domingo, 27 de abril de 2014

El Último Venezolano. Por Augusto Mijares (Con Comentario Extemporáneo)

EL ÚLTIMO VENEZOLANO

Por: Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963)

    

MUCHOS TÍTULOS que lo glorificasen merecía don Fermín Toro, que es quizás, en Venezuela, el teorizante más audaz y generoso de la generación que siguió a la de los Libertadores. En proyectos concretos hay otros contemporáneos que lo igualan o superan: Revenga, Cagigal y Vargas, en educación y como políticos que buscan base estable para nuestra agitada República; Santos Michelena en economía, etc. Pero como representativo de la doctrina socialista que aún no se había divorciado radicalmente del liberalismo, Toro es uno de los pensadores americanos más interesantes. Y, además, su honradez, su laboriosidad, su patriotismo, fueron ejemplares. 

Presumo sin embargo que cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”, la resonancia que alcanzó este cognomento se debió, no tanto a los méritos del ilustre desaparecido, como al terrible significado que implicaba aquella denominación. 

El último venezolano es como un finis patriae que resume el desaliento, la renunciación, la derrota irremediable de todo el país; y así fue aceptado y repetido con paradójico entusiasmo. 

¿Por qué? Duro es adivinarlo: porque aquella cancelación derrotista reflejaba un sentimiento nacional, tan arraigado y unánime que durante muchos años será repetido, en las más variadas formas, por casi todos los venezolanos. 

Mucho tiempo después otro gran escritor, José Rafael Pocaterra, igualmente apasionado y dolorido, publicará las “Memorias De Un Venezolano De La Decadencia”; y este título, tan amargo, que debió provocar dolor, sorpresa, vergüenza o cólera, fue recibido por el contrario, con la más natural aceptación. Dijérase que expresaba también lo que todos sentían: la devastación definitiva de la Patria, o peor aún: la culpa y la ignominia de todos. 

Creo recordar así mismo que en esa obra destinada a fustigar al gobierno de Gómez, el autor llega sin embargo, a decir que Gómez no era sino “la boca de una inmensa pústula”. 

Venezuela era, desde luego, esa inmensa pústula, y (aunque, sin quererlo, naturalmente, el escritor) la desdichada blasfemia cambia totalmente la atribución de responsabilidades: Gómez pasa a segundo término, la purulencia colectiva que se le señala como causa le sirve también como justificación. 

A la misma época se refiere el diario de Rufino Blanco Fombona, “Camino de Imperfección, y también sobre Venezuela recae en definitiva la ignominia que en él se denuncia: “Si yo fuera tan ingenuo – leemos – no me preocupase por estos hombres alquilados o que andan buscando quien los alquile para tirar el carro de la basura, me consolaría recordando que igual o peor trato dio Venezuela a Miranda, a Bolívar, a Bello y a Baralt, entre otros”. 

Y aunque poco después rectifica lúcidamente – “por fortuna para los hijos de Venezuela, ni todos fueron ayer soldados de Boves, ni todos hoy defensores de Gómez. Los unos redimen a los otros y salvan el honor del país – no prevalece esta sensatez sobre su amargura y vuelve casi inmediatamente a la síntesis desesperada e injusta: “¿He fracasado? No. Lo que ha fracasado es Venezuela en cuanto a Democracia, en cuanto a República y en cuanto a país de civilización”. 

Confrontemos esa cita con la de Juan Vicente González, a la cual he aludido al comenzar, y, salvo el estilo, elegíaco en uno, agresivo en el otro, dijérase que vienen de una misma pluma: “… acaba de abrirse una tumba – decía González -  y ha caído en ella el último venezolano, el fruto que crearon la aplicación y el talento, y que sazonó la paz, en los envidiados días, que para siempre huyeron, de la gloria nacional! Llorarle es afligirse por los destinos de un pueblo, condenado a vivir de la ceniza de sus días pasados”. 

Que tres escritores de tan alta categoría puedan citarse en el curso de medio siglo, eslabonados por tal herencia de desesperación, y que coincidan los tres en considerar a Venezuela ultimada, decadente, fracasada, es un síntoma que debió alarmar y sacudir a todos los venezolanos. 

Pero lo peor, repito, es que siempre aquella visión desolada fue recibida colectivamente casi con morbosa delectación. 

En todas nuestras novelas figura un venezolano que piensa en escaparse al extranjero, o bien otro que comienza una obra y la tiene que abandonar por la hostilidad insuperable del medio ambiente; y el venezolano que se entrega al alcohol, y el que deja hundirse su familia en la miseria y la ignorancia; y el que se embrutece en el fundo agrícola que pensó redimir y el que corona su carrera universitaria tirando del carro de la basura… Personajes frustrados y maldicientes elevados a la categoría de símbolos.  

¿Cuál es el profundo trauma psicológico al que deberíamos atribuir tanto pesimismo? 

¿Pensaron siempre así los venezolanos? 

¿Esa reiterada autoacusación, que es lo que indica, desvergüenza o dolor? 

¿Es que con aquella cancelación espiritual pretendían los venezolanos excusarse cómodamente de responsabilidades; o buscaban, por el contrario, desesperadamente, responsabilizarse aunque fuera en la forma negativa de la congoja y la expiación? 

Por lo menos debemos analizar estas y muchas otras derivaciones de tan angustioso problema. De paso adelantemos que así como el acusarse a sí mismo un individuo no indica que en realidad sea culpable, ni es a veces signo de cinismo la exhibición de sus culpas sino clamor desesperado de contrición, quizás encontremos a esa aparente desesperanza de los venezolanos un signo positivo que aún no se ha escrito. 

La conciencia moral no es, por desgracia, un juez libre y ecuánime. Mientras permanece en silencio en el fondo abismático de los grandes criminales, se complace a menudo en torturar con escrúpulos y sutilezas a los hombres más rectos. 

 ¿No habrá mucho de esto (y otro tanto de contagioso y mal entendido romanticismo) en ese afán que Venezuela demuestra de culparse y pedir castigo? 

 Tanta insistencia en la autoacusación, ¿indica que nuestra conciencia moral vive exacerbada, o significa que está muerta? 

 


 Comentario Extemporáneo 


El Profesor Mijares escribió esto en 1963, y, aunque esa actitud sobrevivía para entonces, sin duda se inspiró en el final del siglo XIX y primeras décadas del  siglo XX, en los que el discurso fatalista y auto-denigratorio de los venezolanos (justificable o no) alcanzó sus cotas más “elocuentes” en el plano literario. Lo triste es que, no importa cuánto hayamos demostrado posteriormente ser capaces de levantarnos como sociedad, siempre ese fantasma auto-acusatorio está presente. 

No hay ninguna diferencia entre el Finis Patriae de Alberto Soria, con que que culmina la novela Ídolos Rotos (1901), al “Este País es una Mierda” según un escrito de la astróloga Virginia Escobar (*). 

Esta actitud ha alcanzado cotas verdaderamente brutales en los últimos años, a propósito de la denigrante realidad que estamos padeciendo bajo el chavismo. Pero, en el fondo siempre ha existido esa predisposición malsana, aprendida pablovianamente, lo que me lleva a afirmar. No somos así por lo que nos pasa. Nos pasa lo que nos pasa por ser así. 

(*) https://wiccareencarnada.net/2012/04/12/karma-de-venezuela-dios-sabe-lo-que-hace/

¿Esto Una Dictadura?

¿ESTO UNA DICTADURA?

Por Alexander Delgado C.

Escrito el 12 de abril de 2014

Las recientes declaraciones del gobernador del estado Lara, Henri Falcón, afirmando que no vivíamos bajo una dictadura, como era lógico, han escandalizado a mucha gente  dentro del universo opositor. Por supuesto, no han faltado las conjeturas airadas, sindicando a Falcón de complicidad con el régimen, debido a su pasado abiertamente chavista. 

Pero ya el pasado 27 de febrero, el columnista Antonio Rivas, desde una perspectiva muy diferente a la del gobernador larense, había señalado que el régimen que preside Nicolás Maduro no merecía llamarse Dictadura. En su artículo, titulado No, Maduro. Usted No Es Dictador, Rivas expone razones de peso por las que no considera dictadura al régimen chavista; culmina su artículo diciendo “…Mientras tanto, cualquier título le quedará grande, incluso el de dictador

Bueno, tal vez más de uno me nombre la madre por lo que voy a decir, pero yo, aunque por razones muy distintas (casi opuestas) a las de Falcón, y más cercanas a las de Rivas, también creo que llamar dictadura a este régimen es poco menos que un elogio inmerecido.

Lo cierto es que desde la época de Chávez me sucede que cuando pienso en este régimen, los primeros nombres (ya existentes o inventados al calor del momento) que se me ocurren suelen ser:

Tiranía / Despotismo / Comunismo / Oprobio Castrista / Imperialismo Rojo / Oligarquía Roja / Talibanismo Rojo / Oclocracia / Corruptocracia / Montonerismo / Militarismo “Chopo E Piedra” / Anarquía / Anomia / Barbarie / Neo-Bovecismo (Que No bolivarianismo) / Godarría De Izquierda /Malandrocracia / Bandidocracia / Resentidocracia / Narcocracia / Estafarquía / Demoniocracia / Retorcidocracia / Odiarquía / Destructocracia / Brutocracia (y no precisamente por Brutus el asesino de Julio Cesar, ni siquiera por el enemigo de Popeye) / Psicopatarquía / Sociopatarquía / Chorocracia / Concilio Aquelárrico; Pustularquía / Abyectocracia / Inmoralarquía / Cleptocracia / Chulocracia / Cerdocracia / Simiocracia / Putarquía / Inmundocracia / Vomitocracia /  Depravarquía / Ascocracia / Mierdarquía / Monstruocracia…

 Y Pare De Contar.”…

… Y después de casi una hora deshojando la mega-margarita de calificativos para este malandraje ideologizado, es cuando empiezo a preguntarme si, aparte de todo, no será (o tendrá algo de) dictadura.


Seguramente a los más liberales y democrateros de entre los que lean esto les va a caer mal, pero no puedo evitarlo en mi interior. La verdad, el término dictadura, aún con todo lo que implica de terrible, peligroso (ir a lomos de un tigre de Bengala), trágico y muchas veces cruel, me parece, además de muy técnico, demasiado solemne para un régimen tan ignorante, tan de los bajos fondos.

Dictadura es un término demasiado imponente, pomposo y hasta prestante para este Aquelarre Semisalvaje de Maleantes; es como llamar pabellón criollo a nuestro plato típico, al que le han sustituido la carne mechada por una rodaja de mortadela (suponiendo que hoy se consiguieran semejantes insumos).

El término Dictadura remite mi imaginación a un Lucio Quincio Cincinato (no el del Twitter, por Dios, el de la Roma republicana), ejemplo acabado del dictador romano. Recordemos que los romanos, durante la República, fueron quienes establecieron la dictadura como gobierno para casos de emergencia, obviamente con un sentido muy diferente del que hoy solemos asociar a la idea de un orden dictatorial.

O bien, viniéndonos a nuestra historia, el controvertido término me remite a la efímera (e infortunada) Dictadura de Francisco de Miranda en 1812, o a las que de hecho ejerció Simón Bolívar, con diferentes títulos, entre 1813-1819 (accidentada pero no menos respetable) o a la, mucho más exitosa, del mismo Bolívar en el Perú en 1824-1825, bajo la cual se lograron los triunfos de Junín y Ayacucho. 

¿Cómo poner al nivel de Cincinato, Miranda o Bolívar, al Toripollo Indocumentado que funge de (y que) presidente, o Al Cerdo Hipertenso y Precardíaco que (y que) preside la (y que) Asamblea (y que) Nacional?

Solo pensarlo, como al Dr. Chapatín, ¡me da cosa!

Me parece que El Generalísimo y El Libertador (que después de tantos años deben haber zanjado sus diferencias) me van a salir en la noche y no precisamente a jalarme los pies, más bien uno de ellos me va a gritar en el oído “Bochinche” hasta enloquecerme y el otro, peor aún, me va a deshacer como casabe en caldo caliente.

Aún ubicándonos estos tiempos, y por tal entiéndase los últimos 100 años en los que hemos visto desfilar sátrapas que ponen los pelos de punta ¿Cómo meter a este régimen de Pranes en el mismo saco con (por ejemplo) el dictador Lee Kuan Yeu, de Singapur? ya hubiéramos querido el finado Chávez (por no decir el indocumentado) hubiesen hecho por nosotros, siquiera una cuarta parte de lo que hizo por su país el dictador singapurense.

Y eso por poner un ejemplo reciente, bien alejado de nuestras latitudes. Para no hablar, entre nosotros de verdaderos dictadores (en lo bueno y en lo malo) como Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez.


Llamar Dictadura a esta pústula de arrabal es, dicho coloquialmente, Mucho camisón pa´Petra.

Insisto, a mí esta parranda sangrienta de leprosos morales ni siquiera me trae a la mente a un Hitler, a un Mussolini, un Nasser, un Franco, menos aún a un Pérez Jiménez o a un Pinochet, cuando mucho Masburro se podrá comparar con un Idi Amín Dada.

En cambio, cuando pienso en el régimen de Miraflores, me viene a la mente la imagen de un norteamericano. ¡Sí, de un gringo!… la de Charles Manson, eso sí, en el caso de Platanote, un Manson en versión cuasi-oligofrénica.

De verdad lamento no poder reconocerle a este régimen la condición de dictadura que tantos le endilgan. Pero es me falla la inspiración. Pienso que el mote de dictador es demasiado sonoro y antes que infamar tiende a decorar (a un nivel muy abstracto, se entiende) a este desgobierno. Prefiero no darles ese gusto

Por lo demás, como ya lo aludí más arriba, una más apropiada definición de lo que ha sido, a lo largo de estos últimos 15 años, el accionar de este manicomio suelto e institucionalizado (con el perdón de los locos), fue la que le hizo el “dictador”  Francisco de Miranda (dictador en el buen sentido de la palabra); “¡Bochinche, Bochinche!”. Un bochinche que merece ser disuelto (y roguemos a Dios que así sea) “como casabe en caldo caliente”.

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El Mencionado artículo de Antonio Rivas se puede apreciar en este link:

https://lampadia.com/opiniones/antonio-rivas/no-maduro-usted-no-es-dictador/

Registro Histórico-Gráfico En Venezuela

REGISTRO HISTÓRICO-GRÁFICO EN VENEZUELA

Por Alexander Delgado C.

(Escrito Originalmente el 23 de Febrero de 2014)


Hay carencia en Venezuela de una línea, tradición o escuela artística (especialmente en la pintura) que se ocupe de temas históricos. Nos hemos conformado con la obra de los grandes maestros del siglo XIX y principios del XX como; Juan Lovera, Arturo Michelena, Martín Tovar y Tovar, alguna que otra de Cristóbal Rojas (caso de La Muerte de Girardot en Bárbula), Antonio Herrera Toro, Tito Salas y Pedro Centeno Vallenilla.

Pero en realidad no toda la obra de estos grandes de la pintura nacional era (ni tenía por qué ser) de temática histórico-nacional y, por ende, no se puede enmarcar, en sentido estricto, en una corriente o escuela pictórica de temática histórica. Su abordaje de la historia obedeció más bien, por un lado, a las tendencias artísticas del momento, concretamente a la influencia que, en los artistas venezolanos de entonces, ejercía el romanticismo, como movimiento artístico-literario. Se debió también, muy importante, a una coyuntura sociopolítica, especialmente desde la llegada al poder del general Antonio Guzmán Blanco (1870), en la que, en medio de la anarquía caudillesca, el caos y la anomia que siguió a Guerra Federal, se buscaba, no solo restablecer un orden sociopolítico, sino también, recrear la idea de un Estado Nacional, no solo en lo jurídico y en lo físico, sino también en el aspecto simbólico. Crear una narrativa de nación y generar valores patrios.

Aquella coyuntura coincidió también con el hecho de que muchas efemérides históricas (todas o casi todas asociadas con el período independentista) arribaban a su centenario o cincuentenario. Un período que, grosso modo, se puede comprender entre el primer centenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar en 1883 y el primer centenario de la Declaración de Independencia en 1911. Esto adicionaba un elemento motivacional que favoreció la proliferación de obras de carácter histórico, como las muy célebres Miranda en La Carraca o Vuelvan Caras, de Arturo Michelena, o las grandilocuentes representaciones de las principales batallas independentistas con que Martín Tovar y Tovar engalanó el recién inaugurado Capitolio Nacional y, por supuesto, hay que mencionar el trabajo artístico de Tito Salas, aunque centrado casi exclusivamente en la vida del general Bolívar, con un carácter marcadamente estereotipado y alegórico y (consecuente con ese alegorismo) revestido de un cierto anacronismo en los rasgos visuales de hechos y personajes representados. De manera más tardía, y ya en pleno siglo XX, también podemos mencionar la obra, abiertamente alegorista, de Pedro Centeno Vallenilla.

Pero, entrado el siglo XX, y bajo la influencia de las tendencias artísticas internacionales post romancistas (impresionismo, fauvismo, cubismo, cinetismo, etc.), la pintura en Venezuela tomó derroteros diferentes sin que se desarrollara, por sí misma, y de forma paralela a las diversas tendencias del momento, una vertiente artística dirigida a la ilustración de hechos históricos, salvo quizá algunos de los llamados “pintores ingenuos”. No hemos tenido una línea pictórica orientada a la representación del pasado nacional (no solo el político), lo suficientemente sólida como para generar entre nosotros, artistas especializados en estas temáticas como ha sido el caso, en España, de un Dionisio Álvarez Cueto o un Augusto Ferrer Dalmau.

También ha sido muy escasa la incorporación en dicha temática de las diversas tendencias artísticas desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI, desde las Artes Gráficas, el desarrollo de la Ilustración y hasta del Comic, incluso sin cerrarse del todo a corrientes artísticas que en principio parecerían poco idóneas para estos temas (cubismo, dadaísmo, surrealismo, etc.).

Por otra parte, la escasez de obras artístico-históricas y el hecho de que la generación de finales del siglo XIX se centró casi exclusivamente en temas independentistas, ha generado un lamentable vacío en cuanto a una aproximación del imaginario popular hacia épocas anteriores y posteriores a la independencia (lo que, en realidad, refleja en lo gráfico las falencias y vicios de la enseñanza de la historia).

Esta omisión en principio es irónica, tratándose de una nación cuyo relato patriotista ha pretendido siempre alimentarse de la apelación a lo histórico, relato en el que siempre se han pretendido justificar o reafirmar los distintos grupos de poder que se han sucedido en Venezuela desde 1830.

Pero, mirando más detenidamente, esta ironía resulta muy diciente de un país al que le gusta presumir de lo que carece o más bien, proyectar lo que quisiera ser, cree ser, pero en el fondo, no se atreve a ser.

En realidad se trata de una nación que le teme a su propia historia y prefiere mantener un simulacro de relato oficial, como “deber ser” pero sin ahondar demasiado en él y la escasez de una corriente plástica orientada hacia los temas históricos en los últimos cien años, paradójicamente, ilustra ese complejo. Esto ha redundado en la carencia de un apoyo gráfico a una mirada revisionista o al menos de desmontaje, atenuación o sano cuestionamiento, de clichés, simplismos, estereotipos y lugares comunes.

Esta  indiferencia hacia nuestro pasado, cuasi-desdeñosa pero evasiva tras bastidores, ha contribuido a que la pretensión del actual régimen de manipular nuestro enfoque histórico a la medida de sus intereses “ideológicos”, haya caído en terreno fértil. En contrapartida a la falencia anterior a 1999, el chavismo ha ido generando toda una representación visual amañada de la historia, exacerbando, aún más, la visión deformada que ya traíamos.

Si bien en el pasado anterior a 1999, no faltaron trabajos de ilustración por encargo de entes gubernamentales, estos nunca llegaron a tener publicidad y difusión masiva. Carecieron de una labor promocional y de auspicio por parte de entes públicos o privados, que incluyera concursos o incluso incentivos; por ejemplo, promover concursos entre jóvenes estudiantes de dibujo y pintura en los que presentaran una o dos obras de carácter histórico y premiar los primeros lugares con becas para perfeccionar estudios, dentro o fuera del país, orientar dichos trabajos a temáticas de historia poco representadas o conocidas y, finalmente, seleccionar y difundir mediáticamente estos trabajos en exposiciones, incorporándolos como apoyo gráfico en medios de comunicación impresos (periódicos y revistas), en programas audiovisuales (TV y Cine), y en los textos oficiales (impresos o digitales) de enseñanza escolar.

La necesidad de una mayor representación visual de nuestra historia sigue estando vigente en nuestros días, de la mano de la necesidad de una visión sanamente revisionista. Aunque en estos momentos los entes gubernamentales venezolanos están cooptados por el régimen chavista y, por otra parte, no parece haber entes privados dispuestos a impulsar este tipo de iniciativas, estas pueden surgir de manera individual, desde la oposición al status quo político que hoy impera en Venezuela, posiblemente desde las sombras, e irse articulando sobre la marcha.

El desarrollo actual de la ilustración computarizada (incluido el uso de medios 3D), así como de los recursos multimedia, no solamente proporciona herramientas mucho más eficaces (y más asequibles hoy que hace varios años), sino que nos otorgan una mirada de esta temática desde una perspectiva diferente, contribuyendo a un mejor replanteamiento de nuestra mirada histórico-nacional.

Algunos de los parámetros que, a mi modo de ver, se deberían tener en cuenta son; desarrollar pautas menos alegóricas, líricas o simbolistas y más objetivas, en la representación de nuestra historia; buscar orientarse hacia la representación de etapas, hechos y personajes de nuestra historia, importantes, pero poco tenidos en cuenta, especialmente durante las etapas anterior y posterior al período independentista; o bien, escenas que recreen la vida cotidiana de aquellos días; o incluso, del mismo período independentista, hechos o situaciones poco explorados, teniendo el cuidado de mostrar personajes con los rasgos físicos correspondientes al momento plasmado. También se puede renovar la iconografía retratista de los principales prohombres de nuestra historia (sin desechar la tradicional) según las pautas anteriormente señaladas. Ir de la mano con una visión, no renegacionista, pero sí revisionista.

Necesitamos hoy, más que ayer, un refrescamiento en la representación gráfica de nuestra historia que nos permita arrojar mayor luz sobre una caverna lírica plagada de clichés y estereotipos oligofrénicos, hipertrofiados, distorsionados por leyendas negras o doradas; desfigurados y exacerbados bajo el régimen chavista y ante una indiferencia indolente por parte de las fuerzas vivas que, se supone, adversan al chavismo. Necesitamos un refrescamiento que, sin exaltaciones ingenuas o noveleras, nos permita comprendernos y auto valorarnos mejor como realidad histórica. Hoy, más que ayer lo necesítanos, y hoy más que ayer tenemos los recursos y posibilidades.

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ILUSTRACIÓN; Venezuela Recibiendo los Emblemas del Escudo Nacional. Por Pedro Centeno Vallenilla (1952-1954). Mural al Óleo. Palacio Federal Legislativo

En Pocas Palabras. Éramos Pendejos y No Lo Creíamos

En Pocas Palabras

ÉRAMOS PENDEJOS Y NO LO CREÍAMOS

Por Alexander Delgado C.

27 de Abril de 2014

 


Con o sin razón, se ha vuelto un cliché la frase “Éramos felices y no lo sabíamos”, queda a criterio de cada quien determinar si era así o no. Es más que comprensible experimentar nostalgia por los tiempos anteriores a 1999, aunque no por eso la mencionada frase deja de tener un cierto aire de patetismo. Con esa frase, el humorista Claudio Nazoa cierra un artículo publicado en El Nacional, el 11 de Noviembre de 2013, titulado Mi Felicidad

Pero es otra afirmación del artículo de Nazoa, la que motiva el presente escrito. 

En el citado artículo, dice el humorista venezolano:

Muchos de los artistas izquierdistas, hoy convertidos en talibanes exclusionistas, reaccionarios y sapos, enviaron con los adecos y copeyanos a sus hijos para que estudiaran en otros países y nadie preguntaba qué tendencia política tenían.

Pues bien, ese fue precisamente uno de nuestros mayores errores respecto a aquellos años; dejamos criar demasiados cuervos entre nosotros (Ojo, no cuento en este grupo a Claudio Nazoa y otros como él).

Dejamos que las Universidades Públicas (y no pocas veces las privadas) se convirtieran (UCV dixit) en santuarios del ñangarismo más resentido e hipócrita. Espacios en los que decir algo favorable de dictadores como Marcos Pérez Jiménez, Francisco Franco o Augusto Pinochet, o incluso de gobernantes democráticos, como los de AD o COPEI, era muy mal visto, pero en cambio, exaltar al tirano Fidel Castro, al sátrapa Kim Il Sung, o al guerrillero renegado Ernesto “Che” Guevara, era… cool. Las universidades eran espacios donde hablar positivamente del Papa, era exponerse a ser tildado de oscurantista, inquisidor, retrógrado, etc… pero exaltar al Ayatollah Jomeini… no era tan malo. En nuestras "casas que vencen las sombras", hasta escuchar o interpretar una inofensiva y desenfadada canción de rock anglo (salvo las de John Lennon) era mal visto como pitiyankee.

Permitimos que gigantescas y populosas barriadas como la caraqueña 23 de Enero, ubicada a pocos metros del Palacio de Miraflores, sobre una colina desde donde se domina el Palacio Presidencial y en la que se encontraba enclavado el Museo Histórico Militar (hoy tristemente devenido en Cuartel de La Montaña); permitimos, repito, que dichas barriadas se convirtieran en feudos de grupos ideologizantes comunistas o para-comunistas (Los Tupamaros, La Coordinadora Simón Bolívar, etc.), grupos muy bien organizados que hegemonizaron aquellas barriadas, hasta imprimir su propia identidad ideológica a dichos sectores y sentar verdaderas bases de adoctrinamiento, sobre todo en la gente joven.

Descuidamos a sus habitantes y no nos importó que gran parte de ellos, se convirtieran en marginalidades ideologizadas.

Por supuesto, lo anteriormente dicho, si es que no vamos a admitir la posibilidad de que esos mencionados espacios hubieran sido cedidos intencionalmente a aquel ñangaraje reciclado, por parte del establishment adeco-copeyano, como parte de un entendimiento, implícito o explícito.

Del mismo modo, dejamos que comunistas reinsertados, como Luis Miquilena, José Vicente Rangel, Guillermo García Ponce, etc. que nunca abandonaron, ni tan siquiera ocultaron sus ideas, se convirtieran en “respetables” empresarios, políticos o periodistas. Recibidos calurosamente en las más “altas” esferas.

Otro tanto sucedió con esos intelectuales y “artistas izquierdistas” que, como decía Nazoa, bajo el chavismo se revelarían como “…talibanes exclusionistas, reaccionarios y sapos…”. A estas “luminarias” los acompañamos en los bautizos de sus libros o en sus exposiciones artísticas, entre champaña, pasapalos y sonrisas socarronas. No pocas veces nos regodeamos de tomarnos una foto con el “artista” o “intelectual” agasajado.

Y, por supuesto, si alguien en ese entonces habría advertido que se trataba de los mismos comunistas que, en la década de los 60s, intentaron ocupar guerrilleramente el país, de la mano del castrismo cubano, ese alguien habría sido estigmatizado como radical de derecha, retrógrado, fascista, lacayo de los yankees etc.

Porque, así como “éramos felices y no lo sabíamos”, así mismo, también Éramos Pendejos y No Lo Creíamos

Y lo más angustiante es que sigamos siéndolo y sigamos negándonos a creerlo.

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El Citado artículo de Claudio Nazoa se puede acceder en estos enlaces

https://www.elnacional.com/opinion/ADECOS-CLAUDIO_NAZOA-COPEYANOS-ERAMOS-FELICES_0_296970386.html

https://www.reportero24.com/2013/11/11/claudio-nazoa-mi-felicidad/

sábado, 19 de enero de 2013

Oposición Y Ambición

OPOSICIÓN Y AMBICIÓN

Por Alexander Delgado C.

19 de Enero de 2013

El pasado 16 de Enero, el analista y consultor político Carlos Blanco publicó un post en su cuenta de Twitter, en donde, refiriéndose a la endémica debilidad y aislamiento de la oposición, decía: 


Debilidad de la oposición depende, creo, de que no muestra vocación de poder. Al no hacerlo no tiene fuerza suficiente ni adentro ni afuera.”.

Carlos Blanco definía esta carencia de la oposición como de “vocación de poder”. Yo sería más enfático (y acaso más prosaico), yo diría falta de ambición.

¿Es mala la ambición en sí misma? Usualmente se asocia a la codicia y esta, por conexidad, a sentimientos de mezquindad y falta de escrúpulos. El diccionario de la Real Academia Española la define como el “Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. No obstante la escueta definición de la R.A.E, no se puede caer en simplismos o clichés, así como tampoco es recomendable establecer juicios absolutos de valor a la hora de considerar a la ambición en un sentido estrictamente conceptual. A fin de cuentas si la ambición no existiera, lo más probable es que al día de hoy, si acaso, estuviéramos dejando atrás a las cavernas. 

Pero además, de cara a la situación crítica que vivimos en Venezuela, donde su propia existencia parece estar, por así decirlo, en capilla ardiente ¿es totalmente inconveniente la ambición? Frente a la corrosión del régimen chavista, la dirigencia opositora ha vendido una imagen de sí misma, pretendiendo apoyarse en una visión de antípodas. Según este enfoque, ante el despotismo tropero y lineal del chavismo, ante su jaquetonería, intolerancia e innegable barbarie; de este lado se exalta la pluralidad, la tolerancia, la democracia, los valores cívicos y el respeto a la institucionalidad, por prostituida que esté a manos del chavismo... casi que como los hippies en los Estados Unidos de 1967, colocándole flores, en los cañones de sus fusiles, a la Guardia Nacional. 

Que conste que no cuestiono los valores en los que dice basarse la dirigencia MUDa, como principios cardinales a ser restaurados (aparte de otros principios que suelen ser soslayados por la dirigencia opositora); el problema es que se lo creen de tal manera que frente al estereotipo del chavista, del lado opositor también quieren estereotiparse, pretendiendo, en lo moral, un contraste irrisorio con el chavismo de luces frente a sombras, exagerando la defensa, pacifista y políticamente correcta, de los valores arriba señalados. Que con esa “política” de contraste y appeasement el chavismo lleve 14 años desmantelando a Venezuela y pasando coleto con quienes nos le oponemos… eso no parece importarles ni a la dirigencia opositora ni a sus más entusiastas devotos. Ellos bien con su conciencia, ellos son los “chicos buenos”. 

De hecho no faltan los que se deleitan, en su sifrinismo políticamente correcto, llenándose la boca con el (para muchos recién descubierto) manual de resistencia no violenta del filósofo norteamericano Gene Sharp (principios de los 70); tampoco faltan, por supuesto, los que invocan al inevitable Mahatma Gandhi como referente de lucha. El pequeñísimo detalle del que no se percatan estos opositores caviar, es el de la contextualización; hombres como Gandhi o el reverendo Martin Luther King Jr., ciertamente, fueron personajes ejemplares, no seré yo quien los cuestione, pero más allá de la admiración que puedan merecer ¿nos los imaginamos derrotando a un Hitler o a un Stalin? Por toda respuesta miremos qué tanto (o nada) ha logrado el Dalai Lama frente a la dominación china en el Tíbet.

Volviendo al tema de este escrito; la ambición, o ausencia de esta, en la dirigencia opositora y lo más representativo de su adherencia; miremos por contrapartida los siguientes ejemplos, entre muchos otros, de hecho, incontables. 

La expansión de la cultura greco-latina, base de la civilización occidental, se debió a la ambición de poder, gloria y grandeza de Alejandro Magno y luego de los romanos. Por su parte, el fin del Imperio Español de América y por ende nuestra, hoy pisoteada, soberanía, se forjó sobre el impulso de la ambición (a veces despiadada) de, entre otros, Simón Bolívar; ambición de poder o de gloria, pero ambición al fin y al cabo; el idealismo del Libertador de muy poco hubiera servido sin ese factor ambicioso. 

Adolf Hitler solo pudo ser derrotado por una alianza entre líderes políticos que eran verdaderas encarnaciones del poder; como Winston Churchill, el tirano rojo Iosif Stalin y Franklin D. Roosevelt (y con él, el Pentágono). Una alianza forjada en gran medida por la tenacidad de Churchill, otro ambicioso, ya sea de poder, liderazgo, o gloria; acaso en el célebre bulldog británico coexistía el idealismo junto a la ambición (no pocas veces oportunista), pero incluso en la realización de sus ideales también había mucho de ambición y megalomanía, como nos lo señala uno de sus más connotados biógrafos, el alemán Sebastian Haffner. 

Porque, y esto es muy importante, en materia de ambición hay toda una gama de lo más variopinta. Hay ambiciones que se pueden considerar saludables o positivas, tanto como las que son perniciosas y ruines. Además de la consabida ambición de poder y de lucro, podemos hablar de las, ya ejemplificadas; ambición de gloria, de liderazgo o de preeminencia social. 

Existe también un tipo de ambición poco tenido en cuenta pero no menos importante, la ambición creativa o de innovación. Esta forma de ambición, ciertamente, es fácil de confundir con el complejo de Adán, típico de la psique del régimen chavista; pero en el complejo adánico hay una clara diferencia con respecto a la vocación innovadora, llevada a niveles de ambición; ya que en esta última lo que realmente se busca es dejar huella o marcar hito, al introducir cambios sustanciales en la historia, sin que esta necesariamente empiece o termine con uno. La ambición innovadora, si bien suele ser más propia de científicos, intelectuales o artistas, no es totalmente ajena de cara a cambios políticos y sociales, y no deja de ser pertinente y muy útil de cara a la tragedia que vivimos en Venezuela, la cual, en el fondo, es el agotamiento de una forma de entender y ejercer la política que nos viene desde 1945 y de la cual los últimos 14 años son, simplemente, el detritus. 

Pero, como comentaba al comienzo, la ambición, sea esta buena o mala, parece ser uno de los aspectos de mayor carencia en la dirigencia opositora; al menos una ambición vasta, de altura, más allá de apetencias pequeñas y mediocres, de parcelas escurridas dentro del omnímodo poder chavista, o de tristes sobras como las que se conceden a un perro callejero. O bien se podría señalar (siempre especulando, claro está) que al tratarse de una dirigencia plural las pequeñas y parroquiales ambiciones o aspiraciones de los varios dirigentes se anulan entre sí.

Por supuesto, cuando hablo de ambición me refiero a una ambición bien entendida, pero, aun aceptándola con los aspectos negativos o peligrosos que derivan de ella (soberbia, autoritarismo, tendencia al personalismo, etc.), no podemos menos que reconocer que muchos de los grandes cambios socio-políticos a lo largo de la historia han tenido lugar por el impulso de seres, no solamente ambiciosos, de la índole que sea, sino que en muchos casos, en la realización de estos cambios (y de sus ambiciones) no han reparado en muchos miramientos. 

No olvidemos que los intervalos de estabilidad que Venezuela tuvo en medio de la vorágine caudillesca del siglo XIX y en la que, al menos, pudo figurarse a sí misma como una posible nación sólida, más allá de su realidad inmediata; se debieron, paradójicamente, al accionar autoritario de caudillos como los generales José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco, epítomes de la ambición de poder; y la superación definitiva de nuestro neo-feudalismo caudillesco, se debió a la ambición personalista y autocrática del general Juan Vicente Gómez.

A despecho de comeflores, proto-hippies, libertarios románticos o anarquistas ingenuos; en los angustiantes momentos que vivimos y aún a riesgo de cambiar un personalismo por otro… más “benigno”, tendríamos que preguntarnos hasta qué punto, al margen de principios cardinales como el patriotismo y la dignidad nacional, el bienestar general, el respeto a la libertad bien entendida y el restablecimiento de un verdadero estado de derecho; hasta qué punto, repito, a la Venezuela antichavista le sería mucho más rentable, desde un punto de vista pragmático, una dirigencia (…o un dirigente), con una ambición vasta, sea creativa, o de poder, o de gloria, o, si se quiere, de dominio o preeminencia, además de voluntad y mano de hierro (con o sin guantes de seda), para ejecutarla.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cómo Suele Entenderse La Democracia

COMO SUELE ENTENDERSE LA DEMOCRACIA

Por Alexander Delgado C.

31 de Octubre de 2012



La Democracia parece ser intrínsecamente el gobierno de las mayorías. Idealmente, piadosamente o ilusoriamente suele agregarse que es el gobierno de las mayorías con respeto por las minorías. Pero este tierno y conmovedor añadido, agregado posteriormente como para enmendar la costura, suele ser muy relativo en la práctica. 

Efectivamente, la Democracia es, por excelencia, la expresión política de la cultura de masas o, más claramente, de una cultura que se empeña en ver a la sociedad como una masa amorfamente uniforme, donde los seres humanos solemos ser productos en serie y, como una vez escuché decir a Facundo Cabral, solo valemos… un voto.

No solo para los gobiernos de tendencia totalitaria, salidos de una fragua democrática, como es el caso del gobierno de Venezuela, sino que, con alguna excepción honrosa (no se me ocurre cual), esta también parece ser la norma para los grandes medios noticiosos, tipo CNN.

En las recientes elecciones presidenciales venezolanas, la candidatura opositora de Henrique Capriles Radonski (y con ella sus adherentes), parecía ser el fenómeno electoral; al menos, había despertado una cierta “curiosidad mediática” a nivel internacional. Después de los “controversiales” resultados electorales del pasado 7 de octubre, la Venezuela que resiste al régimen chavista pasó a ser la paria internacional que siempre ha sido, de cara al establishment, se entiende.

Para la Venezuela opositora, a la larga, de muy poco sirvió el gran esfuerzo, la demostración de cohesión, patriotismo, sentido de pertenencia y entrega de quienes, con razón o sin ella, se movilizaron a votar por la opción opositora, valga lo que valga su, hasta hace poco, candidato. Tampoco significó gran cosa al día siguiente, el hecho de haber contado el candidato Capriles con el mayor número de votos, hasta ahora, reconocidos por el CNE para una candidatura presidencial antichavista. No tuvieron la mayoría y es lo que cuenta para el establishment mediático internacional.

Nada raro lo anterior, teniendo en cuenta que, como aparato de información y entretenimiento de la sociedad de masas, los grandes medios de comunicación son una industria para la que, en su cara televisiva, solo cuenta lo que tiene rating, y por cierto esto último, en la mayoría de los casos, suele ser programación bazofia.

Todo lo anterior desnuda el aspecto más cuestionable de la democracia como la más conspicua manifestación política de la Sociedad Industrial (de la que Venezuela forma parte, aunque no pase de ser un siervo de la gleba).

En muchos ámbitos de la vida se nos enseña que, por encima de la cantidad, debe importar la calidad. Pero para la democracia la cantidad pesa más que la calidad

Esta lamentable característica del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, se ilustra en los mencionados comicios electorales venezolanos, donde una supuesta mayoría numérica ratificó en la presidencia a un, gravemente enfermo, Hugo Chávez, que no oculta adonde pretende llevar a Venezuela (y si puede a toda Iberoamérica); un personaje que, con el mayor descaro, admitió su desastre de gobierno (restándole importancia) tras trece años en el poder; no obstante contar con recursos de toda índole como no había contado en Venezuela gobierno anterior alguno. Pero eso no importa, lo que cuenta es que obtuvo la mayoría (de nuevo, supuestamente).

Bien decía el filósofo, suizo Henri-Frédéric Amiel (1821–1881)

La democracia descansa sobre esta ficción legal por la cual la mayoría no sólo dispone de la fuerza sino también de la razón, que posee al mismo tiempo sabiduría y derecho”.

La siguiente situación ficticia, evidente e intencionalmente exagerada, puede darnos un ejemplo de cómo funciona o al menos como suele entenderse e imponerse la democracia en países como el nuestro; tanto a nivel de los propios gobiernos, como a nivel de organismos multinacionales como la OEA, la UNASUR o la misma ONU y con el lubricante mediático de canales como CNN o FOX. 

Andrés Rengifo (el primer nombre que se me vino a la mente) un hombre casado, serio, responsable, enamorado de su esposa y padre de sus hijos. Toda la vida le han gustado, únicamente, las mujeres, ni borracho ni drogado se habría fijado en otro hombre.  

 

Premisa Mayor: 6,7 millones de personas reconocen y ratifican a Andrés Rengifo su heterosexualidad innata. 

Premisa Menor: 8,2 millones de personas (la mayoría) dictaminan que Andrés Rengifo es gay. 

 

Conclusión: Andrés Rengifo deberá, como decía una conocida canción de Willie Colón, cambiar su forma de caminar, usar falda, lápiz labial y un carterón. De poco sirve su heterosexualidad innata, deberá escoger un nuevo nombre; PetraWendiPeggy, etc… 

La mayoría, es decir el pueblo, el único y verdadero pueblo, habló Vox Populi Vox Dei.

 Así es la democracia, mejor dicho, así suele entenderse.


NOTA: Antes de que se me sindique de homofóbico o desdeñoso de los gays, señalo que el ejemplo anterior es igualmente válido y aplica de la misma forma con un Andrés Rengifo, homosexual convencido y declarado, al que se le impusiese, por mayoría democrática, pautas heterosexuales.

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