LA MALDICIÓN DE LAS
CENIZAS
Por Alexander Delgado C.
21
de Julio de 2015
“Pero los sembradores de cenizas también
existen para alardear ante su propio país, como los padres ante los niños, y
sentirse superiores y dominantes con el fácil recurso de deprimir a los otros.
En el caso concreto que quiero señalar; a Venezuela, al pueblo venezolano.
No es difícil observar que cuando uno de estos
narcisos -narcisos por su auto contemplación egoísta- aparentan lamentar que
Venezuela hizo tal o cual cosa contra Bolívar, Miranda o Bello, es porque él
mismo quiere señalarse como un Miranda, un Bolívar o un Bello incomprendido. Y
cuando habla de que todos los venezolanos somos ingratos o corrompidos o
frívolos, sólo le interesa ponerse a sí mismo como paradigma de las virtudes
opuestas”.
Augusto Mijares
(Acerca de Los Sembradores de
Cenizas, señalados en un capítulo de su libro de 1940 Hombres e Ideas de América)
El pasado 17 de Julio,
en Margarita, el escritor Jorge Mier Hoffman se convirtió en otra víctima mortal
del hampa desbordada. Mier Hoffman, un exponente hipertrofiado de los peores
aspectos del culto bolivariano, hasta el punto de verse a sí mismo como bolivarianólogo, es considerado uno de
los promotores, de hecho el inspirador, de la profanación, mal llamada
exhumación, de los restos del Libertador Simón Bolívar; acto bochornoso del
que, precisamente hace cinco días (un día antes del asesinato de Mier Hoffman)
se cumplieron cinco años.
En efecto, al libro
de Mier Hoffman La Carta Que Cambiará La Historia, publicado en el
2008, se le ha considerado el punto inspiracional de la mal llamada exhumación. En el citado libro, Mier
Hoffman, como un Dan Brown de quincalla, introdujo o le dio forma “literaria” a
la pseudo-teoría conspirativa, según la cual Bolívar habría sido
asesinado como parte de un vasto complot del que formaban parte hasta sus
allegados más próximos (incluido su propio sobrino Fernando).
De acuerdo con el
escrito de Mier Hoffman, el General Bolívar no solo lo sabía sino que lo reveló,
en clave masónica, en una carta a su ex amante francesa Fanny Du Villars, carta
que, por lo demás, ha pasado a la historia como apócrifa, ya que hay indicios
de que realmente fue escrita a comienzos del siglo XX por un apologista del
Libertador, Luciano Mendible Camejo, quien la habría hecho pasar como escrita
por Simón Bolívar.
No viene a cuento
hacer una valoración o crítica literaria sobre el contenido en sí mismo del
libro de Mier Hoffman. Solo comentar que el hecho de que un libro, con
pretensiones de best seller, mueva al régimen en el poder a realizar una
“exhumación” habla mucho de la psique de quienes están en Miraflores desde 1999,
dejando aparte, por supuesto, conjeturas sobre prácticas de brujería u
ocultismo.
¿Hubo en aquel
espectáculo necrofílico algo más que una manifestación del típico culto a la figura del Libertador; culto, más que fetichista masturbatorio, con el que algunos, comenzando por el difunto de hace dos años y el
difunto reciente, pretendiendo “enaltecer”, han prostituido la memoria del
General Bolívar?
¿Hubo, como pretenden
las malas lenguas, un intento de manipulación Palo Mayombe de esos
restos ilustres?
Y de haber sido así ¿era
cómplice Mier Hoffman (más allá de su papel de inspirador) o simplemente, no sabía las presuntas segundas
intenciones?
Para efectos de lo
que quiero decir no importa,
no pasan de ser especulaciones. No son
el punto central de este escrito. Dirá la Superchería que la maldición de la exhumación, que ya se
habría vuelto contra unos cuantos (incluido Hugo Chávez) se acaba de volver
contra Jorge Mier Hoffman.
Yo no llego a tanto; pongo de lado cuentos de brujas, teorías
conspirativas o maldiciones tutankamónicas. No creo en esas yerbas.
Lo que sí es muy
pertinente decir aquí es que Jorge Mier Hoffman, tanto en muchos de sus
artículos en su blog personal, bajo el remoquete de “Te Dejo”, como en sus
publicaciones en la página castro-chavista Aporrea, plasmó una
visión nacional, histórica y presente, que bien puede considerarse una variante
inequívoca de lo que el maestro Augusto Mijares llamaba UN SEMBRADOR DE CENIZAS.
Sembrador de cenizas
fue su culto fetichista a Bolívar, que antes que honrarlo, lo denigró. Fue el
típico culto insano al héroe, basado en usar su grandeza, para
deprimir o denigrar a otros personajes o naciones. Su culto al Libertador se
revistió del, ya roñosamente habitual, elemento victimista y en muchos
sentidos, reforzador de la relación culpógena (o sea, basada
en un complejo de culpa) en torno a la figura del General Bolívar.
Una adoración
idólatra que nunca estuvo a la altura del “Yo los perdono” con que Bolívar
se despidió públicamente el 10 de diciembre de 1830.
Su actitud fue la del típico rebelde sobrado,
al que le encanta presentarse como una especie de Prometeo de la verdad, llevando luz a los pobres mortales que vivimos en la caverna.
Y sí; también la
postura del típico narciso al que le encanta lamentar, más bien restregar por
la cara a la venezolanidad, lo que “se
hizo contra Bolívar”. En su caso,
usando como “hilo conductor” su relación genealógica con Joaquín de Mier; el
halo de incomprendido heraldo de la
verdad, no solo lo abarcaba a él; de hecho arropaba, sobre todo, a la
figura del fallecido Hugo Chávez, a quien, por supuesto, trató de hacer ver
como el nuevo Bolívar y él… su humilde inspirador.

Aunque la insidia no
se la atribuyese al pueblo venezolano, propiamente dicho, es inequívoca la
esencia del sembrador de cenizas; eso sí, trepada en la moda de las teorías
conspirativistas. Una reedición más retorcidamente perfeccionada, de la vieja y
enfermiza idolatría bolivariana, basada en poner en relieve la
confrontación, siempre circunstancial, del Libertador con otros personajes de
la historia, tanto nacional como internacional (el más recurrente, a nivel
nacional, el General José Antonio Páez), para así crear un cuento maniqueo de víctima y villano, y
de esta forma denigrar, a través de una comparación absurda, la figura
histórica “antagonista” del Libertador.
Lo que no suelen
tener en cuenta estos necios es que, por esa vía, a la larga se rebaja a ambos personajes.
Para este tipo de
idólatras tóxicos, la historia es un largo, simplón y eterno despecho resentido
y fatalista, solo es una ciénaga de traiciones y perfidias donde lo único no
negativo son las pobrecitas víctimas de esas felonías. Una visión de la
historia en la que solo se puede hallar inspiración (por demás, patética) en
las víctimas.
Para estos bastardos de la historia solo cuenta
hacer ver a una comunidad indigna de que el héroe al que se exalta (y victimiza)
haya nacido entre ellos, donde ese pueblo “indigno”, a través de sus más señalados
voceros, traiciona al semidiós y lo envía a la Cruz en beneficio de un Barrabás
o de un Caifás.
Todos estos elementos
malsanos, arriba señalados, se ven perfeccionados en la visión retorcida y
prepotente de un Mier Hoffman. La visión de un Simón Bolívar víctima de la ingratitud
y la traición, se magnifica, salpicando en un aura borgiana de puñaladas
traperas, no solo a sus partidarios hasta el último momento, sino también a su
propio sobrino (en una época en que las lealtades familiares pesaban mucho más
que ahora).
Cuando se presenta al
entorno más cercano de un personaje como el General Bolívar, a los más ligados por
vínculos políticos, morales, afectivos y familiares, como un nido de víboras, dispuesto
a venderlo y entregarlo a la muerte; cuando se nos presenta a Bolívar (o a
cualquier otro personaje en sus circunstancias) como víctima de una oligarquía de la que él mismo era parte
y exponente típico ¿Qué tipo de luz se arroja por extensión, sobre toda la
sociedad en cuestión?
Pretender señalar a Simón Bolívar y unos pocos más como una especie de iluminado que trascendió a esa ciénaga, aparte del elemento de
romantización que ya debería ser superado, plantea, ni tan entre líneas, el
típico argumento de lucha de clases
y, adicionalmente, es una forma de aislarlo de su entorno y contexto. Esto, encaja perfectamente en el patrón manipulador de la historia
propio del castro-chavismo, facilitando el presentar a Chávez como el continuador,
igualmente malogrado, del verdadero
Bolívar.
Al recurrir al
recurso conspirativista de señalar a la historia oficial y transmitida, ya no como
tergiversada o mal interpretada, sino como un invento o engaño, se contribuye a
trastocar la psique nacional, ahondando el sentimiento de incertidumbre en cuanto a pertenencia y procedencia. Es un equivalente del divide y reinarás, característico del chavismo.
Aunque Mijares no
haya descrito expresamente actitudes como las arriba señaladas, en su
disertación sobre los sembradores de
cenizas, no puede haber dudas de que la esencia de los que señalaba como
tales, contemplaba este tipo de procederes de impronta chavista (y en general
de toda la izquierda latinoamericana) perfeccionados por personajes como el
malogrado Mier Hoffman. Esta es otra forma, más artera y vil, si se quiere, de
sembrar cenizas para poder reinar sobre ellas.
En lo referente al (ya, de por sí, agobiante) culto al Libertador, es por “bolivarianólogos” como Mier Hoffman que la figura de Bolívar se está tornando cada vez más odiosa y opresiva para muchos. El burdo y
retorcido usufructo que los chavistas, y su recién asesinado cortesano, han
hecho de la figura del General Bolívar parece estar despertando a los herederos
de Salvador de Madariaga o a los Ángel Quintero del siglo XXI. Es decir,
generando un sentimiento anti bolivariano, más allá de lo justo y lo sensato. Anti
bolivarianismo expresado en las más variopintas manifestaciones, a cuál más
grotesca, porque grotesco ha sido el manoseo chavista de la figura del
Libertador o, más recientemente, de la del Precursor Francisco de Miranda y, en
general, de todo el periodo independentista (a excepción del General Páez).
Una vez más, como Reyes
Midas a la inversa, emputeciendo todo lo
que tocan.
Ya lo teorizó Isaac Newton;
a cada acción suele corresponder una reacción de iguales proporciones. Así,
frente a la necia y humillante especie de la traición de Páez a Bolívar en
1830 (para no hablar de otras traiciones en que se regodeó Mier Hoffman) se levanta otra especie,
no menos necia y denigrante, de la traición de Bolívar a Miranda en 1812.
Al final, la historia
se vuelve un pandemónium maquiavélico (mucho más allá de lo que realmente fue)
donde lo único que parece contar, de manera morbosa, es quien traiciona a quien y donde el más meritorio es el más “traicionado”.
Con semejante visión
de sí misma, con semejante idea de “pueblo
indigno”, no hay nación que salga adelante, pues siempre estará asediada
por el fantasma de su propia vergüenza, incertidumbre y proyección bastarda. No
hay pueblo que se yerga gallardamente. Es parte
de la desmoralización que hoy estamos viviendo los venezolanos. Esa visión acomplejada
y roñosa, patológicamente obsesionada en “reafirmarse” en las miserias del
pasado, no nació con Mier Hoffman, ni siquiera con Chávez (ni ese mal merito
tienen), pero sí ha sido alimentada y exacerbada, en los últimos 15 años,
llevada hasta el absurdo donde está hoy.
Las consecuencias las
estamos pagando. No tenemos esta actitud victimista y auto-denigratoria (este
recurrente Finis Patriae) por lo que nos está pasando. Es al
revés, nos pasa lo que nos pasa por nuestra actitud autocompasiva y autodestructiva, aprendida
por generaciones.
La desmoralización
nacional, la depresión del ánimo colectivo, el sentido de indignidad, alimenta al
cinismo matraquero y bachaquero, y de ahí a la
anomia delincuencial, a la ley del pran y los
colectivos, solo hay un paso.
Hace cuatro días ese
Monstruo cobró la vida de uno de sus muchos doctores Frankenstein. Jorge Mier
Hoffman, a la larga, cayó víctima de una maldición; sí; pero no por
exhumaciones o presuntos rituales, fue la maldición de un gentilicio al que contribuyó a exponer al escarnio,
la maldición de un ánimo colectivo al que contribuyó a deprimir y envenenar.
Fue víctima, no de las cenizas del sarcófago de Bolívar, sino de
las cenizas que sembró.
Lamento infinitamente
si mi actitud no es lo doliente que debiera ser ante alguien que murió de una
forma tan trágica; algo de lo que, tal y como están las cosas la próxima
víctima (Dios no lo quiera) puede ser uno mismo o un ser querido. Pero yo no
puedo caer en lamentaciones hipócritas, ni siquiera conmoverme ante la muerte,
más allá del lógico repudio ante el creciente índice de criminalidad descarada
e impune (lamentablemente habitual) en la Venezuela de hoy. El asesinato de
Mier es una manifestación más de la descomposición social en nuestro abatido
país. Me conmueve, eso sí, el daño que sufrió su nieta de 17 años. Pero este crimen también fue parte de lo que
Mier Hoffman NOS DEJÓ.
No celebro su muerte,
no me alegra, no me entra ningún fresquito, para nada digo bien hecho. Pero
tampoco me entristece ni lo lamento. Simplemente no siento nada…
Solo LES
DEJO estas líneas a modo de reflexión. Que Dios lo perdone y donde
quiera que esté su alma, pueda ser consciente de las cenizas que sembró (aparte
de las que ayudó a exhumar), si es que no era consciente en vida.