EL ÚLTIMO VENEZOLANO
Por: Augusto Mijares
(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963)
MUCHOS TÍTULOS que lo glorificasen merecía don Fermín Toro, que es quizás, en Venezuela, el teorizante más audaz y generoso de la generación que siguió a la de los Libertadores. En proyectos concretos hay otros contemporáneos que lo igualan o superan: Revenga, Cagigal y Vargas, en educación y como políticos que buscan base estable para nuestra agitada República; Santos Michelena en economía, etc. Pero como representativo de la doctrina socialista que aún no se había divorciado radicalmente del liberalismo, Toro es uno de los pensadores americanos más interesantes. Y, además, su honradez, su laboriosidad, su patriotismo, fueron ejemplares.
Presumo sin embargo que cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”, la resonancia que alcanzó este cognomento se debió, no tanto a los méritos del ilustre desaparecido, como al terrible significado que implicaba aquella denominación.
El último venezolano es como un finis patriae que resume el desaliento, la renunciación, la derrota irremediable de todo el país; y así fue aceptado y repetido con paradójico entusiasmo.
¿Por qué? Duro es adivinarlo: porque aquella cancelación derrotista reflejaba un sentimiento nacional, tan arraigado y unánime que durante muchos años será repetido, en las más variadas formas, por casi todos los venezolanos.
Mucho tiempo después otro gran escritor, José Rafael Pocaterra, igualmente apasionado y dolorido, publicará las “Memorias De Un Venezolano De La Decadencia”; y este título, tan amargo, que debió provocar dolor, sorpresa, vergüenza o cólera, fue recibido por el contrario, con la más natural aceptación. Dijérase que expresaba también lo que todos sentían: la devastación definitiva de la Patria, o peor aún: la culpa y la ignominia de todos.
Creo recordar así mismo que en esa obra destinada a fustigar al gobierno de Gómez, el autor llega sin embargo, a decir que Gómez no era sino “la boca de una inmensa pústula”.
Venezuela era, desde luego, esa inmensa pústula, y (aunque, sin quererlo, naturalmente, el escritor) la desdichada blasfemia cambia totalmente la atribución de responsabilidades: Gómez pasa a segundo término, la purulencia colectiva que se le señala como causa le sirve también como justificación.
A la misma época se refiere el diario de Rufino Blanco Fombona, “Camino de Imperfección”, y también sobre Venezuela recae en definitiva la ignominia que en él se denuncia: “Si yo fuera tan ingenuo – leemos – no me preocupase por estos hombres alquilados o que andan buscando quien los alquile para tirar el carro de la basura, me consolaría recordando que igual o peor trato dio Venezuela a Miranda, a Bolívar, a Bello y a Baralt, entre otros”.
Y aunque poco después rectifica lúcidamente – “por fortuna para los hijos de Venezuela, ni todos fueron ayer soldados de Boves, ni todos hoy defensores de Gómez. Los unos redimen a los otros y salvan el honor del país” – no prevalece esta sensatez sobre su amargura y vuelve casi inmediatamente a la síntesis desesperada e injusta: “¿He fracasado? No. Lo que ha fracasado es Venezuela en cuanto a Democracia, en cuanto a República y en cuanto a país de civilización”.
Confrontemos esa cita con la de Juan Vicente González, a la cual he aludido al comenzar, y, salvo el estilo, elegíaco en uno, agresivo en el otro, dijérase que vienen de una misma pluma: “… acaba de abrirse una tumba – decía González - y ha caído en ella el último venezolano, el fruto que crearon la aplicación y el talento, y que sazonó la paz, en los envidiados días, que para siempre huyeron, de la gloria nacional! Llorarle es afligirse por los destinos de un pueblo, condenado a vivir de la ceniza de sus días pasados”.
Que tres escritores de tan alta categoría puedan citarse en el curso de medio siglo, eslabonados por tal herencia de desesperación, y que coincidan los tres en considerar a Venezuela ultimada, decadente, fracasada, es un síntoma que debió alarmar y sacudir a todos los venezolanos.
Pero lo peor, repito, es que siempre aquella visión desolada fue recibida colectivamente casi con morbosa delectación.
En todas nuestras novelas figura un venezolano que piensa en escaparse al extranjero, o bien otro que comienza una obra y la tiene que abandonar por la hostilidad insuperable del medio ambiente; y el venezolano que se entrega al alcohol, y el que deja hundirse su familia en la miseria y la ignorancia; y el que se embrutece en el fundo agrícola que pensó redimir y el que corona su carrera universitaria tirando del carro de la basura… Personajes frustrados y maldicientes elevados a la categoría de símbolos.
¿Cuál es el profundo trauma psicológico al que deberíamos atribuir tanto pesimismo?
¿Pensaron siempre así los venezolanos?
¿Esa reiterada autoacusación, que es lo que indica, desvergüenza o dolor?
¿Es que con aquella cancelación espiritual pretendían los venezolanos excusarse cómodamente de responsabilidades; o buscaban, por el contrario, desesperadamente, responsabilizarse aunque fuera en la forma negativa de la congoja y la expiación?
Por lo menos debemos analizar estas y muchas otras derivaciones de tan angustioso problema. De paso adelantemos que así como el acusarse a sí mismo un individuo no indica que en realidad sea culpable, ni es a veces signo de cinismo la exhibición de sus culpas sino clamor desesperado de contrición, quizás encontremos a esa aparente desesperanza de los venezolanos un signo positivo que aún no se ha escrito.
La conciencia moral no es, por desgracia, un juez libre y ecuánime. Mientras permanece en silencio en el fondo abismático de los grandes criminales, se complace a menudo en torturar con escrúpulos y sutilezas a los hombres más rectos.
¿No habrá mucho de esto (y otro tanto de contagioso y mal entendido romanticismo) en ese afán que Venezuela demuestra de culparse y pedir castigo?
Tanta insistencia en la autoacusación, ¿indica que nuestra conciencia moral vive exacerbada, o significa que está muerta?
Comentario Extemporáneo
El Profesor Mijares escribió esto en 1963, y, aunque esa actitud sobrevivía para entonces, sin duda se inspiró en el final del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, en los que el discurso fatalista y auto-denigratorio de los venezolanos (justificable o no) alcanzó sus cotas más “elocuentes” en el plano literario. Lo triste es que, no importa cuánto hayamos demostrado posteriormente ser capaces de levantarnos como sociedad, siempre ese fantasma auto-acusatorio está presente.
No hay ninguna diferencia entre el Finis Patriae de Alberto Soria, con que que culmina la novela Ídolos Rotos (1901), al “Este País es una Mierda” según un escrito de la astróloga Virginia Escobar (*).
Esta actitud ha alcanzado
cotas verdaderamente brutales en los últimos años, a propósito de la denigrante
realidad que estamos padeciendo bajo el chavismo. Pero, en el fondo siempre ha existido esa
predisposición malsana, aprendida pablovianamente,
lo que me lleva a afirmar. No somos así
por lo que nos pasa. Nos pasa lo
que nos pasa por ser así.
(*) https://wiccareencarnada.net/2012/04/12/karma-de-venezuela-dios-sabe-lo-que-hace/









