
otro episodio de la historia universal encontramos una invocación a la Patria
tan categórica. Recordemos que para entonces los sentimientos
de nacionalidad estaban- todavía en formación: los que después se llamarían
"ciudadanos" y “compatriotas”, se llamaban entonces simplemente
“súbditos” de tal o cual soberano; para mover a los pueblos se invocaba su
condición de “leales vasallos”, y ni siquiera los viejos gentilicios —ingleses,
españoles, franceses— tenían fuerza de aglutinamiento moral, menos aún el
concepto abstracto de Patria. Y es
un joven campesino venezolano, casi iletrado, pero movido por quién sabe cuáles
imponderables influencias de ambiente, el que por primera vez hace sonar la
virgen campana que pide para la Patria —sin personificación de soberano alguno—
lo más hermoso que puede dar el hombre: la obligación.
Después de la insurrección de Juan Francisco De León —detrás de la cual
hay, además, cincuenta años de lucha cívica de nuestros Cabildos—
encontramos como primer brote vigoroso de nuestra nacionalidad en formación el
caso de Miranda. No intentaré, desde luego, tratar aquí los múltiples aspectos
que tiene el apostolado del Precursor, primer americano que logra hacer oír la
voz de estos pueblos en Europa y que, plantando por otra parte sus discípulos
en todo el continente, asegura para siempre la conciencia de su solidaridad.
Pero sí me referiré a una peculiaridad de aquel apostolado que no ha sido
bastante valorizada, y que se une estrechamente al orden de ideas que vengo
persiguiendo. Es que, cuando Miranda comienza a pensar en la
emancipación del continente, lo primero que tiene en mente es la subsiguiente
organización del mundo que desea ver libre. Y por eso sus prolongados
viajes por toda Europa, no son sólo en busca de recursos para venir a combatir
en el Nuevo Mundo —en su Colombia— sino de afanoso estudio sobre cuántos problemas han de presentársenos,
políticos, morales, administrativos o legales. En su Archivo consta cómo se
ocupa en cada país en estudiar la historia, el sistema de gobierno, las leyes,
las costumbres, el arte, los progresos de la educación popular, Universidades y
bibliotecas, la organización penitenciaria, puertos, minas, ejércitos,
fortificaciones, sistemas de regadío, etc.
Quiero con estas observaciones destacar cómo
encontramos siempre alrededor de la idea de independencia, un propósito de
progreso social, de perfeccionamiento ulterior de nuestra América, que es
lo que he llamado la doctrina de la emancipación.
Bien puedo, pues, fiel a esa línea de exposición, saltar de lo más
grande y aparente, a inquirir también en lo colectivo y cotidiano cómo
se formaba dentro de la propia Provincia la conciencia nacional. Y no
me parece pedante darle ese alcance a algunos hechos culturales, al parecer de
exiguo ambiente, pero que tienen como característica común indicarnos la
emancipación de lo hispanoamericano, que quiero destacar.
Uno de esos hechos es que la
Escuela de Música de Caracas —que daría después tantas obras valiosas, algunas
de categoría mundial— fue fundada, no por iniciativa de la Metrópoli, ni
siquiera con su ayuda, sino por esfuerzos de los propios criollos: el Padre
Don Pedro Sojo, nos cuenta Gil Fortoul, “trajo de Roma un
Archivo de Música clásica, textos de enseñanza y los primeros instrumentos de
viento, aumentados después con otros que le envió el Emperador de Austria en
agradecimiento a la buena acogida que dispensara Sojo a unos naturalistas
austríacos”. Socialmente, la Escuela tuvo además dos resultados tan felices
como imprevistos: ampliar la vida exterior de nuestro murado mantuanismo, y a
la vez, como lo observó Humboldt, aproximarlo al pueblo, con el cual convivió
sin reparos en aquel común afán de deleite artístico y de superación.
La misma característica de esfuerzo autónomo que tiene la fundación de
la Escuela de Música, lo encontramos en la renovación que entonces se
intentaba en la Universidad de Caracas. Debióse casi exclusivamente al
Padre Baltasar Marrero, como lo reconoció en 1827 el Claustro universitario
presidido por Vargas, al calificarlo “ilustre fundador de la clase de
filosofía moderna en Venezuela”. Ahora bien, el Padre Marrero
adquirió todos sus conocimientos en la propia Provincia, y con más
precisión, como lo señala el Dr. Caracciolo Parra León, “formó todo su saber
y desarrolló todas sus inclinaciones dentro de la ciudad de Caracas, de donde
jamás salió sino accidentalmente y para el interior de la Provincia. . .”.
Dato simétrico, en lo social, a esa renovación de nuestra alta cultura
lo encontramos en la petición que un grupo de pardos introdujo ante el
Ayuntamiento de Caracas, para que se les permitiera fundar, con sus recursos,
una Escuela de Primeras Letras destinada a las clases más humildes. En
la tramitación a que dio lugar esta iniciativa se tocaron puntos tan avanzados
como el de la obligatoriedad escolar, el carácter que debía tener la enseñanza,
la necesidad de formar maestros, y, en este último punto, se propone que
también pudiera escogerse entre los egresados de la Escuela a su futuro
personal docente (2).
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(2) Es un dato que tomo de una tesis
inédita de la doctora Leonor Botifoll.
NOTA DEL AUTOR
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Por doquier se manifestaba una sociedad pujante, que tanto en lo
cultural como en lo político tenía ambiciones nuevas y arbitraba numerosos
recursos para realizarlas.
En el solo año de 1794 llegaron a Caracas 80 cajas de libros: 71 de
España y 9 del extranjero, según dato de Arístides Rojas. Parece que esas
cifras pudieran hacernos sonreír, acostumbrados como estamos hoy a devorar
montañas de papel impreso; pero advirtamos que algunos años antes, en
Norte América, se consideró algo excepcional la biblioteca fundada por Franklin
en Filadelfia, y uno de sus biógrafos advierte que “de 45 obras que los
Directores recomendaron en 1731, nueve fueron científicas, ocho históricas,
ocho morales y políticas, seis de derecho y filosofía, tres», de lengua
inglesa, dos de geografía, cinco de artes útiles y oficios diversos, dos
diccionarios y dos clásicos: Homero y Virgilio, traducidos al inglés. No había
novelas, ni dramas, ni libros de poesía, ni teología contemporánea”.
En Venezuela algunos conocimientos literarios ligados a la política
estaban tan difundidos que habiendo traducido Bello —a la sazón
bastante joven— la tragedia Zulima de Voltaire, cuando le reprochó Bolívar
haber escogido obra de tan escaso mérito, a su juicio, Bello le contestó que
las otras tragedias de Voltaire habían sido ya vertidas al castellano; lo cual
prueba que en Caracas se conocía toda la obra del apasionante —y prohibido—
escritor francés.
Que no exagero al agrupar estos hechos como
indicios de la formación que en los más variados aspectos iba adquiriendo el
carácter nacional, lo prueba la observación de conjunto que para la misma época hizo
Humboldt al visitarnos: “Las comunicaciones múltiples —escribió— con
la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito antes como un
Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el
progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas Provincias de
Venezuela. En ninguna parte de América la sociedad ha tomado una
fisonomía más europea”.
Parece que el sabio alemán se lamentaba después de no haber adivinado
los indicios de nuestra independencia en ese ambiente: “Durante mi
permanencia en América —confesaba a O’Leary— jamás encontré
descontento; pero sí observé que si no existía grande amor hacia España, había
por lo menos conformidad con el régimen establecido. Más tarde, al comenzar la
lucha, fue cuando comprendí que me habían ocultado la verdad y que en lugar de
amor existían odios profundos e inveterados que estallaron en medio de un
torbellino de represalias y de venganzas”. A esto podría
observársele que no se trataba de odios, ni siquiera de verdadero descontento. Los odios vinieron después, como sucede en
todas las guerras, y por infortunadas circunstancias fortuitas. En la Venezuela pre-revolucionaria no había
sino esa plenitud, ese deseo de superación que Humboldt llama europeísmo; y
debía conducir a la independencia porque ésta era su natural culminación,
no para satisfacer rencores, que repito, nacieron en el curso de la lucha por
causas relativamente superficiales.
Por eso es más completa y halagüeña que la de Humboldt, la observación
que en 1808 hizo otro extranjero, el capitán inglés Beaver, Comandante del
buque de Guerra “Acasta”, a quien habían encargado de explorar el estado de la
opinión pública en Venezuela: “Creo poder aventurarme a decir —informó— que
son (los criollos) leales en extremo y apasionadamente adictos
a la rama española de la casa de Borbón; y que mientras haya alguna
probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su
Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con
igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos. .. Estos
habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que
encontramos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el
vigor intelectual y energía de carácter que se han considerado generalmente
como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”.
Por otra parte, pruebas evidentes de que aquel
desarrollo nacional se dirigía decididamente a la acción política no
faltaban. Pocos años antes de la llegada de Humboldt habían aflorado varias
sediciones, y en la más importante de ellas —la de Gual y España— se
fijaban en las “Ordenanzas”, que debían regirla, principios tan audaces como
éstos: “restituir al Pueblo Americano su libertad...”, queda, desde
luego, abolida la esclavitud como “contraria a la humanidad” ... “se
declara la igualdad natural entre todos los habitantes de las Provincias y
Distritos, y se encarga que entre Blancos, Indios, Pardos y Morenos, reine la
mayor armonía, mirándose como hermanos en Jesucristo,
iguales por Dios”; y la propia enseña nacional que se proponía —blanca,
azul, amarilla y encarnada— sería el símbolo de esa igualdad racial y de
clases, así como de los cuatro derechos fundamentales del hombre: igualdad,
libertad, propiedad y seguridad.
Valiosas investigaciones de Doña Dolores Bonet de Sotillo y de Don Pedro
Grases, y el admirable estudio de Don Casto Fulgencio López sobre “Juan
Picornell y la Conspiración de Gual y España”, prueban la influencia de los
liberales españoles en aquella conjuración, a través de los presos que mandó a
la América el Gobierno metropolitano a consecuencia de la llamada “Conspiración
de San Blas”. Pero la preparación revolucionaria anterior a esa
influencia se puede advertir por este solo dato: Picornell fue desembarcado
en La Guaira, preso, en diciembre de 1796, y siete meses más tarde la
conspiración, completa en todos sus pormenores y doctrina, salía a la luz
pública. ¿Cómo hubiera podido un preso político, “abovedado” en las prisiones
subterráneas de La Guaira, mover a la rebelión a los criollos — entre ellos a
individuos de primera categoría, cómo eran Gual y España— si no hubiera
existido un denso ambiente de preparación política en la Provincia? Don Casto Fulgencio López indica además que,
por lo menos desde 1794, los conspiradores de La Guaira hablaban ya de la
revolución.
En cuanto a la audacia de los objetivos que se proponían los
conspiradores, recuérdese como punto de comparación que en las colonias
anglosajonas del norte no se pensó ni por un momento, durante la lucha de
Independencia, en esa igualdad que proclamaban nuestros separatistas. Maurois, en la obra citada, insiste en el
conocido hecho de que los líderes de la revolución norteamericana “no
pensaban en absoluto en ampliar el sufragio ni en libertar a los esclavos”.
Y el hecho de que en la Metrópoli no existía el problema racial, nos indica lo
mucho de hispanoamericano que tuvo aquella conspiración; así como se
desliga también de las influencias de la Revolución Francesa por la invocación
religiosa bajo la cual se pone la igualdad de blancos, indios, pardos y morenos.
Debo insistir tanto en la originalidad y el radicalismo de
nuestra doctrina emancipadora porque al final de este estudio me
refiero a un juicio de Juan Vicente González que casi anula la intervención de
esa doctrina en la evolución democrática de Venezuela.
Volviendo a los datos documentales que prueban la raíz profunda y la
amplia difusión de aquellas ideas revolucionarias, encontramos otro muy valioso
en la vida de Juan Germán Roscio. Este jurisconsulto criollo sería, después,
con Francisco Isnardy, el redactor de nuestra Acta de Independencia, y, durante
la guerra, un vehemente y abnegado doctrinario del movimiento libertador. A
fines del siglo XVIII era sólo, aparentemente, uno de tantos abogados que
ejercían en Caracas, pero aún en estrados dejó constancia de sus ideas de
libertad e igualdad: “los hombres —alegaba en 1798— nacieron
todos libres, y todos son igualmente nobles, como formados de una misma masa, y
creados a imagen y semejanza de Dios”.
Estas y otras “alarmantes proposiciones” —según el calificativo
que les dio un celoso abogado contemporáneo— salieron a luz cuando algunos
colegas de Roscio se opusieron a que fuera recibido en el Colegio de Abogados
de Caracas. Roscio había nacido en el interior del país, hijo de un italiano y
una mestiza, y según el historiador E. A. Yanes recibió educación gracias a los
cuidados y generosidad de Doña María de la Luz Pacheco, hija del Conde de San
Javier. “Tenía esta señora —dice Yanes— la filantrópica
costumbre de traer, de todos los puntos del territorio, niños que, confiados a
ella por sus familias, recibían luego de su liberalidad, los inapreciables
dones de la enseñanza. De este número fue Juan Germán Roscio...”. Este
dato tiene también un grato sabor de sensibilidad social que muchos no
esperarían encontrar en nuestro siglo XVIII.
Observe el lector que he ido exponiendo, en espiral ascendiente, el
cuerpo de doctrina que bajo los más variados aspectos fue ambiente y matriz de
nuestra revolución emancipadora. Quiero probar que la Independencia no
se hizo para separarnos de España solamente, ni fue tampoco una improvisación a
la cual se diera a posteriori una apresurada justificación doctrinaria.
Nació de una concordancia de objetivos, cuya
firmeza y continuidad honran al pensamiento venezolano y le da a nuestra
emancipación alcance perdurable.
Es lo que deseaba puntualizar Don Simón Rodríguez cuando advertía: “Bolívar
no vio en la dependencia de la España oprobio ni vergüenza, como veía el vulgo;
sino un obstáculo a los progresos de la sociedad de su país”. Y en
estrecha relación con lo anterior, establece: “Alborotar a un pueblo por
sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo, es muy difícil: por
un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se toman
para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto;
y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay
proyecto no hay mérito”.
Esos “progresos de la sociedad”, que debían obtenerse como
finalidad y justificación de la Independencia; ese “proyecto”
constructivo, indispensable para que la revolución emancipadora no
quedara reducida a una simple rebelión rencorosa, fue sentimiento casi unánime
en los otros libertadores.
Se prolonga además —y esto es también muy importante subrayarlo como eje
de nuestra evolución republicana— hasta los políticos y pensadores de
la generación subsiguiente, hasta mediado el siglo XIX, a pesar de que
nuestras reiteradas desdichas políticas acaban por alejar a la conciencia
nacional de aquel elevado objetivo, la dispersan y extravían entre las
mezquindades de la lucha fratricida, y de la propia Independencia no dejan más
recuerdo que el de una pintoresca y empenachada aventura.
Funesta consecuencia de eso fue que la glorificación de los libertadores
se convirtió, a su vez, en un fetichismo estéril y en un culto puramente
formal. Se alardeaba de venerar exaltadamente su memoria, pero en realidad
sus ideas fundamentales se olvidaban cada día más; y hasta la misma fanfarria
que se tocaba diariamente en su honor era una mistificación de los propósitos
que ellos tuvieron de olvidar la guerra para levantar sobre sus
escombros una Patria digna y segura.
Claro está que seguir exponiendo esa doctrina revolucionaria de la
emancipación, con los pormenores y la crítica que serían indispensables, y
llevar esa exposición —como desearía— hasta lo que hicieron o intentaron
hombres como Bello, Rodríguez, Revenga, Vargas, Cagigal, Toro, Soublette, etc.,
durante la reorganización republicana subsiguiente, desbordaría en mucho de la
extensión que puede tener este trabajo. En otros estudios he intentado
desarrollar el tema, especialmente en mi conferencia en la Universidad Central
sobre “Ideología de la Revolución Emancipadora”; pero debo advertir —con
paradójica satisfacción— que en ninguno de esos intentos he logrado acercarme
siquiera a la enunciación cabal de todos los puntos que deberían tocarse.
Prefiero, pues, insistir en cómo olvidó
América —y Venezuela en particular— esa fecunda realidad que, en lo esencial,
su emancipación fue doctrina y no guerra; que, por consiguiente, tiene vigencia
permanente y no debe relegarse al pasado; que no debe ser recuerdo y culto,
sino consigna de acción y programa de trabajo para pensadores y estadistas.
En estos días ha vuelto a recordarse con frecuencia la sibilina frase de
Juan Vicente González, según la cual Boves fue “el primer jefe de la democracia venezolana”.
Es natural que los que siguen la interpretación materialista de la
historia recojan con entusiasmo aquel juicio. Dentro de esa interpretación
significaría un atisbo genial a saber: que la democracia no es cuestión de
ideologías y de sentimientos, sino de hechos; que no se conquista por
la prédica y las teorías, sino moviendo directamente las masas a la nivelación
social y a la conquista del poder.
Pero lo curioso es que muchos otros escritores, venezolanos —incluso
algunos francamente reaccionarios— han dado igual acogida calurosa a aquella
aparente glorificación del devastador guerrillero; por lo cual presumo que, en
estos últimos, ha predominado ese concepto pintoresco y superficial de la
historia a que me he referido. Sin duda les parece “muy bonito” evocar al
irresistible lancero al frente de sus huestes semi bárbaras, y eso basta para
despertar su entusiasmo.
Por mi parte, me limitaré a observar que la vida del propio autor de
aquella frase fue un mentís a su afirmación. Porque Juan Vicente González era
“expósito”, hijo de padres desconocidos, y como tal no hubiera podido presentar
el expediente de “limpieza de sangre”
que era indispensable durante la Colonia para ingresar en la Universidad. Si él
disfrutó, pues, de la enseñanza universitaria y más tarde de todas las
prerrogativas anexas a ésta, y de la libertad de prensa que tanta notoriedad le
permitió adquirir, no fue por obra de Boves y sus huestes, sino de los
“ideólogos” que abrieron la Universidad a todos, sin distinción de clases ni
creencias, que consagraron en las leyes las garantías ciudadanas, y que —como
gobernantes— sacrificaron su tranquilidad, y a veces su buen nombre frente a
las calumnias, para afirmar esas bases indispensables a la República. Si
Boves hubiera triunfado, nada de eso habría prosperado.
Otro hecho, de muy diferente índole, me ha hecho pensar también en ese
olvido o tergiversación de nuestra historia que comento. Me refiero a que,
comentando algunos diarios recientes el Decreto de Guzmán Blanco sobre
Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, sacaron a luz los documentos
de la época según los cuales el propio Guzmán y su Ministro Sanabria enlazaban
la paternidad de su iniciativa a la gloriosa campaña por la educación que el
argentino Sarmiento realizaba en aquellos días. Pero lo más impresionante es
que los propios periodistas de hoy consideraron que efectivamente debemos a la
influencia de Sarmiento aquel Decreto de 1870.
Ahora bien, en Venezuela existía en materia de educación popular una
insistente tradición que Guzmán Blanco y sus colaboradores no debían ignorar, y
menos puede desconocerse hoy. Desde la época colonial se habían
realizado iniciativas audaces, como esa de la Escuela de Pardos de que he
hablado. Don Simón Rodríguez, Miguel José Sanz y otros habían pedido escuelas
para el pueblo. Más tarde Bolívar toma incansablemente sobre sí el mismo
empeño, recibe con alborozo a su antiguo maestro y proyectan juntos las
escuelas artesanales que tendrían como objetivo “colonizar el país con
sus propios habitantes”; la Municipalidad de Caracas trae a nuestra
capital a Lancaster, ya con fama mundial, y el Libertador se entusiasma tanto
por su método de “enseñanza mutua” que de sus comprometidos bienes desembolsa
22.000 duros para financiarlo. José Rafael Revenga, el Secretario y Ministro de
Bolívar, político y financiero por sus atribuciones específicas, deja de lado
estas actividades en cuantas ocasiones puede, para ocuparse en la educación
popular; con la perspicacia de un profesional advierte que la educación
primaria no puede prosperar sin la formación previa de personal docente y concibe
las Escuelas Normales Gratuitas, para las cuales aporta también material de
enseñanza comprado por él mismo con una corta cantidad que casi por casualidad
gana en un proceso. Cagigal establece en su Escuela de Matemáticas la
capacitación técnica de nuestros artesanos, llama a los militares a los
conocimientos y tareas de la ingeniería civil, y reitera el principio de que la
educación nacional ha de tener como finalidad la reconstrucción cívica
y moral de la República. Vargas asesora a Bolívar en las medidas que abren
la Universidad para todos; pero es al mismo tiempo el apóstol infatigable de la
educación popular, se ocupa desde la Presidencia de la República en la
elaboración de “cartillas” para enseñar a los soldados y a los niños
pobres; desde el exilio da orden de pagar, de sus recursos, esos textos que habían
quedado en la imprenta.
¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco? ¿O no había
interés en reconocerlo porque no encajaba entre “las glorias del Gran
Partido Liberal”?
Don Simón Rodríguez había escrito; “...herencias,
privilegios y usurpaciones es la divisa de las monarquías, la de las Repúblicas
debe ser Educación Popular, destinación a ejercicios útiles, aspiración fundada
a la propiedad”.
Vargas había advertido: “¿De qué servirán las medras
intelectuales de un corto número en medio de una inmensa masa ineducada?”.
Y Cagigal reclamó colérico: “Si en otras materias hemos
tenido a honra seguir las huellas de los Estados Unidos del Norte, parece que
ha habido empeño en no imitarlos en la largueza con que han dotado la
instrucción primaria”.
¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco, cuando aún no
había desaparecido la generación que presenció tantos esfuerzos?
Otra pregunta más importante acudirá a la mente del lector: ¿es que
tiene alguna importancia ese olvido, aparte las injusticias individuales que
entraña y el mezquino resquemor nacionalista que puede producirnos?
No vacilo en contestar: sí tiene importancia
mucho mayor. Porque en una República como la nuestra, donde lo que ha sido más
debilitado por nuestros fracasos es la conciencia misma de nuestra capacidad
política, esa tradición, esa doctrina, mantenidas como fuerzas activas en el
pensamiento y en el sentir de todos pueden darnos una visión más completa y más
sana de nuestra personalidad colectiva. Que será también devolvernos a la
confianza y a la sinceridad indispensables para que nuestros esfuerzos de
reconstrucción no se pierdan en el alboroto y la seducción de que nos habló Don
Simón Rodríguez.